Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

Universo de pocos

miércoles, 8 de junio de 2022

“Sólo los vivos perdonan” de Ismael Martínez Biurrun

Portada de “Sólo los vivos perdonan” de Ismael Martínez Biurrun

La última novela de Ismael Martínez Biurrun me ha dejado en un infructuoso estado de ensimismamiento. No paro de darle vueltas a la historia, a los personajes, al desenlace y no consigo salir de agujero negro mental en que estoy atrapado. Busco otras opiniones por internet y me encuentro con que la mayoría no titubea y parece haber comprendido todo a la primera. Mi orgullo herido me impide darme por vencido sin más, claro que esta cabezonería tiene sus consecuencias. Sí, porque mientras intento encajar las piezas no puedo evitar sentir la desazón que me provoca no hallar una respuesta, un desconcierto muy parecido al que experimenté al terminar hace unos meses Los extraños de Jon Bilbao. Como deja bien claro el  título del libro el tema central de Sólo los vivos perdonan es la culpa y el perdón. No hay duda en eso, lo que me ha provocado esta comezón mental es la estrategia utilizada para ello por Biurrun.

Sólo los vivos perdonan tiene un arranque de esos que te arrastra a pasar páginas y páginas y que incluso te tienta a hacer trampa y saltarte capítulos para ver lo que va a pasar. Protagonizada por diferentes personajes, cada uno con su historia personal, la narración va poco a poco desvelando la conexión que existe entre ellos. El primero en aparecer es Iñigo, el desencantado director de un museo en horas bajas, luego está Jordán, un expresidiario que se gana la vida con los restos arqueológicos que encuentra y por último Olalla y Antón, madre e hijo, éste último con un tumor cerebral del que va a ser operado en pocos días.

Todo empieza cuando Jordán se pone en contacto con Iñigo por un fósil que ha descubierto y que puede tener un enorme valor científico. Con este hallazgo tiene la esperanza de reparar de alguna manera el daño que cometió en el pasado y que le llevó a pasar una buena temporada en la cárcel. No es el único personaje que no vive en paz consigo mismo. Si Jordán busca la redención con desesperación por ese acto terrible que cometió en su juventud, Iñigo no está dispuesto a olvidar fácilmente, carga además con su propia culpa. La manera que tiene de enfrentarse a los problemas y su miedo al fracaso lo irán trastornando cada vez más. Olalla es un personaje lleno de contradicciones, por un lado cree haber contraído una deuda con Iñigo y por otro lado está resentida con él por no haberse preocupado lo suficiente de ella y de Antón. A todo esto hay que añadir su enorme preocupación ante la terrible enfermedad de su hijo. Biurrun se interna en terrenos peligrosos con niños al borde de la muerte pero sale airoso y no llega a caer en ningún momento en lo sensiblero.

De manera que nos sumergimos en un tenso y solemne drama de acciones y reacciones cruzadas entre personajes con un  pasado que se inmiscuye como si fuera un personaje más. Precisamente es en este punto donde encuentro el elemento más discutible de la novela, una figura inexplicable, real o imaginada, que aparece en los momentos más álgidos del relato. Se trata de una chica de apariencia normal que viste una sudadera descolorida y una visera de Ferrari. Se llama Tea y sus apariciones parecen traer consigo el pasado que tanto Jordán como Iñigo preferirían olvidar. Tea llega a manifestarse incluso en las pesadillas que tiene Antón en las que ve un monstruo, una especie de cocodrilo que curiosamente se asemeja al fósil encontrado por Jordán. En la mitología griega Tea es una  titánide de la que se dice procede toda la luz, la del sol y la de la luna. En la novela es una especie de figura fantasmagórica testigo de los momentos más importantes que acontecen a los personajes, una observadora a la que nada se le escapa. No me queda del todo claro lo que quiere simbolizar con ella el autor. Tal vez no sea más que un instrumento con el que dar cohesión a los diferentes relatos humanos que de otra manera quedarían algo deslavazados.

Todo esto confiere a la novela un tono de pesadilla que la prosa lacónica y llena de  imágenes desasosegantes de Biurrun no hace más que reforzar. A Biurrun suele asociárselo con el género de terror y lo cierto es que Sólo los vivos perdonan está escrita en parte como si lo fuera pero no pretende atemorizar, lo que busca es inquietar y agitar la conciencia del lector. Esas imágenes a las que me he referido como la del monstruo primigenio o los paisajes agrestes que recorren Jordán e Iñigo son arquetípicas y diríase que remiten al inconsciente colectivo.

