Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Univrso de pocos

Univrso de pocos

viernes, 26 de marzo de 2021

“Martin el náufrago” de William Golding

Portada de “Martin el náufrago” de William Golding
            Es curioso que todo un premio Nobel de la literatura (el galardón le fue concedido en el año 1983) sea conocido prácticamente por una sola novela: El señor de las moscas (1954), que ha eclipsado el resto de su obra no muy abundante aunque sí singular. Entre sus obras me gustaría destacar Los herederos (1955), una emotiva novela en la que los protagonistas son unos neandertales con la que el autor se acercó a la ciencia-ficción y también Martín el náufrago (1956), apenas conocida en España y sólo disponible desde hace décadas en el mercado de segunda mano.

            La novela comienza con un hombre a merced de la naturaleza, las olas lo alzan, lo empujan, lo sacuden y lo arrastran a su antojo mientras lucha por sacar la cabeza a la superficie para respirar. Rodeado por un mar embravecido, durante varias páginas asistimos a su lucha para mantenerse a flote y después a sus denodados esfuerzos para trepar hasta unos peñascos y  ponerse a salvo. Todo es contado de una manera muy vívida y detallada. Martin es un Robinson moderno y a pesar de ser consciente de la precariedad de su situación está seguro de que alguien vendrá a rescatarlo y como si de un ritual se tratara cada mañana se repite a sí mismo para infundirse ánimos: «Hoy seré rescatado». No desea abandonarse por lo que ocupa su tiempo con tareas productivas como construir un muñeco con piedras que pueda ser visto desde la lejanía,  en asegurar sus escasas reservas de agua y proveerse de alimentos. Con este fin, el de alejarse de todo salvajismo, decide dar nombres a las formaciones rocosas, a las charcas y a lo que lo rodea. Al fin y al cabo, la palabra es lo que nos distingue de las bestias. Su inhóspita isla deja así de ser una roca más en medio del océano Atlántico para convertirse en un pequeño enclave del mundo civilizado. El dolor, el frío, la sed y el hambre no son los peores enemigos de Martin, debe además hacer frente a su pasado, un pasado complicado. Los recuerdos irrumpen en cualquier momento y a veces la tentación de entregarse a ellos y encerrarse en sí mismo es demasiado fuerte. No se trata evidentemente de un libro de acción y lo poco que acontece, sucede principalmente en la mente del protagonista.

            La mitología está muy presente en los libros de Golding y Martin el náufrago no es una excepción. En esa desolada y fría roca Martin resulta ser una especie de Prometeo, el titán que es castigado a permanecer encadenado a una roca por Zeus tras haber sido engañado. En un momento dado de la novela el mismo Martin teniendo al mar y al cielo como testigos grita al viento que es Prometeo. Sin embargo, los pecados que debe expiar son mucho más terrenales porque la vida que ha llevado Martin no parece que haya sido ejemplar. En concreto su actitud con las mujeres a juzgar por algunas escenas rememoradas son francamente reprobables. Todo esto nos llega en confusas ráfagas alucinatorias que el lector debe reconstruir como puede sin el apoyo de un contexto. Hay que reconocer que no se trata de un libro fácil. Golding nos hace partícipes del flujo de pensamientos de Martin, que se van tornando cada vez más incomprensibles e incoherentes a medida que pasan los días y su mente se va desquiciando. La tercera persona que el autor utiliza como narrador parece estar dentro de la cabeza del protagonista, es un polizonte que participa de sus delirios y de sus privaciones. Los ojos de Martin son como dos cuevas en el cráneo desde las que todo es observado. Las imágenes que nos son descritas están enmarcadas por las cavidades que rodean a los ojos y a veces incluso vemos un bulto difuso que no es otra cosa que la nariz del protagonista. Gracias a esta argucia vemos lo mismo que Martin, experimentamos su dolor, sentimos su sed y hambre, pensamos sus pensamientos, recordamos sus recuerdos,... en definitiva nos convertimos en Martin. Todo esto requiere un gran dominio de las técnicas narrativas y de un traductor a la altura para que esto no se vea volatilizado en su traslación al castellano.

            Por desgracia la traductora, Clara Janés, que no es precisamente una desconocida, no lo está en esta ocasión. Su traducción es la mayoría de las veces literal y descuidada. Por ejemplo, cuando el protagonista no encuentra un apoyo suficiente con el pie para no caerse, dice no hallar un ¿fundamento seguro? en lugar de una base segura. Escribe bote U en lugar de submarino (U-boot de Unterseebot en alemán). En ocasiones las frases parecen gramaticalmente incompletas haciendo el texto incomprensible. No debe ser una tarea fácil traducir la prosa oscura y ambigua de Golding y aún más cuando sirve de vehículo para hacernos partícipes de la enajenación que sufre su protagonista, una lástima para los que no podemos leer la novela en inglés.

