Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

lunes, 14 de enero de 2019

"El pescador" de John Langan

"El pescador" de John Langan
            “No me llaméis Abraham: llamadme Abe”. Así evocando al Moby Dick de Herman Melville comienza esta estupenda novela de John Langan titulada El Pescador. A pesar de este inicio me parece que el libro tiene más que ver con las pesadillas de Lovecraft y de Poe (sobre todo del Poe de Las aventuras de Gordon Pym) que con los abstrusos simbolismos de Melville.

            Tras perder a la mujer con la que se había casado hacía pocos años la vida de Abe deja de tener de sentido. No logra desembarazarse del dolor que siente por no tenerla a su lado e intenta mitigarlo con una buena dosis de alcohol diaria. Una mañana, sin embargo, se levanta con la necesidad acuciante de ir a pescar, algo que no había vuelto a hacer desde la infancia. Gracias a esta actividad casi olvidada Abe logra salir del pozo de desolación en el que había caído. Otra pérdida, en este caso la que sufre su compañero de trabajo, Dan, debido a un accidente de tráfico en el que pierde a su mujer y a sus dos hijos estando él al volante, hará que la vida de ambos dé un vuelco. Unidos por la misma afición salen a pescar los fines de semana hasta que un día Dan le propone pescar en el arroyo del Holandés, un paraje que ni siquiera aparece en los mapas, allá por las montañas Catskill. De camino se detienen en un bar y hacen partícipe de sus intenciones a su propietario. La idea no parece gustarle demasiado y para disuadirlos cuenta una historia macabra ocurrida en un pueblo  próximo al arroyo que fue anegado con el fin de construir un embalse. Lo que cuenta deja a ambos sin palabras.

            Este relato titulado Der Fischer: un cuento de terror ocupa más de la mitad del libro. No puede decirse que integrar un relato dentro de otro sea algo nuevo, es algo habitual en la tradición de los relatos de terror, lo que llama la atención en este caso es su larga extensión que supera incluso a lo que se supone es la trama principal y me hace dudar de cuál de las dos narraciones originó la novela. Este recurso, como digo, suele ser frecuente en este tipo de relatos, y sirve para crear un determinado clima de miedo gracias a la anticipación de algunos de los horrores futuros. La reiteración dota además a lo que se cuenta, por terrible o inverosímil que parezca, de una mayor veracidad y prepara al lector para lo que va a suceder. La novela sigue estos preceptos del terror clásico con rigurosidad y eficacia.

            Pero sin lugar a dudas, más allá de los horrores que se cuentan, de lo que puedan atormentarnos las criaturas híbridas que se describen o de los paisajes alucinantes que se evocan, lo que convierte a El pescador en una obra que la hace diferente es su espléndida prosa. Una prosa límpida, vibrante y elocuente que logra que nos veamos inmersos en la acción como si fuéramos un personaje más de la novela. Sus descripciones son tan vívidas que no echamos de menos el cine en 3D con sonido Dolby ni a jugar con la consola a juegos que son cada vez más realistas. En este sentido cabe destacar el magnífico trabajo realizado por Alberto Chessa en la traducción del texto.

            Con esto tampoco quiero que se piense que la trama es desdeñable, el retrato que hace de los dos hombres tras sufrir una pérdida es conmovedor. Lo cierto es que todo el libro puede considerarse el grito desesperado de quién ha perdido un ser querido. Además es fácil dejarse seducir por las historias secundarias que componen el libro. ¿Cómo olvidarse de la pobre Lottie, que debe enfrentarse en un momento dado a su propia perversidad? ¿Cómo no dejarse intrigar por el misterioso pasado de Rainer o sentir compasión por Jacob, cuya vida quedará para siempre marcada por lo que tuvo que hacer? Reconozco que hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto con una novela de terror. Un terror clásico que debe mucho a Lovecraft aunque más moderno y dinámico pero sobre todo sin los excesos en la adjetivación a los que nos tenía acostumbrados el autor de Providence.

