Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

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martes, 28 de enero de 2020

"Caminando hacia el fin del mundo” de Suzy McKee Charnas

"Caminando hacia el fin del mundo”  de Suzy McKee Charnas            Menos recordada que otras novelas de contenido feminista escritas alrededor de los 70 como La mano izquierda de la oscuridad de Ursula K. Le Guin o “El hombre hembra” de Joanna Russ la novela de Suzy McKee Charnas habría merecido una mayor popularidad. Desde luego es mucho más entretenida que la novela de Russ, de la que poco puedo decir ya que nunca he logrado terminarla y eso que lo he intentado en varias ocasiones. No me atrevo a hacer comparaciones con el libro de Le Guin, un clásico indiscutible que reflexiona sobre el amor y la sexualidad.

            El libro de Charnas Caminando hacia el fin del mundo sigue otros derroteros. Salvando las distancias me recuerda a El planeta de los simios de Pierre Boulle. Nos encontramos también con un mundo que ha sufrido un cataclismo que ha trastocado por completo la vida de sus habitantes. Si bien en el libro de Boulle son los simios quienes explotan a los humanos convirtiéndolos en esclavos para que realicen las tareas más duras, en la novela de Charnas quienes son sometidas y tratadas como animales son las mujeres. Además, curiosamente, en ambas existe un conflicto generacional decisivo en la trama. Quizás en el libro de Boulle las intenciones del autor resulten más obvias que en el de Charnas y es fácil encontrar una interpretación, se trata de una parábola sobre cómo los intentos del hombre por dominar la naturaleza se vuelven contra él. La novela que reseño comparte el mismo pesimismo si bien su mensaje, si es que lo tiene, es menos obvio. En lugar de seguir el ejemplo de Boulle y crear un mundo dominado por las mujeres opta por lo contrario, por exagerar al máximo las malas condiciones de la mujer. Para no caer en la parodia o en la caricatura la escritora estadounidense describe el escenario con gran detalle dotándolo de una complejidad y una verosimilitud que lo hace muy real. Nada parece habérsele escapado al crear este atroz mundo lleno de vida pero también de muerte. A lo largo de las alrededor de trescientas páginas que tiene la novela  nos va relatando las estrictas normas de comportamiento que rigen esa sociedad, nos habla de las difíciles relaciones entre jóvenes y mayores, de la feroz segregación que sufren las mujeres y también de las supersticiones que atormentan a sus habitantes.

            Tras una catástrofe de la que los hombres culpan a las mujeres la humanidad ha quedado reducida a una única raza: la blanca. Los animales han sido exterminados y las “fems”, que es como llaman a las mujeres, ocupan su lugar. Viven recluidos en un valle al que llaman la Fortaleza y su único sustento es el cáñamo y las algas por lo que padecen hambrunas frecuentes de las que siempre culpan a las “fems”. Y es que las “fems” sirven de chivo expiatorio para cualquiera de los males que asolan este mundo por lo que a menudo acaban en la hoguera condenadas por brujería. Desde muy pequeños los niños son arrancados de sus madres y educados en la escuela por los maestros sin que vuelvan a saber nunca más de sus progenitores. Eykar Bek es un caso excepcional, conoce el nombre de su padre y junto al que fue su compañero de escuela y amante D Layo decide ir en su busca. La novela relata el tortuoso y cruento viaje hasta el encuentro con su padre. Un tema con claras reminiscencias clásicas, hasta el nombre D Layo hace una clara alusión al padre de Edipo de la obra de Sófocles.

            Dicho todo esto parece que estamos ante una obra perfecta, lo cual está lejos de ser cierto. Mencionaré algunos fallos. Creo que una novela que está contada a través de sus personajes (sus nombres dan el título a cada uno de los capítulos a excepción del último) debería de dedicarles una mayor atención. Sobre todo a los dos principales, Bek y D Layo adolecen de cierto esquematismo y sus motivaciones resultan muchas veces algo arbitrarias. Por otro lado, no le habría venido mal imprimir al relato mayor dinamismo.

