Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

Universo de pocos

viernes, 29 de enero de 2016

"Luz" de M. John Harrison

Portada de "Luz" de M. John Harrison        Mentiría si dijera que me lo he pasado bomba leyendo Luz de M. John Harrison. Desde luego no es un libro de lectura fácil, algo que ya me esperaba, y mucho me temo que escribir esta reseña no va a resultar tampoco nada sencillo, más aún cuando se trata de un libro al que después de diez años todavía muchos consideran una obra renovadora e imprescindible.
 
        De este autor leí hace mucho tiempo una colección de relatos que se titulaba El mono de hielo, un libro que sin ser inolvidable me resultó interesante y original. Ya entonces me quedó claro que Harrison no era un escritor de ciencia ficción al uso, claro que tampoco lo es Christopher Priest, otro autor británico de edad parecida. En general la ciencia ficción británica suele discurrir por caminos poco transitados.

        Normalmente en mis reseñas procuro comentar el libro evitando en lo posible realizar una sinopsis del argumento, pero a veces resulta difícil hacerlo sin mencionar parte de la trama y ésta es una de esas ocasiones. Tres hilos narrativos que se van intercalando constituyen la novela. En una de las líneas argumentales el protagonista es un científico llamado Kearney, que tiene muy poco de científico y que estuvo casado con una mujer que está igual de desequilibrada que él. Juntos se pasan toda la novela huyendo de un sitio a otro sin que se sepa muy bien por qué. Acabo cansándome del ir y venir sin sentido de estos patéticos personajes, y cuando al final las tres historias confluyen uno se da cuenta de lo prescindible que resulta dentro del conjunto.

        La segunda historia está protagonizada por la capitana Seria Mau, que se haya unida a una nave espacial en una singular simbiosis. Es la más extraña de todas y en la que Harrison da rienda suelta a su insólita imaginería: «operadores sombra», «cultivares», sastres», «el Canal Kefahuchi», etc. desfilan sin que al principio sepamos de que se nos habla. No estoy en contra de esto, pero sí en la acumulación excesiva y en su aparición en tromba en el texto. Tengo la sospecha de que el autor se esfuerza en ser oscuro. Tal vez quiera hacerlo para reforzar la sensación de extrañeza y dejar bien claro que la acción se desarrolla en un futuro lejano muy diferente al presente. Harrison lo mezcla todo: algoritmos, fractales, motores de dinaflujo, burbujas de deformación, agujeros de gusano... y todo sin pudor alguno. Si se animan a leerlo pueden toparse con párrafos como éste:
        «La enorme arboladura de la Gata Blanca (antenas de una unidad astronómica de longitud, plegadas fractalmente a dimensión y media para que pudieran ser laminadas en una zona de veinte metros del casco) no detectó más que un susurro de fotinos».

        La tercera historia es la que me resulta más interesante y es en la única en la que logro simpatizar con el protagonista, un antiguo piloto espacial al que sacan del tanque de realidad virtual en el que solía pasar la mayor parte de su tiempo. Un personaje digno de lástima también. Ésta es la parte más inteligible del libro.

       Como en muchos libros de ciencia-ficción que se desarrollan en un mundo extraño hay que realizar un esfuerzo adicional para imaginarse los escenarios donde tiene lugar la acción. Harrison no lo pone fácil. A través de los retazos que proporciona, a veces muy visuales pero en otras demasiado abstractos e ininteligibles, es muy difícil hacerse una composición de lugar. Por ejemplo, así describe un planeta al que llegan en un momento dado:
          «Afelpada y aterciopelada, rodeada por una finísima bruma evanescente de sí misma, esta estructura derrotaba al ojo en todas las escalas. Le hacía a la luz algo extraño y absorbente. Se extendía quebradiza y exfoliada, fragmentándose en un polvo viral de sí misma, un cálculo viejo e inútil que accidentalmente se había convertido en un entorno».
Otro fragmento:
        «El disco era un rugiente bajío einsteniano. El pliegue gravitacional de RX-1 significaba que podías verlo todo, incluso la parte inferior, no importaba desde qué ángulo te acercaras. Cada diez minutos, los estados de transición ondeaban, haciendo que creara alzas en la banda de rayos X blandos, enormes bengalas que resonaban adelante y atrás para iluminar las estructuras experimentales de Sigma Fin».

