Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

Universo de pocos

martes, 22 de noviembre de 2022

“Aves extintas”, de Simon Jimenez

Portada de “Aves extintas”, de Simon Jimenez
             El tema principal alrededor del que gira Aves extintas (2020) de Simon Jimenez es el amor en varias de sus vertientes. El primer capítulo del libro, que puede leerse como si fuera un relato perfectamente acabado, constituye un hermoso anticipo de lo que nos aguarda más adelante y sirve además de presentación de los dos protagonistas principales, Nia Imani capitana de la nave estelar Debby y el misterioso niño, cuya súbita aparición será la que desencadene los acontecimientos posteriores.

Por desgracia en la contraportada del libro, como ocurre con demasiada frecuencia, se cuenta demasiado sobre este muchacho. Considero un error por parte de la editorial revelar la excepcional capacidad que posee el chico teniendo en cuenta que no se da a conocer hasta bien avanzada la novela. Es una lástima, porque sustrae a la novela de lo que es el único elemento de intriga que existe durante la primera mitad. De manera que a los espabilados como yo a los que se nos ha ocurrido leerla antes de comprar el libro nos sobra casi la mitad. No obstante Jimenez podría haber aligerado un poco la trama y redundado menos en historias de amor trágico. Más adelante volveré sobre este punto.

Aves extintas es una «space opera» que se sale bastante de lo común. Por un lado, por la casi ausencia de acción y por otro, porque no se puede decir de los mundos que presenta que vayan a hacernos explotar la cabeza. Los tripulantes de la nave se encuentran con planetas muy parecidos al nuestro, algunos incluso menos interesantes, poblados además por gentes que tampoco llaman demasiado la atención. Quizás las estaciones espaciales con forma de ave creadas por uno de los personajes clave de la novela, Fumiko Nakajima, por su enormidad y su forma espectacular, tengan más que ver con lo que solemos encontrarnos en una «space opera» al uso. De todos modos quedan ridículamente pequeñas si las comparamos con los artefactos descomunales que aparecen en Casa de Soles (2008) de Alastair Reynolds o en Mundo Anillo (1970) de Larry Niven por poner algunos ejemplos. Los mundos que recorren los protagonistas a bordo de la Debby son un decorado, un fondo con el que potenciar los dramas personales de un relato que discurre principalmente en el plano emocional. Una historia de amor, si se traslada a un escenario galáctico y se dilata a lo largo del tiempo, cobra otra dimensión, se magnifica y se convierte en mito. Y así es, todo en la novela parece encaminado a despertar determinadas emociones y sentimientos en el lector. No es lo más habitual en este tipo de novelas, en lugar de hacer que experimentemos asombro, admiración o tensión hará que nuestros corazones se vean invadidos de una marea de afecto, amor y odio.

El problema viene cuando el autor abusa de algunas situaciones. Jimenez se ha empeñado en hacer que cada uno de los personajes principales tenga que pasar por una experiencia amorosa arrebatada y con final infeliz. La primera historia de amor, la más bella de las tres, se cuenta en el primer capítulo. Un hombre y una mujer se enamoran el uno del otro pero sólo pueden verse cada quince años cuando ella regresa en su nave para recoger una nueva cosecha. Las leyes de la relatividad hacen que en cada reencuentro él sea quince años mayor que ella. Después Jimenez nos cuenta el amor entre dos mujeres, Nakajima y Dana que tendrá bastante importancia en la trama. En cambio el fugaz y apasionado amor entre dos hombres, Ahro y Oden, apenas aporta nada y tengo la impresión de que con esta historia el autor ha querido cerrar todas las combinaciones de amor posibles entre hombres y mujeres. Lo atribuyo a esta fiebre por complacer a todos y por ese deseo de ejemplarizar que aqueja a la ficción actual. Jimenez no se da cuenta de que corre el riesgo de olvidarse de algún colectivo en este mundo tan cambiante y de que termina por alargar en exceso el libro.

Hay otro amor en la novela del que no he hablado hasta ahora y que quisiera mencionar, se trata del amor maternal de Nia por el muchacho. La capitana se hace cargo del chico desde que es pequeño; al principio lo hace con reticencias pero al final acaba preocupándose de él como si fuera su propio hijo. Lo llamativo es que es el único amor que perdura.