            Así que no espere más, no se resista, muerda el tentador anzuelo que le tiende John Langan y déjese arrastrar por El pescador, no se arrepentirá.

lunes, 17 de diciembre de 2018

"Ciudad nómada y otros relatos”, selección de Mariano Villarreal

"Ciudad nómada y otros relatos”, selección de Mariano Villarreal            Con el cuento Siete cumpleaños, de Ken Liu, se abre la segunda entrega de cuentos seleccionados por Mariano Villarreal titulada Ciudad nómada y otro relatos, que se publicó al mismo tiempo que El viento soñador y otros relatos. Se trata del clásico relato de Liu, mezcla de especulación científica y drama sentimental, en el que el escritor de origen chino parece seguir un patrón preestablecido. Lo cierto es que la formula le resulta rentable a tenor del entusiasmo que genera entre muchos de sus lectores. La primera mitad consigue interesarme, pero la descripción del lejano futuro que realiza en la última parte me resulta fatigosa.
            Blue, de Víctor Selles, es un bienintencionado relato en el que se aborda un tema tan actual como es el de los refugiados. La imagen final es muy potente, pero por desgracia la realidad supera a la ficción.
            Colapso, de Kameron Hurley, es un rutinario relato de aventuras protagonizado por un personaje de brazos musculosos, duro y tenaz, que intenta sobrevivir en un mundo inhóspito. Supongo que su mérito estriba en que dicho personaje en lugar de un héroe es una heroína. Como además la protagonista carece de piernas la autora ha de recurrir a una gran elipsis para que el final sea medianamente verosímil.
            One Hit, de Josué Ramos, es por la originalidad del tema y también por la forma en que es narrado uno de los relatos que más he disfrutado. Una historia que se sale de lo normal y que se aleja de la ciencia-ficción más manida.
            Movimiento, de Nancy Fulda, me produce sentimientos encontrados. Por un lado el tema que propone, el de hasta qué punto podemos inmiscuirnos en la mente de una persona para “sanarla” me resulta muy interesante; por otro lado no comparto del todo su discurso en favor de la no intervención y de lo que es normal. En cualquier caso, un relato con contenido lo cual ya es mucho.
            Tableaux Vivants, de Elain Vilar Madruga, tiene un comienzo inquietante y prometedor, pero luego la historia pierde garra, algo de lo que la autora parece ser consciente porque hasta su escritura se resiente y se vuelve insegura. El final un tanto folletinesco tampoco ayuda.
            Nave nodriza, de Caroline M. Yoachim, es un magnífico y brevísimo cuento sobre una nave inteligente. Imaginativo, conciso y bien escrito. Muy diferente al otro relato escogido por Villarreal de esta misma autora para  El viento soñador y otros relatos titulado La verdad del muro de piedra.
            Felicidad, de Bandinelli, es lo más flojo de la antología. Un relato con una trama deslavazada que no parece conducir a ningún sitio y, entre otros muchos defectos, repleto de símiles a destiempo.
            Con Tras el apocalipsis, de Maureen F. McHugh, volvemos a encontrarnos con una historia postapocalíptica. A pesar de lo trillado del tema la autora logra en ese ambiente de decadencia y barbarie construir una inusual historia entre madre e hija. McHugh consigue darle la vuelta a La carretera de Cormack McCarthy.
            Protocolos de desconexión, de Andrea Prieto, es un interesante relato, sobrio, muy teatral en las formas, cuyo final puede resultar algo abrupto pero que plantea cuestiones morales de relevancia.
            Ciudad nómada, rebaño miseria, de Pablo Loperena, pertenece a ese tipo de relatos de ambientación abigarrada, poblada de multitud de grupúsculos con nombres altisonantes y personajes de mal vivir que se dedican a embaucar o hurtar para salir adelante. Normalmente la trama es lo de menos y lo que se trata es de encandilar al lector con un escenario lleno de colorido pero también rebosante de mugre. Lo cierto es que Loperena no pone las cosas fáciles y nos obliga a sumergirnos en su mundo desde las primeras páginas. Su intrincada creación tiene su merito, pero me deja sensación de "deja vu".

