Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Univrso de pocos

Univrso de pocos

viernes, 22 de octubre de 2021

”Refugio del Viento” de George R. R. Martin y Lisa Tuttle

Portada de ”Refugio del Viento” de George R. R. Martin y Lisa Tuttle
      Antes que nada debo decir que no he leído ninguno de los libros que componen la monumental y aún sin acabar serie Canción de hielo y fuego (1996-). He visto, eso sí, la adaptación que se hizo para la televisión y por eso me permitiré más adelante destacar ciertas semejanzas que me han parecido observar con respecto a Refugio del Viento (1981).

 Mi primer contacto con la obra de George R. R Martin fue a través de relatos cortos, en concreto con la antología que publicó Caralt en 1982 titulada Una canción para Lya. Años después leería otro libro de relatos, Canciones que cantan los muertos (1983) que en esta ocasión publicó Martínez Roca y que contenía uno de sus mejores relatos: Reyes de la arena. La impresión que tuve es la de que Martin es un estupendo contador de relatos, y lo cierto es que disfruté más con ellos que con su novela Muerte de la luz (1977), aunque no estoy con eso diciendo que no me gustara. En ésta, su primera novela, ya aparecen sus temas más queridos alrededor de los cuales giran también las historias que suceden en Canción de hielo y fuego como son la lealtad, la ruptura con las tradiciones, el amor o los complejos vínculos familiares.

Refugio del viento en este sentido no es diferente. Por otra parte, también nos encontraremos con personajes muy sólidos rodeados de un escenario grandioso. Las geografías extremas con nombres altisonantes como Nido de Águilas, Amberly Menor, Hacha de Hierro nos evocan de inmediato Juego de tronos. Cada una de las islas del planeta posee sus propias costumbres, su propia indumentaria y los habitantes se diferencian los unos de los otros tal y como sucedía en la célebre serie. Refugio del viento bien podría ser una más de las narraciones que integran Canción de hielo y fuego.

Hasta ahora sólo he hablado de Martin pero el libro está firmado también por una autora como Lisa Tuttle a la que no me gustaría desdeñar. De ella he reseñado en este blog dos libros: la novela, Futuros perdidos, y el libro de relatos, Nido de pesadillas. Sin embargo, así como la presencia de Martin es manifiesta, resulta más difícil ver la mano de Tuttle en la novela. En otro orden de cosas siempre me he preguntado cómo se reparten el trabajo dos escritores a la hora de escribir una novela. Hay varios ejemplos de libros escritos a cuatro manos de autores que han sabido complementarse muy bien como Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, que dieron lugar a  Mercaderes del espacio (1953), o incluso Larry Niven y Jerry Pournelle pero también ha habido colaboraciones poco exitosas entre grandes autores que no dieron el fruto esperado. Ejemplo de ello es Deus Irae (1976) firmada  por Philip K. Dick y Roger Zelazny. No es el caso de Refugio del Viento, una novela que no desmerece a las escritas por cada uno de los autores por separado.

Estamos ante una fantasía bien escrita con unos personajes magníficamente caracterizados, en la que resulta agradable sumergirse. En ella se nos cuenta la historia de Maris, una muchacha cuyo mayor deseo es convertirse en una voladora, lo que va en contra de la tradición por no ser ella hija de un volador. La acción transcurre en un planeta, que salvo unas pocas islas, está cubierto por océano. Las alas que permiten volar a los pocos privilegiados en ese mundo de vientos continuos son limitadas. Esto es debido a que se fabrican con un tejido muy resistente obtenido de los restos obtenidos de la nave estelar en la que en el pasado llegaron los primeros humanos y que acabó estrellándose. El libro se compone de tres novelas cortas en las que se narran tres periodos decisivos en la vida de Maris: su comienzo como voladora, su madurez y su decadencia. Cada una de ellas concluye, aunque la que le sigue es consecuencia de la anterior. Las dos primeras podrían pertenecer, si es que existe algo así, al género deportivo. Si lo digo es porque los momentos cruciales se resuelven con competiciones entre voladores. Esto no debe hacernos pensar que estamos ante un libro de acción. Los tres relatos están contado a un ritmo pausado pero tienen como gran baza su capacidad de hacernos vivir lo que nos es relatado. Las mismas historias narradas por otros autores seguramente no producirían el mismo efecto. Tuttle y Martin nos hacen sentir el viento en la piel, hacen que disfrutemos de las corrientes de aire que alzan hacia al cielo a los personajes como si fuéramos uno de ellos. El miedo a precipitarse en el mar o a estrellarse contra las rocas lo experimentamos con la misma intensidad. En fin consiguen que deseemos con la misma pasión y anhelo que Maris tener unas alas y remontar las nubes.

martes, 28 de septiembre de 2021

“La vida secreta de los bots y otros relatos” de VV.AA

Portada de “La vida secreta de los bots y otros relatos”

