Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

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lunes, 29 de octubre de 2018

"Puente de pájaros” de Barry Hughart

"Puente de pájaros” de Barry Hughart
            Puente de pájaros fue publicado en EE.UU. por primera vez en 1984, aunque hubo que esperar hasta 2007 para que, gracias a Bibliópolis, pudiera leerse en castellano. Es una novela que desde hace tiempo deseaba comenzar debido a la buena impresión que había causado a todos los que la habían leído. El exceso de expectativas suele ser por lo general contraproducente y, a decir verdad, el libro no logró engancharme al principio. Tenía la impresión de que todo sucedía de una manera muy apresurada y los pretendidos momentos de humor no lograban su efecto en mí. No es que el libro me resultara aburrido, pero tampoco me provocaba entusiasmo. Hube de leer varios capítulos más para encontrarle la gracia a la historia y a los personajes. Debo decir que el pequeño esfuerzo valió la pena.

            La narración comienza en el año 639 d.C. cuando los niños de determinada edad de la aldea china de Ku Fu se ven afectados por una extraña enfermedad. El mal los sume en un profundo sueño del que nadie logra arrancarlos. Lu Yi, conocido por todos como Buey Número Diez por su corpulencia, acude a la ciudad en busca de un sabio con los conocimientos necesarios para resolver el misterio. La falta de presupuesto no le deja más opción que la de contratar los servicios de Li Kao, un viejo tramposo con una gran querencia al vino, que en un principio no parece ofrecer demasiada confianza y que a todo el mundo se presenta afirmando que hay un defecto en su carácter. Al final el fuerte e ingenuo Buey Número Diez y el astuto y chanchullero Li Kao acaban formando una divertida y compenetrada pareja que poco a poco va desmarañando una trama que se enreda cada vez más.

            La China que pinta el escritor es una China fantástica llena de personajes singulares, de leyendas sorprendentes y con mucha picaresca que se aleja de la típica imagen que conocemos  a través de las películas de artes marciales. Hughart fue destinado durante cuatro años a Corea, donde sirvió en las Fuerzas Aéreas Americanas. Posiblemente el amor  a la cultura china lo adquiriera durante esos años. Antes de ingresar en el ejército Hughart había permanecido ingresado en un hospital psiquiátrico debido a una fuerte depresión, un dato que llama la atención ya que Hughart demuestra durante todo el libro poseer un estupendo y fino sentido del humor. En Puente de pájaros nos podemos encontrar con hermosas historias de fantasmas enamorados, con princesas injustamente condenadas, con monstruos horribles, con malvados dominados por la avaricia, ciudades anegadas, mazmorras horribles y todo tipo de ingeniosos misterios. El escenario que el autor desarrolla alrededor nuestro es fascinante pero no lo son menos los increíbles personajes que lo pueblan. Hughart los trata con humor y mucho cariño, a pesar de que muchos sucumban a las tentaciones con las que el destino los pone a prueba.

            Su pasión por la cultura oriental no le impide, sin embargo, burlarse de sus complejos y a veces absurdos rituales o de los nombres con los que se designan a las personas. Lo hace con mucha ironía, elegancia y gracia; aún así, sería interesante conocer la opinión que merece la obra a un chino genuino.

            En resumen, una novela muy entretenida, llena de aventura, magia, excelentes personajes, humor y que en ocasiones destila un conmovedor lirismo alejado de la cursilería o de la  ñoñería que muchas ocasiones acompaña al género. Las piezas del rompecabezas encajan a la perfección en un final al que no se le puede poner ninguna pega. Puente entre pájaros no debe pasar desapercibida entre los amantes de la fantasía.

