La famosa frase del poeta francés Paul Elouard: «Hay otros mundos, pero están éste» debió de estar en la mente de muchos autores de ciencia ficción pertenecientes a lo que se llamó la New Wave pues muchos de ellos en lugar de mirar al espacio y a lejanos planetas optaron por escudriñar el alma humana y asomarse al mundo interior. Más tarde con la llegada del ciberpunk, que puso el punto de mira en el futuro próximo, este desinterés no sólo se prolongó sino que se acentuó. Así y todo incluso autores tan afines a la New Wave como pueden ser Aldiss, Silverberg o Delany escribieron novelas en las que los alienígenas jugaban un papel importante, algo que dudo hicieran Gibson o Sterling.
Sin embargo el deseo de especular con la posibilidad
de que existan seres muy diferentes a nosotros en otros mundos e imaginar el
aspecto que tendrían, cómo pensarían, si serían belicosos o pacíficos es algo
connatural a todo aficionado a la ciencia ficción. Por esta razón siguen
apareciendo libros y películas en los que se describe un primer contacto. Para
mí siempre es motivo de alegría cada vez que surge una novela de este tipo siempre
que el autor se tome en serio sus alienígenas. Estoy pensando principalmente en
seres inteligentes, no en gusanos gigantes como los de Dune. Hay que
reconocer que no es fácil, sobre todo si se quiere construir algo más que un
simple remedo de ser humano con orejas puntiagudas o de piel verde. Que se lo
digan a Asimov que tardó años en incluir extraterrestres en sus novelas, no lo
hizo hasta ya cumplidos los cincuenta en una de sus novelas más inusuales
dentro su extensa obra, Los propios dioses.
En Semiosis, su autora, Sue Burke, ha tratado
de hacer lo propio imaginando un organismo extraterrestre inteligente con la
particularidad de que en lugar de al reino animal pertenece al vegetal. El reto
es grande ya que su criatura es una planta incapaz de desplazarse y de
interaccionar con el medio como lo haría cualquier animal. Sin ojos y sin oídos
diríase que comunicarse con ella se antojaría imposible. Burke se ha basado en
estudios recientes que demuestran que las plantas se comunican entre sí
liberando un amplio abanico de sustancias
para crear un complejo ecosistema en el que éstas dominan sobre los
animales. El resultado es un relato apasionante que se desarrolla en un
escenario en el que las diferentes especies vegetales han llegado a un delicado
equilibrio en el que colaboran entre sí para no verse perjudicadas. En ese
intrincado sistema los animales cumplen también una función importante y
gracias a ellos las plantas pueden
superar algunos de sus impedimentos y prosperar más allá de sus limitaciones.
En este contexto un grupo de humanos que viene
huyendo de los desastres ecológicos y de los conflictos de la Tierra llega al
planeta con el fin de establecerse de manera permanente. Las plantas tal y como
hicieron con los animales autóctonos procurarán defenderse en caso de verse
amenazadas y se aprovecharán de lo que les puedan ofrecer. Los humanos por su
parte deberán comprender cómo funciona
la ecología de ese mundo si no quieren perecer por inanición o envenenados. Se
trata además de una comunidad pacifista decidida a no repetir los errores que
se cometieron en la Tierra y cuyo propósito es vivir en armonía con la
naturaleza. Ya el nombre que deciden dar al planeta, Pax, deja bien claro sus
intenciones. Evidentemente las cosas no resultarán fáciles. Además de los obstáculos
que les pone el ecosistema deberán contar con las disputas propias de toda
sociedad humana. Los choques acabarán por producirse, sobre todo entre las
diferentes generaciones, por lo que a pesar de sus buenos propósitos la
violencia terminará por surgir.
En la novela se cuenta cómo esta sociedad idealista
va prosperando a lo largo de varias generaciones y cómo se verán obligados a
enfrentarse a más de un dilema moral que chocará con sus convicciones. Sobre
todo cuando hace aparición una tercera especie inteligente en la que algunos de
sus miembros no están dispuestos a convivir con los terrestres. El libro está
dividido en siete capítulos y cada uno de ellos está dedicado a un personaje de
una generación diferente. La mayoría de ellos pueden considerarse narraciones
perfectamente terminadas con lo que el libro es una especie de fix-up de
relatos que suceden en Pax y que son contados en orden cronológico. Pero además,
por la profundidad y el esfuerzo que la autora les dedica, Semiosis es
también una novela de personajes Entre todos ellos cabe destacar la entidad vegetal
a la que Burke quiere dotar de una personalidad singular, cosa que por
desgracia logra solo en parte. Lo borda con los personajes humanos pero con el
alienígena al que llaman Stevland comete el error de hacerlo demasiado humano
desde mi punto de vista. La primera parte del libro, cuando intentan
comunicarse con él y establecer un acuerdo de colaboración, resulta fascinante
pero en cuanto la autora le da voz el misterio en que venía envuelto el
personaje se esfuma y se convierte en uno más de la colonia. Deja de ser un
alienígena con su propia idiosincrasia, lo único que lo distingue de los
humanos es su capacidad de comunicarse con otras plantas y de influir en ellas
liberando sustancias químicas. Es uno de los pocos fallos que le veo a esta
novela que por otro lado me ha parecido inteligente y
emocionante de comienzo a fin.
Empecé esta reseña citando a Paul Elouard para
explicar que muchos escritores desestimaron la ciencia ficción que miraba al
espacio exterior porque no se ocupaba del mundo interior. Semiosis es
una prueba palpable de que es perfectamente posible mirar más allá de nuestro
sistema solar al tiempo que se explora la mente humana.