       Por lo general procuro moderar mis expectativas cuando me enfrento a un nuevo libro  y prefiero no dejar que el entusiasmo, que tanto abunda en las redes, me influya. Últimamente, sin embargo, me he descuidado. El verano, la playa y las cervezas han propiciado un relajamiento que ha insuflado un optimismo poco común en mí. El caso es que llevo dos libros que no han sido todo lo que esperaba. Precisamente uno de ellos ha sido esta selección de Gigamesh con relatos escogidos de The Best Science Fiction and Fantasy of the Year Volume 12 de Jonathan Strahan, que se nos presenta bajo el título La vida secreta de los bots y otros relatos. Se trataría de lo mejor de lo mejor que se publicó en 2017 por lo que uno esperaría encontrarse con unos relatos realmente sobresalientes, con unas tramas que nos dejaran sin aliento y que permanecieran en nuestra memoria durante algo más de cinco minutos, algo que lamento decir no ha sucedido. Comentemos uno a uno.

Zen y el arte del mantenimiento de naves espaciales de Tobias S. Buckell consigue  introducirnos en un futuro lejano que resulta convincente, porque el autor es capaz de  transmitirnos la extrañeza de un distante mañana que no se parece a nuestro presente. La trama, sin embargo, se queda en poco, una fruslería ingeniosa como las que contaba Asimov en sus primeros relatos de robots que sirve para pasar el rato pero que no deja huella.

Veredas de Maureen McHugh es un relato breve con más aspiraciones y aunque el punto de partida no sea demasiado original y puede recordar en parte a las historias que se difunden en Cuarto milenio, está bien contado y consigue enganchar. En él una logopeda trata a una mujer que habla en un idioma de otro tiempo que nadie comprende. Me chirría un poco el afán de su autora por convertirla al final y de una manera forzada en un relato de discriminación racial.

Y llegamos al relato que da título al libro: La vida secreta de los bots de Suzanne Palmer, un cuento que no tiene otra pretensión que la de entretener, cosa que consigue. Desde luego no pretende innovar ni en forma ni en contenido la ciencia ficción. El que lo premiaran con el premio Hugo no es algo que me sorprenda, lo que de verdad me sorprende es que una narración más bien discreta como ésta resulte estar entre lo mejor publicado en ciencia ficción en el año 2017.

La luna no es un campo de batalla de Indrapramit Das pertenece a ese tipo de relatos llenos de buenas intenciones de los que parecen abundar hoy en día (me viene a la mente Ken Liu). Son demasiado obvios, con un mensaje demasiado manifiesto y no me conmueven; quizás sea así porque, aunque cuenten con su público, a mí me resultan artificiosos, creados específicamente con un fin, en este caso denostar la guerra.

El obelisco marciano de Linda Nagata peca un poco de lo mismo, una vez más la narración se convierte en un vehículo para lanzar un bonito mensaje.

Al menos Una serie de chuletones de Vina Jie-Min Prasad, dentro de su vacuidad, resulta fresco y aborda un tema poco manido y de gran actualidad como es el de la fabricación de carne artificial.

Con La vida secreta de los bots y otros relatos Gigamesh nos brinda la oportunidad de conocer la ciencia ficción que se publica en el resto del mundo. La primera versión algo más reducida se regaló el Día del Libro, lo que constituye una iniciativa digna de elogio que yo no quisiera desacreditar. Por eso me duele decir que los relatos me han decepcionado y lo han hecho porque que si algo tienen en común es su falta de ambición literaria. En la introducción del libro se felicitan por las variadas procedencias de los autores escogidos. La mayoría de ellos me resultan desconocidos y poseen nombres exóticos, sin embargo aparte de añadir nuevos escenarios y unos protagonistas con orígenes étnicos diferentes a los habituales no hay nada nuevo ni en la forma ni en los contenidos. Debe ser cosa de la globalización. Procedamos de donde procedamos parece que vemos las mismas series, las mismas películas, nos calzamos zapatillas de las mismas marcas y comemos sushi y tataki. De manera que ese esperado y enriquecedor aporte de otras culturas no se refleja en las narraciones seleccionadas, tal vez porque la mayoría de estos autores parece haber desarrollado su carrera profesional o literaria en el mundo anglosajón. En fin, que no hay nada nuevo bajo el sol.