            Es por eso que no voy a recomendar la lectura de este magnífico libro, al menos hasta que vuelva ser traducido. No parece que vaya a ocurrir de momento (Golding no está de moda), a no ser que una de esas pequeñas editoriales que han ido surgiendo en los últimos años se decida a hacerlo. La novela cuenta con una trampa final, de la que prefiero no dar demasiados detalles para no arruinar la lectura, que justifica la inclusión de esta reseña en este blog dedicado principalmente a la ciencia-ficción y al género fantástico.

domingo, 14 de marzo de 2021

"Snow Crash" de Neal Stephenson

    

Portada de  “Snow Crash” de Neal Stephenson

            De todas las novelas escritas por Neal Stephenson Snow Crash (1992) debe ser la más asequible y entretenida. Desde luego su lectura resulta mucho menos desalentadora que La era del diamante (1995) y que la primera parte de Criptonomicon (1999) (no me he animado a leer el resto). Sin renunciar a su estilo y a su peculiar humor de alumno aventajado de último curso de ciencias, Stephenson ha escrito una novela de aventuras ligera, sin demasiada trascendencia, que ha logrado que me reconcilie en parte con él. Tanto es así que estoy considerando la posibilidad incluso a costa de poner en riesgo mi salud mental de leer Anatema (2008).

               En un principio Snow Crash iba a ser una novela gráfica, algo que se hace evidente desde las primeras líneas al ver la importancia que se concede a las imágenes, una imágenes de enorme poder visual, casi icónicas, que se quedan grabadas en la mente del lector como el estribillo pegadizo de una canción de éxito. ¿Cómo olvidarse de su protagonista Hiro Protagonist enfundado en su mono negro con almohadillas de armagel y su catana? ¿O de la quinceañera T.A (Tuya Afectísima) con su monopatín de inteliruedas y su visor RadiKS modelo Knight Vision lanzando su arpón entre el tráfico para dejarse remolcar por el coche más rápido? ¿O cómo olvidarse de las Criaturas Ratas, esos perros cibernéticos con motor nuclear? Un capítulo aparte lo constituyen los villanos de la novela, encabezados por Cuervo, un aleutiano enorme capaz de atravesar con sus cuchillos de punta de vidrio cualquier blindaje y que se pasea como si nada con una bomba nuclear en el sidecar. La novela está llena de personajes carismáticos como L. Bob Rife, señor del ancho de banda o el jefe de la mafia Tío Enzo, figuras dignas de cómic. Lo más curioso es que éste último pertenece al equipo de los buenos, de los que tratan de salvar al mundo del peligroso virus/droga llamado/a Snow Crash.

            Hay que tener en cuenta que el mundo en el que se desarrolla la novela es muy diferente del nuestro. Los Estados Unidos de América han parcelado su territorio y lo han vendido a diferentes organizaciones criminales y empresas de catadura diversa. En cada una de estas zonas rigen leyes distintas que han sido promulgadas por cada franquiciado y cada una con una policía propia que vela que se cumplan. Menos caótico se presenta el otro escenario en el que se desarrolla gran parte de la novela. Me refiero al «Metaverso», un mundo virtual en el que cada uno puede ser el que quiera siempre que tenga un hardware y un software suficientemente potente para ello. El «Metaverso» de Stephenson está muy lejos del caprichoso juego de psicodelia que imaginó William Gibson en su célebre Neuromante (1984) y que él llamara ciberespacio. Al contrario que Gibson, Stephenson conoce el territorio que pisa.

            Más controvertida resulta la teoría relacionada con la lengua que plantea Stephenson, que pretende establecer una relación entre el código máquina (instrucciones básicas con las que se programan los microprocesadores) y el lenguaje que hablaban los sumerios. La idea de que exista una especie de lengua elemental y universal que maneje nuestra mente es muy atractiva, aunque resulte algo traída por los pelos. En cualquier caso Stephenson se encarga de hacerla lo bastante creíble, y si con su «Metaverso» le daba un buen pescozón a William Gibson, con sus especulaciones sobre la glosolalia (capacidad sobrenatural de hablar lenguas) y los virus lingüísticos le da un sonoro sopapo a Samuel Delany, que en su novela Babel-17 (1966) quiso convencernos de que un lenguaje podía ser utilizado como arma.