Compuesta por lo que parecen relatos independientes a la manera de Los tejedores de cabellos (1995) de Andreas Eschbach, nadie dudaría en encuadrar la novela dentro del género de ciencia ficción. Sin embargo, en su tramo final parece más bien una apasionada fantasía que se ha pertrechado de elementos habituales en la ciencia ficción clásica como son las naves espaciales, la dilatación del tiempo o las estaciones espaciales. El rigor científico no refrena la imaginación de Jimenez, que vuela libre aunque sea a costa de la plausibilidad. En ese sentido, salvando las distancias, recuerda a veces a Bradbury, también por su lirismo y por su emotividad. El escritor norteamericano de origen filipino incluye además un poco de crítica social como es preceptivo en estos tiempos al describir un mundo dominado por un monopolio que ha favorecido una brecha social de dimensiones obscenas.

En cualquier caso, se trata de una primera novela prometedora, que aún con sus fallos resulta tremendamente emocionante, bien armada en lo literario y con un potente clímax final. Todo ello es más que suficiente para que merezca la pena ser leída.

viernes, 18 de noviembre de 2022

Mi Universo

Los que entran a Universo de Pocos se habrán dado cuenta de lo poco que me gusta hablar de mí mismo. Las pocas veces en que lo hago es parapetado detrás de mis reseñas cuando lo normal es crear un blog precisamente para eso, para hablar de uno mismo, para publicitar los propios trabajos como traductor o como escritor..., en definitiva para darse a conocer. No sabéis lo que me costó decidirme a abrirlo. Hasta hoy he mantenido siempre una distancia prudente, supongo que por pudor pero también porque creo que el panorama literario rebosa ya de egos hipertrofiados.

Por una vez voy a descorrer esa fina cortina que se interpone entre tú y yo y voy a hablar de un acontecimiento personal que para mí ha tenido una gran importancia. He ganado el premio Domingo Santos de relatos. Sé que no es el Miguel Cervantes ni el Booker pero, en fin, me hace mucha ilusión por varias razones. Por ser uno de los dedicados a la ciencia ficción en España más veteranos, por contar entre sus ganadores y finalistas a autores tan relevantes en el panorama fantástico nacional como César Mallorquí, José Antonio Cotrina, Emilio Bueso, Sergio Mars, Ricardo Montesinos, Félix J. Palma o Santiago Eximeno entre otros y finalmente por llevar el nombre de un personaje fundamental en la ciencia ficción en España como es Domingo Santos. Además, no voy a ocultarlo, espero que este galardón me ayude a publicar algunos de los relatos que he escrito.  Es  un voto de confianza que me anima a seguir escribiendo.

Pero basta ya de autobombo, vuelvo a colocar la cortina tal y como estaba. En la próxima entrada prometo una nueva reseña y no hablar más de mí.

lunes, 3 de octubre de 2022

“La juguetería mágica”, de Angela Carter

          
Portada de "La juguetería mágica" de Angela Carter
       «El verano en que cumplió quince años, Melanie descubrió que era de carne y de hueso. Oh mi América, mi tierra recién descubierta. Se embarcó en un viaje embelesado., exploró todo su ser, trepó a sus propias cadenas montañosas, penetró en la húmeda abundancia de sus valles secretos como un Cortés, un da Gama o un Mungo Park de la fisiología»

Así con este tono entre lírico y sensual comienza La juguetería mágica (1967), de Angela Carter. La novela, que ha sido reeditada por la editorial Sexto Piso, aprovecha la traducción que hiciera Carlos Peralta para la legendaria Minotauro de Paco Porrúa.

La protagonista es Melanie, una niña que hasta ahora ha vivido entre algodones en la preciosa casa de campo inglesa de sus padres pero que tras un luctuoso suceso deberá trasladarse con sus dos hermanos (más pequeños que ella) a Londres y residir con su tío Philip, del que apenas sabe nada. Lo único que recuerda de él es un extravagante regalo que le hizo en la infancia: una caja de la que saltó un desagradable muñeco cuando la abrió, «una caricatura de ella misma» que le dio un susto de muerte. Melanie, además de amoldarse a las normas arbitrarias de su tío, un hombre autoritario que atemoriza a todos, deberá sufrir su constante desdén más preocupado como está por las marionetas y por los juguetes que construye para su juguetería que por el bienestar de la familia. Sin agua caliente, muertos de frío por la tacañería de quien les ha acogido padecen miserias que nos evocan de inmediato a Dickens. Carter describe todo además con la misma minuciosidad y viveza que el autor de Oliver Twist, no sólo el escenario donde sitúa la acción queda perfectamente dibujado sino que los personajes cobran vida en nuestra mente. Podría pensarse que estamos ante la clásica narración con huérfanos desdichados, maltratados en ocasiones y obligados a trabajar como esclavos pero como veremos más adelante no es del todo así, Carter la dota de su visión personal.