La novela está muy bien escrita y se lee de un tirón pero esto no debe llevarnos a pensar que se trata de un libro de consumo rápido. Es un alimento de esos que se tarda más en digerir que en comer. Que me lo pregunten a mí que aún sigo padeciendo las consecuencias de su ingestión. Sólo lo vivos perdonan, dice el título de la novela, a mí me costará perdonarle a Biurrun esta comedura de coco que durante unas semanas me ha tenido atrapado. Leedlo y disfrutadlo, aunque tened en cuenta que puede traer consigo efectos secundarios persistentes.


miércoles, 25 de mayo de 2022

“Noches en el circo” de Angela Carter

      

Portada de "Noches en el circo” de Angela Carter

Desde hace unos años numerosas editoriales se han propuesto la loable misión de recuperar clásicos de la novela fantástica escritos por mujeres. Muchas autoras que habían sido publicadas por Minotauro en los años ochenta pasaron inexplicablemente al olvido. Así sucedió con una de las más grandes, Ursula K. Le Guin, algo a lo que la propia Minotauro y ante la demanda de muchos lectores está poniendo remedio con la publicación de su obra. Faltaba por hacer lo mismo con Angela Carter cuyos libros resultaban ya inencontrables. La labor de enmendar este fallo en este caso está corriendo a cargo de la editorial Sexto Piso que, con unas ediciones muy cuidadas, casi de lujo, ha publicado varias novelas de la escritora británica. Menos conocida que Le Guin aunque igual de comprometida con el feminismo ha sido por alguna razón menos reivindicada también. Carter es una escritora única, más atrevida, experimental y desmadrada que la norteamericana. Su libro Héroes y villanos fue comparado con la obra de Ballard. Aquí, en España, tenemos a otra gran escritora, Pilar Pedraza, con la que comparte muchas cosas.

De todos los libros publicados por Carter parece ser que  Noches en el circo es el menos polémico y menos impúdico de todos aunque sí es uno de los más literarios. Consta de tres partes, la primera, en la que su oronda protagonista, Sophie Fevvers, cuenta sus comienzos hasta llegar al circo, es la mejor desde mi punto de vista, un vigoroso relato que desborda imaginación y que huye de los lugares comunes. Los detalles de su periplo los vamos conociendo a lo largo de la entrevista que le hace en su caótico camerino el periodista americano, Jack Walser. Allí entre corsés y medias con olor a pie («una corsetería después de un bombardeo») Fevvers cuenta a un escéptico y cohibido Walser cómo después de nacer de un huevo fue acogida por Mama Nelson en su burdel, la primera vez que desplegó sus alas y cómo tras varios ensayos  emprendería su breve primer vuelo. La vida de Fevvers acompañada siempre, eso sí, de Lizzie, que ejerce como madre dará varios vuelcos. Por el camino conocerá a otras muchachas como ella, que fueron también abandonadas y por tanto con nulas posibilidades de salir adelante, chicas que me han recordado a las protagonistas de muchos cuentos populares o de numerosos relatos de Dickens con la gran diferencia de que Carter no soslaya los abusos sexuales y las vejaciones de las que son víctimas.

Con el apoyo del periódico para el que escribe Walser tiene la intención de desenmascarar a Fevvers, considerada la más famosa trapecista del mundo. Está convencido de que sus alas son falsas y pretende demostrarlo, pero hay algo más, algo que él mismo no quiere reconocer y que lo impulsa incluso a ingresar en el circo. No es lo que se esperaría de él si tenemos en cuenta que la primera impresión que se llevó de ella tiene poco que ver con lo que llamaríamos un flechazo: «Vista de cerca, hay que decir que se parecía más a una mula de carga que a un ángel», llega a decir de ella. Así que de incógnito, convertido en payaso de circo la sigue con toda su troupe hasta San Petersburgo. En esta segunda parte del libro Carter se decanta más por las situaciones cómicas y deja a un lado su faceta más perturbadora y provocadora. Lamentablemente los miembros del circo y el propio Walser le roban gran parte del protagonismo a Fevvers. Cabe destacar entre todos ellos a unos melancólicos payasos y a su aún más abatido jefe (Buffo), a los monos con pretensiones de emanciparse y al jefe del circo cuyas decisiones más importantes son tomadas por una cerdita que le acompaña a todos los lugares. Si en la primera parte puede apreciarse la influencia del marqués de Sade y muchas de las historias de los personajes secundarios podrían considerarse una reinterpretación de los cuentos populares, la segunda parece inspirarse en la comedia burlesca o en el cine cómico.

En la tercera parte la atracción que siente Fevvers por Walser se hace más evidente, algo que a Lizzie, que no tiene muy buen concepto del matrimonio, no le hace gracia.

 – ¿Casarse? ¡Bah! – resopló Lizzie de mala uva –. ¡Eso es escapar del fuego para caer en las brasas! ¿Qué es el matrimonio sino prostituirse con un hombre en lugar de con muchos?

No queda muy claro qué ve Fevvers en Walser además de un físico agradable:

«Sin embargo, había en él algo como a medio terminar. Era como una casa preciosa abandonada después de amueblar».

