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martes, 16 de julio de 2024

"El largo mañana", de Leigh Brackett

        

Portada de "El largo mañana" de Leigh Brackett

El largo mañana de Leigh Brackett es uno de esos clásicos de la ciencia ficción que inexplicablemente había quedado sin publicar en nuestro país. Han tenido que pasar más de 60 años para que La Hermandad del Enmascarado, asociación especializada en literatura pulp y que edita la revista Barsoom, la haya rescatado para el público español. Este olvido llama aún más la atención si tenemos en cuenta que su autora, Leigh Brackett, era una conocida guionista de grandes películas de Howard Hawks como El sueño eterno,  Río Bravo o El Dorado. En los últimos años se han ido recuperando algunas obras escritas por mujeres como Marge Piercy (Mujer al borde del tiempo), Octavia Butler (La parábola del sembrador, La parábola de los talentos, Trilogía Xenogénesis), Joanna Russ (El hombre hembra) o por la más que conocida Ursula K. Leguin, sin embargo El largo mañana, quizás por tratarse de una novela en la que las mujeres no tienen un papel demasiado relevante ni pretende reivindicar el feminismo ha seguido relegada al olvido hasta ahora.

Y es una lástima, porque se trata de una novela que a pesar de los años transcurridos no ha quedado anticuada como otras más conocidas. Seguramente porque Brackett, al contrario de lo que en esa época hacían la mayoría de sus colegas, no pone a sus personajes al servicio de la trama, forman parte de la historia y no son un mero instrumento que se pliega a la conveniencia del autor. Cada uno tiene una personalidad definida que permite distinguirlo de los demás.  Son además de carne y hueso, lo que favorece que nos metamos en su piel y esto es algo que a mí me resulta fundamental como lector. Brackett crea además un escenario y un contexto social totalmente plausible lleno de detalles que lo hacen real.

La novela nos traslada a unos Estados Unidos en el que tras una guerra nuclear las grandes ciudades han quedado destruidas por completo. Años después la nación ha logrado en parte recuperarse, la gente se ha trasladado a los pueblos (las ciudades están prohibidas por miedo a que la historia vuelva a repetirse) donde llevan una vida modesta con lo que obtienen del campo y con lo que compran a los vendedores ambulantes. Se trata de una sociedad muy conservadora, que se rige por la Biblia y que reniega de la tecnología, que es considerada un instrumento del diablo. Len y Esau son dos adolescentes que viven en un apacible pueblo sometidos a la severa disciplina de sus padres, miembros como el resto de los habitantes de los nuevos menonitas. La abuela, que conoció el mundo antes del gran desastre, les habla chocheando en ocasiones de las maravillas que podían encontrarse en las antiguas ciudades. Los chicos además han oído  rumores sobre un lugar prohibido llamado Bartorstown que parece reunir todo lo malo del pasado. Como jóvenes que son, y por tanto con cierta querencia por hacer lo contrario de lo que les dicen los mayores, quieren averiguar más sobre cómo se vivía antes de que estallara la guerra. Asisten horrorizados al linchamiento de un hombre acusado de venir de Bartorstown y el hecho de ver con sus propios ojos lo que el fanatismo es capaz de hacer aviva aún más sus fuertes deseos de conocer que hay tras ese lugar llamado Bartorstown.

El largo mañana hace suyos elementos que casi de inmediato relacionamos con las películas clásicas del oeste. Sus páginas nos darán la ocasión de reencontrarnos con el viejo patriarca que rige los designios del pueblo, con las masas enfervorizadas que pretenden tomarse la justicia por su mano, con las extensas y fotogénicas llanuras del Lejano Oeste o con el fragor de los barcos de vapor que surcan los caudalosos ríos de Norteamérica. La disyuntiva que se plantea en la novela entre progreso e inmovilismo ha sido abordada también en algunas películas del género como en Río Rojo de Howard Hawks, en Dodge, ciudad sin ley de Michael Curtiz y en muchas otras en las que los ganaderos se oponen a la llegada del ferrocarril. En la novela de Brackett el enfrentamiento se produce en concreto entre quienes defienden la ciencia y los que se dejan arrastrar por el fanatismo religioso. Esto no quiere decir que la novela arremeta contra la religión, enseguida se hace evidente  que incluso los personajes que más condenan el fanatismo religioso van también a misa con asiduidad y se casan por la iglesia. Quizás sea en esto en lo que más se le notan los años a la novela, en la manera en que sus personajes se comportan, igual que lo harían los protagonistas de esas viejas películas.