        No me extraña que los personajes estén tan desorientados, lo malo es que este aturdimiento tiene el desagradable efecto de hacer vomitar a todas horas a nuestros protagonistas masculinos. Curiosamente la consecuencia de este malestar sobre las féminas es pedir que las follen insistentemente en cuanto ven un macho. Quizás Harrison, con su conocimiento de los dinaflujos y de los fotinos, disponga de datos de la psicología femenina de los que yo carezco.

        Harrison escribe con una prosa potente y creativa, pero Luz es como uno de los fragmentos que he aportado antes como ejemplo, a veces bellos, otras ininteligibles pero tras los que hay muy poco contenido. Además abusa del recurso del trauma infantil para crear unos personajes perdidos y atormentados. Si he leído una obra maestra no me he enterado. Tal vez Nova Swing , que se desarrolla en el mismo universo, resulte más interesante, al menos dicen que es mucho más legible. ¿Quién sabe?, a lo mejor me animo.

martes, 22 de diciembre de 2015

"La casa de la muerte" de Sarah Pinborough

Portada de "La casa de la muerte" de Sarah PinboroughSi no hubiera sido por los buenos comentarios que ha recibido esta novela posiblemente nunca me habría fijado en ella. El resumen de la contraportada nos hace pensar en un libro más de epidemias y catástrofes pero para Sarah Pinborough la enfermedad, de la que apenas nos aporta datos, no es más que un pretexto para reunir a unos chicos que han perdido toda esperanza en un sanatorio donde pasarán sus últimos días. El sanatorio, con la sombra de la muerte cerniéndose sobre cada uno de sus residentes, se convierte en un microcosmos donde los muchachos han de enfrentarse tanto a lo bueno como a lo malo de la vida, de una manera prematura. Este reducido escenario funciona además como un amplificador de sus sentimientos; así el compañerismo, la rivalidad, la injusticia el amor, el sexo y la muerte son vividos por los protagonistas de La casa de la muerte con la intensidad de los que están condenados a morir. En El señor de las moscas de William Golding, libro mencionado por Pinborough en varios momentos de la novela, unos muchachos de buena educación van a parar a una isla tras un accidente aéreo y allí deben sobrevivir sin la ayuda de los adultos para acabar convirtiéndose en unos salvajes. Por el contrario, en La casa de la muerte, el protagonista se muestra mucho más indómito y hosco al comienzo de la novela que al final; se va transformando paulatinamente hasta llegar a ser una persona mucho más sensible y bondadosa al término del libro.

Escrita con gran sencillez, la historia transcurre sin grandes sorpresas ni golpes de efecto. Los personajes son verosímiles y están muy bien retratados hasta el punto de que mientras vamos pasando las páginas nos imaginamos que somos un adolescente más gracias a la habilidad de la autora para reflejar la psicología de los muchachos. Amamos con la misma pasión, nos obsesionamos con la opinión de los demás acerca de nosotros mismos y nos reímos con la misma intensidad por cosas intrascendentes. Después de libros como Southern Reach y Justicia Auxiliar pensaba que mi corazón se había encallecido definitivamente y que sería incapaz de sentir emoción alguna. Puede que sea por la proximidad de la navidad o porque me estoy haciendo mayor, lo cierto es que esta novelita juvenil ha conseguido conmoverme más que ninguna otra este año.

Puede que Pinborough haga un poco de trampa, ahorrándose muchas explicaciones, pero la historia de amor está narrada con tanta sensibilidad y ternura que consigue que nos olvidemos de todos los defectos. Eso sí, preparen los pañuelos antes de ponerse a leer el libro.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Estación once de Emily St. John Mandel

Portada de "Estación once" de Emily St. John Mandel Aunque pueda parecerlo no todas las historias post-apocalípticas son iguales. La carretera de Cormac McCarthy con su lirismo de la desolación y su énfasis en el mal inherente al ser humano es muy diferente a La tierra permanece de George R. Stewart, más centrada en la decadencia de la sociedad tras una catástrofe, aunque ambas obras comparten una visión pesimista de la humanidad. En Soy leyenda de Richard Matheson la humanidad se transforma en algo que desde nuestro punto de vista es repugnante y terrorífico. En El día de los trífidos de John Wyndham los protagonistas se afanan en sobrevivir en un medio hostil. Muerte de la hierba de John Christopher es una de las novelas más desesperanzadas y crueles con el género humano que se han escrito anticipándose décadas a Cormac McCarthy; el autor describe un mundo en el que no sobrevive el mejor, sino el más despiadado. Por no hablar de las novelas de Ballard con sus paisajes surrealistas y las involuciones psíquicas de sus personajes. Estos son sólo ejemplos de un subgénero que se ha puesto demasiado de moda en los últimos años, en parte debido a series de televisión, en parte a la profusión de zombis en todo tipo de medios y también al éxito de La carretera. Exceso que puede haber devaluado un género que tiene obras muy dignas.
 