Carter trastoca una vez más los papeles tradicionales y en lugar de la heroína clásica que no suele destacar precisamente por su personalidad aunque si por su belleza física tenemos un héroe, que es un tipo insulso como Walser, al que Fevvers parece decidida a transformar en su hombre ideal. Ella sería su Pigmalión y él su Galatea.

Es curioso cómo el narrador adopta en ocasiones la forma de narrador omnisciente, alternando con el punto de vista de la protagonista. En cualquier caso no se trata de un narrador que permanezca impertérrito ante los hechos, sino todo lo contrario no tiene rubor alguno en dar  su opinión:

«Hay muchos motivos, la mayoría buenos, por los que una mujer puede querer matar a su marido: el homicidio puede ser la única manera de conservar un jirón de dignidad en una época, en un lugar, donde a las mujeres se las considera enseres, o como según la famosa analogía de Tolstoi, como botellas de vino, susceptibles de ser reventadas una vez consumidas».

Carter se muestra cada vez más incisiva y reparte sus críticas a unos y otros:

«... como en el Fidelio de Beethoven: combinar nobleza de espíritu con falta de análisis, ahí es donde siempre la caga la clase trabajadora».

Y a través de Lizzie lanza sus pullas más vitriólicas. Esto es lo que dice ante la idea de crear en mitad de la taiga siberiana una utopía formada sólo por mujeres que se perpetuaría gracias al vaso de esperma cedido gentilmente por un hombre:

«¿Qué harán con los bebés varones? Dárselos a los osos polares?»

        Noches en el circo es una novela de fantasía atípica, desconcertante a veces, lírica en ocasiones, provocadora muchas veces, cómica, excesiva, a ratos incluso plúmbea, que rezuma  una sincera ternura y que se parapeta tras una inmensa y disparatada broma. No se la pierdan.

martes, 10 de mayo de 2022

“El hombre que cayó en la Tierra” de Walter Tevis

Portada de “El hombre que cayó en la Tierra” de Walter Tevis

Sé que no debería de darle a la portada de un libro tanta importancia pero cuando vi la edición de Contra de El hombre que cayó en la Tierra (1963) con David Bowie mirándome de manera enigmática se me quitaron las ganas de comprarlo. Una de las cosas que más me fastidian es que los libros recurran a la adaptación cinematográfica para su portada y es que no quiero que las imágenes de una película por muy buena que sea interfieran con lo que leo. Prefiero recrear a los personajes a mi manera según los detalles proporcionados por el autor y me resisto a ver al protagonista como se me induce a hacerlo, en este caso con el rostro y el cuerpo de Bowie. Además Bowie está por todo, en la sobrecubierta, en la cubierta, en la contraportada hasta incluso en el marcapáginas que viene de regalo. Cualquiera pensaría al ver el libro que se trata de una biografía del cantante británico. Es tal su presencia que se podría llegar a la conclusión de que Bowie colaboró mano a mano con Tevis en su escritura. Pero dejemos de hablar de la portada y de David Bowie, que no tiene culpa de haber sido utilizado como reclamo, y centrémonos en la novela y en su autor.

Walter Tevis era un escritor bastante olvidado hasta hace muy poco, recordado más por las películas basadas en sus libros como la versión que dirigió Robert Rossen de El buscavidas (1959) y más tarde Martin Scorsese de su continuación El color del dinero (1984), protagonizadas por estrellas como Paul Newman o Tom Cruise, que por su propia obra literaria. Sin embargo, el éxito obtenido por la serie de siete episodios producida por Netflix de otra de sus novelas, Gambito de dama (1983), ha traído a este autor norteamericano de nuevo a la actualidad literaria. En España se ha editado por primera vez dicha novela (cómo no con la portada de la serie) y se ha reeditado Sinsonte (1980) que antes había sido publicada como El Pájaro burlón por la editorial Plaza y Janés.

El hombre que cayó en la Tierra narra la llegada a la Tierra de un extraterrestre procedente de un mundo más avanzado que el nuestro. Supongo que esto la convierte en un relato de ciencia ficción pero se trata de un relato de ciencia ficción que no pretende serlo en ningún momento, un relato sobre una criatura extraterrestre, frágil y sensible que tiene muy poco de alienígena hasta el punto de que cae en un vicio tan humano como el alcoholismo. El propio protagonista de la novela bromea en un momento dado sobre lo disparatada de esta circunstancia.