            Mariano Villarreal realiza una gran labor acercándonos a la ciencia-ficción y a la fantasía que se escribe en la actualidad tanto en España como fuera de ella. La mayoría de los relatos escogidos han obtenido un premio o han quedado finalistas, por lo tanto he de pensar que nos hallamos ante algunas de las mejores narraciones publicadas en los últimos años. Es verdad que los relatos tienen un buen nivel con relevantes aportaciones de la escena de la ciencia-ficción actual como Ken Liu, Kameron Hurley, Tim Pratt o Mike Resnick, sin embargo muy pocos de los relatos pueden considerarse rompedores o innovadores. Y no estoy pensando en la forma, los experimentos los carga el diablo, sino en los temas que se abordan. Evidentemente, los zombis y los vampiros deberían ser ya relegados al olvido y buscarse argumentos que enlacen con los temores de la sociedad actual. Cierto es también que el mundo acelerado y cambiante en el que vivimos incorpora cada vez más elementos que hasta ahora hemos considerado pertenecientes a la ciencia-ficción. Supongo que descubrir ideas que no se queden obsoletas a los dos segundos no es fácil y mirar hacia el lejano futuro lo es aún menos.

             En cualquier caso, con sus defectos y su virtudes tanto El viento soñador y otros relatos como Ciudad Nómada y otros relatos suponen una magnífica oportunidad de conocer literatura fantástica breve reciente por lo que recomiendo su lectura.

jueves, 29 de noviembre de 2018

"El viento soñador y otros relatos”, selección de Mariano Villarreal

"El viento soñador y otros relatos"            El incansable Mariano Villarreal vuelve a la carga con una de sus siempre interesantes antologías. Con una periodicidad saludable, aunque seguramente insuficiente para los aficionados al género fantástico, nos trae relatos inaccesibles para los que no leemos en inglés y de paso nos da a conocer a autores españoles a los que no es fácil abordar. 

            El primer relato del libro es Romance  diferido, de Mike Resnick, y aunque el título pueda sugerirlo, no tiene nada que ver con cierta conocida expolítica entre cuyas aptitudes estaba la de despedir en diferido y la de explicarse con admirable rigor. Se trata de un relato romántico, realmente emotivo contado con una gran sencillez y cuyo gran acierto está precisamente en esa aparente simplicidad. Una historia de amor que no es de juventud como suele ser habitual, sino de un hombre al final de su vida.
            La concubina y el Bárbaro, de Rodolfo Martínez, está bien escrito, bien ambientado y seguramente encantará a los entusiastas de Conan. A mi parecer sería un buen comienzo para una novela, por sí sólo se me queda incompleto.
            Siegaespectros o La vida después de la venganza, de Tim Pratt, es uno de esos relatos ingeniosos y divertidos como los que se escribían antes. Un cuento en el que todo sucede muy rápido y que muy bien podrían haber firmado Fredric Brown, John Collier o Roald Dahl.
            Las cadenas de la casa Hadén, de Ferrán Varela, está escrito con enorme corrección; se trata de un relato sobrio sobre el sacrificio que hace un padre, pero que a mí personalmente me dice muy poco. La historia no parece desarrollarse en ningún lugar o tiempo determinado, pero aparte de eso no contiene más elementos fantásticos.
            En La verdad del muro de piedra, de Caroline M. Yoachim, se pone en cuestión las tradiciones ancestrales, aquellas que, muchas veces a pesar de su crueldad y de su arbitrariedad, pasan de padres a hijos sin generar rechazo alguno, sólo por la discutible razón de llevar practicándose desde hace siglos. Un relato duro y sin concesiones no apto para todos los paladares.
            Rosa de Navidad, de Abel Amutxategi, es una sucesión de tópicos y lugares comunes sobre vampiros y mundos apocalípticos que sólo un vuelco al final del relato habría podido salvar. A Amutxategi le da además por situar la acción en un lugar llamado Blackhill y singularizar como  protagonista a un tipo llamado Farrel Dixon (que  no ha debido ver una película de vampiros en su vida) en lugar de ubicarla en Albacete y hacer que el personaje principal se llame Juan Pérez.
            El viento soñador, de Jeffrey Ford, es un precioso cuento como los de toda la vida lleno de imaginación, tierno, con descabelladas fantasías y personajes encantadores cuyo tono recuerda a Bradbury. Por cierto, no entiendo por qué dejó de publicarse en España a este maravilloso autor.
            En cambio, en  En la isla José Jesús García Rueda se inspira claramente en Borges y en Bioy Casares. Un juego de espejos perfectamente ensamblado y con un final que no se queda atrás.
            En El naturalista, de Maureen F. McHugh, volvemos a un escenario trillado en exceso, en este caso de zombis. Un relato cruel que intenta buscar la originalidad donde es imposible mediante una historia en la que los más despiadados no son los zombis.
            Rojo, de Cristina Jurado, arranca tan fuerte que la narración sólo puede concluir en un festival de sangre y perversión para que la tensión vaya “in crescendo. Sin embargo, las atrocidades que se cuentan en este relato aderezado digamos de una nada sutil poética de la crueldad, no llegan a provocarme ni a horrorizarme y es que ante determinado nivel de horror mis sentidos se saturan y mi mente se protege insensibilizándose.
            El  horror de Valserenosa, de Rubene Guirauta, es un pastiche con monstruo primigenio, cuya originalidad estriba en situar la historia en los Monegros alrededor de 1850. El clima de terror está muy bien logrado así como la imitación que hace de la escritura de la época, pero no deja de ser el típico relato con un monstruo horrible.