            Pero Neal Stephenson no puede dejar de ser como es y a veces se enreda en explicaciones demasiado prolijas, como por ejemplo, cuando se explaya sobre los dioses sumerios y sobre  algunos mitos que comparten muchas religiones. Su locuacidad llega al extremo de alargar un chiste con evidente gracia hasta acabar por arruinarlo, como sucede con el capítulo que dedica por entero a explicar las recomendaciones que hace la oficina del gobierno federal a sus empleados para que consuman menos papel higiénico.

            Snow Crash es una novela de excesos, algo habitual en la literatura de acción y aún más  en el cine de acción: con unos malos malísimos, con unos buenos que son los mejores en lo que ellos saben hacer, con unas escenas de acción trepidantes, de una aparatosidad dignas de Hollywood y unos gadgets y unas armas para pasmarse. Aunque la novela no termina con una de esas revelaciones típicas de los folletines decimonónicos (que la saga de Star Wars ha adoptado como algo inherente a sus tramas) en las que se descubre alguna relación de parentesco inverosímil entre algunos de los personajes principales, sí lo hace con una coincidencia bastante improbable. En todo caso no se puede negar que estamos ante una novela muy entretenida, narrada a un ritmo cinematográfico, muy atractiva visualmente y con una trama que parte de una premisa de gran originalidad. Y si bien todo esto es cierto, hemos de reconocer también que no hay mucho más, pero tampoco todos los libros tienen que cambiarnos la vida forzosamente.

martes, 23 de febrero de 2021

“Canciones de amor para tímidos y cínicos” de Robert Shearman

Portada de “Canciones de amor para tímidos y cínicos” de Robert Shearman
                        Siempre me ha parecido mucho más complicado escribir la reseña de un libro de relatos que de una novela. La mayoría de los blogs solventan la dificultad comentando cada uno de los cuentos como si fueran unidades independientes, lo que en la mayoría de los casos desde mi punto de vista se traduce (sobre todo si el libro se compone de muchos relatos) en un fárrago insufrible. Se trata de un error que yo también he cometido en ocasiones y del que sólo he sido consciente meses después al volver a leer la reseña. Es verdad que comentar un libro de relatos como un todo, sin entrar en detalle, no siempre es posible ya que muchas veces las narraciones reunidas no tienen en común otra cosa que estar escritas por la misma persona y compartir la misma encuadernación, un ejemplo reciente es Exhalación de Ted Chiang. Diríase que Robert Sherman cuando puso el título de Canciones de amor para tímidos y cínicos a su libro hubiera querido echarnos una mano a los que nos dedicamos a esto de las reseñas dándonos una pista de qué le ha llevado a agrupar todos estas historias tan inusuales en un mismo volumen. Me aferraré a esta pista, falsa o no, y a otras más que nos proporciona el autor en el penúltimo relato (No trata el amor) para intentar escribir la reseña del libro como un conjunto. Como la tarea no va a ser sencilla se me ocurre que escuchar una buena canción de amor podría ayudarme a ordenar las ideas. ¿Pero cuál sería la más adecuada?

            ¿Una canción de amor romántica? Lo descarto sin dudarlo. El Shearman que se nos muestra en este libro es todo menos romántico. Es más, cuando los personajes se atreven a serlo, el autor los expone en todo su patetismo como si se avergonzara de ello y quisiera borrar cualquier efluvio romántico que pudiera desprender el texto. El cuento más romántico de todos quizás sea No trata el amor, más por la declaración que se hace al final que por lo que se cuenta. «Todas las historias de amor del libro, por tímidas, cínicas, torpes e imperfectas que fueran, eran para ella y todas se referían a ella», se dice. El amor es visto más como una carga que como una fuente de felicidad, una obligación que los personajes se imponen, una tiranía cultural de la que mayoría de las veces no saben liberarse.

            ¿Vendría mejor una canción de amor no correspondido? Sí y no. Sí, porque la mayoría de las historias de amor que se cuentan son fallidas y de alguna manera tampoco son correspondidas; y no, porque se trata de amores que muchas veces no pueden considerarse como tales. En ocasiones no son otra cosa que una ilusión, a veces se trata de amores que una vez sí lo fueron y que han mudado en algo marchito al borde de la descomposición. Una canción así acompañaría bien a Punzadas con ese corazón deteriorado físicamente por sus emociones fuera del cuerpo del protagonista, sin embargo Palabras de amor, otro de los relatos de desencuentro amoroso, pediría un tono más burlón y jocoso que no iría con el resto de los relatos. No, una canción de amor no correspondido no representaría el espíritu del libro.