            En pleno auge feminista, en el que el mercado se ha llenado de burdas distopías feministas a remolque del éxito televisivo de El cuento de la criada, convendría echar un vistazo atrás y darse cuenta de que la ciencia-ficción feminista no se ha inventado ahora. Caminando hacia el fin del mundo de Suzy McKee Charnas es un buen ejemplo de ello.

domingo, 19 de enero de 2020

"Criptonomicón: I El código Enigma " de Neal Stephenson

"Criptonomicón I" de Neal Stephenson             Soy consciente de que escribir la reseña de una parte de una novela es del todo injusto, pero ya que ha sido dividida en tres partes para su publicación en España, supongo que con el beneplácito del autor, me creo plenamente autorizado a cometer esta infamia.
 
            No soy un gran conocedor de la obra de Neal Stephenson, del que sólo he leído la monumental (sobre todo por tamaño) La era del diamante (manual ilustrado para jovencitas), una miscelánea de escenas geniales alternadas con otras realmente plúmbeas, que predominan a mi pesar. Lamentablemente en Criptonomicón: I El código Enigma hace gala de los mismos aciertos y multiplica por tres sus defectos. Stephenson es uno de esos autores que se toma la ciencia en serio y que además disfrutan divulgándola y esto es precisamente lo que resulta atractivo de sus novelas. Es un maestro a la hora de ilustrar al lector y sus símiles además de elocuentes son siempre brillantes. Lo que hace que leerlo resulte tan tedioso es su forma de narrar. La manera tortuosa que tiene de introducirnos en cada escena, las prolijas e infructuosas descripciones o esa prolijidad en lo superfluo convierten su lectura en algo así como nadar contra corriente. Uno desea más que nada avanzar para ver lo que hay más allá, porque podría estar aguardándonos un coral de prodigiosos colores, una playa virgen de arena dorada o la cueva de los piratas, sin embargo, la corriente en contra es a veces muy fuerte y si uno consigue llegar, lo hace ya demasiado cansado para disfrutar del tesoro descubierto.
 
            ¿Y qué es lo que nos viene a  contar el autor? Pues no se sabe muy bien. Después de cien páginas sigo sin tener una idea clara de a dónde nos quiere llevar. La historia es un juego a tres bandas contra las que nos vamos dando alternativos trompazos. Dos de los hilos parecen sobrar. La trama que tiene un mínimo de interés está protagonizada por un tipo muy particular con un probable trastorno psicológico cercano al síndrome de Asperger y que parece vivir sólo para las matemáticas. Durante la segunda guerra mundial junto a Alain Turing, que es descrito igual de friki o más que él, colabora no tanto para descodificar los mensajes de los nazis, como para gestionar con inteligencia esa información robada. El objetivo es aprovecharla al máximo pero con la máxima prudencia para no revelar al enemigo que han conseguido descifrar el código secreto. Esto tiene indudable interés y Stephenson podría haberse limitado a contarnos esto, sin embargo elige contarnos también las andanzas de un marine durante la guerra que tiene una relación superficial con la división de Turing y con el protagonista. En la otra línea argumental (y la más aburrida de todas), que se desarrolla en los años 90, el nieto del tipo que trabaja con Turing junto con otro que parece saberlo todo intentan sacar adelante un proyecto relacionado con la información digital. Es de suponer que esta trama adquiera más importancia en las partes siguientes y mayor interés porque lo que es en ésta constituye un muro de hormigón casi infranqueable.
 
            El mayor problema de la novela es su lentitud y su regodeo en lo intrascendente que hubiera requerido una poda con motosierra, porque Stephenson no escribe mal y algunas descripciones (como cuando nos cuenta el silencio que se produce en la reunión ante el sultán de Kinakuta) son épicas. Me cuesta entender el éxito que tuvo este libro, hasta me cuesta creer que alguien se haya podido leer los dos tomos siguientes.
 
             Stephenson impregna su narrativa de cierta ironía y de un humor más interesado muchas veces en demostrarnos lo inteligente que es que en hacernos sonreír. En fin, un tocho de casi cuatrocientas páginas de letra muy pequeña y de una densidad amedrentadora al que hay que añadir dos libros más de dimensiones y compacidad similares que ponen en evidencia el ego hipertrofiado de este autor norteamericano. Avisados quedan.