            Una selección muy digna que comentaré con más detalle en las conclusiones finales de la reseña del segundo volumen, Ciudad Nómada y otros relatos, que Villarreal lanzó simultáneamente con esta colección.

domingo, 18 de noviembre de 2018

"Kentukis” de Samanta Schweblin

"Kentukis” de Samanta Schweblin
            Los kentukis que dan título a la última novela de Samanta Schweblin son unos pequeños y simpáticos peluches mecánicos que adoptan la forma de diferentes animales: topos, conejos, cuervos, pandas, dragones y lechuzas. Estos aparentemente inocentes muñecos, de nombre tan curioso, llegan a convertirse, sin embargo, en peligrosos y molestos artefactos capaces de arruinar la vida a cualquiera. Parece claro desde el primer momento que la intención de la autora porteña es reflexionar acerca de cómo las nuevas tecnologías pueden alterar nuestra vida cotidiana.

            En un principio podría pensarse que escribir toda una novela con unos ridículos peluches como protagonistas es un suicidio y que el envoltorio escogido para presentar el mensaje que  se desea transmitir es demasiado evidente, pero lo cierto es que la autora no sólo sale airosa del reto, sino que además logra ir más allá de su propuesta inicial de criticar la utilización que se hace del móvil y de las redes sociales y consigue hacernos cavilar sobre la inherente curiosidad del ser humano hacia sus semejantes, sobre la importancia de la intimidad y sobre la contradictoria necesidad de mostrarnos o exponernos ante los demás.

            Su novela anterior, Distancia de rescate, además de ser nominada al Man Booker Prize International y ganar el premio Shirley Jackson a la mejor novela corta, fue muy bien recibida por la crítica por lo que había una gran expectación ante su segunda novela. La originalidad de Distancia de rescate residía sobre todo en el modo elegido por su autora para contar la historia. A través de una intrigante conversación entre una mujer y un niño de la que la autora nos hace partícipes, poco a poco y de una manera admirable nos va revelando la relación que une a sus dos protagonistas y el problema que los enfrenta. Con Kentukis esperaba que la autora siguiera en la misma línea y volviera a sorprendernos con una novedosa e intrincada narrativa, sin embargo en esta ocasión Schweblin opta por una escritura algo más convencional aunque igual de eficaz.

            Pero quizás lo mejor sea empezar por explicar de qué va el libro. He omitido antes que esos inocentes peluches llamados kentukis hacen posible que un completo desconocido se introduzca en el hogar de quien lo ha adquirido. Sólo con tener un ordenador, una conexión telefónica y un programa determinado es posible establecer un vínculo permanente con el kentuki, de forma que alguien, que quizás se encuentre a miles de kilómetros de distancia, puede curiosear a su antojo por la casa y ver todo lo que hacen sus ocupantes. La movilidad de estos  peluches es escasa, sólo poseen unas pequeñas ruedas para desplazarse, y la comunicación se limita a unos meros gruñidos lo que propicia que la gente los trate como si fueran verdaderas mascotas y confíe en ellos.

