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lunes, 14 de enero de 2019

"El pescador" de John Langan

"El pescador" de John Langan
            “No me llaméis Abraham: llamadme Abe”. Así evocando al Moby Dick de Herman Melville comienza esta estupenda novela de John Langan titulada El Pescador. A pesar de este inicio me parece que el libro tiene más que ver con las pesadillas de Lovecraft y de Poe (sobre todo del Poe de Las aventuras de Gordon Pym) que con los abstrusos simbolismos de Melville.

            Tras perder a la mujer con la que se había casado hacía pocos años la vida de Abe deja de tener de sentido. No logra desembarazarse del dolor que siente por no tenerla a su lado e intenta mitigarlo con una buena dosis de alcohol diaria. Una mañana, sin embargo, se levanta con la necesidad acuciante de ir a pescar, algo que no había vuelto a hacer desde la infancia. Gracias a esta actividad casi olvidada Abe logra salir del pozo de desolación en el que había caído. Otra pérdida, en este caso la que sufre su compañero de trabajo, Dan, debido a un accidente de tráfico en el que pierde a su mujer y a sus dos hijos estando él al volante, hará que la vida de ambos dé un vuelco. Unidos por la misma afición salen a pescar los fines de semana hasta que un día Dan le propone pescar en el arroyo del Holandés, un paraje que ni siquiera aparece en los mapas, allá por las montañas Catskill. De camino se detienen en un bar y hacen partícipe de sus intenciones a su propietario. La idea no parece gustarle demasiado y para disuadirlos cuenta una historia macabra ocurrida en un pueblo  próximo al arroyo que fue anegado con el fin de construir un embalse. Lo que cuenta deja a ambos sin palabras.

            Este relato titulado Der Fischer: un cuento de terror ocupa más de la mitad del libro. No puede decirse que integrar un relato dentro de otro sea algo nuevo, es algo habitual en la tradición de los relatos de terror, lo que llama la atención en este caso es su larga extensión que supera incluso a lo que se supone es la trama principal y me hace dudar de cuál de las dos narraciones originó la novela. Este recurso, como digo, suele ser frecuente en este tipo de relatos, y sirve para crear un determinado clima de miedo gracias a la anticipación de algunos de los horrores futuros. La reiteración dota además a lo que se cuenta, por terrible o inverosímil que parezca, de una mayor veracidad y prepara al lector para lo que va a suceder. La novela sigue estos preceptos del terror clásico con rigurosidad y eficacia.

            Pero sin lugar a dudas, más allá de los horrores que se cuentan, de lo que puedan atormentarnos las criaturas híbridas que se describen o de los paisajes alucinantes que se evocan, lo que convierte a El pescador en una obra que la hace diferente es su espléndida prosa. Una prosa límpida, vibrante y elocuente que logra que nos veamos inmersos en la acción como si fuéramos un personaje más de la novela. Sus descripciones son tan vívidas que no echamos de menos el cine en 3D con sonido Dolby ni a jugar con la consola a juegos que son cada vez más realistas. En este sentido cabe destacar el magnífico trabajo realizado por Alberto Chessa en la traducción del texto.

            Con esto tampoco quiero que se piense que la trama es desdeñable, el retrato que hace de los dos hombres tras sufrir una pérdida es conmovedor. Lo cierto es que todo el libro puede considerarse el grito desesperado de quién ha perdido un ser querido. Además es fácil dejarse seducir por las historias secundarias que componen el libro. ¿Cómo olvidarse de la pobre Lottie, que debe enfrentarse en un momento dado a su propia perversidad? ¿Cómo no dejarse intrigar por el misterioso pasado de Rainer o sentir compasión por Jacob, cuya vida quedará para siempre marcada por lo que tuvo que hacer? Reconozco que hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto con una novela de terror. Un terror clásico que debe mucho a Lovecraft aunque más moderno y dinámico pero sobre todo sin los excesos en la adjetivación a los que nos tenía acostumbrados el autor de Providence.

            Así que no espere más, no se resista, muerda el tentador anzuelo que le tiende John Langan y déjese arrastrar por El pescador, no se arrepentirá.