 

lunes, 13 de enero de 2020

Mi propia lista de gobierno

            Aprovecho que Pedro Sánchez ha nombrado a sus ministros para crear mi propio e imaginario gobierno.  Sé que me lloverán críticas por todos lados. Los apocalípticos me acusarán de haber hecho concesiones a la ciencia-ficción más fantasiosa y carente de base científica, los cyberpunks de estar poco representados, otros me recriminarán haber dado la espalda a la space opera o haber ignorado a las emergentes y multipremiadas estrellas de la ciencia-ficción actual. Además se me tildará de machista por no haber creado un gobierno paritario, se dirán éstas y cosas mucho peores, pero al que no le guste, ¡qué leches!, que forme su propio gobierno. ¿Quién se lo impide? Se trata de un ejercicio de imaginación que no tiene otro propósito que pasar el rato.
 
            Lo lógico sería que el máximo responsable de Universo de pocos fuera Fredric Brown. Pero pienso que un hombre llano y sencillo como él se sentiría más cómodo con un cargo menos expuesto. Además si quiero que Isaac Asimov forme parte del gobierno (nunca aceptaría que nadie estuviera por encima de él) no me queda más remedio que hacerle presidente. Por lo que me invento un puesto honorífico para Brown. El flamante e imposible gobierno queda por tanto conformado de la siguiente manera:

  • Fredric Brown, jefe del estado de todos los universos imaginables,
  • Isaac Asimov, Presidente de la nación,
  • Arthur C. Clarke, ministro del Espacio Exterior,
  • Robert A. Heinlein, ministro de la Familia en su sentido más amplio,
  • John Wyndham, ministro para la Prevención Apocalíptica,
  • Ray Bradbury, ministro de la Nostalgia,
  • Alfred Bester, ministro de Arte y Cultura,
  • Ursula K. Leguin, ministra de la Utopía,
  • Frederik Pohl, ministro de Comercio y Consumo,
  • Philip K. Dick, ministro de la Realidad,
  • J.G. Ballard, ministro de Urbanismo y de paisajes surrealistas,
  • Philip José Farmer, ministro de la Sexualidad Reprimida,
  • Brian W. Aldiss, ministro de Lo-que-sea,
  • Robert Silverberg, ministro del Mundo Interior,
  • Christopher Priest, ministro de lo Intangible,
  • Joe Haldeman, ministro de Defensa,
  • Dan Simmons, ministro para el Impulso de las Novelas de Menos de 500 Páginas,
  • Connie Willis, ministra del Tiempo,
  • Orson Scott Card, ministro de..., bueno, mejor dejémoslo fuera del gobierno,
  • Greg Egan, ministro de la Función de Onda,
  • Neal Stephenson, ministro de Educación y Refuerzo para el Fomento de las Novelas de Menos de 500 Páginas,
  • Anna Starobinets, ministra de Control de Plagas,
  • Paolo Bacigalupi, ministro de Medio Ambiente,
  • Daniel G. Keyes, será presidente y ministro de todos los ministerios por un día.

jueves, 19 de diciembre de 2019

"La maldición de Hill House" de Shirley Jackson

"La maldición de Hill House" de Shirley Jackson            Los relatos sobre casas encantadas son tan comunes que han llegado a constituir un subgénero dentro del terror. Los edificios abandonados han despertado desde siempre una enorme fascinación, tanto es así que escritores clásicos como Edgard Allan Poe, Lovecraft, Bierce, William Hope Hodgson o Henry James los han utilizado como escenario de algunos de sus relatos. Más tarde, cuando parecía que todo estaba dicho sobre el tema surgieron autores como Shirley Jackson, Richard Matheson, Stephen King y otros para desmentirlo. La maldición de Hill House en su momento supuso un soplo de aire fresco a unos argumentos que habían sido gastados en exceso. Supongo que esta proliferación tiene la culpa de que haya tardado tanto tiempo en leer esta novela, una de las más conocidas de la autora. El buen sabor de boca que me dejó la inolvidable Siempre hemos vivido en el castillo me ha animado por fin a leerla y a desterrar viejos prejuicios. Dicho lo cual he de dejar claro que La maldición de Hill House tiene poco que ver con lo que nos tiene acostumbrado este tipo de novelas.
 
