Mi idea inicial era reseñar las novelas que integran
la trilogía La estirpe de Lilith, de Octavia Butler, por separado y
hacer una pausa entre cada lectura, sin embargo, cuando terminé la primera vi
que aquello más que un final era un principio y no pude evitar ponerme a leer
la siguiente. Las tres partes tienen muchos elementos en común, se podría considerar que son variaciones sobre un mismo
tema, la dificultad del ser humano en aceptar a los que son diferentes. Me
apresuro a aclarar que el libro no es sólo eso, hay mucho más pero digamos que
es el tema principal que vertebra la trama.
Para entender lo que sucede en el libro es
conveniente conocer antes algunos detalles de la biología oankali, los alienígenas
que ha concebido Butler para contar su historia. Entre sus muchas
peculiaridades cabe destacar que poseen tres sexos, masculino, femenino y
ooloi. Este último juega un papel decisivo en la reproducción oankali ya que se
ocupa de escoger el ADN de los hijos. Su
cuerpo es en realidad un prodigioso laboratorio que le permite explorar los
cuerpos de otros individuos, humanos u oankali, e incluso subsanar cualquier
deficiencia detectada. Esto es posible gracias a unos perturbadores tentáculos
semejantes a serpientes que cubren gran parte de su cuerpo (también los machos
y las hembras lo poseen aunque con menos funcionalidades) algo que los
convierte en tremendamente desagradables a los ojos humanos. Los tentáculos
resultan imprescindibles para comunicarse entre ellos y con el entorno, en este
sentido proporcionan un sentido extra que complementa a los otros cinco, lo que
hace que la percepción que tienen del mundo sea mucho más compleja y
pormenorizada que la de los humanos.
En Amanecer, primera parte de la trilogía,
Lilith, una de las pocas personas que ha sobrevivido a la guerra mundial que ha
destruido la Tierra, es despertada tras años de hibernación por los oankali. La
han elegido para hacer de intermediaria entre los humanos y los
extraterrestres. Su deber consistirá en persuadir a los demás supervivientes
rescatados por los oankali para repoblar la Tierra.
El segundo libro, Ritos de madurez, tiene
como protagonista a Aki, al primer niño construido, híbrido de humanos y de
oankali. Antes de alcanzar la maduración es secuestrado por un grupo de
rebeldes humanos que se niegan a confraternizar con los oankali. Su aspecto por
completo de niño humano, en un mundo en el que los humanos no pueden procrear
si no forman parte de una familia oankali, lo hace muy valioso. Tras una
estancia prolongada con los rebeldes, Aki acaba por comprender la enorme
frustración que sienten los humanos.
En el tercer libro de la trilogía, Imago,
surge el primer ooloi construido, un súper ooloi capaz incluso de modificar su
cuerpo no siempre a voluntad. A pesar del inmenso poder del que dispone
necesita de los seres humanos para sobrevivir.
Butler se ha especializado en inventar vínculos
sentimentales complejos entre extraterrestres y seres humanos. Ya lo hizo en el
conocido relato Hijo de sangre, y en los tres libros que componen La
estirpe de Lilith vuelve a presentarnos una relación igual de ambivalente,
aunque en esta ocasión lo hace de una forma menos cruda. Diríase que es una
constante en la obra de Butler, porque en su excelente novela sobre la
esclavitud, Parentesco, aborda una vez más el tema presentándonos una
relación de amor y odio, en este caso entre amo y esclava.
Los oankali viajan a lo largo y ancho del universo,
de planeta en planeta recopilando información genética de otras especies que
utilizan para mejorarse. Han alcanzado un avanzado estado de desarrollo sin el
uso de máquinas, sólo a través de la manipulación genética y la hibridación con
otras especies. Modelan la naturaleza a su gusto adaptándola a sus necesidades
para que les proporcione alimentos y refugio. Sus hogares, sus naves y los
medios de transporte que utilizan son organismos vivos. No sufren pobreza, no
existen clases sociales ni por tanto explotación social, y su manera de
comunicarse a través de los tentáculos hace imposible el engaño. Las únicas
tensiones se producen al alcanzar la madurez sexual, cuando llega el momento de
buscar una pareja y fundar una familia formada por tres miembros. Los oankali
han conseguido construir una sociedad pacífica y siempre en evolución, en pocas
palabras: una utopía. Como detalle curioso me gustaría comentar que carecen de algo tan valioso para
nosotros y que consideramos una muestra de nuestra inteligencia y de nuestra
superioridad como es el arte en todas sus disciplinas, literatura, pintura, música
arquitectura, etc.