            Más que una novela, Kentukis es un libro de relatos, de historias humanas que  la autora turna a la manera que suele hacerlo David Mitchell, es decir, alternándolas de forma que un personaje o un elemento, en este caso los kentukis, se conviertan en el nexo de unión. Los personajes podrían clasificarse en dos categorías: “exhibicionistas”, los propietarios de los kentukis, y “voyeurs”, que serían los que se conectan al peluche. El conflicto se produce en gran parte porque la relación no es de igual a igual. Mientras que el que maneja el kentuki es testigo de todo lo que hace su dueño, éste último no tiene ni idea de quién está detrás. Entre los personajes que podemos encontramos en el libro tenemos una anciana peruana que suple la ausencia de su hijo, que vive en Hong Kong, observando la vida de una joven en Alemania. A un niño que prefiere conectarse a un kentuki antes que estudiar. A un hombre que se aprovecha de una laguna legal para sacar rendimiento económico a los kentukis. A un padre separado que quiere comunicarse a toda costa con el kentuki de su hijo. Y también a una chica que, celosa del éxito de su novio como artista, compra por despecho un kentuki. Se trata de historias cotidianas que Schweblin convierte a veces en terroríficas; algunas con finales sorprendentes, incómodas la mayoría de ellas y siempre empapadas de tensión.

            Por otro lado, vemos que los personajes de Schweblin se mueven  por diferentes partes del mundo: Perú, Oaxaca, Alemania, Italia...y ello parece indicar que la autora entiende que nadie está a salvo de los peligros de la mala utilización de la tecnología. Precisamente con esta excusa, la de hablarnos de las nuevas y muchas veces precarias formas de relación social que se establecen gracias a las nuevas tecnologías, Samanta Schweblin aborda temas como la soledad, la necesidad del ser humano de comunicarse, el afán de darnos a conocer a los demás y sobre todo de la atracción irresistible que supone para nosotros la puerta abierta a una vida. Y es que todos hemos sentido aluna vez la tentación de curiosear en el hogar de otro, tal vez para contrastar su mundo con el nuestro. No seré yo quien lo censure, cuestionable o no, es algo que, en cierta manera, todos aquellos a los que nos gusta leer hacemos cada vez que nos sumergimos en un libro. Merece la pena zambullirse en la vida de estos personajes que nos trae Samanta Schweblin, pero evite estos malditos kentukis de peluche y cómprese el libro. No se arrepentirá.

lunes, 29 de octubre de 2018

"Puente de pájaros” de Barry Hughart

"Puente de pájaros” de Barry Hughart            Puente de pájaros fue publicado en EE.UU. por primera vez en 1984, aunque hubo que esperar hasta 2007 para que, gracias a Bibliópolis, pudiera leerse en castellano. Es una novela que desde hace tiempo deseaba comenzar debido a la buena impresión que había causado a todos los que la habían leído. El exceso de expectativas suele ser por lo general contraproducente y, a decir verdad, el libro no logró engancharme al principio. Tenía la impresión de que todo sucedía de una manera muy apresurada y los pretendidos momentos de humor no lograban su efecto en mí. No es que el libro me resultara aburrido, pero tampoco me provocaba entusiasmo. Hube de leer varios capítulos más para encontrarle la gracia a la historia y a los personajes. Debo decir que el pequeño esfuerzo valió la pena.

            La narración comienza en el año 639 d.C. cuando los niños de determinada edad de la aldea china de Ku Fu se ven afectados por una extraña enfermedad. El mal los sume en un profundo sueño del que nadie logra arrancarlos. Lu Yi, conocido por todos como Buey Número Diez por su corpulencia, acude a la ciudad en busca de un sabio con los conocimientos necesarios para resolver el misterio. La falta de presupuesto no le deja más opción que la de contratar los servicios de Li Kao, un viejo tramposo con una gran querencia al vino, que en un principio no parece ofrecer demasiada confianza y que a todo el mundo se presenta afirmando que hay un defecto en su carácter. Al final el fuerte e ingenuo Buey Número Diez y el astuto y chanchullero Li Kao acaban formando una divertida y compenetrada pareja que poco a poco va desmarañando una trama que se enreda cada vez más.

