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martes, 14 de febrero de 2023

“Vida y milagros de Stony Mayhall”, de Daryl Gregory

Portada de “Vida y milagros de Stony Mayhall” de Daryl Gregory

Con éste ya son tres los libros de Daryl Gregory que reseño en Universo de pocos. El hecho de repetir un autor no es una señal inequívoca de que me guste, ya que por lo general procuro dar una segunda oportunidad. No voy a dar nombres pero hay más de un escritor con el que lo he intentado hasta tres veces, en parte por cabezonería pero en muchas ocasiones movido también por el ruido de fondo que generan las redes sociales. No es el caso de Gregory, del que puedo afirmar que no me ha defraudado todavía. Se trata de un escritor que mantiene un nivel medio alto y que desde mi punto de vista alcanzó su cota máxima con La extraordinaria familia Telemacus (2017) (enlace). Vida y milagros de Stony Mayhall (2011) fue escrita unos años antes y en ella ya puede observarse la atención que Gregory dedica a los personajes y el sentido del humor con el que aborda las historias.

Vida y milagros de Stony Mayhall es una novela de zombis con todos los tópicos y componentes habituales del subgénero pero que así y todo pretende ser algo completamente diferente. Gregory no ha sido el único en acometer un desafío así, Colson Whitehead quiso hacerlo, curiosamente en el mismo año, con Zona Uno, un libro que si bien es más ambicioso es también el doble de aburrido que el de Gregory. Además carece de su sentido del humor, un elemento por otra parte bastante necesario en un subgénero que ha sido explotado hasta la saciedad y que parecía agotado. Unos años más tarde, en concreto en 2014, otro escritor, M.R. Carey, retomaría la temática zombi con Melanie, una novela en la que la protagonista, al igual que sucede en Vida y milagros de Stony Mayhall, es un zombi. Resulta curioso que en ambos libros el personaje principal sea el que sostiene casi por sí solo la novela y que sea el que marca la diferencia con respecto a otras novelas de la misma temática. También coinciden en que sus respectivos protagonistas, Melanie y John, son dos seres que, a pesar de lo que son, de lo que su naturaleza les impulsa a hacer, se ganan desde el principio la simpatía del lector.

John es encontrado siendo un bebé junto al cadáver de su madre en una cuneta. En medio de una tormenta de nieve Wanda Mayhall y sus tres hijas se lo llevan a casa y deciden ocuparse de él. Es un MV, un muerto viviente o un «viviente alternativo» como algunas facciones zombis reclaman ser denominados. Precisamente es esta guasa la que hace que la novela no sea una historia de zombis convencional. Al principio Alice, la mayor de las hijas, se opone a su madre por el peligro que supone cobijar a una criatura así. Años antes una epidemia causada por algo que todavía se desconoce convirtió a miles de personas en zombis y aunque pudo ser sofocada, el miedo persiste en la población.

Debido a la pasmosa resistencia que muestra el cuerpo de John a todo tipo de agresiones sus hermanas prefieren llamarlo Stony. Durante su infancia lo someten a todo tipo de perrererías que luego Alice deberá enmendar a escondidas de su madre. Esto se cuenta en la primera parte del libro, la más divertida de todas y que nos dará a conocer a un Stony niño tremendamente humano, tal y como comenta Elías F. Combarro, más conocido como Odo, en el prólogo. A este rasgo de humanidad yo añadiría la ausencia de maldad y la voluntad de hacer siempre lo que considera más justo. La novela está dividida en cuatro partes que nos relatan diferentes períodos de la vida de John. La primera está dedicada a su infancia en casa de Wanda con su hermana, y las siguientes a su etapa de adulto, en la que convivirá con otros como él, aunque su familia verdadera —siente él — será siempre la familia humana que lo acogió.

En el libro que nos ocupa, al igual que sucede en otras novelas de Gregory, la familia juega un papel de gran importancia. Como he mencionado no se trata de la familia biológica de Stony aunque sea tratado siempre como un miembro más. El hecho indiscutible de que Stony sea diferente y de que fuera de la familia sea considerado un peligro no cuenta para su madre y su hermanas y no afecta al cariño que le tienen, si acaso su singularidad despierta en ellos una enorme curiosidad. A pesar de todo, la vida de Stony no es como la de los demás, él no puede salir de la granja donde vive ni ir tampoco a la escuela por lo que encuentra refugio en los libros, en concreto le gusta una serie de novelas protagonizadas por alguien con el que puede identificarse: un zombi.

Otro elemento recurrente en las novelas de Gregory son los personajes poseedores de una capacidad o habilidad especial. Así sucede en Afterparty (2014) (enlace) en la que su protagonista creía ver a su ángel de la guarda o en La extraordinaria familia Telemacus en la que cada uno de los miembros de la familia estaba dotado de un poder extrasensorial. En cierta manera, a su pesar, Stony es un superhéroe porque además de su invulnerabilidad es capaz de hacer cosas que no están al alcance de los seres humanos. Lo curioso es que estas habilidades especiales que poseen muchos de los personajes de Gregory raramente sirven de consuelo a sus protagonistas y no ayudan a mitigar el profundo sentimiento de alienación que pesa sobre ellos.

Vida y milagros de Stony Mayhall, a pesar de su grosor (algo también habitual en las novelas de Gregory), se lee de un tirón. El estilo sencillo, unos personajes entrañables, una trama que nunca se sabe por dónde va a tirar y un poco de humor son los que lo hacen posible. El libro además nos hace reflexionar sobre algo tan prodigioso como es la vida; lo curioso es que lo hace a través de un personaje que precisamente carece de pulso y cuyo corazón ha dejado de latir para siempre, en definitiva de alguien que está muerto. Ni Stony ni nadie se explica cómo es posible que, a pesar de todo, tenga consciencia de su existencia. Se trata de una cuestión nada trivial, muy similar a la que nosotros, los que nos creemos vivos, nos hacemos y que tampoco hemos sabido responder.

lunes, 28 de marzo de 2022

"Clara y la penumbra”, de José Carlos Somoza

Portada de "Clara y la penumbra" de José Carlos Somoza
         Publicada en 2001 Clara y la penumbra es una novela de intriga que se sale de lo común. La idea que alienta el relato, la llamada pintura «hiperdrámatica», es sin lugar a dudas asombrosa. También llama la atención que en una novela de este tipo, un thriller al fin y al cabo, el misterio sea lo de menos. Desde luego a mí no es lo que más me ha interesado. Por otra parte trasladar al papel de manera convincente una idea tan sumamente arriesgada y fantástica como la que imagina el autor no ha debido ser nada fácil. Hay que estar muy seguro de las propias posibilidades para sacar algo así adelante, sin embargo José Carlos Somoza lo logra y lo hace además con brillantez.

La pintura «hiperdrámatica» convierte los cuerpos humanos en auténticos cuadros mediante complejas técnicas y prolongadas sesiones de imprimación y de acabado posterior. La pintura no se aplica sólo en la piel sino también en el iris, en los labios, en el interior de la boca  y en otras oquedades del cuerpo. La meta del artista es lograr con sus pinceladas resaltar una expresión, una mirada del modelo que haga única la obra. Somoza se inventa un escenario en el que esta disciplina se ha convertido en un hito en el mundo del arte y en el que los cuadros alcanzan valores inconcebibles. Los más poderosos, los más ricos del mundo ya no cuelgan Picassos en sus casas sino que adquieren pinturas «hiperdrámaticas» de Bruno Van Tysch para adornar los vastos salones y los coquetos dormitorios de sus mansiones. Tampoco se sientan sobre vulgares butacas fabricadas con materiales inertes, en lugar de eso prefieren posar sus distinguidas posaderas sobre seres humanos convertidos por unas horas en mobiliario. El arte se ha dejado prostituir por el dinero y en el nombre del arte cualquier cosa no sólo es aceptada, sino también aplaudida. No importa que las personas convertidas en «obras de arte» sean tratadas como objetos, que tengan que pasar horas en la inmovilidad absoluta o que se les haya sometido a tratamientos médicos para ralentizar sus funciones biológicas. Nada de eso importa. Ah, eso sí, sus empleadores cumplen escrupulosamente con las leyes laborales de manera que los lienzos humanos no superan nunca las ocho horas de trabajo reglamentarias. Para acallar sus conciencias su trabajo es compensado con una espléndida paga. En cualquier caso para muchos de los modelos el dinero es lo de menos, lo que les impulsa a soportar todas los inconvenientes es la posibilidad de convertirse en obras de arte.