miércoles, 17 de octubre de 2018

"El fin de la muerte" de Cixin Liu


"El fin de la muerte" de Cixin Liu            Con El fin de la muerte el escritor chino Cixin Liu pone fin a su voluminosa trilogía del El problema de los tres cuerpos, que tanta popularidad le ha proporcionado. El primer tomo con sus muy razonables 408  páginas era entretenido y sorprendente. El segundo sube hasta las 574 páginas y además de hacerse en algunos momentos francamente largo impresiona mucho menos. El tercer y último tomo alcanza la imponente cifra de 734 páginas, capaces de amedrentar a cualquiera y en particular a los que sabemos apreciar la concisión. He de reconocer que tras experimentar en carne propia el extra de páginas del volumen previo, comencé la lectura de El fin de la muerte con bastante recelo. Teniendo en cuenta que Liu cuenta en este libro nada menos que la historia de la humanidad hasta el fin del universo, más allá de los 16 millones de años, puede decirse que ha estado bastante ajustado. No sé si existe una ley universal que rija la manera en que se incrementan el número de palabras por libro de una trilogía, de la misma manera que la ley de la gravedad fija la fuerza de atracción entre dos masas en función de la distancia que las separa. No se preocupen, si existe, pueden estar seguros de que Cixin Liu dará con ella.

            ¿Recuerdan esa vieja máxima de enseñar deleitando? Creo que se debe a Horacio. Bien, pues a Cixin Liu le debe ser muy querida ya que todo el libro desprende un didactismo, un deseo de explicarnos la ciencia, que en muchas ocasiones va en detrimento del ritmo de la novela. Es algo sorprendente y que no debe desdeñarse en estos tiempos en que lo realmente moderno es ser oscuro y cuanto más mejor. Estoy pensando en escritores “Hard” como Greg Egan o Peter Watts. Sin embargo, Liu es un autor que parece surgir del pasado lejano, más próximo a Asimov y a Clarke, para el que ni la “New Wave” o el “Cyberpunk” existieron nunca; un autor más interesado en la especulación científica que en abrir nuevos caminos en la literatura, algo que lo diferencia claramente de sus colegas “Hard”. Los personajes en esta novela, más que en ninguna otra de la trilogía, se convierten en meros instrumentos de los que se sirve el autor para exponer sus ideas. Clarke y Asimov solían ser menos prolijos. Liu por el contrario, cuando se propone explicar alguna de sus ideas (algunas realmente notables), se excede y en muchas ocasiones se vuelve repetitivo hasta la indigestión. En este sentido recuerdo la batalla que tiene lugar en El bosque oscuro entre la flota terrestre y los trisolarianos. Mientras leía cómo la “gota” mortífera enviada por los trisolarianos atravesaba la séptima nave en formación (descrito con pelos y señales) y sabiendo que quedaban varios cientos más por ser destruidas, mi cabeza estuvo a punto de emular al fatídico proyectil e intentar traspasar el libro. Por consideración a los potenciales lectores de El fin de la muerte no daré ejemplos de la novela que nos ocupa, aunque hay más de uno igual de desesperante.

            La parte que más disfruté del primer libro fue la que tiene que ver con el videojuego. En él mediante divertidos e imaginativos símiles se nos describe la lucha de los trisolarianos por encontrar una solución a la inestabilidad de su complejo sistema solar. En El fin de la muerte Liu vuelve a hacer algo parecido. En este caso, en lugar de un videojuego, se trata de unos cuentos fantásticos, los cuales una vez descifrados pueden ayudar a resolver ciertas cuestiones científicas decisivas para la supervivencia de la humanidad. El escritor chino introduce en los relatos unas analogías muy sugerentes e imaginativas con las que a pesar de todos los defectos que he mencionado antes sobre su escritura logra conquistarme.

            Todavía no he hablado del argumento, pero poco se puede decir sin arruinar los continuos giros de la trama. La historia comienza con un amor platónico. Yun Tianming está enamorado de una antigua compañera de carrera que luego participará en el proyecto de Naciones Unidas de diseñar una nave espacial. Los amores que describe Liu son siempre imposibles, arrebatados y folletinescos, algo que resultará familiar a los que han leído el volumen anterior de la trilogía.  Éste amor jugará un papel importante en el futuro de la humanidad.