Si no fuera por referencias a objetos actuales, la atmósfera y las situaciones que se producen nos empujarían a pensar que la acción de la novela transcurre en la época victoriana.

«Se sintió congelada y desolada mientras recorría el largo pasillo marrón con sus secretas puertas herméticamente cerradas. El castillo de Barba Azul. Melanie se estremecía de horror ante cada puerta temiendo que se abriese para dar paso a algún espantoso artilugio rodante, una broma espeluznante o repulsiva novedad que pusiera su valor a prueba.»

El taxi con un moderno taxímetro que cogen a su llegada a Londres, el calentador eléctrico que utilizan para hacerse un té o el hecho de que Melanie compare el aspecto de su tío con el de Orson Welles nos hacen comprender que no es así y ver que la historia transcurre alrededor de los años sesenta. Pero así y todo hay que hacer un esfuerzo para ubicar lo que sucede en un pasado reciente. Tal vez porque el mundo que nos describe Carter se parece al de los cuentos que nos contaban nuestros padres en la infancia y que en nuestra mente solían desarrollarse siempre en un tiempo impreciso y remoto en el que los personajes vestían de manera muy diferente a la nuestra y en el que los hogares se iluminaban con candelabros y se calentaban con el fuego de las chimeneas. Eran mundos de extremos, de impresiones muy fuertes, de malos malísimos y de gente que sufría muchísimo antes de que todo se resolviera en un final feliz. Este mundo legendario es el que de alguna manera Carter evoca en su libro.

Sin embargo, en una época como la victoriana sería del todo impensable abordar los cambios anímicos y físicos que se producen en una niña de quince años. A Dickens no se le pasaría por la cabeza como a Carter hablar del deseo carnal de una adolescente o de su temor a morir virgen. Hay otros aspectos que no puedo desvelar como la sorpresa final que depara el libro, que tampoco serían bien vistos en dicha época. En este sentido podríamos considerar la trama de La juguetería mágica como la de un cuento o una historia de Dickens actualizada a tiempos más modernos. De todos modos no es por el argumento por lo que más destaca la novela de Carter, sino por la maravillosa manera en que está escrita y por el personal lirismo que destilan algunos pasajes. También por la capacidad que tiene de mostrarnos el mundo a través de los imaginativos ojos de una adolescente en su despertar sexual, que descubre por primera vez el mundo masculino y lo hace con sentimientos ambivalentes. Los chicos le atraen y le desagradan por partes iguales. Desde su idílica casa en la campiña, antes de que ocurriera la desgracia que la llevara a Londres, Melanie soñaba con casarse. En su imaginación se había creado al hombre de sus sueños y lo que encuentra en casa de su tío es muy distinto. Sin embargo la realidad por más que a veces le perturbe tampoco le desagrada del todo. Para ella todo son dudas. Desea casarse, seguramente por la educación que la han dado, pero a veces tiene miedo de que su futuro sea como el de otras mujeres casadas que ha visto, que llevan una vida vulgar al cuidado de los hijos.

El título de la novela puede hacer pensar a muchos lectores que se trata de una novela fantástica pero en ella no hallará hechizos ni príncipes encantados sólo una atmósfera de cuento gótico que a su manera contiene mucha más magia que la mayoría de las novelas del género por lo general muchos más extensas. Es una lástima que haya descubierto tan tarde a esta gran escritora británica. No cometáis el mismo error que yo y leed a Angela Carter.

miércoles, 15 de junio de 2022

“Stalker. Pícnic extraterrestre”, de Arkadi y Borís Strugatski

Portada de “Stalker. Pícnic extraterrestre” de Arkadi y Borís Strugatski
   
        Stalker. Pícnic extraterrestre (1972) de Arkadi y Borís Strugatski es un clásico que no había leído (no tengo excusas) y que me ha sorprendido gratamente. Esta buena impresión se debe sobre todo al estilo enérgico y vivo en el que está narrado. Los escritores del Este no suelen destacar precisamente por estas cualidades y leer a autores como Stanislaw Lem o los hermanos Strugatski supone acceder a una escritura que no va a ponérnoslo lo fácil. Tenía además el recuerdo, bastante lejano he de reconocer, de la larguísima versión que realizó Andrei Tarkovsky para el cine, lenta, lentísima, diríase más una sucesión de fotografías que una obra cinematográfica. Lo cierto es que la novela de los hermanos Strugatski es completamente distinta a la película.