Como decía al principio para hacer todo esto verosímil hay que ser muy bueno. Somoza, como gran estilista que es, consigue que estas hermosas a la vez que deplorables pinturas humanas se hagan reales en nuestra mente. Asimismo resulta fascinante el detalle y el verismo con el que describe el proceso para convertir a los modelos en cuadros. La prosa sensual y sugerente de Somoza nos maneja a su gusto y nos hace fluctuar del horror al goce erótico, de la aversión al deleite.

«Jennifer Halley, un lienzo de ocho años, está de pie pintada de rosa con un vestido negro, acunando entre sus brazos a una muñeca. Pero la muñeca está viva y tiene el aspecto de uno de esos embriones famélicos de vientre de uva negra que asoman la cabeza desde el tercer mundo».

«....Luego abrazó la curvatura de sus bíceps. Al tacto todo era distinto. Se percibió un poco más viva: superficies mullidas, exprimibles, deformables; contornos donde la mano podía demorarse, dulces laberintos aptos para dedos o insectos. Tocándose adquirió volumen».

  En este contexto se produce el asesinato de una niña de catorce años, una de las modelos  de la última exposición de Van Tysch, el genio de la pintura «hiperdrámatica». La Fundación  Van Tysch no confía del todo en la competencia de las autoridades por lo que tiene su propio equipo de seguridad. April Wood, una mujer  fría como un témpano de hielo y Lothar Bosch, que se debate entre agradar a April y sus recelos por el arte son los dos encargados de investigar el crimen. El libro tiene dos partes que se van alternando; en una se nos narra la investigación propiamente dicha, y en la otra, la más destacable de las dos, el relato se centra en una de las modelos, en la Clara que da título a novela. La primera sirve para mostrar los entresijos de este negocio cuyos responsables supuran cinismo y carecen por completo de escrúpulos. La segunda nos muestra la otra cara de la moneda, la de alguien que sueña con ser algún día una obra maestra del arte. A través de los ojos de Clara conocemos los esfuerzos y los sacrificios que es capaz de hacer una modelo y hasta dónde es capaz de transigir para lograr el éxito. Durante el proceso Clara se cuestionará sus límites. ¿Es parte del proceso lo que le hacen o es abuso? ¿Debe decirle al pintor que pare y poner en peligro su carrera y perder su gran oportunidad? ¿Hasta dónde debe internarse en la penumbra?

 Clara y la penumbra es una espléndida novela con eficaces elementos distópicos que saca a relucir la enorme hipocresía y el cinismo que rodea al mundo del arte y de la moda. Unas páginas menos y habría sido perfecta.

jueves, 27 de enero de 2022

“Los cronolitos”, de Robert C. Wilson

Portada de “Los cronolitos” de Robert C. Wilson
         Hace algunos años las editoriales se peleaban por poder publicar en sus colecciones a Robert C. Wilson. La desaparecida La Factoría de Ideas fue la primera en traernos a las librerías españolas a este interesante autor canadiense del cual llegaría a publicar cinco novelas. Lamentablemente esta armonía se rompería al serle arrebatada por la malograda Omicrón la novela más premiada del autor: Spin (2005). La Factoría de Ideas sobrevivió varios años más sin embargo la rabieta se prolongó y ya no volvió a publicar más libros de Wilson. Desde entonces, incomprensiblemente, ninguna editorial se ha vuelto a interesar por la obra de Wilson, lo cual es una lástima porque pienso que se trata de un autor con muy buenas ideas además de ser un excelente narrador. Las editoriales dedicadas al género fantástico parecen más interesadas en publicar lo último, lo novedoso y si ha obtenido un premio Hugo mejor que mejor.

De lo publicado en España me quedaba por leer Los cronolitos (2001), que pasa por ser  una de las mejores novelas de Wilson, y en vista de que nadie se animaba a publicar nada nuevo de este autor me he decidido a adquirirla de segunda mano. La novela empieza como muchas otras de Wilson con un suceso portentoso e inexplicable que cambia la vida de una comunidad o del mundo entero. En este caso se trata de la aparición espontánea de unos gigantescos monumentos que parecen conmemorar la victoria futura de Kuin. Nadie sabe muy bien qué o quién es Kuin pero pronto surge un grupo de admiradores y defensores fanáticos de estos monumentos que se oponen a cualquier intento de que sean destruidos y que son apodados Kuinitas. Hay que decir que estos cronolitos están construidos de un material que ha resistido cualquier intento de demolición hasta el punto de haber soportado incluso una explosión nuclear. El protagonista es un hombre corriente, Scott Warden, que tiene la mala suerte de estar en el lugar inadecuado en el momento inapropiado. Junto a un amigo no muy recomendable presencia la llegada del primer cronolito en Tailandia, un hecho que le marcará para el resto de su vida tanto a él como a los que le rodean.

Wilson conduce la intriga con más que solvencia y da más importancia de la que se suele dar en el género a los personajes. Gracias a esto logra algo a lo que muchos escritores no conceden la importancia que tiene como es conseguir que el lector se implique en la historia, que lo que se nos cuenta nos importe y nos conmueva, que es lo que en definitiva intenta la buena literatura. Precisamente esto constituye el santo y seña del autor, y lo que ha provocado la mayoría de las críticas que se le hacen. Es cierto que Wilson roza a veces el teledrama, género éste muy dado a abusar de la desdicha de los personajes secundarios incorporando tramas paralelas prescindibles la mayoría de las veces. Como es sabido se trata de algo frecuente en las series de televisión que de esta manera pueden añadir sin demasiado esfuerzo más y más temporadas a algo que podría zanjarse con cuatro episodios. Los problemas de matrimonio, los desencuentros con los hijos adolescentes, la infancia difícil con padres alcohólicos o desequilibrios psicológicos son fórmulas que parecen manejar los algoritmos utilizados con los que se fabrican estos grandes éxitos de la televisión y también muchos de los «best seller» literarios. No parece, sin embargo, que el propósito de Wilson sea alargar las historias, que no suelen ser demasiado extensas, algo que para mí siempre es de agradecer. Los elementos dramáticos que agrega (por estereotipados que sean en ocasiones) no han supuesto para mí una molestia excesiva en comparación con todas las ideas que ofrece. Si en algo flojea Wilson es a la hora de rematar las historias, con finales que no siempre logran mantener el nivel de fascinación de la propuesta inicial. El más claro ejemplo de ello es su novela  Darwinia (1998) que no puede partir de una idea más interesante, pero que poco a poco va embarrancando hasta llegar al despropósito final. Pero incluso con todos estos graves defectos resulta ser una novela absorbente que estimula la imaginación. Spin es en este sentido, de las novelas que conozco de Wilson, la más redonda de todas. Los cronolitos no es de las que decepcionan pero tampoco se puede decir que su final resulte antológico.