Liu se revela en esta novela como un escritor ambicioso que no teme elucubrar acerca del origen del universo y viajar millones de años al futuro. Ha escrito una obra monumental en la que tiene cabida un poco de todo, desde la idea más descabellada hasta la más fascinante. Liu explota sus ideas hasta sus últimas consecuencias y no las suelta hasta extraer todo su jugo. En El fin de la muerte aún consigue sacarle sustancia a la teoría del Bosque Oscuro. Ya saben, esa hipótesis que explicaría por qué con tantas estrellas en el universo y con tantos posibles planetas similares a la Tierra no recibimos señales de vida inteligente. Se trata de una teoría extremadamente pesimista, formulada por alguien con delirio persecutorio a la que tampoco hay que concederle demasiado crédito, pero que da mucho juego narrativo. Liu lo aprovecha al máximo y logra poner un final bastante digno a la serie.

            En definitiva una trilogía que con bastantes menos páginas, menos personajes, menos cielos teñidos de fuego, menos giros y sobre todo menos explicaciones redundantes habría sido una obra mucho más redonda.

viernes, 28 de septiembre de 2018

"Rascacielos" de J .G. Ballard

"Rascacielos" de J .G. Ballard            Siempre me produce cierto estupor ver cómo gracias a la televisión obras de ciencia-ficción escritas hace muchísimos años son leídas más ahora que en el momento de su publicación. Pienso en El cuento de la criada escrita por Margaret Atwood hace más de 30 años o en  Carbono Alterado de Richard Morgan hace 15. Un hecho que siempre me ha llamado la atención. No sé si la gente ve primero la serie o la película y luego ya sin sorpresas y sabiendo cómo termina se decide a leer el libro o al menos a comprarlo. De Rascacielos de J.G. Ballard (publicada por primera vez en 1975) no se ha hecho una serie (y menos mal porque no da para tanto) pero sí una película que, al contrario que las series que he mencionado antes, pasó bastante desapercibida. Tal vez su estreno sirviera para que Alianza Editorial la reeditara en su colección Runas con una nueva traducción.
 
            De los libros de ciencia-ficción de Ballard que he leído éste puede que sea uno de los más asequibles. Desde luego me parece menos surrealista y alucinatorio que sus novelas apocalípticas. Aún así es un libro muy representativo del mundo “ballardiano”, con sus obsesiones habituales: los escenarios delirantes, personajes cínicos, antipáticos, que dejan bien claro la poca confianza que al autor le merece el ser humano. En la breve pero esclarecedora entrevista que completa el volumen, Ballard cuenta que el hecho de haber vivido tres años de su infancia en un campo de concentración en China “le otorgó un conocimiento extraordinario de los elementos que conforman la conducta humana”. 
 
            Se narra en la novela la alteración del comportamiento que sufren unas personas tras mudarse a un moderno rascacielos de 40 pisos en Londres. Los residentes pertenecen a la clase acomodada, gozan de buenos empleos y no proceden de barrios marginales, lo que hace que su conducta violenta subsiguiente resulte aún más chocante. Los problemas comienzan por pequeñas cosas, pero poco a poco todos parecen retornar a un estado de salvajismo primitivo y dejar a un lado las convenciones sociales que antes dominaban su conducta. Lo sorprendente (y completamente “ballardiano”) es que todos parecen entregarse con gusto a su nueva vida sin ataduras. Como decía, ninguno de los residentes tiene problemas financieros, sin embargo los más acaudalados viven en los pisos superiores y poseen viviendas más lujosas y ascensores exclusivos. En las primeras plantas se sitúan los que gozan de menos recursos y en la mitad, la clase media. Ballard escoge como protagonistas de Rascacielos a tres hombres pertenecientes a cada uno de esos grupos sociales. Las primeras desavenencias surgen precisamente entre vecinos de diferente clase social. Independientemente del piso en el que viven, todos parecen haber vuelto a la barbarie y haberse dejado llevar por los instintos más básicos. Aunque alguna pequeña diferencia existe. Wilder, que vive en el segundo piso, está determinado a llegar a la cima del rascacielos. Royal, que reside en lo más alto y además es el arquitecto que proyectó el edificio, lucha por mantener sus privilegios. Laing, el representante de la clase media, se limita a dar rienda suelta a sus vicios más inconfesables.
 