Si bien el relato se postula a favor del progreso y de la ciencia, no lo hace sin mostrar también algunas reservas. Se trata de dudas que la autora pone en boca de su personaje principal, Len, un chico en extremo reflexivo que antes de tomar una decisión importante tiene que rumiarla durante días. Cuando comprende lo que implica el progreso y ve la capacidad de destrucción que tiene la ciencia queda espantado y surgen las dudas. La guerra fría y el miedo a  la guerra nuclear estaban muy presentes en los años en los que se publicó la novela. Por desgracia  este peligro sigue presente hoy en día, no parece que a lo largo de estos sesenta años hayamos progresado mucho en este sentido.

Llama también la atención que, al contrario de lo que suelen reclamar la gran mayoría de aficionados a la ciencia ficción, la novela avance sin excesiva prisa, una consecuencia de lo que he mencionado antes, el tiempo que se toma en caracterizar a los personajes, en mostrar sus motivaciones y también en construir el contexto. Sin duda es una obra más literaria de lo esperado pero a la traducción le ha faltado alguna que otra revisión para poder disfrutar de ello.

¿Qué más puedo decir? Recomendarla sin duda. El largo mañana es una novela de crecimiento, un western y además ciencia ficción. ¿Qué más se puede pedir?

El libro que contiene esta novela y que han titulado Después del fin contiene otro relato postapocalíptico, La ciudadela de las edades perdidas, más cercano a lo que solía escribir Brackett, más aventurero, más pulp pero también con menos  interés.

miércoles, 15 de marzo de 2023

“Mecanoscrito del segundo origen” de Manuel de Pedrolo

Portada de  “Mecanoscrito del segundo origen” de Manuel de Pedrolo

Publicado por primera vez en 1974 en catalán, Mecanoscrito del segundo origen, de Manuel de Pedrolo, se ha convertido en todo un clásico de la ciencia ficción. Se trata de una novela muy conocida sobre todo en Cataluña, donde se ha utilizado incluso como libro de lectura en algunas escuelas. La edición en castellano se produjo diez años después y desde entonces se ha venido reeditando periódicamente, lo que demuestra que se trata de una historia que después de décadas todavía sigue atrayendo a los lectores. La novela goza de gran aceptación entre los jóvenes, aunque su autor no la escribió específicamente para un público de estas edades. No es difícil de entender, teniendo en cuenta que narra con una sencillez impresionante la historia de dos jóvenes, chica y chico, que de la noche a la mañana parecen haberse convertido en los únicos supervivientes del mundo.

El arranque de la novela es de los que no se olvida. Unos muchachos arrojan a otro niño a una alberca sólo porque no les gusta el color de su piel. Alba, que es testigo de la agresión, se lanza sin pensárselo al agua para salvarlo justo a tiempo de ver unos platillos volantes en el cielo. Cuando sale de la alberca arrastrando consigo al niño, aún tiene tiempo de ver desaparecer en el horizonte los extraños aparatos. Poco después los chicos, Alba y Dídac, salvadora y rescatado, descubrirán que en los alrededores todos están muertos (incluso los dos niños que tiraron a Dídac al agua), que el pueblo ha quedado convertido en escombros y que sus padres han sucumbido bajo ellos. Alba tiene catorce años, Dídac sólo nueve, y ambos han sobrevivido al ataque extraterrestre por un hecho completamente fortuito, por encontrarse bajo el agua en el preciso momento en que se produjo el ataque. Una buena pero también una mala acción les ha salvado.

