Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

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martes, 23 de febrero de 2021

“Canciones de amor para tímidos y cínicos” de Robert Shearman

Portada de “Canciones de amor para tímidos y cínicos” de Robert Shearman
                        Siempre me ha parecido mucho más complicado escribir la reseña de un libro de relatos que de una novela. La mayoría de los blogs solventan la dificultad comentando cada uno de los cuentos como si fueran unidades independientes, lo que en la mayoría de los casos desde mi punto de vista se traduce (sobre todo si el libro se compone de muchos relatos) en un fárrago insufrible. Se trata de un error que yo también he cometido en ocasiones y del que sólo he sido consciente meses después al volver a leer la reseña. Es verdad que comentar un libro de relatos como un todo, sin entrar en detalle, no siempre es posible ya que muchas veces las narraciones reunidas no tienen en común otra cosa que estar escritas por la misma persona y compartir la misma encuadernación, un ejemplo reciente es Exhalación de Ted Chiang. Diríase que Robert Sherman cuando puso el título de Canciones de amor para tímidos y cínicos a su libro hubiera querido echarnos una mano a los que nos dedicamos a esto de las reseñas dándonos una pista de qué le ha llevado a agrupar todos estas historias tan inusuales en un mismo volumen. Me aferraré a esta pista, falsa o no, y a otras más que nos proporciona el autor en el penúltimo relato (No trata el amor) para intentar escribir la reseña del libro como un conjunto. Como la tarea no va a ser sencilla se me ocurre que escuchar una buena canción de amor podría ayudarme a ordenar las ideas. ¿Pero cuál sería la más adecuada?

            ¿Una canción de amor romántica? Lo descarto sin dudarlo. El Shearman que se nos muestra en este libro es todo menos romántico. Es más, cuando los personajes se atreven a serlo, el autor los expone en todo su patetismo como si se avergonzara de ello y quisiera borrar cualquier efluvio romántico que pudiera desprender el texto. El cuento más romántico de todos quizás sea No trata el amor, más por la declaración que se hace al final que por lo que se cuenta. «Todas las historias de amor del libro, por tímidas, cínicas, torpes e imperfectas que fueran, eran para ella y todas se referían a ella», se dice. El amor es visto más como una carga que como una fuente de felicidad, una obligación que los personajes se imponen, una tiranía cultural de la que mayoría de las veces no saben liberarse.

            ¿Vendría mejor una canción de amor no correspondido? Sí y no. Sí, porque la mayoría de las historias de amor que se cuentan son fallidas y de alguna manera tampoco son correspondidas; y no, porque se trata de amores que muchas veces no pueden considerarse como tales. En ocasiones no son otra cosa que una ilusión, a veces se trata de amores que una vez sí lo fueron y que han mudado en algo marchito al borde de la descomposición. Una canción así acompañaría bien a Punzadas con ese corazón deteriorado físicamente por sus emociones fuera del cuerpo del protagonista, sin embargo Palabras de amor, otro de los relatos de desencuentro amoroso, pediría un tono más burlón y jocoso que no iría con el resto de los relatos. No, una canción de amor no correspondido no representaría el espíritu del libro.

             ¿Quizás una canción de amor apasionado? Lo cierto es que apenas hay pasión en el libro, si acaso en El bigote de George Clooney pero se trata de un amor trastornado y pienso que esquizofrénico (ésta es al menos mi interpretación), que no se ajusta del todo a lo que se entiende por amor apasionado. «Pero no trata el amor, nada en absoluto. Sus relatos huyen del amor», dicen en el que es el relato clave del libro, que ya he mencionado antes y al que volveré a referirme (No trata el amor). Más adelante la misma persona que realiza esta acusación ha de reconocer la inteligencia con que están escritos pero le achaca al autor hacerlo sin pasión. Es como si el autor quisiera justificarse.

            ¿Una canción de amor eterno? Esto desde luego que no, y el propio autor, otra vez en el relato, No trata el amor, se encarga de desmentirlo: «¿Qué es el amor, en todo caso, si no una serie de relatos cortos?» Y nos lo dice el protagonista de esta historia, que no parece ser otro que el propio Shearman. Lo cierto es que las parejas que protagonizan estas historias no duran mucho juntas, algunas se separan y vuelven a unirse como en Estar feliz pero las cosas nunca vuelven a ser como antes y la relación tampoco parece que se vaya perpetuar en el tiempo.

            ¿Una canción de desamor? Tampoco, porque para que haya desamor antes tendría que haber habido amor y nos encontramos con personajes que la mayoría de las veces confunden sus emociones, que creen o desean estar enamorados sin estarlo en realidad.