            Algunos comparan la novela de Ballard con El Señor de las moscas de Golding, pero ya en la elección de los protagonistas se intuye que los dos autores van por derroteros distintos.  Golding escoge niños como símbolo de la inocencia para mostrar que el mal es inherente al ser humano. Ballard en cambio pone el ojo en las clases acomodadas con una intención mucho menos clara. Por un lado podríamos pensar que es una crítica a las ciudades modernas con sus muros de hormigón como germen de la inhumanidad. Por otra parte, si hacemos caso a uno de los personajes de la novela, la caída en la barbarie se debe a la sobreprotección en la infancia en la sociedad reciente; según su opinión habría que dar salida a la perversión que todos reprimimos. Lo cierto, es que la novela admite múltiples interpretaciones.
 
            Ballard narra el descenso gradual a los infiernos de la comunidad con la minuciosidad y frialdad de un informe forense. El autor escoge un rascacielos como escenario para dotar a la novela de una fuerte carga alegórica, efectividad que por desgracia la realidad y los años (recuerden que la novela es de 1975) han acabado por devaluar en cierta medida. Porque, ¿qué son hoy en día cuarenta pisos? Asimismo basta leer unos pocos capítulos para saber adónde quiere llevarnos Ballard, lo que resta interés a la novela. Y es que una vez que le hemos visto las cartas al autor, el único consuelo que nos queda como lectores es descubrir qué nueva depravación o perversión se le ha ocurrido al escritor británico. En eso, sí, Ballard demuestra poseer una gran imaginación.
 

lunes, 17 de septiembre de 2018

"Cero" de Kathe Koja

"Cero" de Kathe Koja            Escribir en la actualidad terror, cuando ya apenas nos inmutamos ante los horrores de la guerra y el terrorismo que vemos a diario en los informativos, no debe ser nada fácil. Muchos de los temas habituales en el terror están gastados de tanto usarse y muchas veces lo más que consigue el género es arrancarnos una sonrisa benevolente. Cero de Kathe Koja no es precisamente una novela reciente, data de 1991, sin embargo, ya entonces se buscaban nuevas formulas con las que estremecer a lector. Desde luego hay que reconocer la originalidad de su argumento y la astucia con que es narrado. Es de esas novelas que no deja a nadie indiferente.

            Desde el principio la autora logra crear una atmósfera malsana, sucia y pegajosa que nos atrae y repugna al mismo tiempo. Lo mismo le ocurre a Nicholas con Nakota, por un lado está loco por ella pero por otro le saca de quicio. Algo por otro lado comprensible, porque Nakota no es precisamente un dechado de virtudes, lo cierto es que resulta difícil encontrar algo agradable en ella. Además de descuidar su aspecto físico y no ser un modelo de higiene y salud posee un carácter complicado más dado al reproche que al elogio y una inclinación patológica por todo lo macabro y maloliente. Sin embargo, Nicholas, por alguna razón inexplicable para mí, está loco por ella. Él tampoco es que sea nada del otro mundo, un tipo que se caracteriza principalmente por su pasividad, lo cual contrasta con la tenacidad y el empuje de Nakota. Dentro del edificio donde se encuentra el humilde apartamento de Nicholas, hallan en una especie de almacén abandonado el agujero negro que inicia el relato. No se trata de un agujero negro como los que estudiaba Stephen Hawking, sino algo más esotérico y siniestro. Es descrito como un ojo oscuro o un enorme esfínter que transforma todo lo que se introduce en él.