Por otro lado tengo la sensación de que la literatura fantástica y en particular la ciencia ficción está más preocupada por otros aspectos como la procedencia o naturaleza de los autores que de los meramente literarios que son los que deberían de prevalecer en cualquier obra de ficción. Juzguemos la obra por lo que es y no por su autor. Sea por la razón que sea, es una verdadera lástima que esta selección no haya cumplido con mis expectativas pero tengo la descorazonadora sospecha de que no hay mucho más donde elegir en el uniformado y políticamente correcto panorama de la ciencia ficción actual.


martes, 21 de septiembre de 2021

“La anomalía” de Hervé Le Tellier

Portada de "La anomalía” de Hervé Le TellierOcurre a veces, con más frecuencia de la que quisiéramos, que la historia anunciada en la contraportada del libro resulta mucho más fascinante que la novela que luego terminamos por leer. Basta con echar, por ejemplo, un vistazo al dorso del último libro de Hervé Le Tellier, titulado La anomalía, y leer lo siguiente para que nuestra mente eche a volar imparable hasta más allá del sistema solar: 

«El 10 de marzo de 2021 los doscientos cuarenta y tres pasajeros de un avión procedente de Paris aterrizan en Nueva York después de atravesar una tormenta. Ya en tierra, cada uno sigue con su vida. Tres meses más tarde, y contra toda lógica, un avión idéntico, con los mismos pasajeros y la misma tripulación, aparece en el cielo de Nueva York. Nadie se explica este increíble fenómeno que va a desatar una crisis política, mediática y científica sin procedentes en la que cada uno de los pasajeros podría encontrarse cara a cara con una versión distinta de sí mismo».

No se puede negar que la premisa resulta irresistible, más aún para alguien como yo a quien le gusta el género fantástico. Debo admitir que todo esto que se dice acaba en efecto por suceder: la contraportada no miente. El problema es que no sucede hasta bien avanzado el libro, por lo que la sinopsis, un incitante anzuelo lanzado por la editorial para atraer compradores, supone un enorme y desconsiderado «spoiler» para el lector. Por otro lado el susodicho texto crea unas expectativas que son imposibles de cumplir.

Y es que con lo primero con lo que uno se topa al leer La anomalía es con una serie de personajes variopintos a los que no queda más remedio que conocer en capítulos sucesivos cuando lo que yo querría es que me arrojaran de lleno en la trama que se me había prometido. Es verdad que el primer personaje que conocemos, un tal Blake, asesino a sueldo digno de un thriller de John Katzenbach, no es precisamente el individuo que uno espera encontrarse en una novela premiada con el Goncourt. Incluso el personaje que le sigue en el segundo capítulo, Victor Miesel, un escritor bien considerado por la crítica pero ignorado por el público no deja de tener su atractivo. Pero la imaginación es como la hojarasca en un día de calor y basta una mínima chispa para prenderla. En nuestra mente el fuego se inició en cuanto leímos la dichosa contraportada y no va ser fácil de aplacar.

El resto de protagonistas de esta novela coral no dejan lugar a dudas de que la novela pertenece a su época, de manera que además de la trillada pareja de hombre maduro y mujer  joven teniendo un romance nos encontraremos con los nuevos tópicos de la ficción moderna: un pedófilo del que no sospecha ni su mujer, un cantante que decide salir del armario y una mujer negra abogada y empoderada. La novela a pesar de todo resulta entretenida, está bien escrita y Le Tellier sabe darle un final apañado que me ha recordado a Cita con Rama de Arthur C. Clarke, novela con la que por otra parte nada tiene que ver. La historia cobra interés sobre todo a partir del momento en que acontece la anunciada anomalía. Los personajes deben enfrentarse a algo inexplicable, a unos hechos que les cambiará la vida pero de alguna manera, y como nos ha sucedido a todos en esta pandemia que se ha vuelto endémica, acaban por amoldarse a la nueva situación.

La anomalía es en ocasiones un bestseller sofisticado y ameno pero en otras parece un divertimiento concebido por el autor para su propio placer. Se trata de un libro que tiene un poco de todo, desde trama policiaca pasando por ciencia ficción hasta melodrama y humor. Las referencias metaliterarias y las reflexiones sobre la identidad que la narración despierta en el lector todo ello aderezado con un buen puñado de ironía hacen que su lectura resulte razonablemente grata y la elevan por encima de productos similares.  De todos modos debo decir que muchas de las explicaciones y especulaciones que se manejan en la novela no pillarán desprevenidos a los aficionados a la ciencia ficción. El mayor problema del libro estriba en tener una contraportada que destripa de manera inmisericorde la trama. Mi consejo es no leerla pero si ya lo has hecho, lo mejor sería dejar pasar un tiempo hasta que el argumento se difumine en la memoria.

viernes, 6 de agosto de 2021

“La policía de la memoria” de Yoko Ogawa

Portada de "La policía de la memoria” de Yoko Ogawa
           Yoko Ogawa no es ninguna recién llegada a la literatura, tanto es así que La policía de la memoria fue escrita hace más de veinte años, en concreto en 1994. La autora japonesa cuenta con una obra abundante que en gran parte ha sido traducida al castellano por lo que tampoco es una desconocida para muchos lectores españoles, aunque sí lo era hasta ahora para mí. Una de sus novelas, La fórmula preferida del profesor (2003), fue incluso adaptada al cine bajo la dirección de Takashi Koizumi en 2006.

