Resulta sorprendente pero han pasado ya ocho años desde que acabé de leer la Trilogía de los tres cuerpos. Gracias a esta trilogía Cixin Liu se convirtió en un fenómeno mundial y las editoriales comenzaron publicar todo lo que se podía publicar del autor. Yo, sin embargo, no me he vuelto a acercar a su obra hasta ahora. No es que no me gustara, de ser así no me habría leído los tres tomos —de un tamaño nada desdeñable —pero sí que me dejaron agotado, hastiado incluso. No por sus ideas, muchas de ellas impresionantes sino por sus pormenorizadas explicaciones y por la falta de criterio del autor, a mi parecer, en distinguir lo prescindible de lo imprescindible. El fuerte de Liu es su imaginación, por tanto era lógico pensar que se desenvolvería mejor en el relato corto que en la novela. Desafortunadamente no ha sido así del todo.
En Sostener el cielo volvemos a encontrarnos
con grandes ideas, al decir grandes no me refiero sólo a que sean
extraordinarias sino que se trata de ideas exorbitadas, que atañen, por
ejemplo, a todo un sistema solar o a al universo en toda su extensión. Liu
piensa a lo grande, en soles que funcionan como neuronas, en una Tierra hueca
con los continentes y los océanos extendiéndose en la superficie interior, en
naves del tamaño de planetas, en obras de arte monumentales que precisan toda
el agua de la Tierra con la consecuente catástrofe ambiental, en fin, la
imaginación del autor no tiene límites. Entre estos relatos superlativos
podemos encontrar Himno de la alegría, El mar de los sueños y La
nube de poesía, que además tienen en común su vinculación con el
arte. Por otra parte, aunque Liu aporta numerosos datos científicos su
desmesura y su trama algo simplista lo acercan a la fantasía de los cuentos
tradicionales chinos y lo alejan de la ciencia ficción.
Uno de los defectos que veo en muchos de los relatos
es que contienen demasiados datos técnicos, que podría soslayar en muchas
ocasiones puesto que no siempre resultan interesantes y ralentizan el
desarrollo de la trama. El ejemplo más claro en este sentido es Fuego en la
tierra, del que no puede decirse que esté entre los cien mejores relatos
que he leído. La técnica que el autor describe en este caso, y que parece
conocer bien, tiene que ver con algo tan desfasado y poco ecológico como es la
explotación del carbón. Se trata de un relato largo en exceso y con el que Liu
homenajea a los mineros del carbón. En la misma línea está Perturbaciones en
todas las frecuencias. En esta ocasión Liu se explaya con la guerra
electromagnética. Debo decir que no se me hecho más corto que el anterior. Lo
que más me ha llamado la atención de él —sin que me haya pillado por sorpresa—
es la visión tan negativa que ofrece de occidente y sobre todo de los
americanos. Los rusos salen mejor parados, algo a lo que ya apunta la
dedicatoria que precede el relato.
«Dedicado con mi más profundo respeto al pueblo de Rusia, cuya literatura ha sido una gran influencia durante toda mi vida».
Se trata de un cuento curioso porque al mismo tiempo que muestra los horrores de la guerra y del fracaso que supone no llegar a un acuerdo de paz, exalta la valentía del ejército ruso.
El maestro de la aldea, en la que un profesor sin saberlo salva el mundo,
resulta mucho más entretenido. Es un relato como los que se escribían hace
muchos años y que trasladado a EE.UU. podría haber escrito Asimov cuando quería
resultar gracioso. En Migración en el tiempo, la Tierra está
superpoblada y un grupo formado por
ochenta millones de personas viaja al futuro en busca de un sitio donde
vivir. Si antes he mencionado a Asimov ahora quien me viene a la mente es
Wells. Y para seguir con las referencias a otros autores, ahora le toca a mi
admirado Fredric Brown en cuyo famoso microrrelato El final parece
haberse inspirado el escritor chino para dar fin a Contracción.
De los tres restantes cuentos, por la obviedad del
mensaje, 1 de Abril de 2018 es de los más insulsos. No hay que ser muy
perspicaz para saber que prolongar la vida estará al alcance sólo de los más
ricos. Espejo gravita en cambio en torno a una de las ideas más
excitantes de la antología, la posibilidad de ver todo lo que ocurre en el
mundo como si estuviéramos ante una película. ¿Podríamos, sabiendo las
condiciones iniciales del Big Bang, crear una simulación de nuestro universo? ¿Está
nuestro futuro por tanto predeterminado? Es una pena que la trama policiaca no
lo acompañe. Más redondo, aun tratándose de uno de los cuentos más sencillos y
más breves de la antología, es El pensador, una sutil historia de amor
que sirve de fondo para proponer una interpretación del universo asombrosa.
La mente de Cixin Liu es capaz de concebir muy buenas ideas como he repetido cansinamente a lo largo de esta reseña, el problema que veo en sus cuentos es que carecen de ritmo y que son narrados de una manera un tanto reiterativa. Sin embargo, incluso a Liu parecen habérsele agotado las ideas porque desde El fin de la muerte, que ponía punto final a la Trilogía de los tres cuerpos, no ha vuelto a publicar ninguna novela y por lo visto tampoco ningún relato nuevo. Son tiempos difíciles para la ciencia ficción, las ideas parecen agotarse y la realidad nos sobrepasa arrolladora. Saber lo que el futuro nos depara se antoja en estos momentos una tarea imposible. Lo que más me duele es que la literatura de ciencia ficción haya sido relevada por una fantasía extemporánea de conflictos dinásticos y magia irracional. Estamos rodeados de tecnología pero en estos tiempos de conspiranoias, de terraplanistas, de antivacunas y de individuos que se resisten a creer en el cambio climático, en fin de ignorancia, muchos deben de pensar que los móviles funcionan gracias a la energía feérica.