            La China que pinta el escritor es una China fantástica llena de personajes singulares, de leyendas sorprendentes y con mucha picaresca que se aleja de la típica imagen que conocemos  a través de las películas de artes marciales. Hughart fue destinado durante cuatro años a Corea, donde sirvió en las Fuerzas Aéreas Americanas. Posiblemente el amor  a la cultura china lo adquiriera durante esos años. Antes de ingresar en el ejército Hughart había permanecido ingresado en un hospital psiquiátrico debido a una fuerte depresión, un dato que llama la atención ya que Hughart demuestra durante todo el libro poseer un estupendo y fino sentido del humor. En Puente de pájaros nos podemos encontrar con hermosas historias de fantasmas enamorados, con princesas injustamente condenadas, con monstruos horribles, con malvados dominados por la avaricia, ciudades anegadas, mazmorras horribles y todo tipo de ingeniosos misterios. El escenario que el autor desarrolla alrededor nuestro es fascinante pero no lo son menos los increíbles personajes que lo pueblan. Hughart los trata con humor y mucho cariño, a pesar de que muchos sucumban a las tentaciones con las que el destino los pone a prueba.

            Su pasión por la cultura oriental no le impide, sin embargo, burlarse de sus complejos y a veces absurdos rituales o de los nombres con los que se designan a las personas. Lo hace con mucha ironía, elegancia y gracia; aún así, sería interesante conocer la opinión que merece la obra a un chino genuino.

            En resumen, una novela muy entretenida, llena de aventura, magia, excelentes personajes, humor y que en ocasiones destila un conmovedor lirismo alejado de la cursilería o de la  ñoñería que muchas ocasiones acompaña al género. Las piezas del rompecabezas encajan a la perfección en un final al que no se le puede poner ninguna pega. Puente entre pájaros no debe pasar desapercibida entre los amantes de la fantasía.

miércoles, 17 de octubre de 2018

"El fin de la muerte" de Cixin Liu

"El fin de la muerte" de Cixin Liu
            Con El fin de la muerte el escritor chino Cixin Liu pone fin a su voluminosa trilogía del El problema de los tres cuerpos, que tanta popularidad le ha proporcionado. El primer tomo con sus muy razonables 408  páginas era entretenido y sorprendente. El segundo sube hasta las 574 páginas y además de hacerse en algunos momentos francamente largo impresiona mucho menos. El tercer y último tomo alcanza la imponente cifra de 734 páginas, capaces de amedrentar a cualquiera y en particular a los que sabemos apreciar la concisión. He de reconocer que tras experimentar en carne propia el extra de páginas del volumen previo, comencé la lectura de El fin de la muerte con bastante recelo. Teniendo en cuenta que Liu cuenta en este libro nada menos que la historia de la humanidad hasta el fin del universo, más allá de los 16 millones de años, puede decirse que ha estado bastante ajustado. No sé si existe una ley universal que rija la manera en que se incrementan el número de palabras por libro de una trilogía, de la misma manera que la ley de la gravedad fija la fuerza de atracción entre dos masas en función de la distancia que las separa. No se preocupen, si existe, pueden estar seguros de que Cixin Liu dará con ella.