La policía de la memoria es una novela que escapa a todas las etiquetas. Su título y su inicio nos hacen pensar que podría tratarse de una distopía pero según nos adentramos en la historia nos vamos dando cuenta de que el objetivo prioritario de la autora no parece ser realizar una crítica a los totalitarismos. Llegando al final, el relato se convierte en una historia de fin del mundo que podría convertirla en apocalíptica pero se trata de un apocalipsis tan diferente y tan personal que la etiqueta le quedaría pequeña. De manera que  estamos ante uno de esos libros indefinibles como El país de las últimas cosas (1987) de Paul Auster, El alfabeto de fuego (2012) de Ben Marcus o la Ciudad y la ciudad (2009) de China Miéville por poner algunos ejemplos de libros inclasificables, de novelas que demuestran que aún es posible abrir nuevos caminos en la ficción.

La acción de la novela sucede en una isla indeterminada de la que ni siquiera llegamos a conocer su nombre, en la que de manera esporádica y arbitraria desaparecen elementos de la vida cotidiana, conceptos e incluso seres vivos de manera irreversible. La primera desaparición de la que se nos hace partícipes es la de la flor del rosal. Un día el arroyo que discurre cerca de la casa de la protagonista aparece cubierto de infinidad de pétalos que el agua arrastra al mar hasta su extinción:

«Mis sospechas se confirmaron: en el jardín de rosas no quedaba ni una sola de sus flores. Sólo las hojas y sus espinosos tallos permanecían inalterados como huesos descarnados».

Todo es contado con una prosa lírica impregnada de una persistente melancolía. Con la desaparición de estos objetos se desvanece también su recuerdo en la memoria de las personas, y la gente acaba por olvidar que esos objetos existieron alguna vez y formaron parte de sus vidas. Antes de las rosas desaparecieron los pájaros, los perfumes y los ferries que permitían salir de la isla. Lo curioso es que los habitantes de ésta lo aceptan sin hacer un drama de ello, como si fuera algo irremediable y acaban por habituarse a las desapariciones con una sumisión y una falta de rebeldía que contagia al lector.

Como suele ocurrir en muchos relatos de Kafka la mayoría de los personajes de La policía de la memoria carecen de nombre. Nunca llegamos a saber el nombre de su protagonista, quien además es la narradora de la historia. Tiene un amigo que vive en el antiguo ferri que éste pilotaba antes de que se produjera su «desaparición» y que ahora permanece varado en el puerto. Allí se reúnen para tomar pastas y té pero su nombre tampoco es mencionado, sólo es el anciano. Como tampoco se dice nunca el nombre completo del otro personaje, que junto al anciano completa la terna de personajes principales del libro. La narradora se refiere a él como el señor R. Se trata de su editor. La protagonista se gana la vida como novelista aunque no parece que haya mucha gente en la isla que lea sus libros. En este momento escribe la historia de una mecanógrafa que pierde su voz y debe comunicarse con su novio a través de una máquina de escribir. Se trata de un relato de tintes surrealistas que va cobrando cada vez más importancia en la novela de Ogawa.

La policía de la memoria, que da el título a la novela, se dedica a velar para que estas desapariciones se hagan efectivas y para que nadie conserve en su casa o incluso en el recuerdo uno de estos objetos desaparecidos. La autora no concreta la manera en que se producen estas desapariciones, que a veces parecen reales y que en ocasiones parecen producirse solamente en la mente de los personajes. Cuando se produce una desaparición en la isla (al menos algunas de ellas) todos los habitantes dejan a un lado lo que están haciendo y se apresuran a destruir el objeto sentenciado por la policía de la memoria. Esta contradicción aporta a la novela un marcado tono de absurdo y de pesadilla que al final del libro se hace más acusado gracias a un desenlace entre terrorífico y grotesco que puede desconcertar a más de un lector. Sin embargo Ogawa huye de todo efectismo y los horrores que narra no lo son tanto seguramente por la manera sosegada en que son descritos. Lo cierto es que la autora mantiene durante toda la novela un mismo tono pausado, que por otra parte acentúan esa sensación de que no hay nada que hacer, de que el destino es inexorable.

Se trata de un libro que puede dar lugar a muchas interpretaciones, de metáforas no siembre obvias. Algunos mantienen que es una crítica a los totalitarismos pero como ya he comentado al comienzo de la reseña yo pienso que la novela es mucho más que eso. Ogawa nos habla del olvido, de los recuerdos que vamos perdiendo según pasan los años sin que nos demos cuenta y que aceptamos con resignación aún cuando sabemos que lo que somos, que nuestra identidad se fundamenta en nuestros recuerdos, de manera que cuando estos desaparecen lo hacemos también nosotros. La novela está escrita con enorme delicadeza y rebosa imaginación y belleza. Es la primera novela que leo de esta autora pero puedo asegurar que no será la última si la implacable Policía de la memoria no me lo impide.

martes, 22 de junio de 2021

“Kirinyaga” de Mike Resnick

Portada de “Kirinyaga” de Mike Resnick

El autentico protagonista de Kirinyaga de Mike Resnick no es ese mundo artificial concebido para albergar al pueblo kikuyu ni tampoco los son sus pobladores, el verdadero protagonista de la novela es Koriba, su «mundumugu», el hechicero y verdadero artífice de su construcción. Contadas por su propio protagonista, las narraciones de Kirinyaga son el relato de los esfuerzos por hacer realidad el sueño de recuperar una cultura ya perdida de África, de volver a sus orígenes, pero sobre constituyen el retrato de un hombre obsesionado por un pasado idealizado que es imposible resucitar.