Uno de los mayores inconvenientes al comenzar la lectura del libro, además de los prejuicios que muchos como yo puedan tener con respecto a autores del Este, es que su argumento se ha difundido en exceso. Tal vez por eso, por ser tan conocido, es por lo que Gigamesh lo ha publicado con el título y subtítulo escogido aunque con ello desvele un elemento determinante en la historia. Pensé que se trataba de la traducción fiel del título original en ruso al castellano aunque no acababa de entender que los autores renunciaran a propósito a gran parte de la intriga, dando pistas de una explicación sobre el origen de la Zona que no se da a conocer hasta bien avanzado el libro. La justificación que di es que los hermanos Strugatski le concedían al escenario por muy fascinante que fuera un papel secundario, que no era el fin en sí mismo sino un medio para mostrarnos la insignificancia de unos personajes que se afanan en vivir en medio de un suceso que ha cambiado su vida para siempre. Y, sí, podía haber sido así perfectamente, pero lo cierto es que el título que más se ajusta al original es curiosamente el de la edición anterior de Nova, Pícnic junto al camino, resultado de la traducción de la edición en inglés. Aprovecho para comentar que la presente edición de Gigamesh ha sido traducida directamente del ruso por Raquel Marqués.

El argumento es sobradamente conocido, unos extraterrestres han visitado fugazmente varios puntos pocos poblados de la Tierra dejando no sólo restos incompresibles de su tecnología sino que también han alterado las zonas convirtiéndolas en lugares mortíferos vedados por las autoridades a la población en general. El Instituto Internacional de Culturas Extraterrestres se encarga de investigar los diferentes objetos encontrados así como de estudiarlos junto con los extraordinarios fenómenos que se producen en la Zona. Los objetos extraterrestres son de gran valor por lo que existe un mercado negro que los llamados stalkers se ocupan de proveer. Se trata de hombres rudos, forjados por la desesperación, unos canallas a quienes no importa sacrificar a sus compañeros cuando es necesario. En esto Redrick, que puede ser tan duro como el que más, se distingue de los otros stalkers.  Su sueño, como el de todos, es alcanzar una vida mejor. Aunque se esfuerza en no ser como los demás cada vez que entra en la Zona se transforma en un auténtico tirano, en un tipo metódico, un maniático de los detalles que ha sobrevivido a varias incursiones, algo que de los que pocos Stalker pueden presumir. Para desgracia suya eso no le ha evitado pasar buenas temporadas en prisión.

La zona visitada por los extraterrestres, antes un importante centro industrial, se ha convertido ahora en un lugar de muerte, hostil al ser humano. Los hermanos Strugatski no dan detalles precisos de ella; las descripciones consisten en breves pinceladas de un paisaje desolador envuelto siempre en misterio que se apoya en gran parte en la sugerente terminología de los stalkers. Los científicos llevan desde hace años estudiando los artefactos encontrados sin conseguir saber para qué sirven, es un poco cómo sucedía en Pórtico de Frederik Pohl (1977). Ambas novelas coinciden en no mostrar a los extraterrestres y en dejar al lector en la incertidumbre sobre su morfología y sobre el funcionamiento de su sociedad. Hay más analogías entre las dos obras como la importancia que conceden tanto Pohl como los Strugatski a los protagonistas. No son hombres ejemplares y sus vilezas y virtudes se hacen aún más patentes en el entorno adverso en el que los sitúan. El escenario, por grandioso y fascinante que sea en ambos casos, no es más que un decorado en el que se desarrolla la peripecia humana, que es en definitiva el eje central de cada una de las novelas.

 Al pasar esta historia de un hombre vulgar por la lente de aumento, los Strugatski nos hacen ver lo insignificantes que somos en el cosmos. Qué mayor cura de humildad que unos extraterrestres pasen por nuestro mundo y nos ignoran por completo y que la basura dejada sea la codicia de todos. Se trata de una imagen de la humanidad aniquiladora que hace que nos veamos como esos pobres desgraciados que hurgan entre la basura para sobrevivir.

Para muchos Stalker está llena de símbolos que aluden a la URSS o al capitalismo. En concreto ha dado mucho que hablar un objeto alienígena, la Bola dorada, que según los stalkers concedería cualquier deseo a quien la encontrara. Prefiero no meterme en este tipo de berenjenales y así evito parecerme a esos críticos de arte que ven complejidades metafísicas en lo que parece un lienzo manchado de cagadas de mosca. La novela, en cualquier caso, tiene vida más allá de la época soviética tanto es así que ha tenido gran influencia en muchos videojuegos o incluso en novelas recientes como en la trilogía Southern Reach (2014) de Jeff Vandermeer.