            ¿Recuerdan esa vieja máxima de enseñar deleitando? Creo que se debe a Horacio. Bien, pues a Cixin Liu le debe ser muy querida ya que todo el libro desprende un didactismo, un deseo de explicarnos la ciencia, que en muchas ocasiones va en detrimento del ritmo de la novela. Es algo sorprendente y que no debe desdeñarse en estos tiempos en que lo realmente moderno es ser oscuro y cuanto más mejor. Estoy pensando en escritores “Hard” como Greg Egan o Peter Watts. Sin embargo, Liu es un autor que parece surgir del pasado lejano, más próximo a Asimov y a Clarke, para el que ni la “New Wave” o el “Cyberpunk” existieron nunca; un autor más interesado en la especulación científica que en abrir nuevos caminos en la literatura, algo que lo diferencia claramente de sus colegas “Hard”. Los personajes en esta novela, más que en ninguna otra de la trilogía, se convierten en meros instrumentos de los que se sirve el autor para exponer sus ideas. Clarke y Asimov solían ser menos prolijos. Liu por el contrario, cuando se propone explicar alguna de sus ideas (algunas realmente notables), se excede y en muchas ocasiones se vuelve repetitivo hasta la indigestión. En este sentido recuerdo la batalla que tiene lugar en El bosque oscuro entre la flota terrestre y los trisolarianos. Mientras leía cómo la “gota” mortífera enviada por los trisolarianos atravesaba la séptima nave en formación (descrito con pelos y señales) y sabiendo que quedaban varios cientos más por ser destruidas, mi cabeza estuvo a punto de emular al fatídico proyectil e intentar traspasar el libro. Por consideración a los potenciales lectores de El fin de la muerte no daré ejemplos de la novela que nos ocupa, aunque hay más de uno igual de desesperante.

            La parte que más disfruté del primer libro fue la que tiene que ver con el videojuego. En él mediante divertidos e imaginativos símiles se nos describe la lucha de los trisolarianos por encontrar una solución a la inestabilidad de su complejo sistema solar. En El fin de la muerte Liu vuelve a hacer algo parecido. En este caso, en lugar de un videojuego, se trata de unos cuentos fantásticos, los cuales una vez descifrados pueden ayudar a resolver ciertas cuestiones científicas decisivas para la supervivencia de la humanidad. El escritor chino introduce en los relatos unas analogías muy sugerentes e imaginativas con las que a pesar de todos los defectos que he mencionado antes sobre su escritura logra conquistarme.

            Todavía no he hablado del argumento, pero poco se puede decir sin arruinar los continuos giros de la trama. La historia comienza con un amor platónico. Yun Tianming está enamorado de una antigua compañera de carrera que luego participará en el proyecto de Naciones Unidas de diseñar una nave espacial. Los amores que describe Liu son siempre imposibles, arrebatados y folletinescos, algo que resultará familiar a los que han leído el volumen anterior de la trilogía.  Éste amor jugará un papel importante en el futuro de la humanidad.

Liu se revela en esta novela como un escritor ambicioso que no teme elucubrar acerca del origen del universo y viajar millones de años al futuro. Ha escrito una obra monumental en la que tiene cabida un poco de todo, desde la idea más descabellada hasta la más fascinante. Liu explota sus ideas hasta sus últimas consecuencias y no las suelta hasta extraer todo su jugo. En El fin de la muerte aún consigue sacarle sustancia a la teoría del Bosque Oscuro. Ya saben, esa hipótesis que explicaría por qué con tantas estrellas en el universo y con tantos posibles planetas similares a la Tierra no recibimos señales de vida inteligente. Se trata de una teoría extremadamente pesimista, formulada por alguien con delirio persecutorio a la que tampoco hay que concederle demasiado crédito, pero que da mucho juego narrativo. Liu lo aprovecha al máximo y logra poner un final bastante digno a la serie.

            En definitiva una trilogía que con bastantes menos páginas, menos personajes, menos cielos teñidos de fuego, menos giros y sobre todo menos explicaciones redundantes habría sido una obra mucho más redonda.

viernes, 28 de septiembre de 2018

"Rascacielos" de J .G. Ballard

"Rascacielos" de J .G. Ballard            Siempre me produce cierto estupor ver cómo gracias a la televisión obras de ciencia-ficción escritas hace muchísimos años son leídas más ahora que en el momento de su publicación. Pienso en El cuento de la criada escrita por Margaret Atwood hace más de 30 años o en  Carbono Alterado de Richard Morgan hace 15. Un hecho que siempre me ha llamado la atención. No sé si la gente ve primero la serie o la película y luego ya sin sorpresas y sabiendo cómo termina se decide a leer el libro o al menos a comprarlo. De Rascacielos de J.G. Ballard (publicada por primera vez en 1975) no se ha hecho una serie (y menos mal porque no da para tanto) pero sí una película que, al contrario que las series que he mencionado antes, pasó bastante desapercibida. Tal vez su estreno sirviera para que Alianza Editorial la reeditara en su colección Runas con una nueva traducción.
 