Estación Once de Emily St. John Mandel nos cuenta las vidas de una serie personajes antes y después de que se produzca una pandemia que ha asolado el mundo: la gripe de Georgia. Ninguna de las historias que componen la novela destaca especialmente por su originalidad, precisamente la habilidad de la autora estriba en saber entrelazarlas adecuadamente para reforzar el argumento y avivar los momentos dramáticos de la narración. De manera que en este caso podría afirmarse que el todo supera a la suma de las partes.
 
Buena parte de la acción transcurre antes de que se produzca la catástrofe, y es que el pasado de los personajes tiene gran importancia en lo que ocurre en la novela. Un pasado, por otro lado, tan fantástico, con tantos y maravillosos artilugios que han dejado de funcionar: frigoríficos, aviones, móviles, ordenadores, etc., que para los nacidos después de la epidemia parece extraído de un cómic de ciencia-ficción. Y allí es donde se diferencia Estación Once de otras novelas apocalípticas en las que normalmente hay una crítica a los excesos de nuestra civilización, excesos que han alterado los ecosistemas, provocando inundaciones, sequías, virus, o cualquier tipo de catástrofe natural. Emily St. John Mandel, por el contrario, a través de las numerosas remembranzas de los personajes, parece realizar una exaltación de los logros de la humanidad.
 
El cómic titulado Estación Once, que uno de los protagonistas dibuja y escribe y con el que desahoga su soledad, tiene gran influencia sobre la trama. Muchas de las frases que dicen los personajes del cómic cobran posteriormente tras la epidemia un significado especial:
      "No estamos hechos para este mundo. Dejadnos volver a casa."
       "Los habitantes de Inframar siempre están esperando. Se pasan toda la vida a la espera de que sus vidas comiencen".
 
Quizás la autora fuerce en exceso la suspensión de la incredulidad del lector al hacernos creer que prácticamente todos los protagonistas de la novela, relacionados entre sí por el actor que hace de Rey Lear al comienzo del libro, no sólo sobreviven a la mortífera epidemia sino que terminan reencontrándose.
 
Finalmente me gustaría comentar un hecho curioso, no sé si casual o premeditado. Uno de los personajes principales se llama Arthur, lo cual no tiene nada de raro, lo llamativo es que su mejor amigo, que por cierto es homosexual, se llame Clark. Exacto, recuerda mucho al nombre de cierto escritor británico. Aún más llamativo es que la autora fuera galardonada por este libro con el premio Arthur C. Clarke.
 
Que nadie espere encontrar hordas de zombis desmembrándose ni escenas de voracidad antropofágica. Sin ser una obra maestra, Estación Once posee unos personajes con los que uno logra encariñarse, incluso los malvados son más bien dignos de lástima, una historia agradable de leer y con momentos de gran emoción, que yo recomiendo.

viernes, 27 de noviembre de 2015

A la deriva en el mar de las lluvias y otros relatos

A la deriva en el mar de las lluvias y otros relatos La publicación y traducción de relatos recientes de ciencia-ficción era algo que hacía falta en el mercado español desde hacía tiempo. Parece que en los últimos años se le ha querido poner remedio con diversas antologías que han ido apareciendo en el mercado como las de Terra Nova y ésta que nos ocupa. También gracias a la encomiable labor de Marcheto y de su blog Cuentos para Algernon hemos tenido la oportunidad de vislumbrar lo que se cuece en otros lugares.
Pero vayamos con los relatos que componen el libro y que han sido seleccionados por Mariano Villarreal.

La señora astronauta de Marte de Mary Robinette Kowal es un relato que me desconcierta. La historia se sitúa en una realidad alternativa en que se ha colonizado Marte en los años sesenta y se utilizan ordenadores que funcionan con tarjetas perforadas. Siempre he visto las ucronías como un juego de extrapolación cuyo fin último es analizar una época histórica, o la de entretener sin más. Sin embargo, Kowal parece servirse de ella con el único propósito de poder escribir la frase final con la que termina el relato. Toma elementos de aquí y de allá, un poco de Crónicas Marcianas, un poco de ucronía, un enfermo terminal... para escribir un relato que a mí me resulta artificial. La autora mezcla estos ingredientes de forma deliberada para lograr el tono nostálgico de la narración y arrancarnos unas lágrimas al final.

