A pesar de lo mucho que se publica en la actualidad,
no resulta fácil encontrar libros de ciencia ficción recientes que se salgan de
lo corriente. Me refiero a obras escitas por autores que se arriesguen a abrir
nuevas vías, que estimulen la imaginación del lector y no a la enésima distopía
o al consabido apocalipsis climático. Las razones de esta penuria son diversas,
por un lado podría pensarse que es culpa de las editoriales, que buscan la
rentabilidad económica y prefieren ir a lo seguro. Sin embargo, esto es algo
que ha sucedido siempre y que, por lo tanto, no explica la escasez actual,
sobre todo cuando existen más sellos editoriales dedicados al género fantástico
que nunca. Otra explicación que se me ocurre es que se han agotado las ideas, y
que las más brillantes, las que dieron lugar a temas clásicos de la ciencia
ficción, como los viajes en el tiempo, los mundos post apocalípticos, los
robots, los viajes interestelares o lo futuros distópicos, por mencionar
algunos de los más representativos, han quedado desgastadas de tanto uso.
La ciencia ficción que llega a nuestro país procede
cada vez con más frecuencia de autores que no se dedican habitualmente al género.
A ello puede que contribuya el hecho de que la tecnología esté cada vez más
presente en nuestro día a día, y es por tanto comprensible que haya cada vez más
escritores que se pregunten a dónde nos puede llevar esto. Muchos además
parecen haber descubierto de manera tardía lo extraordinariamente útil que
puede llegar a ser la ciencia ficción para analizar el presente. Todo esto ha
propiciado una avalancha de distopías —cada vez más simplonas— y de thrillers
en los que las tecnologías y las IA tienen cada vez más protagonismo, en
definitiva una ciencia ficción rutinaria que ha perdido su capacidad de
maravillar. En este panorama tan poco estimulante es comprensible que La
división de antimemética no existe, de QNTM haya sido tan bien
recibida por los aficionados a la ciencia ficción. He de reconocer por mi parte
que hacía tiempo que un libro de ciencia ficción no me sorprendía tanto.
Se trata de una historia repleta de ideas delirantes
al mismo tiempo que excitantes por lo que la novela te atrapa desde la primera
página. Es necesario hacer un ejercicio de contención para dejar de leer y
aguantarse las ganas de averiguar hasta dónde es capaz de llegar el autor. Los
hechos son descritos de una manera tan precisa y convincente que por muy
inverosímiles que sean, uno acaba tragando aunque eso sí, con una sonrisa en la
boca. Es necesario, por tanto, cierta complicidad y sentido del humor por parte
del lector. El ritmo que imprime a la trama Sam Hughes, que es el nombre tras
el que se oculta QNTM, es además vertiginoso, lo que la hace aún más adictiva.
Podría ser perfectamente un episodio alargado de la serie Expediente X,
aunque más excitante, divertido y escrito por un guionista con menos ínfulas.
No parece casual que uno de los personajes de la novela haga un comentario no
demasiado favorable acerca de la serie.
La división de antimemética, que da título al libro,
es una organización internacional que estudia fenómenos ocultos e inaprensibles
por medio de métodos ordinarios de estudio. Pero mejor dejo que la propia
novela lo explique a través de uno de sus personajes:
«Hay entidades
y fenómenos que recolectan y consumen información, en particular la referida a
ellos mismos. Le sacas una foto Polaroid a una y nunca se revelará. Escribes
con bolígrafo una descripción en un papel y se lo entregas a alguien, pero las
palabras resultan ser jeroglíficos y no las entiende nadie, ni siquiera uno
mismo. Uno puede mirar directamente a una de ellas y ni siquiera será
invisible, pero no percibirá nada. Sueños que uno no puede conservar y secretos
que uno no puede compartir, y mentiras y conspiraciones vivas. Se trata de un
ecosistema conceptual de ideas que consumen otras ideas y..., a veces...,
segmentos de realidad. A veces, personas.»
Para protegerse de estas, denominadas por la
organización, incógnitas utilizan medidas bastante paranoides y con unos
efectos secundarios muy drásticos. En la novela se narran varios
enfrentamientos con estos fenómenos y cada uno de estos episodios puede leerse
como si se tratara de un relato, que sirve además a modo de presentación de los
distintos personajes que intervienen a lo largo del libro.
QNTM o Sam Hughes es un escritor británico que
participa en la fundación SCP (Special Containment Procedures), una organización
ficticia de la que, por cierto, no había oído hablar nunca antes y que por lo
visto se dedica a «la investigación y contención de fenómenos paranormales». Se
trata de un universo de ficción colaborativa en el que los miembros aportan
nuevas anomalías sobre las que luego escriben relatos o inventan medidas para
contenerlas. Como puede verse un entretenimiento muy «freaky».
Este curioso pasatiempo ha servido para que La división de antimemética no existe vea la luz, un soplo de aire fresco dentro del desganado panorama actual de la ciencia ficción, una obra lúdica y sin pretensiones de trascender, muy entretenida y que no aspira a mostrarnos el oscuro porvenir que nos aguarda. Bastante tenemos ya con la mierda de tiempo que nos ha tocado vivir. En todo caso no es un libro perfecto, tras un comienzo arrollador y estimulante, una vez que el efecto sorpresa se mitiga, la novela pierde garra. Su carácter episódico hace además que la tensión sufra de algunos altibajos. Es un libro que puede que no guste a todo el mundo y quizás haya que ser un poco raruno para disfrutarlo en su justa medida. Pero para todos aquellos a los que les gusten las teorías desquiciadas, los monstruos imposibles de novelas de terror de tercera o el horror cósmico pero sin tomarse nada de ello demasiado en serio, ésta es su novela.

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