             ¿Quizás una canción de amor apasionado? Lo cierto es que apenas hay pasión en el libro, si acaso en El bigote de George Clooney pero se trata de un amor trastornado y pienso que esquizofrénico (ésta es al menos mi interpretación), que no se ajusta del todo a lo que se entiende por amor apasionado. «Pero no trata el amor, nada en absoluto. Sus relatos huyen del amor», dicen en el que es el relato clave del libro, que ya he mencionado antes y al que volveré a referirme (No trata el amor). Más adelante la misma persona que realiza esta acusación ha de reconocer la inteligencia con que están escritos pero le achaca al autor hacerlo sin pasión. Es como si el autor quisiera justificarse.

            ¿Una canción de amor eterno? Esto desde luego que no, y el propio autor, otra vez en el relato, No trata el amor, se encarga de desmentirlo: «¿Qué es el amor, en todo caso, si no una serie de relatos cortos?» Y nos lo dice el protagonista de esta historia, que no parece ser otro que el propio Shearman. Lo cierto es que las parejas que protagonizan estas historias no duran mucho juntas, algunas se separan y vuelven a unirse como en Estar feliz pero las cosas nunca vuelven a ser como antes y la relación tampoco parece que se vaya perpetuar en el tiempo.

            ¿Una canción de desamor? Tampoco, porque para que haya desamor antes tendría que haber habido amor y nos encontramos con personajes que la mayoría de las veces confunden sus emociones, que creen o desean estar enamorados sin estarlo en realidad.

            ¿Y una canción de terror? El hecho de que Robert Shearman haya recibido el premio Shirley Jackson por este libro así como la portada de la excelente edición de La máquina que hace ping con la imagen de un corazón rezumando sangre dentro de un táper podrían llevarnos a este error, sin embargo ninguno de los relatos del libro es de terror. Nos encontramos con elementos propios del género, como animales fantásticos, corazones extirpados e incluso una especie de fantasma que permiten al autor ofrecernos una visión de las relaciones de pareja muy alejada de la habitual y que puede llegar a incomodar.

            La canción que escogiera debería estar llena de sorprendentes y chocantes metáforas, con una melodía imprevisible que nunca supiéramos a dónde nos va a llevar; una canción a veces burlesca pero también reflexiva y que al mismo tiempo sirviera de banda sonora en una obra teatral porque hay mucho de teatro del absurdo en estos relatos. Lo curioso es que buscando la canción la reseña se ha escrito por sí sola. Así, sin darme cuenta, he llegado al fondo de este extraño libro, quizás sólo sea eso, una búsqueda, una búsqueda de lo que es el amor. Tenemos el texto ahora solo falta que alguien escriba la música.

domingo, 14 de febrero de 2021

"Señor del espacio y el tiempo" de Rudy Rucker

Portada de “Señor del espacio y el tiempo” de Rudy Rucker
            A quien le dé por husmear en la red sobre Rudy Rucker es probable que le aparezcan términos con muchos prefijos del tipo transrealismo, cyberpunk, post-cyberpunk o post-loquesea. Que esto no asuste a nadie, que no le haga cerrarse en banda ante este autor casi desconocido en España. Lo mejor es no hacer demasiado caso, al menos en esta ocasión nada debería impedir  acercarse a este Señor del espacio y del tiempo que ha resultado ser una de las lecturas más divertidas con las que me he topado últimamente.

            Después de consultar esto del transrealismo en varios sitios no me ha quedado muy claro lo que es. Por un lado me ha parecido entender que no es más que la utilización de elementos propios de la ciencia ficción para transmitir estados concretos de la psique del autor (algo que no me parece que sea especialmente innovador sino bastante común en el género fantástico). Sin embargo, en otros sitios se describe el transrealismo como un intento de llegar más allá de la realidad que percibimos, una realidad que se ve alterada por nuestra mente y por nuestras emociones. ¡Vamos, puro Philip K. Dick! Pero sea lo que sea esto del el transrealismo, Señor del espacio y del tiempo tiene mucho que ver con la ciencia-ficción humorística que se escribía antes de que existieran tantas etiquetas. Una de las primeras novelas que me viene a la cabeza es Marciano vete a casa (1955) de Fredric Brown, con la que comparte incluso bromas solipsistas. También me trae a la mente al Robert Sheckley de Mañana será así (1964, título absurdo con el que se publicó en España The Status Civilization) o sobre todo al  Sheckley que escribió relatos entre los años cincuenta y sesenta. Se trataba de historias, tanto las de Brown como las de Sheckley, escritas con mucho humor y sin complejos en los que el rigor científico no era más que un lastre que tirar por la borda para que la imaginación volara más alto. También, aunque sea menos humorística, hay mucho de Ojo en el cielo (1957) de Philip K. Dick o incluso podemos encontrarnos con los alienígenas de Amos de títeres (1951) de Robert A. Heinlein. En Señor del espacio y el tiempo hay cabida para todo esto y también para más.