            ¿Y una canción de terror? El hecho de que Robert Shearman haya recibido el premio Shirley Jackson por este libro así como la portada de la excelente edición de La máquina que hace ping con la imagen de un corazón rezumando sangre dentro de un táper podrían llevarnos a este error, sin embargo ninguno de los relatos del libro es de terror. Nos encontramos con elementos propios del género, como animales fantásticos, corazones extirpados e incluso una especie de fantasma que permiten al autor ofrecernos una visión de las relaciones de pareja muy alejada de la habitual y que puede llegar a incomodar.

            La canción que escogiera debería estar llena de sorprendentes y chocantes metáforas, con una melodía imprevisible que nunca supiéramos a dónde nos va a llevar; una canción a veces burlesca pero también reflexiva y que al mismo tiempo sirviera de banda sonora en una obra teatral porque hay mucho de teatro del absurdo en estos relatos. Lo curioso es que buscando la canción la reseña se ha escrito por sí sola. Así, sin darme cuenta, he llegado al fondo de este extraño libro, quizás sólo sea eso, una búsqueda, una búsqueda de lo que es el amor. Tenemos el texto ahora solo falta que alguien escriba la música.

domingo, 14 de febrero de 2021

"Señor del espacio y el tiempo" de Rudy Rucker

Portada de “Señor del espacio y el tiempo” de Rudy Rucker
            A quien le dé por husmear en la red sobre Rudy Rucker es probable que le aparezcan términos con muchos prefijos del tipo transrealismo, cyberpunk, post-cyberpunk o post-loquesea. Que esto no asuste a nadie, que no le haga cerrarse en banda ante este autor casi desconocido en España. Lo mejor es no hacer demasiado caso, al menos en esta ocasión nada debería impedir  acercarse a este Señor del espacio y del tiempo que ha resultado ser una de las lecturas más divertidas con las que me he topado últimamente.

            Después de consultar esto del transrealismo en varios sitios no me ha quedado muy claro lo que es. Por un lado me ha parecido entender que no es más que la utilización de elementos propios de la ciencia ficción para transmitir estados concretos de la psique del autor (algo que no me parece que sea especialmente innovador sino bastante común en el género fantástico). Sin embargo, en otros sitios se describe el transrealismo como un intento de llegar más allá de la realidad que percibimos, una realidad que se ve alterada por nuestra mente y por nuestras emociones. ¡Vamos, puro Philip K. Dick! Pero sea lo que sea esto del el transrealismo, Señor del espacio y del tiempo tiene mucho que ver con la ciencia-ficción humorística que se escribía antes de que existieran tantas etiquetas. Una de las primeras novelas que me viene a la cabeza es Marciano vete a casa (1955) de Fredric Brown, con la que comparte incluso bromas solipsistas. También me trae a la mente al Robert Sheckley de Mañana será así (1964, título absurdo con el que se publicó en España The Status Civilization) o sobre todo al  Sheckley que escribió relatos entre los años cincuenta y sesenta. Se trataba de historias, tanto las de Brown como las de Sheckley, escritas con mucho humor y sin complejos en los que el rigor científico no era más que un lastre que tirar por la borda para que la imaginación volara más alto. También, aunque sea menos humorística, hay mucho de Ojo en el cielo (1957) de Philip K. Dick o incluso podemos encontrarnos con los alienígenas de Amos de títeres (1951) de Robert A. Heinlein. En Señor del espacio y el tiempo hay cabida para todo esto y también para más.

            Harry Gerber y Joe Fletcher son dos tipos a los que les gusta beber cervezas y emprender juntos las empresas más descabelladas. Harry es el científico, lo que no impide que sea el más loco de los dos, Joe se dedica a la informática y aunque también tiene lo suyo es el que pone freno a muchas de las delirantes y temerarias ideas de su socio. El caso es que con cierta ayuda que les llega del futuro logran construir una máquina que permitirá aumentar la constante de Plank y por tanto ampliar la zona de incertidumbre que establece el principio de Heisenberg. Esta máquina, el Blúnzer, construida con un microondas, una camilla de inyección letal y un frigorífico industrial hará posible cualquier cosa en la zona de incertidumbre con sólo quererlo. En definitiva, funciona como una máquina de conceder deseos. A partir de aquí todo es posible y al autor no le importa meterse en los enredos más extravagantes imaginables incluyendo los metafísicos. Todo sucede muy rápido, la novela no da respiro al lector y los protagonistas no acaban de salir de un lío cuando ya se encuentran metidos en otro que acaba por arrastrar literalmente al mundo entero.