Stalker está dividida en cuatro partes de la cual una sobresale sobre las demás. En ella  asistimos a una conversación con un científico que ha estudiado la Zona y contiene fascinantes reflexiones sobre lo que es la inteligencia y sobre los límites de la ciencia, que explican por qué existen aficionados a la ciencia ficción. No me resisto a poner un fragmento:

– De acuerdo, se lo diré. Pero debo advertirle que su pregunta cae en el campo de la seudociencia llamada xenología. La xenología es un híbrido artificial entre la ciencia ficción y la lógica formal. Su metodología se basa en la aceptación de una falacia: la asunción de que la psicología humana puede aplicarse a una inteligencia extraterrestre.

– ¿Por qué es una falacia?

– Pues porque los biólogos ya se pillaron los dedos hace tiempo, cuando intentaron aplicar la psicología humana a los animales. Y eran seres terrestres.

Por lo tanto, los hermanos Strugatski al igual que Lem en Solaris (1961) ponen en duda  que podamos entendernos con un ente no humano. Se trata de una visión muy pesimista del hombre que contrasta con muchas novelas que se escriben en la actualidad en la que los seres humanos no tienen problema alguno en relacionarse e incluso intimar con otras especies de sexualidades muy diversas.

El libro se complementa con un interesante prólogo de Ursula K. Leguin y algunos extractos de las partes que fueron censuradas en la época soviética. Gigamesh se ha apuntado un buen tanto con la publicación de esta novela, un clásico de la ciencia ficción olvidado y que hacía falta recuperar.

miércoles, 8 de junio de 2022

“Sólo los vivos perdonan”, de Ismael Martínez Biurrun

Portada de “Sólo los vivos perdonan” de Ismael Martínez Biurrun

La última novela de Ismael Martínez Biurrun me ha dejado en un infructuoso estado de ensimismamiento. No paro de darle vueltas a la historia, a los personajes, al desenlace y no consigo salir de agujero negro mental en que estoy atrapado. Busco otras opiniones por internet y me encuentro con que la mayoría no titubea y parece haber comprendido todo a la primera. Mi orgullo herido me impide darme por vencido sin más, claro que esta cabezonería tiene sus consecuencias. Sí, porque mientras intento encajar las piezas no puedo evitar sentir la desazón que me provoca no hallar una respuesta, un desconcierto muy parecido al que experimenté al terminar hace unos meses Los extraños de Jon Bilbao. Como deja bien claro el  título del libro el tema central de Sólo los vivos perdonan es la culpa y el perdón. No hay duda en eso, lo que me ha provocado esta comezón mental es la estrategia utilizada para ello por Biurrun.

Sólo los vivos perdonan tiene un arranque de esos que te arrastra a pasar páginas y páginas y que incluso te tienta a hacer trampa y saltarte capítulos para ver lo que va a pasar. Protagonizada por diferentes personajes, cada uno con su historia personal, la narración va poco a poco desvelando la conexión que existe entre ellos. El primero en aparecer es Iñigo, el desencantado director de un museo en horas bajas, luego está Jordán, un expresidiario que se gana la vida con los restos arqueológicos que encuentra y por último Olalla y Antón, madre e hijo, éste último con un tumor cerebral del que va a ser operado en pocos días.

Todo empieza cuando Jordán se pone en contacto con Iñigo por un fósil que ha descubierto y que puede tener un enorme valor científico. Con este hallazgo tiene la esperanza de reparar de alguna manera el daño que cometió en el pasado y que le llevó a pasar una buena temporada en la cárcel. No es el único personaje que no vive en paz consigo mismo. Si Jordán busca la redención con desesperación por ese acto terrible que cometió en su juventud, Iñigo no está dispuesto a olvidar fácilmente, carga además con su propia culpa. La manera que tiene de enfrentarse a los problemas y su miedo al fracaso lo irán trastornando cada vez más. Olalla es un personaje lleno de contradicciones, por un lado cree haber contraído una deuda con Iñigo y por otro lado está resentida con él por no haberse preocupado lo suficiente de ella y de Antón. A todo esto hay que añadir su enorme preocupación ante la terrible enfermedad de su hijo. Biurrun se interna en terrenos peligrosos con niños al borde de la muerte pero sale airoso y no llega a caer en ningún momento en lo sensiblero.