            Harry Gerber y Joe Fletcher son dos tipos a los que les gusta beber cervezas y emprender juntos las empresas más descabelladas. Harry es el científico, lo que no impide que sea el más loco de los dos, Joe se dedica a la informática y aunque también tiene lo suyo es el que pone freno a muchas de las delirantes y temerarias ideas de su socio. El caso es que con cierta ayuda que les llega del futuro logran construir una máquina que permitirá aumentar la constante de Plank y por tanto ampliar la zona de incertidumbre que establece el principio de Heisenberg. Esta máquina, el Blúnzer, construida con un microondas, una camilla de inyección letal y un frigorífico industrial hará posible cualquier cosa en la zona de incertidumbre con sólo quererlo. En definitiva, funciona como una máquina de conceder deseos. A partir de aquí todo es posible y al autor no le importa meterse en los enredos más extravagantes imaginables incluyendo los metafísicos. Todo sucede muy rápido, la novela no da respiro al lector y los protagonistas no acaban de salir de un lío cuando ya se encuentran metidos en otro que acaba por arrastrar literalmente al mundo entero.

            Basta echar un vistazo al índice del libro y ver los títulos dados a los capítulos para comprender con qué nos vamos a encontrar. Estos son algunos ejemplos: 
            Uno: «Este capítulo se titula así».
            Trece: «Arbustos de chuletas y árboles de buñuelos».
            Veinte: «Dios es transexual».
            Veintiuno: «Los hombres también son personas».
            Y así hasta llegar a los treinta capítulos que componen el libro.

            La novela no se toma demasiado en serio a sí misma, ni siquiera los personajes lo hacen. A pesar de las cosas inimaginables que viven y que desencadenan con sus acciones, lo curioso es que la impresión les dura más bien poco y sus reacciones no suelen ir mucho más allá de las que les produciría un pisotón en el dedo gordo del pie. Se lamentan un poco, se beben unas cervezas y siguen adelante como si fuera lo más normal del mundo. Todo transcurre a la velocidad de la luz, sin que los personajes se vean inmersos en interminables discusiones para buscar una solución.  La novela tiene mucha gracia pero no es una sucesión de gags más o menos divertidos ni los personajes pretenden ser ocurrentes en ningún momento, lo que nos hace reír es el absurdo, el disparate y la enloquecida imaginación de Rucker. El libro viene acompañado de un prólogo en el que Alfonso García explica todo esto con mucha más profundidad e ingenio que yo.

            Llama la atención que esta novela publicada en EE.UU en 1984 haya tardado tantos años  en llegar a nuestro país. Por suerte para todos los amantes de la ciencia-ficción, Gigamesh la ha rescatado en una edición impecable y con una portada muy simpática que le viene al dedo. Señor del espacio y el tiempo es un libro imaginativo, de humor delirante e imprevisible, ideal para estos tiempos de oscuridad y pandemia, que nadie debería perderse. ¡Necesitamos más Rudy Rucker!

viernes, 29 de enero de 2021

“La coartada del diablo” de Manuel Moyano


Portada de “La coartada del diablo” de Manuel Moyano

            Esta novela de sugerente título, La coartada del diablo, le proporcionó a Manuel Moyano el premio Tristana de novela fantástica en 2006. Con ella el escritor nacido en Córdoba quiso crear un relato clásico de terror que, teniendo como modelo el terror anglosajón, se localizara en un paraje de la España profunda con todas las singularidades en cuanto a personajes y a situaciones que eso trae consigo. En ese sentido Moyano sale airoso de la empresa gracias una historia que sabe recoger muchos de los tópicos de la España rural sin caer en lo trillado.

            Al igual que Lovecraft se inventaba pueblos en decadencia en Nueva Inglaterra para situar muchas de sus historias de horror cósmico, Moyano concibe su propio escenario, un pintoresco  Manfraque en el que el mal está al acecho. Se trata de un villorrio de mala muerte al borde del abandono como muchos otros pueblos de España, que tal vez podría encontrarse en Castilla o Extremadura (el autor no proporciona demasiados datos para su localización). Lovecraft puebla su Insmouth imaginario de unos seres de aspecto repulsivo, de ojos saltones y cabeza estrecha, Moyano hace que unos seres, los «bubos», que en su día fueron humanos, habiten unas cuevas en los montes que rodean Manfraque. Uno de los personajes de la novela que no simpatiza mucho con estas criaturas las describe así:

            «Al parecer, la endogamia y el aislamiento se han conjurado con el agua envenenada para engendrar a lo largo de los siglos una raza de cretinos deformes y babeantes proclives a la vagancia y la
promiscuidad
».

