
Charles Stross ha tomado lo peor de Heinlein: unos irritantes personajes que parecen estar siempre en posesión de la verdad y los ha introducido en una trama escrita con la confusión mental de un Philip K. Dick en su peor momento. No es que Charles Stross tenga nada que ver con Heinlein o Philip K. Dick, ya quisiera él. No sabe crear tensión ni dosificar la información para crear un clímax, los personajes no resultan interesantes y menos cuando son digitalizados. Su escritura es confusa hasta el punto de que en algunos momentos no se sabe quién habla o quién realiza una acción. Ahora comprendo que Christopher Priest diga que escribe como un cachorrillo de internet (internet puppy). Pero como el problema puede estar en mí, prometo que mi versión digitalizada futura lo intentará de nuevo si las langostas lo permiten.