El texto está dividido en párrafos numerados que comienzan siempre con la conjunción «y» lo que da a la narración un aire de cuento y a la vez de redacción infantil. Esto último tiene su razón de ser por ser quien es el narrador. El hecho de que los párrafos estén numerados nos  hacer pensar en los textos bíblicos pero el tono sin complicaciones y directo de la novela tiene muy poco que ver con el hiperbólico, elegíaco o arengador que adopta la Biblia. Pedrolo despoja a la novela de todo adorno y deja la trama prácticamente al desnudo. No se detiene demasiado en lo que no está interesado en contar y desde el principio sitúa a los dos personajes principales, niños aún, en un mundo en el que deberán arreglárselas sin la ayuda de nadie, que es en definitiva lo que el autor quiere narrar. Por tanto, para ahorrarse descripciones innecesarias, hace que la destrucción se deba al ataque de los típicos platillos volantes que están en el imaginario de todo el mundo (sobre todo de los años 70). Como se puede apreciar no se trata de un inicio con grandes pretensiones de verosimilitud. A partir de entonces Pedrolo se toma más en serio conseguir que lo que Alba y Dídac hacen para salir adelante resulte más creíble.

De los dos personajes que protagonizan la novela, la que llama más la atención es Alba. Sorprende cómo asume desde el principio su papel de madre y luego de compañera, de esposa o cómo se quiera llamar. Su falta de prejuicios, su decisión de hacer lo imposible para que la humanidad no se extinga en alguien tan joven es loable a la vez que extraña y perturbadora. Lo tiene muy claro y en ningún momento parece cuestionarse lo que deberá hacer para cumplir la misión que se ha impuesto. Tendrá que ejercer de madre de quien en el futuro será su amante y el padre de sus hijos. Pedrolo lo cuenta todo sin darle demasiada importancia y los dos personajes aceptan este doble papel con pasmosa naturalidad. Sólo hay un momento en el que Alba parece reconocer lo anómalo de su situación. No obstante se hace cargo de que en una situación inusual como la suya deben buscarse soluciones que también lo son. Es sin saberlo una auténtica pragmática.

Alba, al tener unos años más que Dídac, ejercerá también de maestra. Responder a todo lo que él le pregunta, lo considerará parte de sus funciones y lo hará sin titubear por incómodas que resulten las cuestiones y siempre con la máxima claridad. El mundo que crearán será uno en el que no haya convencionalismos sociales ni prejuicios. No es algo que se hayan propuesto hacer, es algo que surge de manera espontánea e inocente. En cualquier caso hay que recordar que la novela fue escrita en los años setenta y el movimiento hippie seguía presente. Tal vez sea ésta la razón de que Pedrolo recalque, en demasiadas ocasiones quizás, la desinhibición que muestran los chicos ante la desnudez o a la hora de hablar de sexo.

Por decisión de Alba se embarcarán en otro gran proyecto, el de atesorar todos los libros que encuentren. Al principio lo hacen pensando en su propio beneficio, con el fin de tener a mano textos que puedan servirles de utilidad en su supervivencia, libros de medicina, de mecánica o de otras competencias. Porque a pesar de su juventud Alba mira siempre un poco más allá. Se cree con el deber de salvar la humanidad y eso supone también poner a salvo uno de sus mayores valores como es el conocimiento. Dídac en cambio no siente esa responsabilidad por lo que es menos cauto y de los dos es el que propone las empresas más arriesgadas, que muchas veces Alba termina por quitarle de la cabeza.

Al igual que en otras novelas similares como La muerte de la hierba (1956) de John Christopher o Los genocidas (1965) de Thomas M. Dish,  Mecanoscrito del segundo origen narra con detalle las vicisitudes y las soluciones que ponen en práctica un grupo de personas para sobrevivir a una catástrofe. Alba y Dírac deberán esforzarse, saber sobreponerse a los fracasos y utilizar su ingenio para poder salir adelante. Lo que no veremos como en otros libros es un deterioro o un desgaste en la relación entre sus protagonistas, más bien al contrario la convivencia entre Alba y Dídac se antoja a veces incluso demasiado idílica.