El extraterrestre, que se hace llamar Thomas Jerome Newton, ha sido enviado desde el planeta Anthea con el objetivo de rescatar más adelante a los supervivientes que quedaron en su mundo y que debido a las guerras y a la sobreexplotación de recursos se ha hecho inhabitable. Para ello necesitará de un capital inmenso, que espera poder obtener gracias a diferentes negocios en los que recurrirá a los avanzados conocimientos científicos de su especie. En este dilatado proceso tiene la oportunidad de conocer a diferentes personajes como Betty Jo, que le ayuda cuando tiene un pequeño percance debido a la fragilidad de sus huesos o Nathan Bryce, un químico que acude a él estupefacto por los impresionantes avances técnicos que demuestran las empresas de Newton. Son personajes a los que les pesa la soledad, desarraigados como el propio Newton y que alivian sus penas principalmente con la bebida. Es precisamente Betty Jo la que inicia al extraterrestre en la ginebra, una dependencia a la que el extraterrestre se entregará cada vez con más fruición.

El mundo que nos describe Tevis se inspira en la clase media norteamericana de los años cincuenta que el autor extrapola a un futuro cercano. La historia arranca en 1985, a más de veinte años de cuando fue escrita la novela, y según el propio Tevis se trata de una especie de autobiografía novelada en la que Newton sería algo así como su alter ego. Al parecer Tevis debió de sentirse en su juventud tan extraterrestre, tan extraño y alejado de la humanidad como el protagonista de El hombre que cayó en la Tierra. A pesar de todo este extrañamiento Newton va pareciéndose cada vez más a los humanos, cae en sus mismos defectos, en el derrotismo, en la culpa y permite que la desazón le suma en una creciente nostalgia y le aleje cada vez más del propósito que lo trajo a la Tierra. La poesía, el arte, con la excepción de la música para la que sus sentidos extraterrestres no están dotados, y sobre todo el alcohol como ya he mencionado le ayudan a sobrellevar su pesar, su angustia vital. Al final, de ser la admiración de sus colaboradores más cercanos, Betty Jo y Bryce, Newton acaba convirtiéndose en objeto de su compasión. El hombre que cayó en la Tierra es una demostración palpable del poder que tiene la ciencia ficción, incluso para narrar aquello para lo que no parecía concebida en un principio.

martes, 5 de abril de 2022

“Nostalgia” de Mircea Cărtărescu

Portada de “Nostalgia” de Mircea CărtărescuTras la publicación en 2015 de su último libro Solenoide (2015) Mircea Cărtărescu ha pasado de ser casi un desconocido a ser encumbrado a los altares de la literatura. Su obra, por tanto, ha sido sobradamente comentada en el ámbito literario, poco puedo añadir yo a las  críticas escritas por las firmas más relevantes del país. Mi propósito con esta reseña es más que nada llamar la atención de los lectores de género fantástico e invitarles a que se acerquen a la obra de este escritor rumano. Tengo la impresión de que la mayoría de los aficionados a la literatura  fantástica no reparan más que en los autores que son publicados en las colecciones habituales de género o en los libros recomendados por los blogueros o youtubers a los que siguen. No sé el voto de confianza con el que cuento entre los aficionados (seguramente poco) y tampoco es que me respalde un batallón de seguidores pero espero despertar el interés aunque sólo sea de uno de ellos por este libro titulado Nostalgia que fue publicado por primera vez en 1989.

Comenta Edmundo Paz Soldán en el prólogo que para Cărtărescu su libro tiene la consideración de novela. Aunque ve algunos nexos entre las diferentes historias piensa  que  cómo mejor funciona Nostalgia es como libro de relatos. Soy del mismo parecer, pero al contrario que Paz Soldán soy incapaz de encontrar relación alguna entre un relato como El ruletista, en el que un hombre se obstina en poner a prueba su suerte, y por ejemplo, la historia de amor tóxica que se narra en Los gemelos.

El libro consta de cinco relatos, dos de los cuales, dada su extensión, podrían considerarse novelas cortas. Suele compararse a Cărtărescu con Kafka y Borges, supongo que, porque al igual que ellos, incorpora elementos fantásticos u oníricos en sus narraciones. A diferencia de Kafka y Borges no aprecio en el escritor rumano (en estos relatos al menos) intención alegórica. No deforma o desorbita la realidad como hacía Kafka ni tampoco parece que su objetivo principal sea reflexionar sobre cuestiones metafísicas o filosóficas como le gustaba tanto hacer a Borges. Tengo la impresión de que antes de ponerse a escribir Cărtărescu deja volar con plena libertad su imaginación. Me lo imagino en la cama o en un cómodo sillón con vistas a Bucarest en un estado de semi vigilia soñando despierto con la Bucarest de antes o buceando en el universo fantástico de su infancia. A veces, sin pretenderlo, su fantasía le lleva a reflexiones de más trascendencia como ocurre en REM pero pienso que es algo casual y no premeditado.  En ese sentido El ruletista sería la excepción puesto que se trata de un relato perfectamente construido, uno de los más redondos del libro.