            El doctor en filosofía John Montague, estudioso de lo sobrenatural, decide alquilar Hill House para iniciar sus investigaciones sobre casas encantadas. Su aspiración es obtener datos de  una manera científica y rigurosa con el propósito de publicar después sus conclusiones y ganarse notoriedad dentro de la comunidad científica. Al no encontrar colaboradores dignos de su confianza se pone en contacto con diversas personas que han vivido alguna experiencia paranormal. Nada más consigue interesar a dos chicas, Eleanor y Theodora. La tercera persona que le acompañará durante las investigaciones será el sobrino de la propietaria de la mansión, una condición que se le impone para permitirle utilizar la casa. La primera mitad del libro la invierte Jackson en presentarnos a los cuatro personajes. En un primer momento resultan algo afectados y su comportamiento sobre todo el de los jóvenes parece hasta pueril, pero hay que tener en cuenta que salvo algunas partes concretas del libro el resto es mostrado a través de los imaginativos ojos de Eleanor. A sus algo más de treinta años se ha visto obligada a malgastar  su  juventud cuidando de su anciana madre, algo que no perdona a su hermana. Carente de vida propia, Eleanor se ha convertido en una persona soñadora, frágil y necesitada de amor. El viaje en coche que realiza hasta llegar a Hill House resulta en ese sentido también un viaje introspectivo muy revelador. Su intensa y perturbada vida interior nos hacer evocar en ocasiones a la singular Merrycat de la ya mencionada Siempre hemos vivido en el castillo.

            Por otro lado está la mansión de la que se dice: “Pero una casa arrogante y odiosa, que nunca baja la guardia. Sólo puede ser maligna”. Y poco más adelante: “Era una casa carente de bondad, nunca pensada para que la habitaran, un lugar no apto para personas, el amor ni la esperanza”. A pesar de esta descripción tan poco favorable, curiosamente, los invitados parecen sentirse revitalizados tras pasar la primera noche en Hill House, una percepción que va cambiando a medida que la casa va haciendo notar su presencia. En concreto Eleanor se siente  en el punto de mira de la casa. Sin embargo, para cuando nos damos cuenta Jackson ha trastocado todo. Theodora, su apoyo desde el principio y con la que tan bien congeniaba, deja de ser para ella un ejemplo al que seguir, incluso la casa por la que antes sentía pavor ahora parece atraerla de manera inexplicable. La mente contradictoria de Eleanor es tan inextricable como la casa de Hill House con sus interminables pasillos llenos de puertas.

            Los que esperen sustos como a los que nos tiene acostumbrados el cine de terror  quedarán defraudados. Jackson dosifica el terror, a cambio hace que lo vivamos como si fuera en nuestra propia carne y para ello en lugar de mostrarnos con detalle la causa del miedo nos describe las emociones que provoca en los personajes. La novela está además salpicada de espléndidas escenas humorísticas que ya de por sí merecen la pena, sobre todo cuando la señora Dudley o la señora Montague hacen aparición.

            La casa no acabará ardiendo como suele ocurrir en tantas películas. La compleja arquitectura con su pavorosa fachada y sus paredes de ángulos imposibles permanecerá en pie muchos años más. Como Eleanor no se cansa de repetir: “El viaje termina cuando los amantes se encuentran”. El círculo queda cerrado en un desenlace difícil de olvidar y que nos dejará muchas preguntas, para algunas de la cuales dispondremos de más de una respuesta mientras que para otras carecemos del todo de una. De lo que no cabe duda es de la sensación de desamparo y zozobra que nos deja. La maldición de Hill House, sin ser una obra tan redonda como  Siempre hemos vivido en el castillo, merece plenamente la consideración que se ha ganado.

martes, 10 de diciembre de 2019

"El don de las piedras" de Jim Crace

"El don de las piedras" de Jim Crace            Debido a que la ciencia-ficción que se publica últimamente en las colecciones dedicadas al género no me atrae demasiado, me he decidido a picotear por otros lugares y rebuscando entre las librerías he descubierto esta pequeña joya publicada por  Hoja de lata. Se trata de un libro bellamente editado y con una traducción excelente de Pablo González-Nuevo.