 El libro es eso que llaman un «fix-up», esto es un conjunto de relatos publicados anteriormente y relacionados entre sí, que al ser ordenados convenientemente se convierten en  capítulos de una novela. La estructura que sigue Resnick en cada uno de ellos es casi idéntica. Comienzan con algo o alguien que pone en peligro ese mundo ideal soñado por Koriba, que le obligan a tomar cartas en el asunto. Gracias siempre a su astucia, a sus artimañas no siempre honestas y a su habilidad para concebir fábulas que respalden sus ideas consigue persuadir la mayoría de las veces a los que se oponen a él o convencer al jefe de la tribu para que imponga sus ideas. Los relatos terminan irremisiblemente con las cosas volviendo a su cauce, aunque poco a poco, historia a historia, problema a problema la imagen de Koriba se va deteriorando hasta llegar al epílogo final que no voy a desvelar.

Cada  relato a su vez contiene otro contado por el propio «mundumugu», se trata de fábulas muy sencillas, llenas de ingenio, breves y muy directas, protagonizadas por leones u otros animales hace tiempo extinguidos en el África real. Con ellas Koriba no sólo adoctrina desde la infancia a los kikuyus sino que pretende recuperar o, más bien restablecer, un acervo cultural y unas tradiciones olvidadas por la mayoría de los kikuyus. La repetición de este formato puede que canse a muchos, a mí por el contrario me ha resultado simpático, y me ha transportado a mi infancia cuando veía esas viejas series de televisión basadas en una fórmula probada que se repetía en cada episodio con algunas variaciones. También Asimov en los relatos de la serie de la Fundación seguía una estructura que se repetía la mayoría de las veces con un Hari Seldon previendo la mayoría de las crisis del imperio galáctico. 

Resnick apenas dice nada de cómo en un futuro indeterminado se llegó a crear ese mundo artificial, sabemos que no es el único y que existe un consejo, el Consejo Eutópico, que se encarga de autorizarlos y de llevarlos a cabo. En cualquier caso es algo que carece de importancia, lo que interesa al autor es destacar lo irrenunciable del progreso de las sociedades humanas. Muchos críticos no parecen haberlo entendido así, tal y como queda reflejado al final del libro en unos comentarios del autor incluidos en la edición. En ellos se defiende de las acusaciones que lo tachan entre otras cosas de racista y sexista. Según Resnick nada de esto hubiera sucedido si en lugar de por africanos sus relatos hubieran estado protagonizados por seres de otros planetas. El libro está lejos de poder considerarse «políticamente correcto». El mundo que pretende recuperar Koriba es un mundo en el que la mujer es considerada una propiedad, un mundo en el que se practica la mutilación genital y en el que los viejos cuando no pueden valerse son abandonados a las hienas. Es un mundo, y no hay que utilizar eufemismos, despiadado, bárbaro y retrógrado. Resnick lo deja bien claro aunque todo nos llegue a través de la visión sesgada de su máximo valedor. No creo que mostrar esta dura realidad convierta a su autor en racista o sexista, sin embargo, en estos tiempos de revisión del pasado en el que algunos países de occidente empiezan a reconocer las atrocidades que se cometieron en África es algo que no está muy bien visto. Si bien es cierto que durante la época de la colonización se cometieron acciones completamente execrables, también lo es el atraso en el que vivían muchos de estos pueblos cuando  llegaron los occidentales. Una cosa no quita a la otra. También occidente hubo de pasar por diferentes periodos de barbarie antes de llegar al desarrollo actual. Pero en estos tiempos extraños en que vivimos, de blanco y negro, de bueno y malo hay cosas que no se pueden decir.

Resnick consigue que su protagonista, a pesar de ser un manipulador y ser un tramposo  (posee un ordenador con el que puede alterar el clima de Kirinyaga a su conveniencia), no nos caiga todo lo mal que debería. Es un gran personaje, un tirano como muchos de los que ha habido en la historia de la humanidad que cree hacer siempre lo mejor para su pueblo, un hombre instruido en las mejores universidades que sin embargo quiere recuperar el mundo ancestral kikuyu con todas sus brutales consecuencias. Koriba es un fanático que desprecia cualquier influencia que no provenga de su propio pueblo, una decisión que condena a los suyos al estancamiento.