En todo caso se trata de una novela que se lee con agrado, de escritura clásica que nos evita esas innecesarias piruetas narrativas seguidas más por moda que por imperativos literarios que nos obligan a ir páginas atrás y adelante para entender lo que sucede, algo a los que nos tienen últimamente acostumbrados. En fin, un libro muy disfrutable, lo que ya es bastante.


viernes, 22 de octubre de 2021

”Refugio del Viento” de George R. R. Martin y Lisa Tuttle

Portada de ”Refugio del Viento” de George R. R. Martin y Lisa Tuttle
      Antes que nada debo decir que no he leído ninguno de los libros que componen la monumental y aún sin acabar serie Canción de hielo y fuego (1996-). He visto, eso sí, la adaptación que se hizo para la televisión y por eso me permitiré más adelante destacar ciertas semejanzas que me han parecido observar con respecto a Refugio del Viento (1981).

 Mi primer contacto con la obra de George R. R Martin fue a través de relatos cortos, en concreto con la antología que publicó Caralt en 1982 titulada Una canción para Lya. Años después leería otro libro de relatos, Canciones que cantan los muertos (1983) que en esta ocasión publicó Martínez Roca y que contenía uno de sus mejores relatos: Reyes de la arena. La impresión que tuve es la de que Martin es un estupendo contador de relatos, y lo cierto es que disfruté más con ellos que con su novela Muerte de la luz (1977), aunque no estoy con eso diciendo que no me gustara. En ésta, su primera novela, ya aparecen sus temas más queridos alrededor de los cuales giran también las historias que suceden en Canción de hielo y fuego como son la lealtad, la ruptura con las tradiciones, el amor o los complejos vínculos familiares.

Refugio del viento en este sentido no es diferente. Por otra parte, también nos encontraremos con personajes muy sólidos rodeados de un escenario grandioso. Las geografías extremas con nombres altisonantes como Nido de Águilas, Amberly Menor, Hacha de Hierro nos evocan de inmediato Juego de tronos. Cada una de las islas del planeta posee sus propias costumbres, su propia indumentaria y los habitantes se diferencian los unos de los otros tal y como sucedía en la célebre serie. Refugio del viento bien podría ser una más de las narraciones que integran Canción de hielo y fuego.

Hasta ahora sólo he hablado de Martin pero el libro está firmado también por una autora como Lisa Tuttle a la que no me gustaría desdeñar. De ella he reseñado en este blog dos libros: la novela, Futuros perdidos, y el libro de relatos, Nido de pesadillas. Sin embargo, así como la presencia de Martin es manifiesta, resulta más difícil ver la mano de Tuttle en la novela. En otro orden de cosas siempre me he preguntado cómo se reparten el trabajo dos escritores a la hora de escribir una novela. Hay varios ejemplos de libros escritos a cuatro manos de autores que han sabido complementarse muy bien como Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, que dieron lugar a  Mercaderes del espacio (1953), o incluso Larry Niven y Jerry Pournelle pero también ha habido colaboraciones poco exitosas entre grandes autores que no dieron el fruto esperado. Ejemplo de ello es Deus Irae (1976) firmada  por Philip K. Dick y Roger Zelazny. No es el caso de Refugio del Viento, una novela que no desmerece a las escritas por cada uno de los autores por separado.

Estamos ante una fantasía bien escrita con unos personajes magníficamente caracterizados, en la que resulta agradable sumergirse. En ella se nos cuenta la historia de Maris, una muchacha cuyo mayor deseo es convertirse en una voladora, lo que va en contra de la tradición por no ser ella hija de un volador. La acción transcurre en un planeta, que salvo unas pocas islas, está cubierto por océano. Las alas que permiten volar a los pocos privilegiados en ese mundo de vientos continuos son limitadas. Esto es debido a que se fabrican con un tejido muy resistente obtenido de los restos de la nave estelar en la que en el pasado llegaron los primeros humanos y que acabó estrellándose. El libro se compone de tres novelas cortas en las que se narran tres periodos decisivos en la vida de Maris: su comienzo como voladora, su madurez y su decadencia. Cada una de ellas concluye, aunque la que le sigue es consecuencia de la anterior. Las dos primeras podrían pertenecer, si es que existe algo así, al género deportivo. Si lo digo es porque los momentos cruciales se resuelven con competiciones entre voladores. Esto no debe hacernos pensar que estamos ante un libro de acción. Los tres relatos están contado a un ritmo pausado pero tienen como gran baza su capacidad de hacernos vivir lo que nos es relatado. Las mismas historias narradas por otros autores seguramente no producirían el mismo efecto. Tuttle y Martin nos hacen sentir el viento en la piel, hacen que disfrutemos de las corrientes de aire que alzan hacia al cielo a los personajes como si fuéramos uno de ellos. El miedo a precipitarse en el mar o a estrellarse contra las rocas lo experimentamos con la misma intensidad. En fin consiguen que deseemos con la misma pasión y anhelo que Maris tener unas alas y remontar las nubes.

domingo, 14 de marzo de 2021

"Snow Crash" de Neal Stephenson

    

Portada de  “Snow Crash” de Neal Stephenson

            De todas las novelas escritas por Neal Stephenson Snow Crash (1992) debe ser la más asequible y entretenida. Desde luego su lectura resulta mucho menos desalentadora que La era del diamante (1995) y que la primera parte de Criptonomicon (1999) (no me he animado a leer el resto). Sin renunciar a su estilo y a su peculiar humor de alumno aventajado de último curso de ciencias, Stephenson ha escrito una novela de aventuras ligera, sin demasiada trascendencia, que ha logrado que me reconcilie en parte con él. Tanto es así que estoy considerando la posibilidad incluso a costa de poner en riesgo mi salud mental de leer Anatema (2008).

               En un principio Snow Crash iba a ser una novela gráfica, algo que se hace evidente desde las primeras líneas al ver la importancia que se concede a las imágenes, una imágenes de enorme poder visual, casi icónicas, que se quedan grabadas en la mente del lector como el estribillo pegadizo de una canción de éxito. ¿Cómo olvidarse de su protagonista Hiro Protagonist enfundado en su mono negro con almohadillas de armagel y su catana? ¿O de la quinceañera T.A (Tuya Afectísima) con su monopatín de inteliruedas y su visor RadiKS modelo Knight Vision lanzando su arpón entre el tráfico para dejarse remolcar por el coche más rápido? ¿O cómo olvidarse de las Criaturas Ratas, esos perros cibernéticos con motor nuclear? Un capítulo aparte lo constituyen los villanos de la novela, encabezados por Cuervo, un aleutiano enorme capaz de atravesar con sus cuchillos de punta de vidrio cualquier blindaje y que se pasea como si nada con una bomba nuclear en el sidecar. La novela está llena de personajes carismáticos como L. Bob Rife, señor del ancho de banda o el jefe de la mafia Tío Enzo, figuras dignas de cómic. Lo más curioso es que éste último pertenece al equipo de los buenos, de los que tratan de salvar al mundo del peligroso virus/droga llamado/a Snow Crash.

            Hay que tener en cuenta que el mundo en el que se desarrolla la novela es muy diferente del nuestro. Los Estados Unidos de América han parcelado su territorio y lo han vendido a diferentes organizaciones criminales y empresas de catadura diversa. En cada una de estas zonas rigen leyes distintas que han sido promulgadas por cada franquiciado y cada una con una policía propia que vela que se cumplan. Menos caótico se presenta el otro escenario en el que se desarrolla gran parte de la novela. Me refiero al «Metaverso», un mundo virtual en el que cada uno puede ser el que quiera siempre que tenga un hardware y un software suficientemente potente para ello. El «Metaverso» de Stephenson está muy lejos del caprichoso juego de psicodelia que imaginó William Gibson en su célebre Neuromante (1984) y que él llamara ciberespacio. Al contrario que Gibson, Stephenson conoce el territorio que pisa.