            En la primera parte del libro y para mí la más conseguida se cuentan los tanteos de Nicholas y Nakota por comprender el agujero, empezando por introducir objetos inertes y bichos en él y ver lo que hace con ellos. Nakota es más dada que Nicholas a la experimentación, lo que los lleva a continuas peleas pero también a sorprendentes y perturbadoras cópulas y felaciones. Todo está contado desde el punto de vista de Nicholas, y Koja hace un buen trabajo en ese sentido, metiéndonos en la cabeza del protagonista. Al hilo de esto quiero destacar la labor realizada por Pilar Ramírez Tello al traducir el libro, algo que no debe haber sido sencillo. Sólo puedo decir que a pesar del enorme barullo de ideas incrustadas en muchas frases se lee con relativa facilidad, lo cual en parte es mérito del traductor.

            El libro, que en un principio parece prometer mucho, se estanca hacia la mitad, sobre todo a causa de unos personajes anodinos que surgen y acaban robando gran parte del protagonismo a Nicholas, Nakota y al diabólico agujero. En la segunda parte el relato es más de lo mismo: discusiones, peleas, el ininterrumpido segregar de fluidos con diferentes grados de viscosidad de la herida de Nicholas, el abundante consumo de cervezas y cigarrillos y el continuo visionado de un vídeo paranormal tomado del interior del agujero. Apenas sucede nada nuevo en el último tercio y el final aunque intenso se prolonga en exceso perdiendo toda su fuerza. El mayor problema que veo de todos modos es que no encuentro relación entre la parafernalia tipo “el exorcista” con objetos que vuelan, voces, olores, etc. que provoca el agujero con la psique atormentada y enamorada de Nicholas, cuando la novela parece dejar bien claro que está relacionado con él. De esta manera, y éste es su mayor error, los efectos especiales con los que Koja nos sacude el corazón quedan vacíos de contenido.

            Una historia de amor atípica y malsana, cuyo hedor parece rezumar a través de cada una de las páginas del libro y quedar fijado para siempre en nuestros dedos. La vida es dolor y deseo y leer Cero es una prueba palpable de ello.
 

sábado, 14 de julio de 2018

“La casa de las arenas movedizas” de Carlton Mellick III

“La casa de las arenas movedizas” de Carlton Mellick III
            Es la primera vez que me enfrento a la lectura de esto que vienen a llamar "Bizarro" o al menos algo publicado con esa etiqueta. Conozco novelas escritas antes de que la etiqueta bizarro" existiera  que, supongo, podrían ser clasificadas dentro de dicho género. Por ejemplo, algunas novelas de Farmer como La imagen de la bestia, (novela que, por cierto, creo haber mencionado en otra reseña) o incluso mucho de lo que escribe Palahniuk.  Lo cierto es que no tengo muy claro todavía lo que es esto del bizarro. Supongo que lo que buscan es sorprender sin ponerse ningún tipo de  limitación, describiendo sin tapujos tanto escenas cruentas como con contenido sexual además de atracción por lo grotesco y por las tramas descabelladas. A decir verdad, un poco lo que buscamos todos los amantes de los fantástico pero con un par de vueltas de tuerca más.

            Parece ser que uno de los mayores representantes de esto de lo bizarro es Carlton Mellick III. La foto de la solapa del libro nos presenta un tipo de patillas generosas y cabeza rapada que bien podría ser el batería de una banda de rock. No sé si existe un Carlton Mellick I, II o si son versiones de sí mismo… rastreando por internet no he logrado descubrirlo. Pero centrémonos en La casa de las arenas movedizas. El argumento en principio resulta irresistible. Dos hermanos, chico y chica, viven confinados en una casa donde son cuidados exclusivamente por una niñera. No conocen a sus padres aunque sueñan con ellos y se les asegura que en cualquier momento van a venir. Sólo abandonan su hogar para "teletransportarse" al colegio donde conocen a otros niños como ellos. La casa les proporciona todo lo que necesitan para vivir, pero sólo pueden visitar una parte mínima de ella y es que según la niñera, el resto de las habitaciones no son recomendables. En un momento dado de la novela, no creo que destripe nada, es algo que se intuye desde el principio, no les queda más remedio que salir y explorar la casa e ir en búsqueda de sus padres. Mellick cuenta todo esto en pocas páginas, y le bastan poco más hasta llegar a 249 páginas para ponerle fin. Otros necesitarían un tocho de quinientas, y dos o tres tomos más.