            A decir verdad la historia que se narra en El don de las piedras es de una sencillez y de una sobriedad llamativas, lo que sucede se podría resumir en un par de líneas, sin embargo, el autor lo hace con una elocuencia, una emoción y una capacidad para la sugerencia que logra que el relato trascienda a los hechos que se narran. La historia se sitúa a finales del paleolítico superior, poco antes de la llegada de la edad de bronce. Su protagonista, del que nunca llegamos a saber su nombre, pierde un brazo debido a un flechazo al principio de la novela, un hecho infortunado que marcará por completo su vida. Vive en una aldea, que se dedica por entero a trabajar la piedra que extraen de las canteras cercanas y cuya población se enorgullece de labrar las mejores piedras para hachas, cuchillos, flechas y otros utensilios de la zona. Esta ocupación a la que se entrega la mayor parte de los aldeanos se torna en ocasiones obsesiva. Con la traba que supone tener un sólo brazo el muchacho no puede participar en la próspera empresa y excluido  por todos pasa el tiempo cogiendo vieiras con los pies en la costa cercana. Una mañana avista un velero, lo que le impulsa a alejarse de la aldea más que en otras ocasiones. Días después cuando regresa decide contar sus andanzas. Su relato tiene tanto éxito que decide primero adornarlo, después exagerarlo y finalmente inventarse la mayor parte de él. Pronto se da cuenta de que así como los demás poseen la habilidad de extraer las mejores vetas de la piedra y labrarlas con paciencia, él tiene facilidad para dar forma a las palabras, de unirlas y construir relatos con los que cautivar a sus oyentes. Sus historias se van volviendo cada vez más fantásticas y las reinventa sobre la marcha en función de la reacción del público en cada momento: adulto, femenino, masculino o infantil. Como en toda sociedad por primitiva que sea, los habitantes de la aldea necesitan evadirse de sus deberes y soñar en mundos de maravilla y magia, y nuestro protagonista tiene sueños para todos. El hecho de que la mayor parte de lo que cuenta sea mentira no les importa pero a nosotros, lectores de El Don de las piedras, nos complica un poco las cosas y no nos pone fácil discernir entre lo que es cierto y lo que no. Crace, muy acertadamente, con el fin de afianzar la historia y para que no se convierta en un ejercicio vacío de espuma evanescente convierte a la hija del protagonista también en narradora de manera que dispongamos de algunos agarraderos firmes que nos permitan avanzar en la narración sin perdernos. Así y todo será tarea del lector decidirse por alguna de las muchas alternativas que se le ofrecen.

            Con su engañosa sencillez El don de las piedras es mucho más de lo que aparenta. Un relato sobre lo que la imaginación puede aportarnos frente a lo material, una historia de amor insólita y también sobre las diferentes caras que puede adaptar la realidad a través de la literatura. Todo ello envuelto en una escritura poderosa y expresiva:
           "Lo primero que notó mi padre fue el hedor. El brezo – empapado y amarilleado por el invierno – sudaba ahora bajo el sol. Olía a fruta podrida, a cerveza, a aliento de vaca. La tierra se tiraba pedos, eructaba con cada paso que uno daba sobre ella, su forúnculo había estallado, se había vuelto salobre y blanda y rezumaba savia, pus y ñanga."

            Jim Crace es un autor británico poco conocido y cuya obra la editorial Hoja de lata parece querer recuperar. Además de El don de las piedras ha publicado Cosecha, finalista del Booker Prize en 2013 y que dicen es su mejor novela. Yo les animo a leer este breve pero hermoso libro.