Algoritmos para el amor de Ken Liu es un inquietante relato en el que el autor se vale de unas muñecas inteligentes para hablar de la mente humana. La protagonista después de aplicar la lógica hasta sus últimas consecuencias llega a una conclusión aterradora. Relato correcto, con buenas ideas al que puede que le falte algo de chispa.

Frigonovia de Will McIntosh parte de una idea original y atrayente pero el autor no sabe dar con el tono del relato. En ocasiones, sobre todo en su parte final con todos esos pasajeros (me temo que deberéis leer el relato para entenderlo), parece más bien un vodevil y en cambio otras veces uno duda de que pretenda ser cómico. Además, la protagonista, ante un hecho tan insólito como ser reanimada, no parece sorprenderse demasiado.

Regreso a casa de Mike Resnick es un gran relato, el mejor de toda la selección según mi opinión. Es una historia muy bien concebida, en el que nada sobra y que logra conmover sin caer en sentimentalismos. Buena ciencia ficción que trata del abismo generacional en un futuro en el que los viajes espaciales son posibles. El autor además nos regala el esbozo de algunos de los extraños mundos a los que viaja el protagonista.

En La verdad de los hechos, la verdad del corazón Ted Chiang realiza un análisis de lo que supondría sustituir nuestra memoria por un registro de datos obtenido mediante una cámara personal y un software de búsqueda. La cuestión que se aborda es la de pasar de una memoria subjetiva, que vamos alterando con el tiempo a conveniencia de nuestra conciencia y que por lo tanto no es de fiar, por otra objetiva e invariable. El autor realiza un paralelismo entre este avance y lo que supuso en el pasado la llegada de la escritura a un pueblo que carecía de ella. Un interesante relato aunque su tono a veces discursivo lo hace algo denso.

Si fueras un dinosaurio, amor mío de Rachel Swirsky, es un curioso relato mezcla de inquietante poema infantil y denuncia social. Un relato cautivante a pesar de su brevedad.

La Amaryllis de Carrie Vaughn es un relato post-apocalíptico bien escrito y correcto que no creo que levante entusiasmos. Tiene cierto interés el futuro en el que se desarrolla la historia, aunque suena a ya visto y la trama que se narra es bastante anodina.

A la deriva en el mar de las lluvias de Ian Sales es el más extenso de los relatos. Cayendo en la parodia fácil podría decirse que es una extraña mezcla de CFH con algún EE que bien podría haber salido de una PIJ. Y es que el relato es un batiburrillo de siglas. Del autor puede decirse que además de instruido es generoso ya que no tiene inconveniente en compartir con los lectores sus extraordinarios conocimientos en aeronáutica y desde las primeras páginas nos demuestra que se sabe al dedillo el manejo de los diferentes Apolo. Con todo esto Sales logra que la lectura se convierta en una tarea bastante ardua, aunque, eso sí, muy instructiva. A pesar de todo, y gracias a que son sólo cincuenta páginas, merece la pena leerlo.

CFH : ciencia ficción hard
EE: elemento esotérico
PIJ: película de Indiana Jones

En conclusión una interesante selección que acaba sabiendo a poco. Espero que pronto lleguen más.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Sopor auxiliar

Justicia auxiliar de Ann Leckie    A pesar de los muchos premios recibidos comencé la lectura de Justicia auxiliar de Ann Leckie con muchos prejuicios. Todas las alarmas detectoras de peñazos saltaron cuando oí hablar por primera vez del libro y supe que se trataba de una space opera. Por si eso no fuera suficiente, resulta ser el primero de una trilogía y es que normalmente una cosa va unida a la otra. Debo decir que no soy precisamente un amante de la space opera, subgénero que tiendo a relacionar con la ciencia-ficción más arcaica, la que escribieron E.E. Smith, o Jack Williamson hace casi un siglo. Se trataba de literatura pulp enfocada al entretenimiento en la que se repetían los peores tópicos de la ciencia-ficción. Según dicen, desde hace algunos años la space opera ha sufrido una gran renovación y las obras actuales poseen mayor profundidad. Lo cierto es que lo que antes resultaba ser una lectura ligera sin otra pretensión que la de entretener ahora se ha convertido en una labor fatigosa en la que hay que estar dispuesto a enfrentarse a voluminosos tomos, trilogías o series interminables. Si no me he animado con lo que se considera una obra maestra de la literatura universal como Guerra y paz por su extensión, ¿cómo voy a hacerlo con La Estrella de Pandora de Peter F. Hamilton, o con Espacio revelación de Alastair Reynolds por poner dos ejemplos que además forman parte de una serie? En cualquier caso estoy dispuesto a enmendarme si alguien logra convencerme de que merecen la pena.
 