De manera que nos sumergimos en un tenso y solemne drama de acciones y reacciones cruzadas entre personajes con un  pasado que se inmiscuye como si fuera un personaje más. Precisamente es en este punto donde encuentro el elemento más discutible de la novela, una figura inexplicable, real o imaginada, que aparece en los momentos más álgidos del relato. Se trata de una chica de apariencia normal que viste una sudadera descolorida y una visera de Ferrari. Se llama Tea y sus apariciones parecen traer consigo el pasado que tanto Jordán como Iñigo preferirían olvidar. Tea llega a manifestarse incluso en las pesadillas que tiene Antón en las que ve un monstruo, una especie de cocodrilo que curiosamente se asemeja al fósil encontrado por Jordán. En la mitología griega Tea es una  titánide de la que se dice procede toda la luz, la del sol y la de la luna. En la novela es una especie de figura fantasmagórica testigo de los momentos más importantes que acontecen a los personajes, una observadora a la que nada se le escapa. No me queda del todo claro lo que quiere simbolizar con ella el autor. Tal vez no sea más que un instrumento con el que dar cohesión a los diferentes relatos humanos que de otra manera quedarían algo deslavazados.

Todo esto confiere a la novela un tono de pesadilla que la prosa lacónica y llena de  imágenes desasosegantes de Biurrun no hace más que reforzar. A Biurrun suele asociárselo con el género de terror y lo cierto es que Sólo los vivos perdonan está escrita en parte como si lo fuera pero no pretende atemorizar, lo que busca es inquietar y agitar la conciencia del lector. Esas imágenes a las que me he referido como la del monstruo primigenio o los paisajes agrestes que recorren Jordán e Iñigo son arquetípicas y diríase que remiten al inconsciente colectivo.

La novela está muy bien escrita y se lee de un tirón pero esto no debe llevarnos a pensar que se trata de un libro de consumo rápido. Es un alimento de esos que se tarda más en digerir que en comer. Que me lo pregunten a mí que aún sigo padeciendo las consecuencias de su ingestión. Sólo lo vivos perdonan, dice el título de la novela, a mí me costará perdonarle a Biurrun esta comedura de coco que durante unas semanas me ha tenido atrapado. Leedlo y disfrutadlo, aunque tened en cuenta que puede traer consigo efectos secundarios persistentes.


miércoles, 25 de mayo de 2022

“Noches en el circo”, de Angela Carter

      

Portada de "Noches en el circo” de Angela Carter

Desde hace unos años numerosas editoriales se han propuesto la loable misión de recuperar clásicos de la novela fantástica escritos por mujeres. Muchas autoras que habían sido publicadas por Minotauro en los años ochenta pasaron inexplicablemente al olvido. Así sucedió con una de las más grandes, Ursula K. Le Guin, algo a lo que la propia Minotauro y ante la demanda de muchos lectores está poniendo remedio con la publicación de su obra. Faltaba por hacer lo mismo con Angela Carter cuyos libros resultaban ya inencontrables. La labor de enmendar este fallo en este caso está corriendo a cargo de la editorial Sexto Piso que, con unas ediciones muy cuidadas, casi de lujo, ha publicado varias novelas de la escritora británica. Menos conocida que Le Guin aunque igual de comprometida con el feminismo ha sido por alguna razón menos reivindicada también. Carter es una escritora única, más atrevida, experimental y desmadrada que la norteamericana. Su libro Héroes y villanos fue comparado con la obra de Ballard. Aquí, en España, tenemos a otra gran escritora, Pilar Pedraza, con la que comparte muchas cosas.

De todos los libros publicados por Carter parece ser que  Noches en el circo es el menos polémico y menos impúdico de todos aunque sí es uno de los más literarios. Consta de tres partes, la primera, en la que su oronda protagonista, Sophie Fevvers, cuenta sus comienzos hasta llegar al circo, es la mejor desde mi punto de vista, un vigoroso relato que desborda imaginación y que huye de los lugares comunes. Los detalles de su periplo los vamos conociendo a lo largo de la entrevista que le hace en su caótico camerino el periodista americano, Jack Walser. Allí entre corsés y medias con olor a pie («una corsetería después de un bombardeo») Fevvers cuenta a un escéptico y cohibido Walser cómo después de nacer de un huevo fue acogida por Mamá Nelson en su burdel, la primera vez que desplegó sus alas y cómo tras varios ensayos emprendería su breve primer vuelo. La vida de Fevvers acompañada siempre, eso sí, de Lizzie, que ejerce como madre dará varios vuelcos. Por el camino conocerá a otras muchachas como ella, que fueron también abandonadas y por tanto con nulas posibilidades de salir adelante, chicas que me han recordado a las protagonistas de muchos cuentos populares o de numerosos relatos de Dickens con la gran diferencia de que Carter no soslaya los abusos sexuales y las vejaciones de las que son víctimas.