            Basta echar un vistazo al índice del libro y ver los títulos dados a los capítulos para comprender con qué nos vamos a encontrar. Estos son algunos ejemplos: 
            Uno: «Este capítulo se titula así».
            Trece: «Arbustos de chuletas y árboles de buñuelos».
            Veinte: «Dios es transexual».
            Veintiuno: «Los hombres también son personas».
            Y así hasta llegar a los treinta capítulos que componen el libro.

            La novela no se toma demasiado en serio a sí misma, ni siquiera los personajes lo hacen. A pesar de las cosas inimaginables que viven y que desencadenan con sus acciones, lo curioso es que la impresión les dura más bien poco y sus reacciones no suelen ir mucho más allá de las que les produciría un pisotón en el dedo gordo del pie. Se lamentan un poco, se beben unas cervezas y siguen adelante como si fuera lo más normal del mundo. Todo transcurre a la velocidad de la luz, sin que los personajes se vean inmersos en interminables discusiones para buscar una solución.  La novela tiene mucha gracia pero no es una sucesión de gags más o menos divertidos ni los personajes pretenden ser ocurrentes en ningún momento, lo que nos hace reír es el absurdo, el disparate y la enloquecida imaginación de Rucker. El libro viene acompañado de un prólogo en el que Alfonso García explica todo esto con mucha más profundidad e ingenio que yo.

            Llama la atención que esta novela publicada en EE.UU en 1984 haya tardado tantos años  en llegar a nuestro país. Por suerte para todos los amantes de la ciencia-ficción, Gigamesh la ha rescatado en una edición impecable y con una portada muy simpática que le viene al dedo. Señor del espacio y el tiempo es un libro imaginativo, de humor delirante e imprevisible, ideal para estos tiempos de oscuridad y pandemia, que nadie debería perderse. ¡Necesitamos más Rudy Rucker!

viernes, 29 de enero de 2021

“La coartada del diablo” de Manuel Moyano


Portada de “La coartada del diablo” de Manuel Moyano

            Esta novela de sugerente título, La coartada del diablo, le proporcionó a Manuel Moyano el premio Tristana de novela fantástica en 2006. Con ella el escritor nacido en Córdoba quiso crear un relato clásico de terror que, teniendo como modelo el terror anglosajón, se localizara en un paraje de la España profunda con todas las singularidades en cuanto a personajes y a situaciones que eso trae consigo. En ese sentido Moyano sale airoso de la empresa gracias a una historia que sabe recoger muchos de los tópicos de la España rural sin caer en lo trillado.

            Al igual que Lovecraft se inventaba pueblos en decadencia en Nueva Inglaterra para situar muchas de sus historias de horror cósmico, Moyano concibe su propio escenario, un pintoresco  Manfraque en el que el mal está al acecho. Se trata de un villorrio de mala muerte al borde del abandono como muchos otros pueblos de España, que tal vez podría encontrarse en Castilla o Extremadura (el autor no proporciona demasiados datos para su localización). Lovecraft puebla su Insmouth imaginario de unos seres de aspecto repulsivo, de ojos saltones y cabeza estrecha, Moyano hace que unos seres, los «bubos», que en su día fueron humanos, habiten unas cuevas en los montes que rodean Manfraque. Uno de los personajes de la novela que no simpatiza mucho con estas criaturas las describe así:

            «Al parecer, la endogamia y el aislamiento se han conjurado con el agua envenenada para engendrar a lo largo de los siglos una raza de cretinos deformes y babeantes proclives a la vagancia y la
promiscuidad
».

            Es una lástima que estos pobres «bubos» dignos de lástima no tengan el protagonismo que las primeras páginas parecen prometer. La novela sigue por otros derroteros y estos seres imaginarios sirven al autor poco más que para dar un poco más de color y un toque insólito al pueblo. Mayor relevancia tienen los representantes de los poderes fácticos que, como suele ocurrir en los entornos rurales, no son otros que el cura, el médico y el maestro, que en este caso hace también de mandamás del pueblo. Moyano sabe dotarlos de unas particularidades que los hacen más interesantes. Por ejemplo, Paniagua es además de médico un antropólogo aficionado que sueña con obtener el Nobel gracias a sus minuciosos estudios sobre los «bubos». O Jambrina, el sacerdote, que en sus sermones trata temas tan acuciantes para sus parroquianos como la interpretación herética del Apocalipsis realizada por una incierta secta.