        Dicho esto, leí los primeros capítulos de Justicia auxiliar esforzándome lo más que pude en ver lo positivo. Sin perder el ánimo a pesar de lo poco que ayudaba la redundante prosa de la autora, fui dejando atrás soporíferos capítulos hasta que por fin la trama logra animarse. Antes he tenido que sufrir tediosos diálogos, con las protagonistas arqueando las cejas, frunciendo el ceño, esbozando sonrisas, corroborando o asintiendo mientras se atiborran de té. Sin embargo todo es un espejismo, tras unos pocos capítulos emocionantes la autora vuelve con sus aburridos y reiterativos dilemas y las insulsas costumbres del Radch (nombre del imperio en el que se desarrolla la novela). Aunque la historia ocurre en un futuro lejano con deslumbrantes naves espaciales, poderosas inteligencias artificiales y extraordinarios avances tecnológicos los personajes se comportan como si hubiéramos retrocedido a la época victoriana. Los numerosos mundos que han conquistado y todos los progresos alcanzados sólo han servido para que la gente continúe adorando a dioses a los que les sobran brazos (Amaat) y haya olvidado distinguir entre los diferentes sexos. Sí, porque el lenguaje de los Radchar no hace distinción de géneros, de manera que todo está narrado como si todos los personajes fueran femeninos. Parece un capricho de Leckie que no tiene mayor trascendencia en la obra.
 
        Uno de los pocos aciertos de la autora es haber concebido una protagonista compuesta por varios cuerpos humanos llamados auxiliares, los cuales forman una extraña y compleja entidad controlada por una inteligencia artificial. Estas inteligencias son las que gobiernan las naves espaciales y constituyen lo más destacado de la novela aunque pienso que la autora no las aprovecha lo suficiente. La historia está contada desde el punto de vista de una de estas entidades múltiples por lo que en algunos momentos se nos narran varios hechos simultáneos vistos a través de los ojos de sus diferentes auxiliares. Esto en manos de un escritor más competente daría un enorme juego narrativo. Lo que si le enseñaron en el Clarion (Ann Leckie se graduó en el Clarion como cualquier escritor de ciencia-ficción que se precie hoy en día), es a alternar capítulos que se desarrollan en periodos narrativos diferentes hasta converger en uno de los pocos clímax del libro. Por lo demás escribe sin imaginación (no hay un sólo símil o metáfora en todo el libro) y demuestra poseer una capacidad nula para la sugerencia. Podría pensarse que lo hace a propósito por ser quien es la protagonista, pero si la autora ha concebido a su heroína como una amante de la música (canta a todas horas) también la podría haber dotado de una mayor capacidad literaria y así habernos evitado una lectura tan monótona.
 
        Justicia auxiliar, a pesar de todos los galardones, parece escrita entre sorbos de té por la socia de honor del club de lectura de Jane Austen en Conshohocken (Pennsylvania).

viernes, 30 de octubre de 2015

Monos y algún que otro sapo


Portada de "Trece monos" de César MallorquíAntes de ponerme a escribir esta reseña he hecho algo que no debería hacer nunca ningún crítico, leer otras reseñas. Mira que me di prisa en comprar Trece monos de César Mallorquí, aún así se me adelantaron y a los pocos días de su publicación ya aparecieron los primeros comentarios en internet. Todos parecen estar de acuerdo en decir que sus relatos son clásicos, lo que no sé si es una manera eufemística de decir que es bueno pero está anticuado. Incluso algunos insinúan que sus futuros apenas se diferencian del presente y que no se tiene en cuenta la singularidad tecnológica (de momento presunta singularidad). En estos tiempos de presuntos estafadores, de presuntos estadistas y de presuntos reseñadores (que conste que lo digo por mí) hay que colocar siempre el adjetivo presunto delante de cualquier cosa que no esté demostrada. No conozco a César Mallorquí en persona, pero tengo la impresión de que lo que ocurra después de la presunta singularidad le interesa tanto como los ritos de apareamiento de los nematomorfos de la constelación de Abell 1835 IR1916. Por otro lado los mejores relatos de ciencia-ficción nunca han pretendido predecir el futuro. O si no que se lo pregunten a Robert Silverberg, a Fredric Brown, Stanley G. Weinbaum, Alfred Bester o a tantos otros.
 