            Se trata de uno de esos libros en que uno no puede parar de leer, en que la trama nos absorbe de tal manera que es imposible desprenderse del libro. Hay momentos mientras exploran la casa que me recuerdan a la estupenda novela de Brian W. Aldiss La nave estelar publicada también bajo el titulo Viaje al infinito. En ambos libros sus protagonistas viven confinados en un recinto cerrado y el viaje de exploración es también el viaje de la búsqueda de sus orígenes. Es verdad que Mellick no puede evitar como buen "bizarro" regodearse en lo morboso y de cierta  exaltación del arte de la chacinería, pero lo describe de una manera que resulta soportable y uno tiene la impresión muchas veces de estar contemplando una escena sacada de una película de dibujos animados. El libro está lleno de contrastes. Aunque parte de una idea grotesca se trata de una historia de enorme ternura. Es soez a la vez que ingenuo y alterna entre lo disparatado y el acierto.

            Escrita sin complejos, con frescura, sencillez y desinhibición supone una original aportación al panorama fantástico actual. Si bien es cierto que todos los misterios se aclaran al final siguiendo una lógica demasiado pueril, el poso que deja, sobre todo gracias a una de las escenas finales, trasciende lo que es una novela de mero entretenimiento.

martes, 19 de junio de 2018

“La extraordinaria familia Telemacus” de Daryl Gregory

“La extraordinaria familia Telemacus” de Daryl Gregory            A decir verdad nunca he sido muy amigo de los superhéroes, me refiero a héroes con super poderes como Superman, Spiderman, o como los que proliferan ahora en los cines. Incluso siendo niño prefería otro tipo de héroes como Tarzán o el Capitán Trueno, porque jugaban sin ventaja con respecto a los demás y porque me parecía que tener un superpoder hacía todo demasiado fácil. Daryl Gregory con La extraordinaria familia Telemacus nos demuestra que la vida de alguien con “superpoderes” puede ser todo menos fácil.
 
            Matt Telemacus a sus catorce años mientras observa a su prima a través de un agujero en el armario logra un grado tal de excitación sexual que llega incluso a salirse de su propio cuerpo. Gracias precisamente a poderes como el que Matt acaba de descubrir la familia Telemacus vivió tiempos mejores. Irene, su madre, los dos hermanos de ésta y sobre todo Maureen, la abuela, eran cada uno de ellos poseedores de un talento paranormal que los hacía únicos. Una ocasión que un timador profesional como Teddy, el patriarca de la familia, no podía desaprovechar para intentar triunfar en la tele de los años sesenta. Sin embargo, todo se va al traste cuando son ridiculizados en un conocido show ante millones de telespectadores por G. Randall Archibald, una especie de cazador de farsantes de lo paranormal. A partir de aquí todo va de mal en peor en la familia Telemacus hasta llegar a los años 90, momento en los que se desarrolla la historia que se narra en el libro.

            Lo que hace de La extraordinaria familia Telemacus una novela inolvidable son sus  personajes. Se trata de unos personajes que, aunque poseedores de poderes paranormales, resultan enormemente creíbles, seres humanos de carne y hueso cuya manera de ser es coherente con su peripecia personal y con sus dones extraordinarios. A través de los cinco protagonistas, que se van alternando en cada capítulo, vamos conociendo el pasado y el presente de la familia hasta llegar al desenlace final. Otra gran baza del libro son sus diálogos, la mayoría de las veces son brillantes, sobre todo los que mantiene Teddy con los gangsters o con el servicio secreto. El humor está muy presente en la novela y se hace más evidente en el tramo final del libro cuando el enredo en el que la familia se ve envuelto llega al borde del delirio. Pero aunque la novela acaba decantándose por la comedia podemos encontrar también momentos de vibrante tensión y de honda ternura. Se trata de una de esas novelas en que todos los acontecimientos que se narran parecen encaminados a dirigirnos a un final apoteósico. Eso siempre conlleva el riesgo de no cubrir las expectativas y acabar por decepcionar al lector. No es el caso. El final es completamente consecuente y además el camino hasta llegar a él resulta de lo más entretenido.