Resulta curioso el atractivo que tienen los paisajes apocalípticos, ¿a cuántos no nos gustaría asomarnos por un rato a esos mundos en descomposición? Poder entrar en esos supermercados abandonados y aprovisionarnos de lo que queramos o recorrer el mundo sin toparnos con molestos turistas haciendo fotos por doquier. Esa es, supongo, la razón de que existan tantos videojuegos que se desarrollan en ambientes postapocalípticos. Si no recuerdo mal antes de que estallara la guerra de Ucrania se llegaron a ofrecer tours ilegales por la chernóbil radiactiva para que los guiris de turno pudieran pisar con sus propios pies un territorio asolado.

Mecanoscrito del segundo origen es una novela que se lee de un tirón, con unos personajes entrañables y con los que es fácil identificarse, clásica en su desarrollo, controvertida al mismo tiempo que ingenua, no hay duda de que se trata de un libro muy recomendable para lectores de todas las edades.

viernes, 31 de julio de 2020

Cuento:"Apocalipsis chorra"

No acaba de mejorar este año. Lo comenzamos asomándonos a uno de esos apocalipsis que tantas veces habíamos visto en el cine o en televisión. Nos dimos cuenta de que éramos más vulnerables de lo que creíamos y reflexionamos sobre nuestra posición en el mundo: comprendimos que la naturaleza no es algo que está a nuestra merced, algo capaz de soportar todo los agravios que le infligimos. Al principio fueron muchos los que pensaron que la pandemia nos haría mejores. El dolor y el miedo pareció unirnos. Aplaudíamos con emoción todas las tardes a los sanitarios creando un sentimiento único de concordia, un vínculo humano entre todos nunca visto antes. Aún parecía haber esperanza para el ser humano. Por desgracia seguimos siendo los mismos de siempre.

Hace algunos años, antes de que todo esto ocurriera, escribí un cuento en el que imaginé un apocalipsis muy distinto. Pensé en publicarlo en el blog en plena pandemia, sin embargo, con las cifras diarias de muertes no me pareció oportuno hacer bromas. Ahora que se han calmado un poco las cosas y que ha llegado el verano me parece una buena manera de despedir el blog hasta septiembre. Espero que os guste.








APOCALIPSIS CHORRA
por Carlos Morgenroth


El café del desayuno fue el primer indicio de que las cosas habían dejado de ser como eran. Un sólo sorbo, que escupí de inmediato, me bastó para tirar el resto por el fregadero. Supuse que el café se había echado a perder en la lata en la que lo guardaba y me hice otro sin detenerme a pensar en otra posible causa. El primer trago acabó de la misma manera, convertido en una masa de espumarajos flotando sobre los residuos previos. Achaqué el mal sabor al agua y decidí no darle más vueltas. Sin el café mi mente no estaba para hacerse demasiadas preguntas y menos para contestarlas. No perdí la esperanza de poder darme el chute de cafeína que reclamaba mi organismo y decidí probar en el bar que había debajo de casa. Tampoco logré bebérmelo, sabía, ¿por qué andarse con rodeos?, a mierda. Al depositar la taza con el repugnante brebaje sobre la barra advertí que a todo lo largo había más tazas de café sin terminar. Pregunté al camarero y me respondió con un encogimiento de hombros. A partir de allí el día se fue haciendo momento a momento cada vez más extraño.

El jefe de la empresa donde trabajaba, siempre tan enérgico y gruñón, se mostró apático toda la jornada, parecía desentenderse de todo, como si el negocio hubiera dejado de ser suyo. En cambio el encargado, que suele aprovechar cualquier circunstancia para escaquearse, no cesó de ir de un lado a otro y de apremiar a los trabajadores. Por increíble que pareciera se había convertido en el nuevo jefe. Yo mismo me sorprendí poniendo mucha más atención de la que suelo en efectuar mi trabajo. Eran muchos años en la nómina de la empresa sin recibir jamás un agradecimiento o una felicitación. Esa falta de consideración, por otro lado nada extraordinaria en este país, había acabado por mermar mi entusiasmo. Y ahí estaba yo ese día, esmerándome en hacer mi trabajo lo mejor posible.