            Más controvertida resulta la teoría relacionada con la lengua que plantea Stephenson, que pretende establecer una relación entre el código máquina (instrucciones básicas con las que se programan los microprocesadores) y el lenguaje que hablaban los sumerios. La idea de que exista una especie de lengua elemental y universal que maneje nuestra mente es muy atractiva, aunque resulte algo traída por los pelos. En cualquier caso Stephenson se encarga de hacerla lo bastante creíble, y si con su «Metaverso» le daba un buen pescozón a William Gibson, con sus especulaciones sobre la glosolalia (capacidad sobrenatural de hablar lenguas) y los virus lingüísticos le da un sonoro sopapo a Samuel Delany, que en su novela Babel-17 (1966) quiso convencernos de que un lenguaje podía ser utilizado como arma.

            Pero Neal Stephenson no puede dejar de ser como es y a veces se enreda en explicaciones demasiado prolijas, como por ejemplo, cuando se explaya sobre los dioses sumerios y sobre  algunos mitos que comparten muchas religiones. Su locuacidad llega al extremo de alargar un chiste con evidente gracia hasta acabar por arruinarlo, como sucede con el capítulo que dedica por entero a explicar las recomendaciones que hace la oficina del gobierno federal a sus empleados para que consuman menos papel higiénico.

            Snow Crash es una novela de excesos, algo habitual en la literatura de acción y aún más  en el cine de acción: con unos malos malísimos, con unos buenos que son los mejores en lo que ellos saben hacer, con unas escenas de acción trepidantes, de una aparatosidad dignas de Hollywood y unos gadgets y unas armas para pasmarse. Aunque la novela no termina con una de esas revelaciones típicas de los folletines decimonónicos (que la saga de Star Wars ha adoptado como algo inherente a sus tramas) en las que se descubre alguna relación de parentesco inverosímil entre algunos de los personajes principales, sí lo hace con una coincidencia bastante improbable. En todo caso no se puede negar que estamos ante una novela muy entretenida, narrada a un ritmo cinematográfico, muy atractiva visualmente y con una trama que parte de una premisa de gran originalidad. Y si bien todo esto es cierto, hemos de reconocer también que no hay mucho más, pero tampoco todos los libros tienen que cambiarnos la vida forzosamente.

viernes, 29 de enero de 2021

“La coartada del diablo” de Manuel Moyano


Portada de “La coartada del diablo” de Manuel Moyano

            Esta novela de sugerente título, La coartada del diablo, le proporcionó a Manuel Moyano el premio Tristana de novela fantástica en 2006. Con ella el escritor nacido en Córdoba quiso crear un relato clásico de terror que, teniendo como modelo el terror anglosajón, se localizara en un paraje de la España profunda con todas las singularidades en cuanto a personajes y a situaciones que eso trae consigo. En ese sentido Moyano sale airoso de la empresa gracias a una historia que sabe recoger muchos de los tópicos de la España rural sin caer en lo trillado.

            Al igual que Lovecraft se inventaba pueblos en decadencia en Nueva Inglaterra para situar muchas de sus historias de horror cósmico, Moyano concibe su propio escenario, un pintoresco  Manfraque en el que el mal está al acecho. Se trata de un villorrio de mala muerte al borde del abandono como muchos otros pueblos de España, que tal vez podría encontrarse en Castilla o Extremadura (el autor no proporciona demasiados datos para su localización). Lovecraft puebla su Insmouth imaginario de unos seres de aspecto repulsivo, de ojos saltones y cabeza estrecha, Moyano hace que unos seres, los «bubos», que en su día fueron humanos, habiten unas cuevas en los montes que rodean Manfraque. Uno de los personajes de la novela que no simpatiza mucho con estas criaturas las describe así:

            «Al parecer, la endogamia y el aislamiento se han conjurado con el agua envenenada para engendrar a lo largo de los siglos una raza de cretinos deformes y babeantes proclives a la vagancia y la
promiscuidad
».

            Es una lástima que estos pobres «bubos» dignos de lástima no tengan el protagonismo que las primeras páginas parecen prometer. La novela sigue por otros derroteros y estos seres imaginarios sirven al autor poco más que para dar un poco más de color y un toque insólito al pueblo. Mayor relevancia tienen los representantes de los poderes fácticos que, como suele ocurrir en los entornos rurales, no son otros que el cura, el médico y el maestro, que en este caso hace también de mandamás del pueblo. Moyano sabe dotarlos de unas particularidades que los hacen más interesantes. Por ejemplo, Paniagua es además de médico un antropólogo aficionado que sueña con obtener el Nobel gracias a sus minuciosos estudios sobre los «bubos». O Jambrina, el sacerdote, que en sus sermones trata temas tan acuciantes para sus parroquianos como la interpretación herética del Apocalipsis realizada por una incierta secta.

            El protagonista es un hombre que después de treinta años de matrimonio se ha quedado solo debido a la muerte de su mujer. La casa de la ciudad que compartían guarda demasiados recuerdos por lo que abrumado decide retirarse a este pueblo remoto, que ni siquiera conoce, llamado Manfraque. A su llegada al pueblo alquila una casa a Tránsito, una mujer voluminosa e incansable cuyo marido se encuentra en estado vegetal debido a una esclerosis múltiple. Entonces comienzan a ocurrir una serie de desgracias de las que muchos culpan a los «bubos». A través de unas cartas escritas en un lenguaje culto y a veces en desuso que el protagonista envía con periodicidad a su primo, vamos conociendo los hechos. Hasta ahora he hablado de los protagonistas humanos pero en realidad el gran protagonista de la novela es el lenguaje. Se trata de un lenguaje como decía de gran riqueza, con abundancia de palabras arcaicas que me hicieron pensar que la historia transcurría en el pasado. En un principio esto me confundió y después, cuando me di cuenta de mi error, me vi obligado a recomponer la imagen mental que me había estado haciendo hasta entonces. Todo acontece en el presente o en un pasado reciente, lo que sucede es que la manera en que se expresa su protagonista y el modo en el que actúan los vecinos nos invitan a creer que estamos leyendo las cartas envueltas en polvo y telarañas del olvidado baúl perteneciente a un antepasado. Las historias de terror resultan más verosímiles y funcionan mucho mejor cuando suceden en el pasado, algo que el autor de El imperio de Yegorov no desconoce.

            Arropada la historia por un vocabulario rebuscado pero sin llegar a los términos inventados por Santiago Lorenzo en Los asquerosos (otra novela rural muy diferente) la historia discurre entre momentos de cierta ternura, de misterio, de terror e incluso de voluptuosidad desaforada y también de humor, de un humor sutil casi invisible que se aprecia sobre todo en el retrato que se hace de los personajes. La única pega que se le puede poner a la novela es que su desenlace resulta un tanto previsible, casi desde el principio dejó de ser un secreto para mí lo que sucedía. Pero esto no debe ser un impedimento para disfrutar de este libro, que, como la mayoría de los que escribe Moyano, sabe a poco.

lunes, 18 de enero de 2021

"El rebaño ciego" de John Brunner

Portada de "El rebaño ciego" de John Brunner
         La primera palabra que me viene a la cabeza con esta novela es caleidoscopio, que como alarde de imaginación (demasiado manido) no es gran cosa. También podría hablar de mosaico o incluso de puzle de vidas o como hoy me he levantado ocurrente podría apuntar a la visión facetada de un futuro próximo, aunque lo encuentro un tanto rebuscado. En cualquier caso, todo eso y más es El rebaño ciego (1972).