            El protagonista es un hombre que después de treinta años de matrimonio se ha quedado solo debido a la muerte de su mujer. La casa de la ciudad que compartían guarda demasiados recuerdos por lo que abrumado decide retirarse a este pueblo remoto, que ni siquiera conoce, llamado Manfraque. A su llegada al pueblo alquila una casa a Tránsito, una mujer voluminosa e incansable cuyo marido se encuentra en estado vegetal debido a una esclerosis múltiple. Entonces comienzan a ocurrir una serie de desgracias de las que muchos culpan a los «bubos». A través de unas cartas escritas en un lenguaje culto y a veces en desuso que el protagonista envía con periodicidad a su primo, vamos conociendo los hechos. Hasta ahora he hablado de los protagonistas humanos pero en realidad el gran protagonista de la novela es el lenguaje. Se trata de un lenguaje como decía de gran riqueza, con abundancia de palabras arcaicas que me hicieron pensar que la historia transcurría en el pasado. En un principio esto me confundió y después, cuando me di cuenta de mi error, me vi obligado a recomponer la imagen mental que me había estado haciendo hasta entonces. Todo acontece en el presente o en un pasado reciente, lo que sucede es que la manera en que se expresa su protagonista y el modo en el que actúan los vecinos nos invitan a creer que estamos leyendo las cartas envueltas en polvo y telarañas del olvidado baúl perteneciente a un antepasado. Las historias de terror resultan más verosímiles y funcionan mucho mejor cuando suceden en el pasado, algo que el autor de El imperio de Yegorov no desconoce.

            Arropada la historia por un vocabulario rebuscado pero sin llegar a los términos inventados por Santiago Lorenzo en Los asquerosos (otra novela rural muy diferente) la historia discurre entre momentos de cierta ternura, de misterio, de terror e incluso de voluptuosidad desaforada y también de humor, de un humor sutil casi invisible que se aprecia sobre todo en el retrato que se hace de los personajes. La única pega que se le puede poner a la novela es que su desenlace resulta un tanto previsible, casi desde el principio dejó de ser un secreto para mí lo que sucedía. Pero esto no debe ser un impedimento para disfrutar de este libro, que, como la mayoría de los que escribe Moyano, sabe a poco.

lunes, 18 de enero de 2021

"El rebaño ciego" de John Brunner

Portada de "El rebaño ciego" de John Brunner
         La primera palabra que me viene a la cabeza con esta novela es caleidoscopio, que como alarde de imaginación (demasiado manido) no es gran cosa. También podría hablar de mosaico o incluso de puzle de vidas o como hoy me he levantado ocurrente podría apuntar a la visión facetada de un futuro próximo, aunque lo encuentro un tanto rebuscado. En cualquier caso, todo eso y más es El rebaño ciego (1972).

            Admito que no soy un entendido en la obra de John Brunner (1934-1995). Leí hace ya unos cuantos años una de sus novelas más célebres (que tal vez debería releer) El jinete en la onda del shock (1975) que no me impresionó lo suficiente como para animarme con el resto de sus mastodónticas novelas. Porque de entre las muchas cosas que puede decirse de Brunner estoy seguro de que nos pondremos de acuerdo al menos en una, la de que no es precisamente un autor parco en palabras. Sus libros más aclamados, entre los que se encuentra El rebaño ciego y sobre todo el más conocido de ellos, Todos sobre Zanzíbar (1968), que ganó el Hugo en 1969, son los que cuentan con un mayor número de páginas. Además de un tamaño amedrentador tienen en común estar situados en un futuro cercano y haber sido escritos con el mismo estilo fragmentario que indicaba al principio de esta reseña. Esta manera de narrar que Brunner tomó prestada de John Dos Passos y que en El jinete en la onda del shock no acabó de convencerme (aunque como digo quiero darle una nueva oportunidad) convierte a El rebaño ciego en la gran obra que es. Fondo y forma están tan imbricados que cuesta imaginar que la novela pudiera haberse escrito de otra manera. A través de pequeños fragmentos de la vida de diversas personas, flashes significativos del día a día, entrevistas, anuncios de todo tipo, locuciones de radio…, Brunner logra construir un retrato formidable y complejo del futuro próximo, un futuro tan creíble que es fácil confundirlo con nuestro presente. Es cierto que esta estructura fragmentada con constantes elipsis demanda una atención añadida al lector, a lo que debemos sumar que muchos de los personajes aparezcan casi de manera subrepticia sin que sepamos el papel que irán a jugar más adelante, lo que obliga en ocasiones a volver atrás para saber quiénes son. Sin embargo, el esfuerzo merece la pena. Brunner teje con calma y precisión, hilo a hilo, y sólo al final cuando da las puntadas finales nos damos cuenta del intrincado tapiz que ha urdido. Ante nuestros ojos se aparece entonces ese mundo terrible a punto del colapso ecológico a causa de la ineptitud humana tan verosímil que hará que miremos a nuestro alrededor para cerciorarnos de que seguimos en el salón de nuestra casa. Es muy posible que nuestra mirada se tope con lo que hay más allá de la ventana y reparemos en las mascarillas que cubren los rostros de todos los transeúntes y pensemos en las enfermedades que nos amenazan, algunas dadas por erradicadas hace años. A partir de aquí nuestra mente puede decidir sumergirse en otras cavilaciones no demasiado esperanzadoras, como la locura climatológica que nos azota o la incredulidad que nos producen los líderes que nos gobiernan surgidos de una mala película de serie B de los sesenta. La pesadilla de Brunner no está lejos de hacerse realidad, sólo nos cabe esperar que su trepidante y apocalíptico final no sea también el nuestro.