Desde el principio hay algo que los oankali tienen
muy claro: la raza humana no tiene futuro por sí sola. Y, según ellos, no lo
tiene debido a dos factores: a su inteligencia y a su comportamiento jerárquico.
Es algo que han constatado tras leer nuestro ADN, la humanidad está condenada
de manera irremediable a la autoextinción. Lo cierto es que la mayoría de los
humanos que asoman la cabeza entre las páginas del libro son violentos,
mezquinos y crueles, no parece que merezcan ser salvados. Los hombres son los
peores, además de ejercer la violencia contra las mujeres son los que más obstáculos
ponen a la hora de convivir con los extraterrestres. Sobre todo en lo que se
refiere a mantener relaciones sexuales y sentimentales con ellos.
Butler tiene una opinión nefasta de la humanidad.
Hay ocasiones en el libro en que los seres humanos parecen incluso más
marcianos que los propios oankali. Carecen de valores que solemos asociar con
la humanidad, como la compasión o la generosidad de las que los oankali en
cambio hacen derroche a lo largo de las tres novelas. Cuando un oankali ve a
alguien enfermo se siente obligado a sanarlo sin importarle que sea amigo o
enemigo. No obstante, a pesar de lo majos y de lo muy estupendos que parezcan,
debo confesar que no he conseguido que me caigan bien. Es verdad que no ejercen
la violencia a no ser que no les quede otra alternativa —tampoco la necesitan,
ya que pueden someter a los humanos con drogas, alterando su química o con la
promesa de placer —pero en definitiva lo que hacen no deja de ser una forma de
vasallaje. Está científicamente demostrado que tanto en el cuerpo de la mujer
como en la del hombre se producen al inicio de una relación amorosa importantes
cambios hormonales que afectan a nuestra manera de pensar y que nos impelen a
estar con la persona deseada. Sucede de una manera inconsciente, sin embargo
los oankali lo hacen con absoluta premeditación. Butler viene a decir que este padrinazgo es
inevitable si queremos salvarnos. Los seres humanos padecemos algo así como una
enfermedad incurable de la que sólo podríamos curarnos perdiendo parte de
nuestra humanidad. Es una visión de la
conducta humana muy materialista que afirma que está en nuestra naturaleza
comportarnos como lo hacemos y que deja al margen causas de tipo cultural.
Como suele sucederme con cada libro de Butler que
leo, y La estirpe de Lilith no es una excepción, su lectura ha
despertado en mí una gran variedad de emociones y sensaciones. En las más de
novecientas páginas que he ido pasando, a veces con un exceso de premura debido
al afán por conocer lo que sucedía después, he sentido rabia, pena, ternura,
curiosidad, desprecio, asco, miedo, asombro, decepción, alegría, escepticismo,
incredulidad y en ocasiones, ¿por qué negarlo? también aburrimiento. Las
relaciones sentimentales entre los oankali, humanos y construidos pueden llegar
a agotar pero Butler sabe enseguida reconducir la trama por la senda adecuada.
La vida en definitiva no es otra cosa que sentir y experimentar, si es así,
Butler nos hace vivir de lleno otras vidas.
Quiero terminar con algo que Lilith le dice a otro
personaje, que resume a la perfección el espíritu del libro y del que se
desprende un mensaje que está de plena actualidad:
«Los seres humanos temen a lo diferente. Los oankali anhelan la diferencia. Los seres humanos persiguen a sus diferentes, y sin embargo los necesitan para ganar ellos definición y estatus. Los oankali buscan la diferencia y la recopilan. La necesitan para evitar el estancamiento y la especialización excesiva».

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