            Admito que no soy un entendido en la obra de John Brunner (1934-1995). Leí hace ya unos cuantos años una de sus novelas más célebres (que tal vez debería releer) El jinete en la onda del shock (1975) que no me impresionó lo suficiente como para animarme con el resto de sus mastodónticas novelas. Porque de entre las muchas cosas que puede decirse de Brunner estoy seguro de que nos pondremos de acuerdo al menos en una, la de que no es precisamente un autor parco en palabras. Sus libros más aclamados, entre los que se encuentra El rebaño ciego y sobre todo el más conocido de ellos, Todos sobre Zanzíbar (1968), que ganó el Hugo en 1969, son los que cuentan con un mayor número de páginas. Además de un tamaño amedrentador tienen en común estar situados en un futuro cercano y haber sido escritos con el mismo estilo fragmentario que indicaba al principio de esta reseña. Esta manera de narrar que Brunner tomó prestada de John Dos Passos y que en El jinete en la onda del shock no acabó de convencerme (aunque como digo quiero darle una nueva oportunidad) convierte a El rebaño ciego en la gran obra que es. Fondo y forma están tan imbricados que cuesta imaginar que la novela pudiera haberse escrito de otra manera. A través de pequeños fragmentos de la vida de diversas personas, flashes significativos del día a día, entrevistas, anuncios de todo tipo, locuciones de radio…, Brunner logra construir un retrato formidable y complejo del futuro próximo, un futuro tan creíble que es fácil confundirlo con nuestro presente. Es cierto que esta estructura fragmentada con constantes elipsis demanda una atención añadida al lector, a lo que debemos sumar que muchos de los personajes aparezcan casi de manera subrepticia sin que sepamos el papel que irán a jugar más adelante, lo que obliga en ocasiones a volver atrás para saber quiénes son. Sin embargo, el esfuerzo merece la pena. Brunner teje con calma y precisión, hilo a hilo, y sólo al final cuando da las puntadas finales nos damos cuenta del intrincado tapiz que ha urdido. Ante nuestros ojos se aparece entonces ese mundo terrible a punto del colapso ecológico a causa de la ineptitud humana tan verosímil que hará que miremos a nuestro alrededor para cerciorarnos de que seguimos en el salón de nuestra casa. Es muy posible que nuestra mirada se tope con lo que hay más allá de la ventana y reparemos en las mascarillas que cubren los rostros de todos los transeúntes y pensemos en las enfermedades que nos amenazan, algunas dadas por erradicadas hace años. A partir de aquí nuestra mente puede decidir sumergirse en otras cavilaciones no demasiado esperanzadoras, como la locura climatológica que nos azota o la incredulidad que nos producen los líderes que nos gobiernan surgidos de una mala película de serie B de los sesenta. La pesadilla de Brunner no está lejos de hacerse realidad, sólo nos cabe esperar que su trepidante y apocalíptico final no sea también el nuestro.

Siempre se ha destacado la capacidad profética de Brunner. No es mi intención subestimarla y lo que voy a decir a continuación no le resta un ápice de valor a la novela, no obstante tengo la impresión de que mucho de lo que anticipaba Brunner en 1972 ya estaba  aflorando por aquel entonces. La contaminación de los mares, la resistencia de los gérmenes a los antibióticos, la ceguera de los gobernantes, el «cortoplacismo» no eran desconocidos hace cincuenta años y creo que precisamente esto hace que el libro siga siendo tan actual y que resulte tan terrorífico como entonces, porque pone de manifiesto lo poco que se ha hecho en todos estos años. Los «trainitas», los imprudentes ecologistas radicales de la novela, por suerte no se han hecho realidad pero no hubiera estado mal tener a mano a un hombre con la conciencia ecológica y el carisma de Austin Train. Aunque mucho me temo que su presencia sería tan inútil como en el libro, se le acusaría de traición como se ha hecho con Snowden o puede que de terrorismo.

En cualquier caso debemos repartir las culpas, nuestros gobernantes no son los únicos responsables del desastre ambiental. La mayoría de nosotros somos magníficos ecologistas hasta que nos tocan el bolsillo o nuestro empleo se ve en peligro. Compramos en los supermercados más baratos (muchos no tienen otro remedio si quieren llegar a fin de mes) sin importarnos la procedencia de los productos, queremos comer tomates y naranjas durante todo el año aunque vengan de las antípodas, nos lamentamos de las armas que hay diseminadas por el mundo entero pero por otro lado, nos negamos a que las empresas que las fabrican se cierren para poder seguir manteniendo nuestro trabajo. Yo mismo he acudido a ese monstruo del consumismo que es Amazon para obtener este libro. Intenté conseguirlo por otros medios pero por alguna razón todos los ejemplares disponibles de la edición de AJEC (que por cierto requeriría de una buena revisión) se encontraban fuera de España. Ahora mientras escribo esto y compruebo los datos leo en la página del final del libro lo siguiente: Printed by Amazon Italia Logística S.r.l. ¿Qué pensaría John Brunner si lo viera?

miércoles, 9 de diciembre de 2020

“Ángeles rotos” de Richard Morgan

Portada de "Ángeles rotos" de Richard Morgan
            Entrar en Ángeles rotos debe aproximarse mucho a ser lanzado desde una aeronave en pleno vuelo a lo desconocido, a un terreno posiblemente minado u ocupado por el enemigo mientras las bombas explotan alrededor. Así me he sentido yo en mitad de una batalla sin saber quiénes son los enemigos, equipado con armas tan complejas que no sé cómo usar ni tampoco contra quién dirigirlas. ¿Quién demonios es Kemp? ¿Por qué luchan en Sanción IV? 

            En ocasiones, viendo películas de acción he experimentado algo muy parecido y  confieso sin avergonzarme que gran parte de ellas las he terminado sin enterarme con detalle de la trama. Sospecho que la mayoría de las veces ni siquiera merece la pena intentar el esfuerzo, ¿para qué si el argumento carece de sentido? Cuando todo no es más que un pretexto para encadenar escenas y más escenas de acción. El relax y el alivio que proporciona no tener que estar atento a las motivaciones que impulsan a unos y otros para actuar como actúan permite un mayor disfrute de la película y yo lo recomiendo encarecidamente. Basta con dejarse arrastrar por las impactantes imágenes que pasan ante nuestros ojos, por las peleas encarnizadas, por la sangre que a veces parece salpicarnos desde la pantalla o por los gritos aterrorizados de los personajes o por la música atronadora. Lo que no sabía es que esto mismo fuera posible con un libro, principalmente porque la lectura requiere un esfuerzo mínimo por nuestra parte para interpretar y reconstruir en nuestra mente lo que se nos cuenta, algo que no es preciso cuando se ve una película. Sin embargo, de alguna manera, Morgan lo consigue.

            Lo hace además venciendo mi resistencia a ciertos tópicos que abundan en los relatos de acción y que Morgan no sólo no elude sino que explota sin complejos. Su mismo protagonista, que ya conocimos en circunstancias muy distintas en Carbono modificado, es un buen ejemplo de ello. Takeshi Kovacs (como comenta Ignacio Ilarregui en el prólogo) es el típico tipo duro, curtido en mil batallas, descreído de todo, que va siempre un paso por delante de todos, una máquina de matar infalible que sin embargo no tiene una roca como corazón. La historia cuenta además con los ingredientes típicos del género: armas a mansalva, un villano cruel y desalmado, una misteriosa mujer que enseguida inferimos acaparará la atención sentimental de nuestro héroe, un duelo final cuerpo a cuerpo (demasiado largo para mi gusto) y una revelación final que lo trastoca todo pero que a la vez lo aclara. Éste suele ser el esquema básico con el que funcionan la mayoría de las películas de acción de hoy en día. Morgan reúne todo estos elementos, los mezcla con armonía, les añade un poco de cyberpunk, una generosa dosis de sexo, un mucho de crítica al capitalismo, un misterioso artefacto alienígena y lo ensambla todo con nano uniones de polaleación y sin haber inventado nada nuevo construye una novela de acción impecable. El mérito, nada desdeñable por otra parte, está en saber manejar los tiempos, en crear intriga y hacer que ese futuro violento en el que la vida de cualquier persona que cabe en una cápsula de unos pocos centímetros resulte verosímil. Morgan ya demostró su habilidad para la acción en Carbono modificado, una novela frenética de género negro que Netflix convirtió en una especie de Blade Runner cutre y desangelada.