Dicho esto, ¿por qué creo que un lector de literatura fantástica debería de leer este libro? Más que nada porque Cărtărescu hace gala de una imaginación única y muy personal que gracias  a su meticulosa prosa rica en detalles sensoriales se hace tangible desde el primer momento. Su imaginario además tiene poco que ver con la fantasía que escriben otros autores, lo que pienso que puede suponer un aliciente más, sobre todo para los que quieran salirse de lo manido.

Quiero dejar claro que Cărtărescu no siempre es un escritor fácil y a veces para llegar a esos mundos de ensueño a los que aludía debemos enfrentarnos a páginas y páginas con prolijas descripciones de la ciudad de Bucarest como sucede en la primera parte de REM o debemos armarnos de paciencia y no dejarnos desalentar por los meandros por los que discurre la narración antes de comprender adonde nos quiere llevar. Porque uno nunca sabe el derrotero que van seguir las historias de Cărtărescu, que muchas veces empiezan siendo realistas y acaban en el desvarío más increíble como sucede en El arquitecto, donde la obsesión de un hombre por el sonido del claxon de su coche acaba por afectar al universo entero o en REM, que comienza con las confidencias en el lecho entre una pareja de amantes y acaba convirtiéndose en un asombroso viaje al mundo de la infancia. Otro relato que nos introduce en la infancia y rescata esas sensaciones que creíamos olvidadas es El Mendébil sobre un niño extraordinario que logra que todos los críos del barrio prefieran escuchar sus historias antes que jugar a los juegos de siempre. A este muchacho, el Mendébil, lo acaban idolatrando hasta que lo sorprenden haciendo algo que no le corresponde, hacer de niño.

En cambio, en Los gemelos la infancia y la fantasía son menos relevantes, quizás sea por eso el relato que menos me ha gustado de todos. La extraña relación de su protagonista con las mujeres y luego con una chica que continuamente le desaira se alarga demasiado y se vuelve a ratos confusa.

La infancia, los sueños, la vida como ficción literaria son los temas por los que transita Cărtărescu en estos cuentos llenos de maravilla. Si tuviera que destacar una sola cualidad de los relatos sería su capacidad para transportarnos a la infancia, con toda su inocencia, con sus juegos a veces perversos, con sus monstruos, con sus prodigios y también con su crueldad; a ese pasado casi olvidado en el que todo resultaba más intenso, en el que el sabor de la vida estaba intacto y aún no se había dejado desgastar por el paso del tiempo.

lunes, 28 de marzo de 2022

"Clara y la penumbra” de José Carlos Somoza

Portada de "Clara y la penumbra" de José Carlos Somoza
         Publicada en 2001 Clara y la penumbra es una novela de intriga que se sale de lo común. La idea que alienta el relato, la llamada pintura «hiperdrámatica», es sin lugar a dudas asombrosa. También llama la atención que en una novela de este tipo, un thriller al fin y al cabo, el misterio sea lo de menos. Desde luego a mí no es lo que más me ha interesado. Por otra parte trasladar al papel de manera convincente una idea tan sumamente arriesgada y fantástica como la que imagina el autor no ha debido ser nada fácil. Hay que estar muy seguro de las propias posibilidades para sacar algo así adelante, sin embargo José Carlos Somoza lo logra y lo hace además con brillantez.

La pintura «hiperdrámatica» convierte los cuerpos humanos en auténticos cuadros mediante complejas técnicas y prolongadas sesiones de imprimación y de acabado posterior. La pintura no se aplica sólo en la piel sino también en el iris, en los labios, en el interior de la boca  y en otras oquedades del cuerpo. La meta del artista es lograr con sus pinceladas resaltar una expresión, una mirada del modelo que haga única la obra. Somoza se inventa un escenario en el que esta disciplina se ha convertido en un hito en el mundo del arte y en el que los cuadros alcanzan valores inconcebibles. Los más poderosos, los más ricos del mundo ya no cuelgan Picassos en sus casas sino que adquieren pinturas «hiperdrámaticas» de Bruno Van Tysch para adornar los vastos salones y los coquetos dormitorios de sus mansiones. Tampoco se sientan sobre vulgares butacas fabricadas con materiales inertes, en lugar de eso prefieren posar sus distinguidas posaderas sobre seres humanos convertidos por unas horas en mobiliario. El arte se ha dejado prostituir por el dinero y en el nombre del arte cualquier cosa no sólo es aceptada, sino también aplaudida. No importa que las personas convertidas en «obras de arte» sean tratadas como objetos, que tengan que pasar horas en la inmovilidad absoluta o que se les haya sometido a tratamientos médicos para ralentizar sus funciones biológicas. Nada de eso importa. Ah, eso sí, sus empleadores cumplen escrupulosamente con las leyes laborales de manera que los lienzos humanos no superan nunca las ocho horas de trabajo reglamentarias. Para acallar sus conciencias su trabajo es compensado con una espléndida paga. En cualquier caso para muchos de los modelos el dinero es lo de menos, lo que les impulsa a soportar todas los inconvenientes es la posibilidad de convertirse en obras de arte.