            De los libros de ciencia-ficción de Ballard que he leído éste puede que sea uno de los más asequibles. Desde luego me parece menos surrealista y alucinatorio que sus novelas apocalípticas. Aún así es un libro muy representativo del mundo “ballardiano”, con sus obsesiones habituales: los escenarios delirantes, personajes cínicos, antipáticos, que dejan bien claro la poca confianza que al autor le merece el ser humano. En la breve pero esclarecedora entrevista que completa el volumen, Ballard cuenta que el hecho de haber vivido tres años de su infancia en un campo de concentración en China “le otorgó un conocimiento extraordinario de los elementos que conforman la conducta humana”. 
 
            Se narra en la novela la alteración del comportamiento que sufren unas personas tras mudarse a un moderno rascacielos de 40 pisos en Londres. Los residentes pertenecen a la clase acomodada, gozan de buenos empleos y no proceden de barrios marginales, lo que hace que su conducta violenta subsiguiente resulte aún más chocante. Los problemas comienzan por pequeñas cosas, pero poco a poco todos parecen retornar a un estado de salvajismo primitivo y dejar a un lado las convenciones sociales que antes dominaban su conducta. Lo sorprendente (y completamente “ballardiano”) es que todos parecen entregarse con gusto a su nueva vida sin ataduras. Como decía, ninguno de los residentes tiene problemas financieros, sin embargo los más acaudalados viven en los pisos superiores y poseen viviendas más lujosas y ascensores exclusivos. En las primeras plantas se sitúan los que gozan de menos recursos y en la mitad, la clase media. Ballard escoge como protagonistas de Rascacielos a tres hombres pertenecientes a cada uno de esos grupos sociales. Las primeras desavenencias surgen precisamente entre vecinos de diferente clase social. Independientemente del piso en el que viven, todos parecen haber vuelto a la barbarie y haberse dejado llevar por los instintos más básicos. Aunque alguna pequeña diferencia existe. Wilder, que vive en el segundo piso, está determinado a llegar a la cima del rascacielos. Royal, que reside en lo más alto y además es el arquitecto que proyectó el edificio, lucha por mantener sus privilegios. Laing, el representante de la clase media, se limita a dar rienda suelta a sus vicios más inconfesables.
 
            Algunos comparan la novela de Ballard con El Señor de las moscas de Golding, pero ya en la elección de los protagonistas se intuye que los dos autores van por derroteros distintos.  Golding escoge niños como símbolo de la inocencia para mostrar que el mal es inherente al ser humano. Ballard en cambio pone el ojo en las clases acomodadas con una intención mucho menos clara. Por un lado podríamos pensar que es una crítica a las ciudades modernas con sus muros de hormigón como germen de la inhumanidad. Por otra parte, si hacemos caso a uno de los personajes de la novela, la caída en la barbarie se debe a la sobreprotección en la infancia en la sociedad reciente; según su opinión habría que dar salida a la perversión que todos reprimimos. Lo cierto, es que la novela admite múltiples interpretaciones.
 
            Ballard narra el descenso gradual a los infiernos de la comunidad con la minuciosidad y frialdad de un informe forense. El autor escoge un rascacielos como escenario para dotar a la novela de una fuerte carga alegórica, efectividad que por desgracia la realidad y los años (recuerden que la novela es de 1975) han acabado por devaluar en cierta medida. Porque, ¿qué son hoy en día cuarenta pisos? Asimismo basta leer unos pocos capítulos para saber adónde quiere llevarnos Ballard, lo que resta interés a la novela. Y es que una vez que le hemos visto las cartas al autor, el único consuelo que nos queda como lectores es descubrir qué nueva depravación o perversión se le ha ocurrido al escritor británico. En eso, sí, Ballard demuestra poseer una gran imaginación.