El libro se completa con una novela corta, Kilimanjaro, que Resnick escribió ante las peticiones de muchos de los que leyeron Kirinyaga para que publicara más relatos situados en el mismo contexto. La historia estaba cerrada, así que a Resnick se le ocurrió crear otro mundo, en este caso de masáis, con la misma intención de recuperar una cultura desaparecida pero con la ventaja de haber podido aprender de los errores cometidos en Kirinyaga. Los relatos me han parecido mucho menos interesantes; por un lado, porque carecen de la misma fuerza al no contar con un protagonista de la talla de Koriba y por otro porque la tesis que parecen sostener me resulta irritante. Tal y como sucedía en Kirinyaga se parte de una sociedad extinguida como tal, la masái, pero en este caso los problemas que van surgiendo se arreglan de una manera más sensata y consensuada y se tolera realizar cambios. Lo que me molesta es que todos estos cambios que se introducen poco a poco parecen conducir a una sociedad que no se diferencia en nada de la occidental, de la que precisamente querían alejarse. Al final es como si se nos dijera que para bien o para mal nuestro modo de vida es el mejor posible. Vamos, que todos los caminos conducen a Roma.

He disfrutado mucho con los relatos de Kirinyaga. Resnick conmueve con sus historias humanas de un África que ya no existe sin forzar la lágrima fácil. Además estoy por completo de acuerdo con que no todas las tradiciones por muchos siglos que tengan de vida deban mantenerse ni que tampoco deban ser rescatadas costumbres ya perdidas por mucho que nacionalistas de todo tipo se empeñen en ello. Lástima que Gigamesh lo haya descatalogado y que el libro acabe siendo inencontrable, por lo menos hasta que un «mundumugu» de la ciencia ficción lo recupere.

miércoles, 26 de mayo de 2021

“Tik-Tok” de John Sladek

Portada de “Tik-Tok” de John Sladek

Tras la divertidísima novela Señor del espacio y el tiempo (1984) de Rudy Rucker traté de repetir la buena experiencia con otro libro de corte similar que ayudara a aliviar estos tiempos de pandemia interminable agravados por coincidir con la enésima campaña electoral. En mis pesquisas di con este Tik-Tok de John Sladek que curiosamente fue publicado por primera vez un año antes que la novela de Rucker. Ha sido todo un hallazgo y aunque muy diferentes, sobre todo en sus propósitos, ambos libros comparten el mismo tono de locura y disparate.

Sladek fue un autor (murió en 2000) no demasiado conocido en España, que escribió sus obras más representativas a lo largo de los años 80. En España además de por Tik-Tok puede que algunos lo recuerden por su primera novela Mecasmo (1968), de tono también satírico. El crítico David Pringle llegó a incluir uno de sus libros Roderick y Roderick at Random (en realidad se publicó en dos partes en 1980 y 1983) en su célebre selección de las mejores novelas de ciencia ficción. De este libro que, por cierto, no tiene traducción al castellano, me ha llamado poderosamente la atención que su personaje principal sea también un robot, si bien en este caso se trata de uno inocente y afable, antítesis del desalmado Tik-Tok.

El apodo con el que es conocido su protagonista y que da título a la novela se debe al hombre mecánico que aparecía en los cuentos de Oz de L. Frank Baum. De él dice Baum que no está vivo y que no siente emociones pero que como sirviente es absolutamente veraz y leal. El término robot sería acuñado años después por Karel Čapek en la obra teatral R.U.R (1921). Hubo un tiempo en el que el Tik-Tok de Sladek era también inofensivo e inocente como comprobaremos a través de sus andanzas contadas por él mismo. Sus peripecias a cada cual más absurda suceden en unos Estados Unidos en el que los robots se han convertido en los nuevos esclavos y son tratados, por lo tanto, con el mismo desprecio y crueldad que los negros en los tiempos de la esclavitud. Al comienzo del libro Tik-Tok trabaja como sirviente para la típica pareja de clase media norteamericana, padres de dos hijos a los que el robot detesta (precisamente los que le han puesto el apodo). Hasta entonces había pasado por las manos de los más extravagantes propietarios y lo único que se le podía reprochar era el celo que ponía en todo lo que se le encomendaba, por lo demás siempre se había mostrado tan servil como sus congéneres. Pero un día todo cambia cuando ve a una niña ciega jugando.
          «Creo que fue al verla sentada allí devorando barro...»
          Los «circuitos asimovianos» hacen «pluf» y sin ninguna razón la asesina.
          «Yo arrojé su sangre sobre aquella vacía pared, vacía pared... La mancha con forma de ratón que fue el punto de partida de mi mural.»
          Para cubrir la mancha de sangre no se le ocurre otra cosa que pintar un mural encima y así con este hecho luctuoso e inesperado arranca la exitosa vida como artista de Tik-Tok. Por lo visto los «circuitos asimovianos», encargados de que los robots cumplan las conocidas leyes de la robótica establecidas por Isaac Asimov, no son tan infalibles como se pensaba:
          «... un tal doctor Weverson que insistía por entonces en que los robots eran lo bastante inteligentes para padecer colapsos nerviosos.»