            Es una lástima que estos pobres «bubos» dignos de lástima no tengan el protagonismo que las primeras páginas parecen prometer. La novela sigue por otros derroteros y estos seres imaginarios sirven al autor poco más que para dar un poco más de color y un toque insólito al pueblo. Mayor relevancia tienen los representantes de los poderes fácticos que, como suele ocurrir en los entornos rurales, no son otros que el cura, el médico y el maestro, que en este caso hace también de mandamás del pueblo. Moyano sabe dotarlos de unas particularidades que los hacen más interesantes. Por ejemplo, Paniagua es además de médico un antropólogo aficionado que sueña con obtener el Nobel gracias a sus minuciosos estudios sobre los «bubos». O Jambrina, el sacerdote, que en sus sermones trata temas tan acuciantes para sus parroquianos como la interpretación herética del Apocalipsis realizada por una incierta secta.

            El protagonista es un hombre que después de treinta años de matrimonio se ha quedado solo debido a la muerte de su mujer. La casa de la ciudad que compartían guarda demasiados recuerdos por lo que abrumado decide retirarse a este pueblo remoto, que ni siquiera conoce, llamado Manfraque. A su llegada al pueblo alquila una casa a Tránsito, una mujer voluminosa e incansable cuyo marido se encuentra en estado vegetal debido a una esclerosis múltiple. Entonces comienzan a ocurrir una serie de desgracias de las que muchos culpan a los «bubos». A través de unas cartas escritas en un lenguaje culto y a veces en desuso que el protagonista envía con periodicidad a su primo, vamos conociendo los hechos. Hasta ahora he hablado de los protagonistas humanos pero en realidad el gran protagonista de la novela es el lenguaje. Se trata de un lenguaje como decía de gran riqueza, con abundancia de palabras arcaicas que me hicieron pensar que la historia transcurría en el pasado. En un principio esto me confundió y después, cuando me di cuenta de mi error, me vi obligado a recomponer la imagen mental que me había estado haciendo hasta entonces. Todo acontece en el presente o en un pasado reciente, lo que sucede es que la manera en que se expresa su protagonista y el modo en el que actúan los vecinos nos invitan a creer que estamos leyendo las cartas envueltas en polvo y telarañas del olvidado baúl perteneciente a un antepasado. Las historias de terror resultan más verosímiles y funcionan mucho mejor cuando suceden en el pasado, algo que el autor de El imperio de Yegorov no desconoce.

            Arropada la historia por un vocabulario rebuscado pero sin llegar a los términos inventados por Santiago Lorenzo en Los asquerosos (otra novela rural muy diferente) la historia discurre entre momentos de cierta ternura, de misterio, de terror e incluso de voluptuosidad desaforada y también de humor, de un humor sutil casi invisible que se aprecia sobre todo en el retrato que se hace de los personajes. La única pega que se le puede poner a la novela es que su desenlace resulta un tanto previsible, casi desde el principio dejó de ser un secreto para mí lo que sucedía. Pero esto no debe ser un impedimento para disfrutar de este libro, que, como la mayoría de los que escribe Moyano, sabe a poco.

lunes, 18 de enero de 2021

"El rebaño ciego" de John Brunner

Portada de "El rebaño ciego" de John Brunner
         La primera palabra que me viene a la cabeza con esta novela es caleidoscopio, que como alarde de imaginación (demasiado manido) no es gran cosa. También podría hablar de mosaico o incluso de puzle de vidas o como hoy me he levantado ocurrente podría apuntar a la visión facetada de un futuro próximo, aunque lo encuentro un tanto rebuscado. En cualquier caso, todo eso y más es El rebaño ciego (1972).