Con el apoyo del periódico para el que escribe Walser tiene la intención de desenmascarar a Fevvers, considerada la más famosa trapecista del mundo. Está convencido de que sus alas son falsas y pretende demostrarlo, pero hay algo más, algo que él mismo no quiere reconocer y que lo impulsa incluso a ingresar en el circo. No es lo que se esperaría de él si tenemos en cuenta que la primera impresión que se llevó de ella tiene poco que ver con lo que llamaríamos un flechazo: «Vista de cerca, hay que decir que se parecía más a una mula de carga que a un ángel», llega a decir de ella. Así que de incógnito, convertido en payaso de circo la sigue con toda su troupe hasta San Petersburgo. En esta segunda parte del libro Carter se decanta más por las situaciones cómicas y deja a un lado su faceta más perturbadora y provocadora. Lamentablemente los miembros del circo y el propio Walser le roban gran parte del protagonismo a Fevvers. Cabe destacar entre todos ellos a unos melancólicos payasos y a su aún más abatido jefe (Buffo), a los monos con pretensiones de emanciparse y al jefe del circo cuyas decisiones más importantes son tomadas por una cerdita que le acompaña a todos los lugares. Si en la primera parte puede apreciarse la influencia del marqués de Sade y muchas de las historias de los personajes secundarios podrían considerarse una reinterpretación de los cuentos populares, la segunda parece inspirarse en la comedia burlesca o en el cine cómico.

En la tercera parte la atracción que siente Fevvers por Walser se hace más evidente, algo que a Lizzie, que no tiene muy buen concepto del matrimonio, no le hace gracia.

 – ¿Casarse? ¡Bah! – resopló Lizzie de mala uva –. ¡Eso es escapar del fuego para caer en las brasas! ¿Qué es el matrimonio sino prostituirse con un hombre en lugar de con muchos?

No queda muy claro qué ve Fevvers en Walser además de un físico agradable:

«Sin embargo, había en él algo como a medio terminar. Era como una casa preciosa abandonada después de amueblar».

Carter trastoca una vez más los papeles tradicionales y en lugar de la heroína clásica que no suele destacar precisamente por su personalidad aunque si por su belleza física tenemos un héroe, que es un tipo insulso como Walser, al que Fevvers parece decidida a transformar en su hombre ideal. Ella sería su Pigmalión y él su Galatea.

Es curioso cómo el narrador adopta en ocasiones la forma de narrador omnisciente, alternando con el punto de vista de la protagonista. En cualquier caso no se trata de un narrador que permanezca impertérrito ante los hechos, sino todo lo contrario no tiene rubor alguno en dar  su opinión:

«Hay muchos motivos, la mayoría buenos, por los que una mujer puede querer matar a su marido: el homicidio puede ser la única manera de conservar un jirón de dignidad en una época, en un lugar, donde a las mujeres se las considera enseres, o como según la famosa analogía de Tolstoi, como botellas de vino, susceptibles de ser reventadas una vez consumidas».

Carter se muestra cada vez más incisiva y reparte sus críticas a unos y otros:

«... como en el Fidelio de Beethoven: combinar nobleza de espíritu con falta de análisis, ahí es donde siempre la caga la clase trabajadora».

Y a través de Lizzie lanza sus pullas más vitriólicas. Esto es lo que dice ante la idea de crear en mitad de la taiga siberiana una utopía formada sólo por mujeres que se perpetuaría gracias al vaso de esperma cedido gentilmente por un hombre:

«¿Qué harán con los bebés varones? Dárselos a los osos polares?»