lunes, 25 de noviembre de 2019

"Máquinas como yo" de Ian McEwan

"Máquinas como yo" de Ian McEwan            Tenía confianza en que algún día Ian McEwan, tal y como hicieron Margaret Atwood o Kazuo Ishiguro, escribiera una novela de ciencia-ficción. Supongo que es un sueño frecuente entre muchos lectores del género, que nuestros escritores favoritos “mainstream” se atrevan a abordar el género. McEwan ya había demostrado un gran interés por la ciencia en novelas anteriores como por ejemplo en Solar y ahora en Máquinas como yo da un paso más y además de reafirmarse en esa fascinación incluye elementos claramente pertenecientes a la ciencia-ficción como son la ucronía y los robots.
            Las primeras páginas no dejan lugar a dudas de que estamos ante una realidad alternativa, Alain Turing no se ha suicidado, Heller es conocido por una novela titulada Catch-18, Orwell por  El último hombre de Europa y Fitzgerald por The High-Bouncing Lover. Ninguna de estas novelas existe, al menos no con ese título, aunque muy bien podrían haberlo hecho. Realmente se trata de las primeras opciones que manejaron los célebres autores a la hora de titular los libros que finalmente serían conocidos por Catch-22, 1984 y El gran Gatsby.  La acción sucede en los años 80, Thatcher acaba de enviar un destacamento a las islas Malvinas, y la informática gracias a Turing ha avanzado hasta el punto de que existen en el mercado los primeros humanos artificiales.

            El protagonista, Charlie Friend, un tipo de treinta años con estudios de antropología  que vive de realizar pequeñas inversiones por internet, se deja llevar por su pasión por la tecnología e invierte las 86.000 libras que ha heredado de su madre en comprar uno de los 25 androides puestos a la venta en el mundo. En el fondo sabe que es una mala decisión pero sigue adelante en un empeño en el que acaba involucrando a su vecina, Miranda, de la que se siente enamorado. El triangulo está servido y a partir de aquí McEwan, experto en crear dilemas morales, construye la trama para que los protagonistas (y de paso los lectores) tengan que darse de bruces con ellos. Hay momentos en que no sabemos muy bien a dónde nos quiere llevar, en los que McEwan parece jugar al despiste, ¿por qué le da tanta importancia a un niño que es reñido en un parque por su madre?, ¿qué oculta Miranda?, y ¿qué tiene todo eso que ver con Adán, el humano artificial que Charlie ha comprado? Hay un momento incluso en el que el protagonista está esperando en la consulta del médico a ser atendido y su vista se fija en un anuncio en la pared para la prevención de resfriados, lo que de manera inesperada permite a McEwan realizar una interesante digresión sobre Antonie Van Leuwenhoek (un comerciante de Delft, constructor a su vez de  microscopios muy adelantados a su tiempo que le permitieron  observar por primera vez una bacteria) y sobre la endogamia de la medicina de la época, ciega a otras disciplinas. El escritor británico exhibe un inusitado didactismo, sus disertaciones desde mi punto de vista, sin embargo, no perjudican en exceso el ritmo de la trama sobre todo porque sabe dotarlas del suficiente atractivo. La decisión de situar la novela en una Gran Bretaña alternativa no creo que sea  arbitraria, le brinda la ocasión de introducir un personaje de la categoría de Turing y de imaginar además un Reino Unido igual de convulso y dividido que el actual ante el Brexit. Aunque el camino seguido sea diferente las consecuencias podrían ser las mismas, podría querer advertirnos el autor.

            Las decisiones que toman Charlie y Miranda, muchas veces siguiendo los consejos de Adán, les llevan a enfrentarse con sus propias contradicciones. Adán demuestra una inteligencia superior en muchos aspectos y aunque la mayoría de las veces lo tratan como a un ser humano más, su manera de pensar, su estricta defensa de lo que es justo y de la verdad los lleva definitivamente a relegarlo a la categoría de objeto. Al final lo que nos hace humanos no es sólo nuestra inteligencia ni tampoco nuestras emociones, el androide posee ambas, sino lo que en definitiva nos distingue de alguien como Adán es saber vivir con nuestras propias contradicciones sin volvernos locos. La novela comienza con una cita de Kipling extraída de El secreto de las máquinas, muy esclarecedora de lo que nos vamos a encontrar más adelante:

            “Pero recordad, por favor, la Ley conforme a la que vivimos; no estamos hechos para entender una mentira...”