Como decía al principio para hacer todo esto verosímil hay que ser muy bueno. Somoza, como gran estilista que es, consigue que estas hermosas a la vez que deplorables pinturas humanas se hagan reales en nuestra mente. Asimismo resulta fascinante el detalle y el verismo con el que describe el proceso para convertir a los modelos en cuadros. La prosa sensual y sugerente de Somoza nos maneja a su gusto y nos hace fluctuar del horror al goce erótico, de la aversión al deleite.

«Jennifer Halley, un lienzo de ocho años, está de pie pintada de rosa con un vestido negro, acunando entre sus brazos a una muñeca. Pero la muñeca está viva y tiene el aspecto de uno de esos embriones famélicos de vientre de uva negra que asoman la cabeza desde el tercer mundo».

«....Luego abrazó la curvatura de sus bíceps. Al tacto todo era distinto. Se percibió un poco más viva: superficies mullidas, exprimibles, deformables; contornos donde la mano podía demorarse, dulces laberintos aptos para dedos o insectos. Tocándose adquirió volumen».

  En este contexto se produce el asesinato de una niña de catorce años, una de las modelos  de la última exposición de Van Tysch, el genio de la pintura «hiperdrámatica». La Fundación  Van Tysch no confía del todo en la competencia de las autoridades por lo que tiene su propio equipo de seguridad. April Wood, una mujer  fría como un témpano de hielo y Lothar Bosch, que se debate entre agradar a April y sus recelos por el arte son los dos encargados de investigar el crimen. El libro tiene dos partes que se van alternando; en una se nos narra la investigación propiamente dicha, y en la otra, la más destacable de las dos, el relato se centra en una de las modelos, en la Clara que da título a novela. La primera sirve para mostrar los entresijos de este negocio cuyos responsables supuran cinismo y carecen por completo de escrúpulos. La segunda nos muestra la otra cara de la moneda, la de alguien que sueña con ser algún día una obra maestra del arte. A través de los ojos de Clara conocemos los esfuerzos y los sacrificios que es capaz de hacer una modelo y hasta dónde es capaz de transigir para lograr el éxito. Durante el proceso Clara se cuestionará sus límites. ¿Es parte del proceso lo que le hacen o es abuso? ¿Debe decirle al pintor que pare y poner en peligro su carrera y perder su gran oportunidad? ¿Hasta dónde debe internarse en la penumbra?

 Clara y la penumbra es una espléndida novela con eficaces elementos distópicos que saca a relucir la enorme hipocresía y el cinismo que rodea al mundo del arte y de la moda. Unas páginas menos y habría sido perfecta.

lunes, 14 de marzo de 2022

“El único indio bueno” de Stephen Graham Jones

Portada de “El único indio bueno” de Stephen Graham Jones

          Si existe un género literario en el que la ambientación es primordial ese es el de terror. Para que el lector se sumerja en la historia y se sienta concernido por lo que sucede es preciso una atmósfera especial, inquietante y perturbadora. La herramienta básica para lograrlo es la descripción, el escritor de una novela de terror debe esforzarse en construir un escenario y unos personajes que se salgan de lo habitual sin que resulten del todo inverosímiles. La idea es crear un estado de ánimo en el lector que refuerce el impacto del relato. En El único indio bueno Stephen Graham Jones opta por hacer algo distinto, descarta descripciones detalladas encaminadas a crear desasosiego y decide confiar todo en la acción. Esto no debe llevarnos a engaño, con acción no me refiero a persecuciones o a tiroteos sino a que la narración consiste en un relato minucioso de las acciones que realizan sus personajes por insignificantes que puedan parecer: beber una cerveza, arreglar una lámpara, desmontar una moto, fumar un cigarro o lanzar unas canastas. En este sentido Jones sea aleja de la narrativa clásica de terror.

A cambio nos encontramos quizás con uno de los argumentos más frecuentes y a los que más ha recurrido la literatura de terror: la venganza por un suceso acontecido en el pasado. En este caso los culpables del siniestro (y objeto posterior de la venganza) son cuatro amigos que residen en una reserva india y la víctima una manada de ciervos que se hallaba en una zona reservada a los ancianos. La literatura de terror está llena de muertos que vuelven a la vida para cobrarse venganza, de fantasmas resentidos o de monstruos que desean hacer justicia. Los ajustes de cuentas han sido protagonizadas por toda clase de criaturas y seres con apariencias siniestras o rasgos abominables. Jones nos sorprende con una criatura con un aspecto algo menos terrible de lo habitual como son las mujeres ciervo. Estos seres híbridos forman, por lo que parece, parte del folclore nativo americano.