            Un libro muy recomendable (sobre todo ahora que llega el verano) protagonizado por una familia que, aunque en el día a día se lleva mal, a la hora de la verdad y como suele ocurrir forma una piña. Léanlo y pasen un buen rato antes de que hagan una mala película de él.

jueves, 24 de mayo de 2018

"Ondina o la ira del fuego" de Irene Gracia

“Ondina o la ira del fuego” de Irene Gracia
            Según la tradición germana Ondina es una ninfa del agua que perdió su inmortalidad tras  enamorarse de un caballero. A partir de esta leyenda Friedrich de la Motte Fouqué escribió un cuento en 1811 que utilizaría Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, más conocido por sus iniciales, E.T.A Hoffmann, para componer la ópera Undine. Sí, porque Hoffmann antes de dedicarse a la literatura compuso música y su obra  llegó incluso a ser elogiada por el mismísimo Beethoven. No es una faceta muy conocida del autor prusiano; yo, por ejemplo, lo ignoraba. Afortunadamente Irene Gracia la descubre para nosotros y aprovecha la que sería la primera ópera romántica y los diversos personajes que intervinieron en ella para articular esta curiosa novela.
            Al comienzo del libro, además de los prolegómenos al estreno de la ópera de Hoffman, se nos cuentan las disparatadas disputas que tienen lugar en las diversas representaciones, ya sea por celos o por egocentrismo entre sopranos, barítonos o tenores, el director de orquesta, escenógrafos..., en fin de todos los que toman parte en la obra. Los peleas no sólo se producen antes  de las actuaciones, sino incluso en medio de ellas hasta llegar al fatídico incendio que pone punto final a las representaciones. Es a partir de este suceso que el libro arranca en realidad. Hoffman cree que el incendio ha sido provocado y sospecha de todos los que participaron en la ópera, excepto de la protagonista, Johanna Eunicke. Sus dudas le llevan a organizar un banquete en el cual pretende desenmascarar al culpable. Durante la cena los invitados cuentan historias fantásticas de autómatas, de estatuas que cobran vida, de pianos embrujados, de amores satánicos, maldiciones... muy en la línea de los relatos que escribió el propio Hoffmann, pero también de los relatos que los hermanos Grimm publicaron precisamente en esa misma época. Resulta divertido ver cómo Gracia se vale de los relatos que cuentan los personajes del libro para dar a conocer al lector su forma de pensar y de ser. Unos personajes, que todo hay que decirlo, son excesivos, volubles, enamoradizos y contradictorios como los que suelen protagonizar muchas óperas. De todos los relatos en particular me ha divertido el cuento titulado Clarisa, reina de Sirgén, no tanto por su enrevesada historia (hay otros relatos que me han gustado más como El piano negro), sino por el hecho original de ser contado sucesivamente por diferentes personajes del libro. El relato lo comienza a narrar el propio Hoffmann y es terminado bruscamente por una hastiada Johanna Eunicke después de pasar por más de diez narradores. 
            Ondina o la ira del fuego ha supuesto para mí una agradable sorpresa, más aún por tratarse de una escritora cuya existencia desconocía por completo. Un libro fresco, divertido, terrorífico, a veces hasta erótico pero por encima de todo romántico y con los que de vez en cuando da gusto toparse. Antes de terminar quiero agradecer a la librería “Colette Letras y Tragos” su amable recomendación. Es bueno que todavía queden librerías que den cabida a un  tipo de literatura más minoritaria.