            Concluyendo, una novela inteligente, que plantea cuestiones excitantes sobre el futuro y sobre el presente de la humanidad que creo que gustará tanto a los que leen habitualmente ciencia-ficción como a los que no.

martes, 12 de noviembre de 2019

"El mundo que Jones creó” de Philip K. Dick

"El mundo que Jones creó” de Philip K. Dick            Imaginen un mundo en el que el mar está infestado de criaturas gelatinosas que las olas arrastran hasta la orilla, imaginen que el hombre más poderoso de la tierra realiza sus comunicados a través de un sistema que admite sólo un máximo de 280 caracteres, imaginen un mundo en el que Holanda alcanza los cuarenta grados de temperatura o en el que se realizan propuestas para los concebidos no nacidos. Y puestos a imaginar, imaginen que en ese mundo improbable hubo una vez un autor de ciencia-ficción, un escritor conocido sólo por los aficionados al género que al comienzo de su carrera intentó publicar fuera del género y que creyó ver a Dios al final de su vida. Imaginen además que muchos años después de su muerte alcanza tal éxito que su obra es adaptada de manera habitual tanto al cine como a la televisión. Imaginen que se llama Philip K. Dick.
            Ahora imaginen un mundo en el que rige un relativismo forzoso, en el que realizar afirmaciones que no son objetivamente verificables supone un delito. En esa sociedad dirigida  por el  “Manual de relativismo” de Hoff,  decir algo así como que las aceitunas tienen un sabor terrible podría ser punible según la ley (ejemplo extraído de la novela). Ahora supongan que en ese mundo surge un hombre capaz de ver parte del futuro y de poner en duda el relativismo perceptivo. Un mundo así es el que Philip K. Dick habría podido imaginar en una de sus primeras novelas cuyo título podría haber sido El tiempo doblado. Un libro en el que el autor anticiparía muchos de los temas que le obsesionarían a lo largo de su vida, entre los que podríamos destacar el cuestionamiento de la realidad, la reiterada sospecha de vivir una farsa. Un buen ejemplo de ello sería el pequeño mundo hecho a medida para unos humanos genéticamente modificados que se describe. Se trata de un mero aperitivo de lo que encontraremos, aunque mucho más desarrollado, en futuras novelas como Ubik, Tiempo desarticulado u Ojo en el cielo por mencionar algunas. El libre albedrío, otro de los temas habituales en la obra de Dick, es escenificado a través de Jones, un “precog” capaz de ver el futuro con un año de anticipación; un personaje mesiánico que prefigura a otros como el Palmer Eldritch de Los tres estigmas de Palmer Eldritch o el Wilbur Mercer de ¿Sueñan los androides en ovejas eléctricas? Por último, uno de los temas más frecuentes dentro de su bibliografía como es el uso de las drogas juega en la novela un papel mucho más reducido que el que le dedicaría en libros posteriores. Como en toda obra primeriza los resultados no serían los óptimos. Las elipsis son demasiado abruptas, algunas escenas parecen innecesarias mientras que otras merecerían un mayor desarrollo haciendo que la trama resulte algo deslavazada; imperfecciones  que no explicarían su olvido frente a otras novelas no por más conocidas mejores. En su favor hay que decir que ésta cuenta además con un final irreprochable.
            Volvamos a ese mundo que hemos imaginado al principio y sigamos elucubrando. En  ese mundo podría muy bien existir un blog, modesto claro está, con una reseña del mencionado libro. Sin embargo, yo soy real, o eso creo al menos (supondría una enorme frustración descubrir a estas alturas que no lo soy), y estoy seguro de haber leído una novela como ésa. No suelo consumir drogas y muchos menos la Can-D o la Chew-Z que alteran peligrosamente el sentido de la realidad. Tal vez me halle en un estado de “semivida” aunque no recuerdo haberme topado con mensajes subliminales anunciando aerosoles extraños entre mis notas ni en la pantalla del ordenador. En la confusión que vivo apenas estoy seguro de nada, pero que dios me libre de discutir sobre ello con la puerta que acaba de cerrarse de golpe, espero que debido a una corriente.
            Lector, estás de suerte, el libro existe y ha sido publicado por Minotauro con el título más ajustado al original de El mundo que Jones creó. El tiempo doblado no es más que el título de la primera edición en español en 1960. Por lo tanto, si has leído esta reseña es que estamos en la misma realidad y Dick vive.
Notas: La Can-D y Chew-Z son drogas que alteran la percepción de la realidad en la novela “Los tres estigmas de Palmer Eldritch”. El estado de “semivida” aparece en “Ubik. También es en Ubik que el protagonista, Joe Chip, mantiene una breve discusión con su puerta cibernética.