Los cuatro amigos, pies negros, con una amistad que se remonta a la infancia viven su existencia sin esperar demasiado de la vida trabajando en lo que pueden y en lo que les dejan. Dos de ellos tienen pareja, otro está separado y tiene una hija que podría convertirse en una figura del baloncesto local y el cuarto vive solo. Han pasado diez años desde que ocurriera aquel suceso lamentable, eran entonces jóvenes e insensatos, después de tanto tiempo además de unidos por la amistad lo están también por el sentimiento de culpa por aquello que hicieron. Acostumbrados como estamos por el cine y por la literatura de terror a presenciar las atrocidades más extremas imaginables la obsesión posterior que provoca el suceso en los protagonistas resulta sino desproporcionada cuando menos inusitada. Al tratarse de cuatro amigos no serán dos ni tres las veces en que la venganza se haga presente. 

La novela se toma su tiempo, lo cierto es que no son muchas las cosas que suceden. Mientras la leía tenía la sensación de estar viéndolo todo a cámara lenta como ocurre en muchas películas y series de TV cuando se quiere enfatizar una determinada escena. Esto es consecuencia directa de lo que explicaba al principio de la reseña, de la minuciosidad con la que el autor cuenta todo lo que hacen los personajes. Se trata de infinidad de pequeñas acciones que muchas veces carecen de importancia y que por acumulación me han producido el efecto de estar presenciando una moviola. Todo ello imbuye a la narración de una intensidad un tanto ficticia que nos empuja por otra parte a estar atentos a cada detalle de lo que ocurre (pensando que es importante) y que nos hace percibir señales anunciando que algo terrible va a suceder. Al final acaban por suceder aunque se hagan esperar más de lo deseado.

Más que el terror y que las mujeres ciervo lo que me ha llamado la atención del El único indio bueno es la percepción que de sí mismos tienen los indios. Los cuatro protagonistas de la novela parecen aceptar con resignación la imagen que los demás tienen de ellos y que Hollywood ha fomentado. Ellos mismos mantienen con sus tradiciones un sentimiento ambivalente: al mismo tiempo que a veces se burlan de ellas las evocan con sentida nostalgia. Se trata de hombres sin futuro cuyo único consuelo es ser descendientes de aquellas orgullosas tribus que en el pasado recorrían las praderas para cazar bisontes, se trata de hombres heridos en su orgullo perdidos en una sociedad en la que no encajan.

También hay momentos de terror en la novela, quizás uno de los más terroríficos y más sorprendentes sea el que se produce cuando la hija de uno de los protagonistas es retada a jugar un uno contra uno de baloncesto. La novela, que ganó el Premio Bram Stoker y el Shirley Jackson en 2020, me ha parecido a ratos lenta pero ha sido sobre todo su trama, muy trillada desde mi punto de vista, la causa de que no me haya impresionado demasiado aún cuando al retrato desolador y poco conocido que hace de la comunidad india no le falte interés.

miércoles, 23 de febrero de 2022

“La penúltima verdad” de Philip K. Dick

Portada de “La penúltima verdad” de Philip K. Dick

La reseña de este libro creo que merece una pequeña explicación. La penúltima verdad (1964) no es precisamente una de las novelas más aclamadas de Dick, tampoco es que haya sido adaptada recientemente al cine ni pertenece a las pocas que se han publicado ahora por primera vez (Martínez Roca lo hizo en 1976 en su colección Super Ficción, en concreto fue el segundo título que publicó). ¿A qué viene entonces hacer la reseña de este libro? Lo que voy a contar seguramente no interesará a nadie pero de todos modos me apetece hacerlo. Resulta que en mis tiempos de estudiante en Bilbao solía recorrer todas las semanas algunas librerías para ver las novedades que se habían producido. Entre mis favoritas estaban Galería del libro en la calle Ercilla, muy completa en cuanto a ciencia ficción, Ribera en Dr. Areilza que destacaba por tener libros de ocasión, Herriak, más formal pero era donde llegaban antes las novedades y Cámara, la única que todavía existe. También solía pasar tiempo en la librería del Corte Inglés que en aquellos tiempos tenía de todo y donde nadie te decía nada por mucho que te quedaras ahí leyendo por lo que yo aprovechaba para leer algunas reseñas que aparecían en la revista Nueva Dimensión. Mi economía de estudiante no me permitía comprar todo lo que hubiera querido por lo que apuntaba en un cuaderno los libros que encontraba interesantes para una futura compra y los iba borrando según los iba adquiriendo o me dejaban de interesar. Lo que ahora viene a ser una lista de deseos. Uno de los primeros títulos que anoté fue La penúltima verdad. El tiempo fue pasando, la lista se fue modificando pero la novela de Dick permanecía inalterable. Acabé por olvidarme del cuaderno hasta que recientemente en una librería me encontré por casualidad con el libro. De repente me acordé de la lista y en un ataque de nostalgia o por absurdo «completismo» me lo compré. Así que, con un retraso considerable, he podido leer al fin esta novela.