        Noches en el circo es una novela de fantasía atípica, desconcertante a veces, lírica en ocasiones, provocadora muchas veces, cómica, excesiva, a ratos incluso plúmbea, que rezuma  una sincera ternura y que se parapeta tras una inmensa y disparatada broma. No se la pierdan.

martes, 10 de mayo de 2022

“El hombre que cayó en la Tierra”, de Walter Tevis

Portada de “El hombre que cayó en la Tierra” de Walter Tevis

Sé que no debería de darle a la portada de un libro tanta importancia pero cuando vi la edición de Contra de El hombre que cayó en la Tierra (1963) con David Bowie mirándome de manera enigmática se me quitaron las ganas de comprarlo. Una de las cosas que más me fastidian es que los libros recurran a la adaptación cinematográfica para su portada y es que no quiero que las imágenes de una película por muy buena que sea interfieran con lo que leo. Prefiero recrear a los personajes a mi manera según los detalles proporcionados por el autor y me resisto a ver al protagonista como se me induce a hacerlo, en este caso con el rostro y el cuerpo de Bowie. Además Bowie está por todo, en la sobrecubierta, en la cubierta, en la contraportada hasta incluso en el marcapáginas que viene de regalo. Cualquiera pensaría al ver el libro que se trata de una biografía del cantante británico. Es tal su presencia que se podría llegar a la conclusión de que Bowie colaboró mano a mano con Tevis en su escritura. Pero dejemos de hablar de la portada y de David Bowie, que no tiene culpa de haber sido utilizado como reclamo, y centrémonos en la novela y en su autor.

Walter Tevis era un escritor bastante olvidado hasta hace muy poco, recordado más por las películas basadas en sus libros como la versión que dirigió Robert Rossen de El buscavidas (1959) y más tarde Martin Scorsese de su continuación El color del dinero (1984), protagonizadas por estrellas como Paul Newman o Tom Cruise, que por su propia obra literaria. Sin embargo, el éxito obtenido por la serie de siete episodios producida por Netflix de otra de sus novelas, Gambito de dama (1983), ha traído a este autor norteamericano de nuevo a la actualidad literaria. En España se ha editado por primera vez dicha novela (cómo no con la portada de la serie) y se ha reeditado Sinsonte (1980) que antes había sido publicada como El Pájaro burlón por la editorial Plaza y Janés.

El hombre que cayó en la Tierra narra la llegada a la Tierra de un extraterrestre procedente de un mundo más avanzado que el nuestro. Supongo que esto la convierte en un relato de ciencia ficción pero se trata de un relato de ciencia ficción que no pretende serlo en ningún momento, un relato sobre una criatura extraterrestre, frágil y sensible que tiene muy poco de alienígena hasta el punto de que cae en un vicio tan humano como el alcoholismo. El propio protagonista de la novela bromea en un momento dado sobre lo disparatada de esta circunstancia.

El extraterrestre, que se hace llamar Thomas Jerome Newton, ha sido enviado desde el planeta Anthea con el objetivo de rescatar más adelante a los supervivientes que quedaron en su mundo y que debido a las guerras y a la sobreexplotación de recursos se ha hecho inhabitable. Para ello necesitará de un capital inmenso, que espera poder obtener gracias a diferentes negocios en los que recurrirá a los avanzados conocimientos científicos de su especie. En este dilatado proceso tiene la oportunidad de conocer a diferentes personajes como Betty Jo, que le ayuda cuando tiene un pequeño percance debido a la fragilidad de sus huesos o Nathan Bryce, un químico que acude a él estupefacto por los impresionantes avances técnicos que demuestran las empresas de Newton. Son personajes a los que les pesa la soledad, desarraigados como el propio Newton y que alivian sus penas principalmente con la bebida. Es precisamente Betty Jo la que inicia al extraterrestre en la ginebra, una dependencia a la que el extraterrestre se entregará cada vez con más fruición.

El mundo que nos describe Tevis se inspira en la clase media norteamericana de los años cincuenta que el autor extrapola a un futuro cercano. La historia arranca en 1985, a más de veinte años de cuando fue escrita la novela, y según el propio Tevis se trata de una especie de autobiografía novelada en la que Newton sería algo así como su alter ego. Al parecer Tevis debió de sentirse en su juventud tan extraterrestre, tan extraño y alejado de la humanidad como el protagonista de El hombre que cayó en la Tierra. A pesar de todo este extrañamiento Newton va pareciéndose cada vez más a los humanos, cae en sus mismos defectos, en el derrotismo, en la culpa y permite que la desazón le suma en una creciente nostalgia y le aleje cada vez más del propósito que lo trajo a la Tierra. La poesía, el arte, con la excepción de la música para la que sus sentidos extraterrestres no están dotados, y sobre todo el alcohol como ya he mencionado le ayudan a sobrellevar su pesar, su angustia vital. Al final, de ser la admiración de sus colaboradores más cercanos, Betty Jo y Bryce, Newton acaba convirtiéndose en objeto de su compasión. El hombre que cayó en la Tierra es una demostración palpable del poder que tiene la ciencia ficción, incluso para narrar aquello para lo que no parecía concebida en un principio.