            La razón principal de que con tópicos y todo Ángeles rotos resulte una lectura casi imposible de dejar es que Morgan es un buen narrador, uno capaz de crear unos personajes, incluido Kovacs, lo suficientemente atractivos para que el lector se involucre en la acción y nos importe lo que les pase; lo que, por ejemplo, no sucedía en La brigada de luz de Kameron Hurley por compararla con una novela de acción bélica reciente. Sí hubiera que hacerle un reproche sería por las descripciones, que pecan de ser en exceso impresionistas, más tendentes a crear una emoción o sugerir que a construir un escenario tangible.

            Ángeles rotos viene a ser algo así como meterse un chute de pura adrenalina en el cuerpo. Es cyberpunk, sexo y violencia pero también una sentida loa a la lealtad entre compañeros. Pero más que nada es la expresión manifiesta ya no sólo de la poca confianza que le merece el ser humano a Morgan, sino cualquier inteligencia que pueda surgir en este universo, que nace obligada a competir encarnizadamente con las demás especies si pretende sobrevivir.

jueves, 27 de febrero de 2020

"Arañas de Marte” de Guillem López


"Arañas de Marte”  de Guillem López            Tras La polilla en la casa del humo no había vuelto a leer nada de Guillem López, un autor que goza del favor de muchos aficionados al género. Sin embargo, no fue la buena acogida del libro lo que me indujo a comprarlo sino su título tan evocador, Arañas de Marte, y la impactante portada de Santiago Caruso con la que Valdemar ha vestido la edición.

            La novela comienza con una incomprensible celebración. Hanne y Arnau perdieron a su hijo hace un año a causa de un cáncer y aconsejados por la psicóloga que trata a la madre reúnen  a sus amigos para conmemorarlo. El resultado es que  Hanne sufre un ataque epiléptico. El siguiente capítulo parece retroceder al momento en que Hanne y Arnau se conocieron. Y digo parece, porque existen algunos elementos discrepantes que hacen que los dos episodios sean incompatibles. Este capítulo bien podría ser el comienzo de la típica película de terror con la escena de sexo frenético que precede al susto y que en este caso se plasma con la aparición repentina e inexplicable de un profundo agujero en medio de la casa. En capítulos sucesivos asistimos a diferentes escenas de la vida de Hanne, algunas pertenecientes a su pasado, un pasado que podría o no haber ocurrido y también a futuros alternativos. Una vez que nos hacemos con la mecánica del relato y vemos a donde nos lleva, todo el interés queda a merced de la imaginación de López y en su capacidad para sacarle todo el jugo a la triste, pero, sin embargo, poco sugestiva circunstancia de la protagonista. El propio autor parece impacientarse en un momento dado por lo que termina dejando a un lado las sutilezas iniciales y hace que Valencia y alrededores estallen o se invente una escena de puro gore en el que revienta las vísceras a todo el que se mueve.

            Al principio el relato nos predispone a pensar que todo no es más que fruto de la locura de Hanne, aunque en uno de los capítulos finales se insinúa que todos esos mundos alternativos podrían coexistir y para justificarlo se acude ¿cómo no?, al comodín de la física cuántica. López no descarta ninguna de las explicaciones y deja incluso abierta la posibilidad remota de que todo se deba al ataque de unas arañas alienígenas desde la quinta dimensión. Al no decantarse por ninguna de las explicaciones, la historia queda en un peligroso terreno de nadie, lo que resta eficacia al mensaje que quiere transmitir, el desasosiego que supone vivir la vida. Algo similar a lo que intentó Lisa Tuttle en su novela Futuros perdidos, aunque la escritora norteamericana prefirió escoger una vía más racional y menos visceral que la elegida por López. Pueden leer la reseña aquí.

            Un libro como éste merecería tantas valoraciones complementarias, contradictorias o excluyentes como historias alternativas le son ofrecidas al lector. Una reseña infinita habría dicho Borges. Dada la imposibilidad de hacer algo así, me contentaré con escribir dos conclusiones, para lo que me viene muy bien la frase con la que arranca la novela: “La vida es una sesión de interrogatorio en la que Dios juega a poli bueno y poli malo”.

            Conclusión del poli malo:
             Posee López una gran habilidad para encontrar metáforas, las cuales usa con prodigalidad pero a veces también con cierta temeridad. Las metáforas son muy útiles y contribuyen a la inmersión del lector en la historia, a hacerle partícipe del mundo creado por el autor, aunque también puede ocurrir lo contrario, sobre todo si el autor se afana en querer huir constantemente de lo convencional y en romper tópicos. En cuanto a la trama..., cuando la física cuántica anda de por medio es del todo imposible predecir lo que va a ocurrir. Abrir la famosa caja de Schrödinger siempre da un resultado imprevisible, ya se sabe, lo mismo puede uno toparse con un gato vivo que con uno muerto. Pero a veces, algunas veces, y esto es aún más inaudito, puede que en lugar de un gato encontremos una liebre. Poco importa que esté viva o muerta.

            Conclusión del poli bueno:
            Una novela muy personal, intensa, que parece escrita desde las entrañas; tanto es así, que resulta fácil caer en la tentación de confundir al narrador con el autor, un protagonismo que, sin embargo, acaba relegando al personaje principal a un segundo plano. Tiene López un estilo inconfundible que se apoya sobre todo en frases breves y cortantes. Nos hallamos ante un autor muy seguro de sus convicciones, las cuales deja claramente patentes mediante aseveraciones categóricas. Un libro menos complejo de lo esperado con un buen ritmo, una arriesgada mezcla de drama psicológico, terror y relato “pulp” que al menos se lee de un tirón.

lunes, 17 de febrero de 2020

"Los testamentos” de Margaret Atwood


"Los testamentos”  de Margaret Atwood             Con Los testamentos más que proponerse escribir una continuación Margaret Atwood parece haber querido afianzar lo ya hecho en El cuento de la criada, desarrollando con más detalle los pormenores de ese mundo que concibió hace ya treinta años. Es como si quisiera  convencernos de que esa Gilead de pesadilla pudiera un día ser posible y que no se trata de una entelequia. Por esta razón pienso que El cuento de la criada se ajusta más a los cánones de lo que se considera la distopía clásica. En este tipo de distopías, como Nosotros de Zamiatin o 1984 de Orwell por poner algunos ejemplos, los autores imaginaban sociedades que no solían ser más que interpretaciones del presente, distorsiones de la realidad. Normalmente el cómo se llegaba a esas situaciones carecía de importancia ya que no pretendían otra cosa que llamar la atención sobre algunos aspectos de la sociedad magnificándolos y haciéndolos más extremos. Se trataba de mundos imposibles, experimentos de la imaginación, improbables pero esclarecedores. Algo que Atwood supo hacer a la perfección en El cuento de la criada cuando creó esa sociedad teocrática y puritana que relegaba a la mujer a las tareas de reproducción y a la educación de los niños. En este sentido Los Testamentos no añade contenido distópico nuevo, la mayoría ya estaba ahí, lo que hace es apuntalarlo.