Lo que estaba sucediendo era muy raro y se lo comenté a un compañero. Se mostró de acuerdo conmigo, pero ninguno de nosotros pudo encontrar una explicación a esta incomprensible inversión de papeles. Durante la comida se produjeron más escenas delirantes. El menú del día no fue del gusto de nadie. Lo más curioso es que nuestra mesa no era la única con problemas en -el repleto comedor (muy intelectual)-. El pollo, que otros días era lo primero en acabarse, era rechazado por todo el mundo. Hasta el camarero lo probó y no pudo tragarlo. Casi todos nos decidimos por las acelgas y por el hígado encebollado.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

"El alfabeto de fuego" de Ben Marcus

El alfabeto de fuego de Ben Marcus            Lo que en primera instancia me atrajo de El alfabeto de fuego (2012) fue su premisa inicial, la de que el lenguaje pudiera convertirse en una enfermedad mortal. Una idea que puede parecernos contradictoria viniendo de alguien que se gana el jornal mediante la palabra, pero quién mejor que un escritor para entender lo nocivas que pueden llegar a ser las palabras. Ya en su primera novela Notable American Women, que por cierto no ha sido traducida al castellano, Ben Marcus especulaba sobre el lenguaje.

            La novela arranca cuando el mal ya se ha extendido por Norteamérica, y Sam junto a su mujer, Claire, es obligado a abandonar su hogar. En un principio se desconoce el origen de la enfermedad y los desconcertados médicos renuncian a investigar algo que no logran comprender. El mal ataca sólo a los adultos y se manifiesta con unos síntomas muy variados y chocantes: vómitos, erupciones en la piel, entumecimiento de la boca, reducción facial y muerte. Marcus esboza al comienzo un escenario muy confuso: aunque los primeros casos se produjeron entre los judíos, finalmente la enfermedad acaba por afectar a todo el mundo. Lebov, un científico al que nadie da crédito, lleva alertando desde hace tiempo de que la causa del mal reside en el habla de los niños. Los hechos acaban por darle la razón y el malestar de los padres afectados queda agravado por la tortura que supone no poder acercarse a sus hijos. Así, en su huida, Sam y Claire deben abandonar a Esther, su hija adolescente y origen de sus males. Esther no es una hija complaciente y en lugar de compadecerse de sus padres y de callar para no empeorar su estado les hiere sin piedad alguna con su lengua punzante. Los mejores momentos de la novela se producen en estas disputas llenas de ironía y malaleche entre padre e hija.

            Un relato así carece de sentido si no tiene una intención metafórica, algo que la hermética prosa de Marcus parece confirmar  (uno tiene la sensación de que cada una de sus frases tiene un sentido oculto). El origen de la enfermedad y sobre todo los exabruptos de Esther, con los que literalmente lacera a sus padres, nos podrían hacer pensar que la novela es una reflexión sobre la dificultad para comunicarse con los hijos adolescentes, o una metáfora sobre la tiranía que estos ejercen sobre unos padres que buscan ante todo complacer a sus hijos. Sin embargo, la historia acaba complicándose con oscuros preceptos hebreos enviados por improbables cables subterráneos. Estos cables suponen uno de los elementos más controvertidos y decepcionantes de la novela. Sam y Claire disponen de una rudimentaria cabaña en el bosque que les fue adjudicada en el momento de casarse y a la que llega uno de estos cables. Para poder escuchar los sermones que transmiten los cables es necesario un perturbador dispositivo orgánico (todo en la novela resulta desagradable) que deben esconder cada vez que abandonan la cabaña. Este protagonismo de la religión judía además de inesperado me resulta decepcionante. No me interpreten mal, no tengo nada contra los judíos ni tampoco contra su religión en particular (un ateo como yo reparte su antipatía a todas las religiones por igual), pero se trata de un factor que no hace otra cosa que reducir el alcance del mensaje, que pasa de universal a estar dirigido exclusivamente a los que profesan esta religión, entre los que yo no me encuentro.