            Admito que no soy un entendido en la obra de John Brunner (1934-1995). Leí hace ya unos cuantos años una de sus novelas más célebres (que tal vez debería releer) El jinete en la onda del shock (1975) que no me impresionó lo suficiente como para animarme con el resto de sus mastodónticas novelas. Porque de entre las muchas cosas que puede decirse de Brunner estoy seguro de que nos pondremos de acuerdo al menos en una, la de que no es precisamente un autor parco en palabras. Sus libros más aclamados, entre los que se encuentra El rebaño ciego y sobre todo el más conocido de ellos, Todos sobre Zanzíbar (1968), que ganó el Hugo en 1969, son los que cuentan con un mayor número de páginas. Además de un tamaño amedrentador tienen en común estar situados en un futuro cercano y haber sido escritos con el mismo estilo fragmentario que indicaba al principio de esta reseña. Esta manera de narrar que Brunner tomó prestada de John Dos Passos y que en El jinete en la onda del shock no acabó de convencerme (aunque como digo quiero darle una nueva oportunidad) convierte a El rebaño ciego en la gran obra que es. Fondo y forma están tan imbricados que cuesta imaginar que la novela pudiera haberse escrito de otra manera. A través de pequeños fragmentos de la vida de diversas personas, flashes significativos del día a día, entrevistas, anuncios de todo tipo, locuciones de radio…, Brunner logra construir un retrato formidable y complejo del futuro próximo, un futuro tan creíble que es fácil confundirlo con nuestro presente. Es cierto que esta estructura fragmentada con constantes elipsis demanda una atención añadida al lector, a lo que debemos sumar que muchos de los personajes aparezcan casi de manera subrepticia sin que sepamos el papel que irán a jugar más adelante, lo que obliga en ocasiones a volver atrás para saber quiénes son. Sin embargo, el esfuerzo merece la pena. Brunner teje con calma y precisión, hilo a hilo, y sólo al final cuando da las puntadas finales nos damos cuenta del intrincado tapiz que ha urdido. Ante nuestros ojos se aparece entonces ese mundo terrible a punto del colapso ecológico a causa de la ineptitud humana tan verosímil que hará que miremos a nuestro alrededor para cerciorarnos de que seguimos en el salón de nuestra casa. Es muy posible que nuestra mirada se tope con lo que hay más allá de la ventana y reparemos en las mascarillas que cubren los rostros de todos los transeúntes y pensemos en las enfermedades que nos amenazan, algunas dadas por erradicadas hace años. A partir de aquí nuestra mente puede decidir sumergirse en otras cavilaciones no demasiado esperanzadoras, como la locura climatológica que nos azota o la incredulidad que nos producen los líderes que nos gobiernan surgidos de una mala película de serie B de los sesenta. La pesadilla de Brunner no está lejos de hacerse realidad, sólo nos cabe esperar que su trepidante y apocalíptico final no sea también el nuestro.

Siempre se ha destacado la capacidad profética de Brunner. No es mi intención subestimarla y lo que voy a decir a continuación no le resta un ápice de valor a la novela, no obstante tengo la impresión de que mucho de lo que anticipaba Brunner en 1972 ya estaba  aflorando por aquel entonces. La contaminación de los mares, la resistencia de los gérmenes a los antibióticos, la ceguera de los gobernantes, el «cortoplacismo» no eran desconocidos hace cincuenta años y creo que precisamente esto hace que el libro siga siendo tan actual y que resulte tan terrorífico como entonces, porque pone de manifiesto lo poco que se ha hecho en todos estos años. Los «trainitas», los imprudentes ecologistas radicales de la novela, por suerte no se han hecho realidad pero no hubiera estado mal tener a mano a un hombre con la conciencia ecológica y el carisma de Austin Train. Aunque mucho me temo que su presencia sería tan inútil como en el libro, se le acusaría de traición como se ha hecho con Snowden o puede que de terrorismo.

En cualquier caso debemos repartir las culpas, nuestros gobernantes no son los únicos responsables del desastre ambiental. La mayoría de nosotros somos magníficos ecologistas hasta que nos tocan el bolsillo o nuestro empleo se ve en peligro. Compramos en los supermercados más baratos (muchos no tienen otro remedio si quieren llegar a fin de mes) sin importarnos la procedencia de los productos, queremos comer tomates y naranjas durante todo el año aunque vengan de las antípodas, nos lamentamos de las armas que hay diseminadas por el mundo entero pero por otro lado, nos negamos a que las empresas que las fabrican se cierren para poder seguir manteniendo nuestro trabajo. Yo mismo he acudido a ese monstruo del consumismo que es Amazon para obtener este libro. Intenté conseguirlo por otros medios pero por alguna razón todos los ejemplares disponibles de la edición de AJEC (que por cierto requeriría de una buena revisión) se encontraban fuera de España. Ahora mientras escribo esto y compruebo los datos leo en la página del final del libro lo siguiente: Printed by Amazon Italia Logística S.r.l. ¿Qué pensaría John Brunner si lo viera?