            Para ello necesita proporcionar una visión lo más completa posible de Gilead, algo que con un  único protagonista resultaría mucho más dificultoso por lo que Atwood recurre a tres personajes femeninos. A través de Agnes, Daisy y Tía Lydia conoceremos nuevos aspectos de la sociedad giledeana que no habían quedado suficientemente aclarados. Ya conocíamos los ultrajes que sufren las criadas, faltaba por conocer con más detalle el mundo de las esposas. Este aspecto concreto de Gilead lo iremos descubriendo por medio de de Agnes, una muchacha que ha alcanzado la edad fatídica de buscar marido. Daisy, la otra joven protagonista, vive en Canadá y nos proporciona una visión de Gilead desde fuera, desde un país democrático con el que se tiene una relación incómoda. Para finalizar está el personaje de tía Lydia, una vieja conocida de El cuento de la criada, ella nos dará la oportunidad de conocer los entresijos de Gilead con su hipocresía y corrupción imperante. Y lo cierto es que Atwood lo hace endemoniadamente bien. La primera parte del libro, en la que a través de los ojos de sus protagonistas nos metemos en los hogares de Gilead, en una de sus escuelas, en Casa Ardua (donde viven las tías) y en el despacho del comandante Judd es magnífica. La recreación que realiza de la sociedad con todos esos pequeños detalles que Atwood sabe introducir y la capacidad de la autora para meternos en los personajes son sin duda lo mejor de la novela. Los problemas aparecen más tarde a la hora de hacer progresar la historia. La trama que urde carece del rigor con el que ha construido el escenario.

            Las penurias que han sufrido las mujeres a lo largo del tiempo ha sido uno de los temas recurrentes en la obra de Margaret Atwood. Buen ejemplo de ello es una de sus novelas más destacadas Alias Grace, en la que se nos cuenta los esfuerzos de una muchacha durante el siglo XIX por sobrevivir trabajando como sirviente. Aludo a esta novela porque algunos de los pasajes de Los Testamentos me la han traído a la mente y es que ese futuro que se imagina Atwood tiene mucho que ver con ese pasado puritano y ese universo cerrado para la mujer.

            Estamos en fin ante un libro que parece escrito sobre todo con el objetivo de despejar muchas de las dudas suscitadas por la serie de TV y sobre el fin de Gilead, pero que aporta más bien poco sobre su origen. No queda esclarecido cómo una parte de EE.UU evolucionó hasta una dictadura que considera a las mujeres inferiores al hombre por ejemplo. Esto no es óbice para que  se lea con agrado gracias sobre todo a unos personajes espléndidamente trazados, entre los que cabe destacar la astuta Tía Lydia. Quizás echo en falta el punto de vista de los hombres de Gilead, un punto de vista que habría rematado el escenario por completo. El libro puede leerse sin haber leído El cuento de la criada, es más tengo la impresión de que sus indiscutibles valores se verían realzados.

domingo, 19 de enero de 2020

"Criptonomicón: I El código Enigma " de Neal Stephenson

"Criptonomicón I" de Neal Stephenson             Soy consciente de que escribir la reseña de una parte de una novela es del todo injusto, pero ya que ha sido dividida en tres partes para su publicación en España, supongo que con el beneplácito del autor, me creo plenamente autorizado a cometer esta infamia.
 
            No soy un gran conocedor de la obra de Neal Stephenson, del que sólo he leído la monumental (sobre todo por tamaño) La era del diamante (manual ilustrado para jovencitas), una miscelánea de escenas geniales alternadas con otras realmente plúmbeas, que predominan a mi pesar. Lamentablemente en Criptonomicón: I El código Enigma hace gala de los mismos aciertos y multiplica por tres sus defectos. Stephenson es uno de esos autores que se toma la ciencia en serio y que además disfrutan divulgándola y esto es precisamente lo que resulta atractivo de sus novelas. Es un maestro a la hora de ilustrar al lector y sus símiles además de elocuentes son siempre brillantes. Lo que hace que leerlo resulte tan tedioso es su forma de narrar. La manera tortuosa que tiene de introducirnos en cada escena, las prolijas e infructuosas descripciones o esa prolijidad en lo superfluo convierten su lectura en algo así como nadar contra corriente. Uno desea más que nada avanzar para ver lo que hay más allá, porque podría estar aguardándonos un coral de prodigiosos colores, una playa virgen de arena dorada o la cueva de los piratas, sin embargo, la corriente en contra es a veces muy fuerte y si uno consigue llegar, lo hace ya demasiado cansado para disfrutar del tesoro descubierto.
 
            ¿Y qué es lo que nos viene a  contar el autor? Pues no se sabe muy bien. Después de cien páginas sigo sin tener una idea clara de a dónde nos quiere llevar. La historia es un juego a tres bandas contra las que nos vamos dando alternativos trompazos. Dos de los hilos parecen sobrar. La trama que tiene un mínimo de interés está protagonizada por un tipo muy particular con un probable trastorno psicológico cercano al síndrome de Asperger y que parece vivir sólo para las matemáticas. Durante la segunda guerra mundial junto a Alain Turing, que es descrito igual de friki o más que él, colabora no tanto para descodificar los mensajes de los nazis, como para gestionar con inteligencia esa información robada. El objetivo es aprovecharla al máximo pero con la máxima prudencia para no revelar al enemigo que han conseguido descifrar el código secreto. Esto tiene indudable interés y Stephenson podría haberse limitado a contarnos esto, sin embargo elige contarnos también las andanzas de un marine durante la guerra que tiene una relación superficial con la división de Turing y con el protagonista. En la otra línea argumental (y la más aburrida de todas), que se desarrolla en los años 90, el nieto del tipo que trabaja con Turing junto con otro que parece saberlo todo intentan sacar adelante un proyecto relacionado con la información digital. Es de suponer que esta trama adquiera más importancia en las partes siguientes y mayor interés porque lo que es en ésta constituye un muro de hormigón casi infranqueable.
 
            El mayor problema de la novela es su lentitud y su regodeo en lo intrascendente que hubiera requerido una poda con motosierra, porque Stephenson no escribe mal y algunas descripciones (como cuando nos cuenta el silencio que se produce en la reunión ante el sultán de Kinakuta) son épicas. Me cuesta entender el éxito que tuvo este libro, hasta me cuesta creer que alguien se haya podido leer los dos tomos siguientes.
 
             Stephenson impregna su narrativa de cierta ironía y de un humor más interesado muchas veces en demostrarnos lo inteligente que es que en hacernos sonreír. En fin, un tocho de casi cuatrocientas páginas de letra muy pequeña y de una densidad amedrentadora al que hay que añadir dos libros más de dimensiones y compacidad similares que ponen en evidencia el ego hipertrofiado de este autor norteamericano. Avisados quedan.

 

martes, 2 de abril de 2019

"Invasiones” de Ismael Martínez Biurrun

"Invasiones” de Ismael Martínez Biurrun
            Bajo este equívoco título, Invasiones, Ismael Martínez Biurrun nos presenta tres novelas cortas de terror. Se trata de un formato poco convencional que yo encuentro muy atractivo porque soy de los que piensa que el terror, en general, se ajusta mejor a los relatos no demasiado extensos. Las tres historias que lo integran tienen en común la irrupción de un hecho extraordinario, una “invasión”, que convierte la vida de sus protagonistas en una pesadilla inolvidable.