Siempre se ha destacado la capacidad profética de Brunner. No es mi intención subestimarla y lo que voy a decir a continuación no le resta un ápice de valor a la novela, no obstante tengo la impresión de que mucho de lo que anticipaba Brunner en 1972 ya estaba  aflorando por aquel entonces. La contaminación de los mares, la resistencia de los gérmenes a los antibióticos, la ceguera de los gobernantes, el «cortoplacismo» no eran desconocidos hace cincuenta años y creo que precisamente esto hace que el libro siga siendo tan actual y que resulte tan terrorífico como entonces, porque pone de manifiesto lo poco que se ha hecho en todos estos años. Los «trainitas», los imprudentes ecologistas radicales de la novela, por suerte no se han hecho realidad pero no hubiera estado mal tener a mano a un hombre con la conciencia ecológica y el carisma de Austin Train. Aunque mucho me temo que su presencia sería tan inútil como en el libro, se le acusaría de traición como se ha hecho con Snowden o puede que de terrorismo.

En cualquier caso debemos repartir las culpas, nuestros gobernantes no son los únicos responsables del desastre ambiental. La mayoría de nosotros somos magníficos ecologistas hasta que nos tocan el bolsillo o nuestro empleo se ve en peligro. Compramos en los supermercados más baratos (muchos no tienen otro remedio si quieren llegar a fin de mes) sin importarnos la procedencia de los productos, queremos comer tomates y naranjas durante todo el año aunque vengan de las antípodas, nos lamentamos de las armas que hay diseminadas por el mundo entero pero por otro lado, nos negamos a que las empresas que las fabrican se cierren para poder seguir manteniendo nuestro trabajo. Yo mismo he acudido a ese monstruo del consumismo que es Amazon para obtener este libro. Intenté conseguirlo por otros medios pero por alguna razón todos los ejemplares disponibles de la edición de AJEC (que por cierto requeriría de una buena revisión) se encontraban fuera de España. Ahora mientras escribo esto y compruebo los datos leo en la página del final del libro lo siguiente: Printed by Amazon Italia Logística S.r.l. ¿Qué pensaría John Brunner si lo viera?

martes, 29 de diciembre de 2020

"La desagradable profesión de Jonathan Hoag” de Robert A. Heinlein

Portada de "La desagradable profesión de Jonathan Hoag” de Robert A. Heinlein

Sería difícil encontrar un relato con un arranque más irresistible que La desagradable profesión de Jonathan Hoag de Robert A. Heinlein. Una vez que se empieza a leer el primer párrafo es imposible detenerse. ¿Qué es eso oscuro que tiene debajo de las uñas el hombre que acude a la consulta? Parece sangre aunque el médico lo desmiente categóricamente, lo hace enojado sin que sepa la razón de su irritación. Tras esta delirante escena se produce otra que no lo es menos cuando el hombre sale del consultorio y todo lo que ve ante sí, la calle, los edificios y sobre todo la gente le producen un rechazo y una sensación de desagrado indescriptible. La situación deja al lector descolocado por cuanto seguramente pensaba tener entre las manos un relato de ciencia-ficción clásica. Desde luego no parece que estemos leyendo al autor de Tropas del espacio o de Forastero en tierra extraña, más bien parece un fragmento sacado de un libro de Leo Perutz o de Hermann Ungar, sólo más adelante cuando nos encontramos con la pareja de detectives protagonistas y unos diálogos chispeantes e ingeniosos dignos de las comedias del Hollywood de los años cuarenta reconocemos al autor. Se trata de una novela atípica dentro de la obra de Heinlein, que se publicó por primera vez en 1942 en la revista Unknown, y es una de las pocas incursiones que hizo el autor en la fantasía o en el terror. En ella Heinlein se desprende de su lado más racional para narrarnos la historia de un hombre que no recuerda a que se dedica durante el día y que decide por tanto contratar a unos detectives para que lo averigüen. Al principio la pareja de detectives cree que podrá aprovecharse del pobre hombre y que conseguirán ganarse sin demasiado esfuerzo los honorarios prometidos, sin embargo las cosas se van torciendo hasta adquirir un tono de pesadilla y de absurdo que hace dudar al matrimonio de detectives de su propia cordura. A pesar de tratarse de una novela corta de la primera época de Heinlein, en ella se aprecia su buen oficio como narrador, su habilidad para escribir diálogos y su buen pulso a la hora de conducir la trama hasta un final coherente a pesar de lo disparatado de la propuesta. 