martes, 29 de diciembre de 2020

"La desagradable profesión de Jonathan Hoag” de Robert A. Heinlein

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Sería difícil encontrar un relato con un arranque más irresistible que La desagradable profesión de Jonathan Hoag de Robert A. Heinlein. Una vez que se empieza a leer el primer párrafo es imposible detenerse. ¿Qué es eso oscuro que tiene debajo de las uñas el hombre que acude a la consulta? Parece sangre aunque el médico lo desmiente categóricamente, lo hace enojado sin que sepa la razón de su irritación. Tras esta delirante escena se produce otra que no lo es menos cuando el hombre sale del consultorio y todo lo que ve ante sí, la calle, los edificios y sobre todo la gente le producen un rechazo y una sensación de desagrado indescriptible. La situación deja al lector descolocado por cuanto seguramente pensaba tener entre las manos un relato de ciencia-ficción clásica. Desde luego no parece que estemos leyendo al autor de Tropas del espacio o de Forastero en tierra extraña, más bien parece un fragmento sacado de un libro de Leo Perutz o de Hermann Ungar, sólo más adelante cuando nos encontramos con la pareja de detectives protagonistas y unos diálogos chispeantes e ingeniosos dignos de las comedias del Hollywood de los años cuarenta reconocemos al autor. Se trata de una novela atípica dentro de la obra de Heinlein, que se publicó por primera vez en 1942 en la revista Unknown, y es una de las pocas incursiones que hizo el autor en la fantasía o en el terror. En ella Heinlein se desprende de su lado más racional para narrarnos la historia de un hombre que no recuerda a que se dedica durante el día y que decide por tanto contratar a unos detectives para que lo averigüen. Al principio la pareja de detectives cree que podrá aprovecharse del pobre hombre y que conseguirán ganarse sin demasiado esfuerzo los honorarios prometidos, sin embargo las cosas se van torciendo hasta adquirir un tono de pesadilla y de absurdo que hace dudar al matrimonio de detectives de su propia cordura. A pesar de tratarse de una novela corta de la primera época de Heinlein, en ella se aprecia su buen oficio como narrador, su habilidad para escribir diálogos y su buen pulso a la hora de conducir la trama hasta un final coherente a pesar de lo disparatado de la propuesta. 

El libro contiene otros cinco relatos de interés desigual. Uno de los menos logrados es El hombre que vendía elefantes, una historia nostálgica y fantástica algo trasnochada que no logra  su objetivo final de emocionar. Tampoco lo beneficia encontrarse seguida por todo un clásico como Todos vosotros zombis, que nos impulsa a olvidarla de inmediato. Para Aristóteles el círculo era la figura geométrica más perfecta, si así fuera Heinlein habría logrado con este relato de viajes en el tiempo hacer las delicias del filósofo griego. No soy muy dado a las alabanzas exageradas pero ante este relato no puedo más que inclinarme y proclamar que estamos ante un relato perfecto. No le veo ni un solo defecto a la trama y hasta el estilo en que está escrito me parece inmejorable, moderno y rápido, con un narrador en primera persona al estilo de la novela negra que se anticipa al futuro cyberpunk. Imprescindible.

Heinlein también cultivó los relatos «conspiranoicos» en los que se cuestiona la realidad, ejemplo de ello es la novela corta que da título al libro y que he comentado antes, y otro es Ellos. Se trata de un relato correcto que sin embargo ha sido superado por otros escritos con posterioridad. De todos modos hay que concederle su valor por tratarse de uno de los primeros relatos de este tipo junto a No sucedió de Fredric Brown.

El resto de relatos que integran el libro son completamente diferentes y en ellos nos encontramos con un Heinlein mucho más ligero, que hace gala de un humor fino e ingenioso. Un ejemplo es el cuento titulado Nuestra hermosa ciudad en el que un pequeño pero perpetuo remolino parece tener vida propia ante la incredulidad de los habitantes. Su capacidad para recuperar objetos que el viento arrastra por la ciudad, en concreto periódicos antiguos, permite destapar una serie de corruptelas. En ...Y construyó una casa torcida volvemos a encontrarnos al Heinlein juguetón de diálogos ágiles y ocurrentes. En este caso un arquitecto sueña con poder un día construir una casa que se despliegue también en una cuarta dimensión. La imposibilidad de llevar a cabo su proyecto le lleva a conformarse con desarrollar un teseracto en tres dimensiones, sin embargo un oportuno terremoto convierte su sueño en realidad o más bien en una pesadilla. Se trata de un relato francamente divertido.

En definitiva, nos hallamos ante un libro de un Heinlein muy diferente al escritor iconoclasta y farragoso en el que se acabaría convirtiendo en los últimos años. Se trata de una buena oportunidad para reconciliarse con un autor al que se ha venido denigrando de manera reiterativa en los últimos años. Recomiendo leerlo dejando a un lado los prejuicios, aunque antes habría que hacerse con un ejemplar, lo que por otra parte no creo que resulte nada fácil.