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Universo de pocos

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viernes, 29 de enero de 2016

"Luz" de M. John Harrison

Portada de "Luz" de M. John Harrison        Mentiría si dijera que me lo he pasado bomba leyendo Luz de M. John Harrison. Desde luego no es un libro de lectura fácil, algo que ya me esperaba, y mucho me temo que escribir esta reseña no va a resultar tampoco nada sencillo, más aún cuando se trata de un libro al que después de diez años todavía muchos consideran una obra renovadora e imprescindible.
 
        De este autor leí hace mucho tiempo una colección de relatos que se titulaba El mono de hielo, un libro que sin ser inolvidable me resultó interesante y original. Ya entonces me quedó claro que Harrison no era un escritor de ciencia ficción al uso, claro que tampoco lo es Christopher Priest, otro autor británico de edad parecida. En general la ciencia ficción británica suele discurrir por caminos poco transitados.

        Normalmente en mis reseñas procuro comentar el libro evitando en lo posible realizar una sinopsis del argumento, pero a veces resulta difícil hacerlo sin mencionar parte de la trama y ésta es una de esas ocasiones. Tres hilos narrativos que se van intercalando constituyen la novela. En una de las líneas argumentales el protagonista es un científico llamado Kearney, que tiene muy poco de científico y que estuvo casado con una mujer que está igual de desequilibrada que él. Juntos se pasan toda la novela huyendo de un sitio a otro sin que se sepa muy bien por qué. Acabo cansándome del ir y venir sin sentido de estos patéticos personajes, y cuando al final las tres historias confluyen uno se da cuenta de lo prescindible que resulta dentro del conjunto.

        La segunda historia está protagonizada por la capitana Seria Mau, que se haya unida a una nave espacial en una singular simbiosis. Es la más extraña de todas y en la que Harrison da rienda suelta a su insólita imaginería: «operadores sombra»«cultivares», sastres»«el Canal Kefahuchi», etc. desfilan sin que al principio sepamos de que se nos habla. No estoy en contra de esto, pero sí en la acumulación excesiva y en su aparición en tromba en el texto. Tengo la sospecha de que el autor se esfuerza en ser oscuro. Tal vez quiera hacerlo para reforzar la sensación de extrañeza y dejar bien claro que la acción se desarrolla en un futuro lejano muy diferente al presente. Harrison lo mezcla todo: algoritmos, fractales, motores de dinaflujo, burbujas de deformación, agujeros de gusano... y todo sin pudor alguno. Si se animan a leerlo pueden toparse con párrafos como éste:
        «La enorme arboladura de la Gata Blanca (antenas de una unidad astronómica de longitud, plegadas fractalmente a dimensión y media para que pudieran ser laminadas en una zona de veinte metros del casco) no detectó más que un susurro de fotinos».

        La tercera historia es la que me resulta más interesante y es en la única en la que logro simpatizar con el protagonista, un antiguo piloto espacial al que sacan del tanque de realidad virtual en el que solía pasar la mayor parte de su tiempo. Un personaje digno de lástima también. Ésta es la parte más inteligible del libro.

       Como en muchos libros de ciencia-ficción que se desarrollan en un mundo extraño hay que realizar un esfuerzo adicional para imaginarse los escenarios donde tiene lugar la acción. Harrison no lo pone fácil. A través de los retazos que proporciona, a veces muy visuales pero en otras demasiado abstractos e ininteligibles, es muy difícil hacerse una composición de lugar. Por ejemplo, así describe un planeta al que llegan en un momento dado:
          «Afelpada y aterciopelada, rodeada por una finísima bruma evanescente de sí misma, esta estructura derrotaba al ojo en todas las escalas. Le hacía a la luz algo extraño y absorbente. Se extendía quebradiza y exfoliada, fragmentándose en un polvo viral de sí misma, un cálculo viejo e inútil que accidentalmente se había convertido en un entorno».
Otro fragmento:
        «El disco era un rugiente bajío einsteniano. El pliegue gravitacional de RX-1 significaba que podías verlo todo, incluso la parte inferior, no importaba desde qué ángulo te acercaras. Cada diez minutos, los estados de transición ondeaban, haciendo que creara alzas en la banda de rayos X blandos, enormes bengalas que resonaban adelante y atrás para iluminar las estructuras experimentales de Sigma Fin».

        No me extraña que los personajes estén tan desorientados, lo malo es que este aturdimiento tiene el desagradable efecto de hacer vomitar a todas horas a nuestros protagonistas masculinos. Curiosamente la consecuencia de este malestar sobre las féminas es pedir que las follen insistentemente en cuanto ven un macho. Quizás Harrison, con su conocimiento de los dinaflujos y de los fotinos, disponga de datos de la psicología femenina de los que yo carezco.

        Harrison escribe con una prosa potente y creativa, pero Luz es como uno de los fragmentos que he aportado antes como ejemplo, a veces bellos, otras ininteligibles pero tras los que hay muy poco contenido. Además abusa del recurso del trauma infantil para crear unos personajes perdidos y atormentados. Si he leído una obra maestra no me he enterado. Tal vez Nova Swing , que se desarrolla en el mismo universo, resulte más interesante, al menos dicen que es mucho más legible. ¿Quién sabe?, a lo mejor me animo.

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