El libro contiene otros cinco relatos de interés desigual. Uno de los menos logrados es El hombre que vendía elefantes, una historia nostálgica y fantástica algo trasnochada que no logra  su objetivo final de emocionar. Tampoco lo beneficia encontrarse seguida por todo un clásico como Todos vosotros zombis, que nos impulsa a olvidarla de inmediato. Para Aristóteles el círculo era la figura geométrica más perfecta, si así fuera Heinlein habría logrado con este relato de viajes en el tiempo hacer las delicias del filósofo griego. No soy muy dado a las alabanzas exageradas pero ante este relato no puedo más que inclinarme y proclamar que estamos ante un relato perfecto. No le veo ni un solo defecto a la trama y hasta el estilo en que está escrito me parece inmejorable, moderno y rápido, con un narrador en primera persona al estilo de la novela negra que se anticipa al futuro cyberpunk. Imprescindible.

Heinlein también cultivó los relatos «conspiranoicos» en los que se cuestiona la realidad, ejemplo de ello es la novela corta que da título al libro y que he comentado antes, y otro es Ellos. Se trata de un relato correcto que sin embargo ha sido superado por otros escritos con posterioridad. De todos modos hay que concederle su valor por tratarse de uno de los primeros relatos de este tipo junto a No sucedió de Fredric Brown.

El resto de relatos que integran el libro son completamente diferentes y en ellos nos encontramos con un Heinlein mucho más ligero, que hace gala de un humor fino e ingenioso. Un ejemplo es el cuento titulado Nuestra hermosa ciudad en el que un pequeño pero perpetuo remolino parece tener vida propia ante la incredulidad de los habitantes. Su capacidad para recuperar objetos que el viento arrastra por la ciudad, en concreto periódicos antiguos, permite destapar una serie de corruptelas. En ...Y construyó una casa torcida volvemos a encontrarnos al Heinlein juguetón de diálogos ágiles y ocurrentes. En este caso un arquitecto sueña con poder un día construir una casa que se despliegue también en una cuarta dimensión. La imposibilidad de llevar a cabo su proyecto le lleva a conformarse con desarrollar un teseracto en tres dimensiones, sin embargo un oportuno terremoto convierte su sueño en realidad o más bien en una pesadilla. Se trata de un relato francamente divertido.

En definitiva, nos hallamos ante un libro de un Heinlein muy diferente al escritor iconoclasta y farragoso en el que se acabaría convirtiendo en los últimos años. Se trata de una buena oportunidad para reconciliarse con un autor al que se ha venido denigrando de manera reiterativa en los últimos años. Recomiendo leerlo dejando a un lado los prejuicios, aunque antes habría que hacerse con un ejemplar, lo que por otra parte no creo que resulte nada fácil.


miércoles, 9 de diciembre de 2020

“Ángeles rotos” de Richard Morgan

Portada de "Ángeles rotos" de Richard Morgan
            Entrar en Ángeles rotos debe aproximarse mucho a ser lanzado desde una aeronave en pleno vuelo a lo desconocido, a un terreno posiblemente minado u ocupado por el enemigo mientras las bombas explotan alrededor. Así me he sentido yo en mitad de una batalla sin saber quiénes son los enemigos, equipado con armas tan complejas que no sé cómo usar ni tampoco contra quién dirigirlas. ¿Quién demonios es Kemp? ¿Por qué luchan en Sanción IV? 