César Mallorquí es un tipo sensato, que me cae bien, al que conozco sobre todo por los comentarios de su blog (no voy aquí a contar su vida y obra, para eso ya está el prolijo y exaltado prólogo de Juanma Santiago). Además he leído alguno de sus relatos más conocidos como El rebaño, La pared de hielo o Materia oscura. Son de lo mejor que se ha escrito y el último está entre mis favoritos.
 
La mayoría de los relatos que componen Trece monos son más humorísticos y menos ambiciosos que los antes mencionados y unos cuantos son claramente de relleno. Los más interesantes resultan ser también los más extensos. Así, El decimoquinto movimiento cuenta una historia muy sugerente con el ajedrez como fondo. Fiat Tenebrae es un gran relato que podría haber sido excepcional si no fuera por el final que a mi juicio le resta convicción. En muchos de los cuentos de Mallorquí, del que siempre he pensado que era un ateo convencido o por los menos un descreído de las religiones, aparece la figura del diablo (llevado al mayor protagonismo en otra de su novelas más conocidas, La catedral). Yo comprendo que Satanás estéticamente resulte más atractivo para el autor que Jesucristo o el Creador, pero creer en uno supone creer en el otro. También cabe destacar Naturaleza humana, con una intriga bien llevada y un final desesperanzador. La isla del cartógrafo es una bella historia de amor, Virus es un relato muy breve e ingenioso, Cuento de Verano es hilarante, sin embargo Todos los pequeños pecados me parece un poco sensiblero. El resto lo componen relatos navideños previamente publicados en su blog, que aún siendo entretenidos no parecen dignos de una antología como ésta. Da la impresión de que encargaron el libro a Mallorquí y el autor utilizó lo que tenía más a mano. Siento decirlo pero Trece Monos es una antología muy irregular, una pena porque pienso que César Mallorquí es un gran escritor de relatos al que se le puede exigir más.

jueves, 15 de octubre de 2015

El peso de la experiencia

Portada de "El peso del corazón" de Rosa Montero Siempre es de agradecer que una autora tan conocida y respetada como Rosa Montero se atreva con la ciencia-ficción. No me imagino ni por asomo a Javier Marías o a Antonio Muñoz Molina haciendo lo mismo. Cabe destacar el desparpajo y la seguridad con los que la escritora madrileña escribe sobre androides, ascensores espaciales, teleportación o mutantes y es que parece haber disfrutado de lo lindo escribiendo El Peso del corazón. La novela se lee de un tirón, posee una trama policiaca con mucha acción, personajes con cierto interés, pero le falta reflexión. Es un poco como una película de Hollywood llena de fuegos de artificio, un Macguffin (en este caso un diamante), un poco de amor, un poco de ambientación post-apocalíptica y con la consabida mascota para dotarla de humor y de ternura. Eso sí en Hollywood eliminarían bastante sexo.

Rosa Montero tiene oficio y eso se nota, sobre todo para alguien como yo que está acostumbrado a leer dudosas traducciones. Sus frases están bien construidas y muchas de ellas son brillantes, conoce la lengua que maneja a la perfección y cuando quiere sabe hacerte vibrar o conmoverte. Aún y todo algo falla. No sé si se debe a que la trama es algo simplona, o a que los personajes no me interesan demasiado, lo cierto es que no logra cautivarme hasta el punto de no poder parar de leer. Tengo la impresión de que le falta originalidad, es como si algunas partes que componen la novela ya las hubiéramos visto antes en una película o en otro libro. Y eso que en el libro se tratan temas importantes como la memoria y la personalidad o de lo efímera que es la vida. Lo que ocurre es que repetir no es lo mismo que profundizar.

Me ha llamado también la atención los nombres dados a sus personajes, empezando por el de la protagonista: Bruna Husky, digno de un videojuego, pasando por Marlagorka y Berrocalino por mencionar algunos. Estos últimos darían para un sainete.

En resumen una novela para pasar un rato entretenido, confío en que la autora siga haciendo incursiones en la ciencia-ficción y que la experiencia adquirida le permita crear una obra más relevante.