            La primera, Coronación, pertenece a ese tipo de relatos en los que una serie de personas se ven obligadas por las circunstancias a permanecer encerradas en un mismo lugar. En este caso la causa de la reclusión es una extraña plaga de langostas que asola Madrid. Los miedos que provocan los insectos, la impotencia y el aislamiento hacen que los recelos y los resentimientos que habían permanecido hasta entonces bajo tierra emerjan a la superficie igual que hormigas antes de una tormenta. El conflicto entre las dos parejas que se reúnen para cenar surge por los motivos de siempre: adulterio, decepción, ambición, etc. No destaca aquí Biurrun por su originalidad, pero es que las debilidades del ser humano no han cambiado demasiado desde el inicio de los tiempos.
            A través de fugaces imágenes premonitorias, vislumbres del horror venidero, como esa langosta que encuentra uno de los protagonistas en el ramo de flores que piensan ofrecer a sus anfitriones, Biurrun conduce con determinación la trama hasta un escenario de puro terror.

            La acción de El color de la tierra se sitúa en una urbanización turística venida a menos  durante la temporada baja. Para ser concretos en una isla que yo casualmente conozco desde la infancia y cerca de una playa que tuve la suerte de disfrutar antes de que fuera explotada para el turismo. Quizás por eso me cueste ver el paisaje con la perspectiva lúgubre e inhóspita del narrador, que por otro lado es la mirada desencantada de Dimas, su protagonista. Se trata del encargado del mantenimiento de la urbanización con un pasado a cuestas que parece mortificarle tanto o más que su maltrecha espalda. Los acontecimientos se desencadenan debido a unos persistentes movimientos sísmicos que desgarran la tierra en profundas grietas de las que emana una sustancia ominosa. Al mismo tiempo que se abren las heridas en la tierra lo hacen también las de Dimas. De todos los relatos que componen el libro es en el que la trama emocional cobra mayor protagonismo, hasta el punto de que lo fantástico es sólo la chispa que pone en marcha la maquinaria narrativa. En esta ocasión Biurrun opta por un ritmo más pausado, el ambiente se va tornando cada vez más opresivo y alucinatorio hasta llegar a un inquietante y emotivo final.

            Con Nebulosa se cierra el libro, un relato que, según mi opinión, es el menos satisfactorio de los tres. Comienza con el estallido de un meteorito sobre un grupo de personas que se han reunido en el campo para verlo. Por desgracia el impacto se produce demasiado cerca y provoca varios muertos. Los supervivientes quedan profundamente afectados por el suceso, en particular, Asís, que desde entonces cree estar poseído por una especie de hongo extraterrestre. La narración, sin el apoyo de unos personajes de más peso y sin un conflicto emocional claro no alcanza, aunque se recurra al terror más gore, a provocar la desazón que transmitían las dos anteriores. La sorpresa final, una broma perversa, no es suficiente.

            Sólo me queda añadir mi impresión final sobre el conjunto del libro. En Invasiones el contenido fantástico actúa como caja de resonancia del estado anímico de sus personajes. Esto es así al menos en los dos primeros relatos. Por ejemplo, en Coronación ese rebullir enloquecido de langostas debe aproximarse mucho a la agitación mental que viven las dos parejas en su obligado encierro. En El color de la tierra cada una de las grietas que se abren en la tierra parecen sugerirnos las heridas que afligen a su torturado protagonista. La prosa de Biurrun con los años se ha liberado de la necesidad de sorprender en cada frase y resulta ahora más desenvuelta y diáfana. En fin, un autor con una obra muy personal, una voz singular en el panorama literario nacional que conviene tener en cuenta.

jueves, 29 de noviembre de 2018

"El viento soñador y otros relatos”, selección de Mariano Villarreal

"El viento soñador y otros relatos"            El incansable Mariano Villarreal vuelve a la carga con una de sus siempre interesantes antologías. Con una periodicidad saludable, aunque seguramente insuficiente para los aficionados al género fantástico, nos trae relatos inaccesibles para los que no leemos en inglés y de paso nos da a conocer a autores españoles a los que no es fácil abordar. 

            El primer relato del libro es Romance  diferido, de Mike Resnick, y aunque el título pueda sugerirlo, no tiene nada que ver con cierta conocida expolítica entre cuyas aptitudes estaba la de despedir en diferido y la de explicarse con admirable rigor. Se trata de un relato romántico, realmente emotivo contado con una gran sencillez y cuyo gran acierto está precisamente en esa aparente simplicidad. Una historia de amor que no es de juventud como suele ser habitual, sino de un hombre al final de su vida.
            La concubina y el Bárbaro, de Rodolfo Martínez, está bien escrito, bien ambientado y seguramente encantará a los entusiastas de Conan. A mi parecer sería un buen comienzo para una novela, por sí sólo se me queda incompleto.
            Siegaespectros o La vida después de la venganza, de Tim Pratt, es uno de esos relatos ingeniosos y divertidos como los que se escribían antes. Un cuento en el que todo sucede muy rápido y que muy bien podrían haber firmado Fredric Brown, John Collier o Roald Dahl.
            Las cadenas de la casa Hadén, de Ferrán Varela, está escrito con enorme corrección; se trata de un relato sobrio sobre el sacrificio que hace un padre, pero que a mí personalmente me dice muy poco. La historia no parece desarrollarse en ningún lugar o tiempo determinado, pero aparte de eso no contiene más elementos fantásticos.
            En La verdad del muro de piedra, de Caroline M. Yoachim, se pone en cuestión las tradiciones ancestrales, aquellas que, muchas veces a pesar de su crueldad y de su arbitrariedad, pasan de padres a hijos sin generar rechazo alguno, sólo por la discutible razón de llevar practicándose desde hace siglos. Un relato duro y sin concesiones no apto para todos los paladares.
            Rosa de Navidad, de Abel Amutxategi, es una sucesión de tópicos y lugares comunes sobre vampiros y mundos apocalípticos que sólo un vuelco al final del relato habría podido salvar. A Amutxategi le da además por situar la acción en un lugar llamado Blackhill y singularizar como  protagonista a un tipo llamado Farrel Dixon (que  no ha debido ver una película de vampiros en su vida) en lugar de ubicarla en Albacete y hacer que el personaje principal se llame Juan Pérez.
            El viento soñador, de Jeffrey Ford, es un precioso cuento como los de toda la vida lleno de imaginación, tierno, con descabelladas fantasías y personajes encantadores cuyo tono recuerda a Bradbury. Por cierto, no entiendo por qué dejó de publicarse en España a este maravilloso autor.
            En cambio, en  En la isla José Jesús García Rueda se inspira claramente en Borges y en Bioy Casares. Un juego de espejos perfectamente ensamblado y con un final que no se queda atrás.
            En El naturalista, de Maureen F. McHugh, volvemos a un escenario trillado en exceso, en este caso de zombis. Un relato cruel que intenta buscar la originalidad donde es imposible mediante una historia en la que los más despiadados no son los zombis.
            Rojo, de Cristina Jurado, arranca tan fuerte que la narración sólo puede concluir en un festival de sangre y perversión para que la tensión vaya “in crescendo”. Sin embargo, las atrocidades que se cuentan en este relato aderezado digamos de una nada sutil poética de la crueldad, no llegan a provocarme ni a horrorizarme y es que ante determinado nivel de horror mis sentidos se saturan y mi mente se protege insensibilizándose.
            El  horror de Valserenosa, de Rubene Guirauta, es un pastiche con monstruo primigenio, cuya originalidad estriba en situar la historia en los Monegros alrededor de 1850. El clima de terror está muy bien logrado así como la imitación que hace de la escritura de la época, pero no deja de ser el típico relato con un monstruo horrible.

            Una selección muy digna que comentaré con más detalle en las conclusiones finales de la reseña del segundo volumen, Ciudad Nómada y otros relatos, que Villarreal lanzó simultáneamente con esta colección.