            En ocasiones, viendo películas de acción he experimentado algo muy parecido y  confieso sin avergonzarme que gran parte de ellas las he terminado sin enterarme con detalle de la trama. Sospecho que la mayoría de las veces ni siquiera merece la pena intentar el esfuerzo, ¿para qué si el argumento carece de sentido? Cuando todo no es más que un pretexto para encadenar escenas y más escenas de acción. El relax y el alivio que proporciona no tener que estar atento a las motivaciones que impulsan a unos y otros para actuar como actúan permite un mayor disfrute de la película y yo lo recomiendo encarecidamente. Basta con dejarse arrastrar por las impactantes imágenes que pasan ante nuestros ojos, por las peleas encarnizadas, por la sangre que a veces parece salpicarnos desde la pantalla o por los gritos aterrorizados de los personajes o por la música atronadora. Lo que no sabía es que esto mismo fuera posible con un libro, principalmente porque la lectura requiere un esfuerzo mínimo por nuestra parte para interpretar y reconstruir en nuestra mente lo que se nos cuenta, algo que no es preciso cuando se ve una película. Sin embargo, de alguna manera, Morgan lo consigue.

            Lo hace además venciendo mi resistencia a ciertos tópicos que abundan en los relatos de acción y que Morgan no sólo no elude sino que explota sin complejos. Su mismo protagonista, que ya conocimos en circunstancias muy distintas en Carbono modificado, es un buen ejemplo de ello. Takeshi Kovacs (como comenta Ignacio Ilarregui en el prólogo) es el típico tipo duro, curtido en mil batallas, descreído de todo, que va siempre un paso por delante de todos, una máquina de matar infalible que sin embargo no tiene una roca como corazón. La historia cuenta además con los ingredientes típicos del género: armas a mansalva, un villano cruel y desalmado, una misteriosa mujer que enseguida inferimos acaparará la atención sentimental de nuestro héroe, un duelo final cuerpo a cuerpo (demasiado largo para mi gusto) y una revelación final que lo trastoca todo pero que a la vez lo aclara. Éste suele ser el esquema básico con el que funcionan la mayoría de las películas de acción de hoy en día. Morgan reúne todo estos elementos, los mezcla con armonía, les añade un poco de cyberpunk, una generosa dosis de sexo, un mucho de crítica al capitalismo, un misterioso artefacto alienígena y lo ensambla todo con nano uniones de polaleación y sin haber inventado nada nuevo construye una novela de acción impecable. El mérito, nada desdeñable por otra parte, está en saber manejar los tiempos, en crear intriga y hacer que ese futuro violento en el que la vida de cualquier persona que cabe en una cápsula de unos pocos centímetros resulte verosímil. Morgan ya demostró su habilidad para la acción en Carbono modificado, una novela frenética de género negro que Netflix convirtió en una especie de Blade Runner cutre y desangelada.

            La razón principal de que con tópicos y todo Ángeles rotos resulte una lectura casi imposible de dejar es que Morgan es un buen narrador, uno capaz de crear unos personajes, incluido Kovacs, lo suficientemente atractivos para que el lector se involucre en la acción y nos importe lo que les pase; lo que, por ejemplo, no sucedía en La brigada de luz de Kameron Hurley por compararla con una novela de acción bélica reciente. Sí hubiera que hacerle un reproche sería por las descripciones, que pecan de ser en exceso impresionistas, más tendentes a crear una emoción o sugerir que a construir un escenario tangible.

            Ángeles rotos viene a ser algo así como meterse un chute de pura adrenalina en el cuerpo. Es cyberpunk, sexo y violencia pero también una sentida loa a la lealtad entre compañeros. Pero más que nada es la expresión manifiesta ya no sólo de la poca confianza que le merece el ser humano a Morgan, sino cualquier inteligencia que pueda surgir en este universo, que nace obligada a competir encarnizadamente con las demás especies si pretende sobrevivir.

martes, 24 de noviembre de 2020

"El Muro" de John Lanchester

       

           Norman Spinrad llegó a decir que ciencia-ficción es todo lo que se publica bajo el epígrafe de ciencia-ficción. Da la impresión de que muchos se han tomado esta definición, que  no vino a ser más que una provocación, bastante más en serio de lo que cabría suponer a la vista de cómo ignoran todo lo que se publica fuera de las colecciones de género. Las webs especializadas se vuelcan, salvo excepciones, en las mismas novelas y en los mismos autores de moda. Lo cierto es que no he logrado encontrar una sola reseña en webs especializadas en ciencia-ficción de la novela de John Lanchester.