Su pintura alcanza tal éxito que acaba teniendo que reclutar a otros robots para que pinten bajo sus instrucciones. Con el dinero que escamotea a sus propietarios (los robots no pueden tener posesiones), logra una independencia que nunca había soñado, lo que le permitirá dar rienda suelta al rencor y al odio que ha ido acumulando durante años de servicio hacia los «carascarnosas». Presente y pasado se intercalan en la narración y a medida que Tik-Tok alcanza mayor poder y sus crímenes se hacen más destructivos también vamos conociendo más detalles de su frenético y accidentado pasado.

Sus peripecias sirven de feroz sátira a la sociedad norteamericana. Sladek se mete con todo, con su gusto por la desmesura, con la falta de escrúpulos de los políticos, con la corrupción o la hipocresía de los poderosos, con las disparatadas sectas religiosas y sobre todo con su apego al dinero que todo lo puede, capaz incluso de abrir las puertas a un robot carente de derechos. Ningún estamento se libra de la burla de Sladek, desde el mundo del arte, pasando por el mundo de los negocios hasta la política. La primera mitad del libro la he leído sin darme cuenta con la sonrisa permanentemente dibujada en los labios. Hay escenas memorables como la del coronel (uno de los muchos propietarios por los que pasa Tik-Tok) disparando contra la sopa o aquella en la que una inoportuna pelusilla en el ombligo malogra sus planes..., o ideas como la del enorme portaviones terrestre que luego resulta imposible de trasladar o los rezos taquiónicos, ideas todas ellas descacharrantes. La acumulación de despropósitos acaba, sin embargo, por agotar. El libro apenas pasa de las doscientas páginas pero creo que una reducción de las locas correrías del robot, sobre todo de las últimas, le hubiera sentado bien.

Aunque igual de divertido que Señor del espacio y el tiempo (sobre todo en su primera parte), Tik-Tok es una novela más ambiciosa (que no mejor), con una dosis mayor de sátira, más desesperanzada y con una crítica mucho más ácida. Y es que a pesar de su tono de humor y de sus personajes caricaturescos la novela deja una honda sensación de desánimo. Los robots de Tik-Tok son los nuevos esclavos que siempre le han venido tan bien al capitalismo. La esclavitud ha dejado de existir como tal en nuestra sociedad hace ya años pero no así la explotación a la que se ven sometidos muchos trabajadores de países en desarrollo. Muchas grandes empresas han trasladado sus centros de producción a estos lugares más ventajosos donde la mano de obra resulta más barata y donde las condiciones laborales apenas son mejores a la de los tiempos en que la esclavitud era legal. Al final del libro Tik-Tok piensa indignado:

«La carne pretende poblar en exceso y destruir la tierra, ése es su objetivo». Lo que parece ser una clara censura al «Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla…» que proclamaba Nuestro Señor.

domingo, 25 de abril de 2021

"Klara y el Sol" de Kazuo Ishiguro

Portada de "Klara y el Sol" de Kazuo Ishiguro
            Klara y el Sol es la primera novela de Kazuo Ishiguro después de que le fuera concedido el Premio Nobel en 2017, además supone su regreso a la ciencia ficción desde Nunca me abandones (2005). No tenía fácil el escritor de origen japonés superarse a sí mismo o al menos  mantenerse a la altura de ese magnífico y melancólico relato que fue llevado al cine por Mark Romanek en 2010.

            Los primeros capítulos de Klara y el Sol, en los que Klara, una AA (Amiga Artificial) aguarda a que alguien la compre mientras desde la tienda observa con curiosidad el mundo que los seres humanos han construido al derredor, nos hacen abrigar la esperanza de que sea así, de que Ishiguro no va a defraudarnos. Sin embargo, a medida que nos adentramos en la novela la promesa inicial no acaba del todo de concretarse. Tras un precioso comienzo en forma de cuento infantil la historia se deviene en distopía, Klara deja de ser el foco principal, que pasa a ser compartido con la familia que la ha adquirido, y a partir de aquí la novela pierde algo de su magia inicial.