            Apenas se nos dice nada de los protagonistas en El alfabeto de fuego; por no saber, no sabemos ni cómo se ganaban la vida antes de la epidemia. Cuando la enfermedad es un hecho incuestionable Sam se dedica de una manera compulsiva y sin ningún criterio a buscar antídotos o remedios que luego ensaya con su mujer. Pero a pesar de sus intentos por encontrar una cura nada nos hace pensar que en su vida anterior haya sido médico o científico. Su método es el ensayo y error. Más adelante cuando busca un lenguaje que no resulte tóxico vuelve a utilizar el mismo sistema. Quizás se trate de una metáfora más, quién sabe, puede que de la misma vida. Por cierto, Marcus dedica demasiadas páginas a pormenorizar estas aburridas y arbitrarias tentativas.
 
            Hay algo en esta novela que me recuerda a Chronic City de Jonathan Lethem. La temática es muy diferente, pero en ambas tuve la misma sensación de estupor, de no saber por dónde agarrarla. En ambas se fuerza la credulidad del lector hasta cotas extremas y en ambas se producen momentos literarios brillantes que muy pocos autores logran suscitar. Puede que el problema de ambas estribe en forzar una metáfora precisa, de exprimirla en exceso queriendo sacar más oro del razonable.
 
            El alfabeto de fuego es una novela apocalíptica completamente atípica. Al contrario de lo que suele suceder en este tipo de relatos, la supervivencia pasa a un segundo lugar; lo que se evidencia desde el comienzo es la dificultad de sus protagonistas para comunicarse entre sí. Un libro que te hace sentir incómodo cuando lo lees, cuyas propuestas desconciertan la mayoría de las veces, con una idea central fascinante pero que no acaba de cuajar. Quiere abarcar demasiados temas (religión, lenguaje, relaciones familiares, culpa, etc..) y se queda tan sólo en un original experimento. 
            Con todos sus fallos, ojalá se escribieran más libros que demostraran el mismo atrevimiento que éste.

domingo, 27 de noviembre de 2016

"Apocalipsis suave" de Will McIntosh

Apocalipsis suave de Will McIntosh            Conocía a Will McIntosh por su relato Frigonovia publicado en España en la antología editada por Mariano Villarreal A la deriva en el mar de las lluvias y otros relatos, ya reseñada en este blog. Un relato con una idea muy original a la que el autor no logra sacar todo el partido,  aún así con el suficiente interés como para querer leer algo más de este autor neoyorquino. La oportunidad ha llegado con esta obra publicada por Gigamesh, una editorial que con el derrumbe de la Factoría de Ideas parece haber salido de su estado de semi letargo lanzando en unos pocos meses más libros que en el último lustro. El título Apocalipsis suave no deja lugar a dudas de que se trata de una novela apocalíptica, la única diferencia con respecto a otras obras, y que llamó mi atención, es que en este caso la causa no se debe a un cataclismo, la Tierra no colisiona contra un asteroide, ni se desata una guerra atómica, ni tampoco se propaga un virus mortal, la causa es más compleja y actúa mucho más lentamente, aunque con la misma crueldad. La originalidad de McIntosh consiste en imaginar un futuro en el que la crisis económica mundial  ha terminado por enquistarse sin que los diferentes gobiernos puedan ponerle remedio. Las consecuencias sobre la población con menos recursos se van agravando paulatinamente y con los años terminan por afectar a todos, de ahí el título: Apocalipsis Suave. Una idea que a priori parece interesante.
 
            La novela me ha gustado y no me ha gustado. Esta contradicción totalmente incomprensible ha confirmado algo que me venía inquietando desde hace algún tiempo, que no soy una persona única y monolítica, que al igual que España es una nación de naciones, yo soy una persona de personas.
 
            La parte de mí, digamos que la más emocional y menos reflexiva, ha disfrutado sin ningún pudor con esta breve novela situada en un desolador futuro próximo. Y es que a mi yo de corazón impresionable le resulta muy fácil dejarse llevar por la prosa diáfana de McIntosh y sumergirse en las peripecias de su protagonista, Jasper, sufriendo cada desengaño, cada padecimiento y cada pérdida con la misma intensidad que el propio protagonista. Sin embargo, a este yo sensiblero y blandengue aún le queda la suficiente capacidad de raciocinio como para reconocer que Jasper es inmaduro y pueril. Aún y todo, se hace querer y está lleno de buenos sentimientos. Además, según la opinión de este yo, la novela está llena de acción y no aburre en ningún momento, con un final que, aunque esperado en este tipo de novelas, le resulta sobrecogedor y le arranca más de un lágrima.
 
