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lunes, 22 de noviembre de 2021

“Piranesi” de Susanna Clarke

Portada de “Piranesi” de Susanna Clarke

Aunque nos cueste creerlo han transcurrido ya dieciséis años desde la publicación de Jonathan Strange y el Sr. Norrell, la novela que supuso el debut de Susanna Clarke y con la que cosechó un rotundo éxito de público y crítica. Dos años después la autora reaparecería con un libro de relatos que en España se tituló Las damas de Grace Adieu pero después, nada. El tiempo no paraba de arrancar hojas del calendario y de la autora apenas llegaban noticias. Era como si hubiera desaparecido del mundo tal y como le sucede al protagonista de su reciente libro,  Piranesi. Este alejamiento de la escritora británica no fue voluntario sino que se debe a una rara enfermedad, fatiga crónica, que la ha tenido recluida en su casa de campo en Derbyshire y le ha impedido emprender grandes proyectos literarios. La expectación ante su nuevo libro era por consiguiente enorme, lo que muchas veces deriva en decepción. No es el caso, la novela no sólo no decepciona sino que su lectura ha resultado ser todo un placer.

La novela se muestra en un principio como un enigma, un enigma que se manifiesta a través de dos piezas fundamentales como son su protagonista y el escenario en que se desarrolla. ¿Quién es ese hombre que vive en ese edificio enorme? ¿Cómo ha llegado allí? ¿Por qué está solo? ¿Y qué decir del escenario, de esa construcción de infinitas salas, algunas de proporciones enormes, atestadas de arcos, de escaleras, de bóvedas y de hileras de estatuas que nunca se repiten? El edificio posee tres niveles, el inferior expuesto a las fuertes mareas del océano, el segundo más habitable y un nivel superior, que en ocasiones es engullido por las nubes.

Empecemos por el título de la novela. Piranesi hace referencia a Giovanni Battista Piranesi, un arquitecto del siglo XVIII conocido sobre todo por los grabados que hizo de edificios reales e inventados. En particular llaman la atención sus laberínticas cárceles que sirvieron de inspiración a muchos escritores. Entre otros a Borges, que lo llega incluso a mencionar en uno de sus relatos titulado There are more things, que escribió como homenaje a Lovecraft. No es sorprendente que esas arquitecturas enrevesadas dignas de la peor pesadilla impresionaran a tantos, sin embargo el edificio que nos describe Clarke no resulta ni la mitad de inquietante que los dibujos del artista italiano, al menos esa es mi percepción. Sus mármoles claros y grises, sus proporciones, su complejidad, su vastedad pueden abrumar pero no son siniestros ni provocan terror. A su protagonista tampoco se lo parece hasta el punto de decir lo siguiente de ella:

«La hermosura de la Casa es inconmensurable; su bondad, infinita».

Este hombre, una especie de Robinson Crusoe que se alimenta de lo que pesca y de algas que recoge en el nivel inferior, se dedica a registrar en un diario cada detalle de la casa con una cronología muy peculiar. Con la misma escrupulosidad anota en un catálogo la posición, tamaño y motivo de cada una de las innumerables estatuas que encuentra en sus exploraciones. Se considera a sí mismo un científico y un explorador completamente entregado al estudio de la Casa (siempre se refiere a ella en mayúsculas), para él no hay nada más:

«Fuera de la Casa no hay más que los Cuerpos Celestes: el Sol, la Luna y las Estrellas».

Sin embargo, no está solo. Hay otra persona en la Casa, el Otro, con el que mantiene periódicamente conversaciones y que desaparece en cuanto terminan de hablar. Precisamente es el Otro, el que por sus profundos conocimientos de la casa le ha apodado «Piranesi». En cada uno de estos breves encuentros «Piranesi» se fija en cómo va vestido y sorprende la atención que le dedica sobre todo teniendo en cuenta que él no lleva más que unos harapos. «Piranesi» es un personaje que por su inocencia, por su falta de maldad y por el amor que demuestra a la Casa y a todo lo que ésta contiene se hace querer enseguida. A pesar de lo poco que posee, nunca se queja y sabe apreciar las cosas que se le ofrecen. Es un hombre que disfruta de lo que tiene a su alcance: los pájaros, la casa, la luna, las estatuas... Sobre estas últimas llega a preguntar:

« ¿Las Estatuas existen puesto que representan las  Ideas y el Conocimiento que fluyeron del otro Mundo?»

Idea que nos remite directamente a Platón. Estamos ante un protagonista muy diferente al que estamos acostumbrados a ver en la ficción actual, sobre todo televisiva, personajes muchas veces descreídos, desesperanzados por algo sucedido en el pasado, con grandes dosis de cinismo y con los que cuesta identificarse.

En cuanto a la trama, una vez resuelto el enigma, podría resumirse en pocas líneas, lo que demuestra la importancia que tiene el cómo a la hora de contar una historia. Piranesi nos guía por su mundo, el único que existe para él, y a través de sus ojos y de su mirada cándida vamos  descubriendo en qué consiste. Es cierto que la intriga se nutre de los elementos habituales de los relatos de misterio como la amnesia, hojas arrancadas de un diario o mensajes semi borrados, pero el tablero de juego que propone Clarke es tan fascinante y placentero que le seguimos el juego encantados. Y es que el laberinto que crea la autora acaba por atraparte, sus imágenes grandiosas, casi míticas dejan profunda huella en la memoria. Pero quien mejor lo explica es uno de los propios personajes del libro que se refiere al laberinto en estos términos:

«Era una imagen de grandeza cósmica, supongo, un símbolo de la mezcla de gloria y horror que supone la existencia, de la que nadie escapa con vida».

¿Qué puedo yo añadir a esto?

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