Cuando la comencé a leer no esperaba mucho de ella, mis expectativas después de tanto tiempo se habían atemperado y como ya he comentado antes apenas suele mencionarse cuando se habla de la obra de Dick.  Es posible que por eso la sorpresa haya sido aún más grata. La novela como veremos contiene muchos de los elementos que hacen que después de tantos años Dick siga siendo uno de los escritores de ciencia ficción más influyentes.

Más preocupado por la política que en otras ocasiones, el autor californiano nos introduce en un mundo en el que la mitad de la población vive engañada bajo tierra creyendo que en la superficie está teniendo lugar una guerra nuclear. La idea de que la realidad que vivimos no es lo que creemos, de que todo es falso, es una de las que más se repite en la obra de Dick y ha propiciado alguno de sus mejores libros. En La penúltima verdad la impostura no es una cuestión ontológica sino que es más terrenal y tiene como objetivo que los pocos que detentan el poder vivan de la mejor manera posible a costa de los demás. Es lo que tiene la política y lo que mueve a la mayoría de los que la ejercen como bien sabemos. Ésta debe ser esta una de las pocas novelas de Dick en las que no aparecen drogas, el consuelo en su lugar lo proporciona una figura paternalista encarnada por el presidente Yancy, quien mediante discursos televisados logra convencer a la población de que la superficie es un infierno inhabitable. Con sus grandilocuentes disertaciones anima su espíritu patriótico y exhorta a los habitantes de los cubículos a aumentar la producción de robots, tan imprescindibles para la inexistente guerra. Pero Yancy no es lo que parece, su identidad esconde un secreto.

En el primer capítulo, no demasiado prometedor, hay que admitirlo,  conocemos a Joseph Adams uno de los muchos hombres que escribe los discursos para Yancy. A pesar de poseer una mansión en la superficie con vistas al Pacífico y con toda clase de comodidades vive atormentado por la culpa y por el miedo a ser relegado. Más sugestivo es el capítulo que viene a continuación, y que sirve de presentación a otro de los protagonistas, Nicholas Saint James. Su vivienda situada  en un cubículo bajo tierra carece del confort de la casa de Adams, hasta el punto de que Nicholas debe compartir el cuarto de baño con el apartamento vecino. Como presidente elegido por los trabajadores de su cubículo, llamado Tom Hix (otro se llama Judy Garland), es persuadido para que salga a la superficie en busca de un páncreas artificial que salve la vida de alguien muy apreciado por la comunidad y cuya pérdida supondría un descenso alarmante de la producción. Ni a Nicholas ni a su esposa les hace gracia que tenga que salir para quizás enfrentarse a la peste de la bolsa, al mal del encogimiento apestoso o a la radiación, males de los que se habla en la televisión.

Dick lleva la conspiración hasta el delirio. El engaño pergeñado por un director de cine de la Alemania nazi abarca hasta los momentos finales de la Segunda Guerra Mundial e implica entre otros al mismísimo Franklin Delano Roosevelt. Las explicaciones son completamente descabelladas pero son estos fenomenales disparates los que distinguen a Dick de otros escritores. Además de una trama típicamente «Dickiana» la novela cuenta con unos personajes que también lo son; por un lado están los que, asolados por las dudas, viven en la total indecisión y por otro los que actúan con una determinación inalterable pero carecen de escrúpulos. Los débiles y los fuertes, los sometidos y los que someten.

Otra de las señas de identidad del autor son los curiosos «gadgets» con los que suele sazonar sus narraciones. En la presente novela podemos encontrar dardos teledirigidos, robots asesinos que se camuflan en televisores, máquinas que componen discursos..., elementos muchos de ellos obsoletos o inverosímiles, que junto a los ordenadores gigantes que funcionan con tarjetas perforadas confieren a la novela cierto encanto de época. Una obsolescencia que no me impide afirmar que la idea principal que subyace tras la novela está de plena actualidad en estos tiempos de «fake news», de improbables conspiraciones y en los que se da pábulo a los bulos más peregrinos y estúpidos.

        Ha merecido la pena recuperar este libro de la lista de la que hablaba al principio, mi afán por completarla no ha se quedado por tanto en una penosa concesión a  la nostalgia. Más allá de la manera errática de narrar de Dick, tras las desquiciadas y absurdas ideas del autor muchas veces tengo la sensación de que existe un poso de realidad que sólo él era capaz de ver y de hacernos ver a los demás. La penúltima verdad no es una de sus mejores novelas pero aún así he vuelto a sentir en algunas de sus páginas esa sensación que muy pocos además de Dick han sabido provocar en mí.