            Mi lado más racional está en completo desacuerdo.  A éste la premisa inicial del relato de contar lo que podría suceder en el mundo en caso de continuar la crisis le parece interesante, pero cree que el autor termina por traicionarla. De esta manera la historia acaba convirtiéndose en una novela apocalíptica más, con las habituales bandas de asaltantes, robos en supermercados, virus letales y gente capaz de hacer lo que sea, por terrible que pueda parecer, con tal de sobrevivir. Mi lado más cerebral, y por lo tanto más cenizo, es incapaz de disculpar el cúmulo de casualidades en las que se apoya la trama. Jasper parece tener el don, no sé si afortunado, de congregar a todas sus ex, y es que llegando al final de la novela, en uno de los momentos de mayor tensión, todas terminan a su lado. Sin embargo, este otro y frío yo no es del todo inmune a las emociones y reconoce que el autor, a pesar de la poca verosimilitud de la situación, sabe manejarla con solvencia y logra momentos de intenso dramatismo.
 
            Dentro de mí surgen más voces que no quieren ser menos y que también desean ser escuchadas en este blog. Voces a favor y en contra. Una, de sesgo ecologista, apoya las advertencias contra los desastres ambientales, por el contrario a otra voz le parece inverosímil y simplista todo lo que tiene que ver con el bambú modificado. Otro yo con aspiraciones literarias se burla del estilo ingenuo con el que la obra está escrita. Son muchas voces... No puedo seguir, antes he de poner orden a este lío y detener tanto afán de protagonismo. Tal vez un virus como los que proliferan en esta novela acabe con esta esquizofrenia y logre un reseñador más ecuánime. Tendréis que esperar a la próxima reseña para averiguarlo.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Estación once de Emily St. John Mandel

Portada de "Estación once" de Emily St. John Mandel Aunque pueda parecerlo no todas las historias post-apocalípticas son iguales. La carretera de Cormac McCarthy con su lirismo de la desolación y su énfasis en el mal inherente al ser humano es muy diferente a La tierra permanece de George R. Stewart, más centrada en la decadencia de la sociedad tras una catástrofe, aunque ambas obras comparten una visión pesimista de la humanidad. En Soy leyenda de Richard Matheson la humanidad se transforma en algo que desde nuestro punto de vista es repugnante y terrorífico. En El día de los trífidos de John Wyndham los protagonistas se afanan en sobrevivir en un medio hostil. Muerte de la hierba de John Christopher es una de las novelas más desesperanzadas y crueles con el género humano que se han escrito anticipándose décadas a Cormac McCarthy; el autor describe un mundo en el que no sobrevive el mejor, sino el más despiadado. Por no hablar de las novelas de Ballard con sus paisajes surrealistas y las involuciones psíquicas de sus personajes. Estos son sólo ejemplos de un subgénero que se ha puesto demasiado de moda en los últimos años, en parte debido a series de televisión, en parte a la profusión de zombis en todo tipo de medios y también al éxito de La carretera. Exceso que puede haber devaluado un género que tiene obras muy dignas.
 
Estación Once de Emily St. John Mandel nos cuenta las vidas de una serie personajes antes y después de que se produzca una pandemia que ha asolado el mundo: la gripe de Georgia. Ninguna de las historias que componen la novela destaca especialmente por su originalidad, precisamente la habilidad de la autora estriba en saber entrelazarlas adecuadamente para reforzar el argumento y avivar los momentos dramáticos de la narración. De manera que en este caso podría afirmarse que el todo supera a la suma de las partes.
 