            En las novelas de Ishiguro el narrador resulta fundamental y su elección suele condicionar por completo el desarrollo posterior de la narración. En este caso la mirada escogida por el autor es la de un robot, aunque este término nunca es utilizado en el libro. También McEwan en Máquinas como yo (2019) prefirió eludir la palabra. En un futuro próximo en que la educación se realiza a distancia y los contactos entre los niños son infrecuentes, los AA han sido específicamente diseñados para la compañía de adolescentes. Se trata de jóvenes como Josie, que a pesar de vivir sobreprotegidos soportan una enorme tensión por lo que esperan de ellos su padres. En esta delicada situación Klara debe hacer lo posible por acompañar y ayudar a Josie. Su capacidad de observación, superior a la de otros AA, permite al autor contar lo que sucede con la minuciosidad y el detalle a los que nos tiene acostumbrados al mismo tiempo que dota al relato de una oportuna vaguedad. La visión proporcionada es incompleta al estar muy condicionada por la naturaleza de Klara y por lo poco que sabe del comportamiento humano. Hay una escena en que se muestra de manera muy elocuente esta ignorancia. Cuando van a visitar a Josie sus amigos Klara advierte que se convierte en una persona distinta. Es algo que al principio la confunde  pero no tarda en darse cuenta de que los humanos tienen más de una cara y que adoptan personalidades diferentes dependiendo de que con quien estén. La ingenuidad de Klara sorprende, no es como esos robots a los que estamos acostumbrados a ver dotados de una memoria enciclopédica y capaces de responder a cualquier cuestión por compleja que sea. Para lo que sí está dotada la AA es para aprender de sus observaciones, aunque sus conclusiones resulten en ocasiones equivocadas. Como consecuencia de ello su mundo, tal y como ella lo concibe, no se ajusta del todo a la realidad. Lo llamativo de la novela y lo que le resta cierta verosimilitud es que nadie corrija a Klara de sus errores. Ni Rick, el amigo de Josie, ni su padre se oponen o se cuestionan la misión que Klara se propone para salvar a su amiga Josie de la enfermedad que pone en peligro su vida. La causa de esta misteriosa enfermedad tiene que ver con una decisión crucial que tomaron sus padres en el pasado y que entronca con dilemas morales que se semejan a los planteados en Nunca me abandones.

            Ishiguro, remiso siempre a que sus novelas se encasillen en la literatura de género, habla de «cuentos georgianos», aunque luego utilice elementos propios de la ciencia ficción. Klara podría ser uno de esos autómatas movidos a cuerda de las narraciones infantiles pero lo cierto es que se trata de una máquina que obtiene su energía de la luz solar, con una visión que su mente organiza a modo de bloques muy parecida a lo que hemos visto en algunas películas de ciencia ficción. Por otro lado, está la idea del mejoramiento de los jóvenes, de la que prefiero no desvelar demasiado, un asunto de índole claramente distópico. Por mucho que lo quiera negar la ciencia ficción le proporciona un instrumento eficaz con el que observar las emociones desde un punto de vista no humano, desde el punto de vista de Klara. No obstante Klara tiene mucho en común con los personajes de otras novelas de Ishiguro. Al igual que muchos de ellos se resigna a aceptar su destino sin rebelarse. Cuando Klara actúa lo hace sólo para salvar a su amiga Josie y no le importa tener que sacrificarse para ello si es necesario, pero nunca lo hace para su propio beneficio.

            Me llama la atención que dos autores ingleses de la misma generación como McEwan e Ishiguro se hayan interesado en tan poco espacio de tiempo por el tema de la inteligencia artificial. Supongo que cada vez es más difícil permanecer ajeno a los vertiginosos avances tecnológicos que se producen en el mundo. Muchas de las cosas que hasta hace poco se consideraban pertenecientes al ámbito de la ciencia ficción forman parte de nuestro día a día. Ambos escritores son conscientes de ello y no han podido permanecer al margen de estos avances que influyen cada vez más en la sociedad. Cada uno aborda el tema de una manera diferente, McEwan desde un punto de vista racional y filosófico, Ishiguro fijándose en el plano emocional. El primero se ha documentado con profusión, conoce la historia de Turing, ha oído hablar de Asimov; dudo mucho que Ishiguro conozca al «buen doctor» y su interés por la ciencia no va más allá de sus efectos sobre la sociedad. McEwan reflexiona sobre la manera en que funciona la mente humana mientras que Ishiguro lo hace sobre la soledad del ser humano y sobre cómo se comportaría frente una criatura artificial.

            Aparte de los primeros capítulos la novela cuenta con otro momento del mejor Ishiguro. Josie acude con cierta periodicidad a la ciudad para que le hagan un retrato, algo que a todos parece inquietar, a la criada e incluso a la madre, que es la que por otro lado anima a su hija a hacerlo. Ishiguro, maestro de la postergación, oculta lo que hay detrás de todo ello y cuando por fin descubre las cartas no tenemos más que admirarnos de su inteligencia. Lástima que luego la trama haga un quiebro inesperado y siga por derroteros menos arriesgados y menos dificultosos. No me atrevo a aventurar lo que Klara y el sol hubiera podido llegar a ser con un poco más de ambición. En cualquier caso se trata de una novela estimable, un cuento sencillo impregnado de esa poesía y de esa melancolía característica de su autor.