            El Muro comienza como una distopía del montón para dar paso después de manera brusca a un relato de tintes apocalípticos. No puede decirse que su punto de partida destaque por su originalidad ni tampoco por la perspicacia de la metáfora que encierra, tan obvia que ni siquiera parece una metáfora. Y es que todo resulta tan evidente... y no obstante, es difícil interrumpir la lectura del libro. Tal vez la razón de no poder dejarlo resida precisamente en esa falta de ambigüedad o en esa manifiesta apuesta por la transparencia: tiene que haber algo más – nos decimos–, no es posible que alguien se haya decidido a escribir un libro de casi trescientas páginas con un mensaje tan poco elaborado, y seguimos pasando página tras otra. Al final, casi sin darnos cuenta, las peripecias por las que pasan los protagonistas empiezan a importarnos y sus desgracias se convierten también en las nuestras. Cualquier novela puede leerse de dos maneras al menos, atendiendo a su contenido más racional o dejándose llevar por las emociones que despiertan en nosotros. El Muro sale mucho mejor parado si lo hacemos de la segunda manera.

            Pero contemos algo sobre su argumento. Kavanagh, como muchos otros, debe marchar de la casa en la que vive con sus padres para realizar su servicio de vigilancia de dos años en el Muro. Es un deber ineludible para todos los que no son «reproductores». Construido en hormigón, el Muro tiene aproximadamente unos diez mil kilómetros de largo y rodea por completo el país para impedir que, tras el Cambio que se produjo hace años, los Otros puedan entrar. Lanchester no da demasiados detalles sobre el Cambio, aunque se intuye que se trata de un acontecimiento trascendental que cambió el mundo para siempre y que de alguna manera está relacionado con la subida del nivel del mar. La generación de Kavanagh culpa a sus padres de lo sucedido, por lo que las relaciones con ellos no son demasiado buenas. En el contexto actual de refugiados y de alarma por el cambio climático no se puede decir que la premisa sea en exceso alambicada. La primera parte de la novela es la menos interesante de las tres en las que está dividido el libro, sobre todo por la machaconería con la que el autor explica el tedio que suponen las doce horas que dura cada turno de vigilancia, tedio que acaba por contagiarse al lector. Por otro lado es de agradecer que se nos eviten los tormentos y ultrajes habituales por los que suelen pasar los reclutas durante el período de instrucción, cosa que ocurre en la mayoría de novelas y películas de ambiente militar. Los defensores del Muro en ese sentido son unos afortunados y su vida no se aleja mucho de lo que era la «mili». No os asustéis, no es necesario que corráis despavoridos con las manos en los oídos, prometo no contar mi «mili». Lo que quiero decir es que no ocurre nada extraordinario a excepción del frío y el aburrimiento que experimentan. Si no fuera por el temor a ser atacados se diría que la vida que llevan es bastante cómoda y tranquila.

            Los Otros son vistos con miedo por los defensores, no sólo por la amenaza directa que supone que ataquen sino también por las graves consecuencias que se derivan para los que están de guardia si no logran impedir que crucen al otro lado del muro. Los Otros carecen de etnia y religión, son entes abstractos que cuando se hacen reales no parecen diferenciarse de los demás. Lo único que los distingue es que proceden del otro lado del Muro, sin embargo, su presencia parece perturbar de alguna manera a los demás y suscitar un sentimiento de ¿culpabilidad?, ¿de embarazo?  El autor se cuida mucho de dotarlos de rasgos  concretos que puedan levantar la sospecha de racismo o discriminación. Nos quiere hacer reflexionar sobre nuestro miedo al otro, pero quiere hacerlo con el concepto desnudo, despojándolo de tintes racistas o nacionalistas. El muro de Lanchester no es sólo físico como averiguamos al final.

            Contado en primera persona, el libro está escrito con sencillez, como corresponde a la personalidad del protagonista, pero lamentablemente los pocos alardes que se permite Lanchester son echados a perder por una traducción que habría requerido mayor atención. En un momento dado el autor hace un juego de palabras con el término en inglés «concrete», que puede significar hormigón pero también específico o concreto. El autor aprovecha algo llamado poesía concreta para describir lo que se ve desde el muro y juega con los dos significados de «concrete». En la traducción se opta por lo más fácil y se traduce siempre por «concreto» lo que convierte la lectura en algo enojoso, por si fuera poco logra además que las connotaciones que conlleva la palabra hormigón como son el frío, el gris y la monotonía se pierdan. Tampoco se luce la traductora con la palabra «briefing» que ni siquiera es recogida por la RAE cuando podía haberla traducido por reunión informativa.

            Las imágenes finales del libro me traen a la mente la película Waterworld, eso sí algo menos estilizadas y más realistas que las que vimos en la gran pantalla. Es sin duda alguna lo mejor del libro y lo que explica las buenas críticas que ha obtenido. La conclusión es elegante pero es más que probable que a muchos les parezca una hábil argucia con la que eludir un verdadero final.