Buena parte de la acción transcurre antes de que se produzca la catástrofe, y es que el pasado de los personajes tiene gran importancia en lo que ocurre en la novela. Un pasado, por otro lado, tan fantástico, con tantos y maravillosos artilugios que han dejado de funcionar: frigoríficos, aviones, móviles, ordenadores, etc., que para los nacidos después de la epidemia parece extraído de un cómic de ciencia-ficción. Y allí es donde se diferencia Estación Once de otras novelas apocalípticas en las que normalmente hay una crítica a los excesos de nuestra civilización, excesos que han alterado los ecosistemas, provocando inundaciones, sequías, virus, o cualquier tipo de catástrofe natural. Emily St. John Mandel, por el contrario, a través de las numerosas remembranzas de los personajes, parece realizar una exaltación de los logros de la humanidad.
 
El cómic titulado Estación Once, que uno de los protagonistas dibuja y escribe y con el que desahoga su soledad, tiene gran influencia sobre la trama. Muchas de las frases que dicen los personajes del cómic cobran posteriormente tras la epidemia un significado especial:
      "No estamos hechos para este mundo. Dejadnos volver a casa."
       "Los habitantes de Inframar siempre están esperando. Se pasan toda la vida a la espera de que sus vidas comiencen".
 
Quizás la autora fuerce en exceso la suspensión de la incredulidad del lector al hacernos creer que prácticamente todos los protagonistas de la novela, relacionados entre sí por el actor que hace de Rey Lear al comienzo del libro, no sólo sobreviven a la mortífera epidemia sino que terminan reencontrándose.
 
Finalmente me gustaría comentar un hecho curioso, no sé si casual o premeditado. Uno de los personajes principales se llama Arthur, lo cual no tiene nada de raro, lo llamativo es que su mejor amigo, que por cierto es homosexual, se llame Clark. Exacto, recuerda mucho al nombre de cierto escritor británico. Aún más llamativo es que la autora fuera galardonada por este libro con el premio Arthur C. Clarke.
 
Que nadie espere encontrar hordas de zombis desmembrándose ni escenas de voracidad antropofágica. Sin ser una obra maestra, Estación Once posee unos personajes con los que uno logra encariñarse, incluso los malvados son más bien dignos de lástima, una historia agradable de leer y con momentos de gran emoción, que yo recomiendo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Una de zombis

Melanie de M.R. Carey Algo tienen las historias post-apocalípticas que a todos nos atraen y fascinan. En ese sentido Melanie de M.R. Carey no es diferente y cumple con las expectativas. Supongo que todos nos sentimos identificados con la lucha por la supervivencia en un mundo hostil, y en el que vivir se reduce a encontrar alimentos, agua y a que no te maten. Debe ser un residuo que ha quedado en nuestra mente de cuando éramos cazadores. El problema de este tipo de relatos, y aún más cuando se trata de zombis, es que es difícil contar algo que no se haya dicho antes. Los protagonistas de Melanie (no sé por qué le han cambiado el título del inglés: The girl with all the gifts, algo así como la chica con todos los dones) son tópicos y los hemos visto en miles de películas: la científica sin escrúpulos, el duro militar que al final resulta que tiene sentimientos, la protagonista que actúa llevada por la culpabilidad... Otra cosa es Melanie, ella sola es la que logra que el libro merezca la pena ser leído. Hay algo en esa niña adorable, dominada por algo más fuerte que ella, que me conmueve. Y es que todos somos un poco como Melanie, conscientes muchas veces de que hacemos cosas que no debemos y que, sin embargo, por mucho que luchemos contra nosotros mismos, no podemos evitar hacer.
 
La prosa de M. R. Carey es sencilla y cumple con su cometido, aunque a veces al autor se le cruzan los cables y escribe cosas como esta: "Los recuerdos despiertan en su mente y la inundan de irreales yuxtaposiciones. Casas en las que aspiró en su día vivir pasan fugazmente por delante de sus ojos, achaparradas y oscuras como viudas en un cementerio español, esperando pacientes la resurrección".
 
Las modas suelen causar en mí un fuerte rechazo, tan irrefrenable como el deseo de morder de los zombis del libro al ver a un humano sano. Supongo que por esta razón cuando vi en las librerías que la novelita trataba de zombis no sólo la deseché de inmediato, sino que la olvidé por completo. Sólo cuando supe que había sido finalista del Arthur C. Clarke Award me interesé por ella. Es entretenida y la he leído a gusto, pero dentro de unos años pocos se acordarán de ella.