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miércoles, 19 de julio de 2023

"Herederos del caos", de Adrian Tchaikovsky

Portada de "Herederos del caos", de Adrian Tchaikovsky

            Con Herederos del caos Adrian Tchaikovsky ha querido repetir el éxito que obtuvo con Herederos del tiempo. En la nave espacial La viajera se desplaza una representación de humanos y de las arañas evolucionadas que conocimos en Herederos del tiempo, el propósito de la misión es buscar sobrevivientes huidos de una Tierra al borde del colapso. Las aventuras de estas especies tan diferentes se prolongan de esta manera más allá del mundo en el que surgieron las arañas. La novela, por tanto, prosigue la trama exactamente donde la dejó el libro precedente pero no sólo eso, Tchaikovsky emplea la misma fórmula que tan buenos resultados le dio y vuelve a imaginar una sociedad formada por una especie de origen terrestre que con la intervención de los humanos ha evolucionado en un entorno extraterrestre hasta alcanzar la inteligencia. Lo que en Herederos del tiempo eran las arañas en Herederos del caos lo son los pulpos.

No del todo satisfecho Tchaikovsky ha querido añadir un elemento más para animar la trama y se inventa un planeta con una ecología muy extraña, algo que los lectores de ciencia ficción siempre solemos agradecer. Se trata de un buen candidato a ser terraformado por una de las naves de exploración enviadas por la Tierra que lo ha descubierto varios siglos antes que La viajera. La novela alterna entre estas dos tramas, entre pasado y presente, la una proporciona pistas sobre lo que sucede en la otra hasta que finalmente se centra en el presente. Esto le permite al autor incrementar la tensión y el suspense interrumpiendo de manera deliberada el relato en los momentos en que los personajes se ven más comprometidos. Al principio le funciona más o menos bien pero le obliga, como ya le ocurrió en Herederos del tiempo, aunque aquí magnificado, a estirar algunos de los hilos narrativos menos interesantes más de lo necesario para mantener este juego de alternancia.

Me ha parecido un libro muy irregular con momentos realmente emocionantes y otros de lo más farragosos. La sociedad de pulpos inteligentes que imagina Tchaikovsky tal vez no resulte muy creíble pero hay que reconocer su poder de fascinación. La incapacidad de la especie para organizarse y para ponerse de acuerdo hasta en lo más trivial, la imposibilidad que tienen de ocultar sus emociones, su volubilidad propician un mundo caótico y sorprendente. Como idea loca está bien pero no veo la necesidad de contar con tanto detalle la historia de la civilización «pulpesca» a lo largo de varios siglos. A ratos se me ha hecho mortalmente aburrido. No soy de los que recuerda citas pero resulta que en el libro que estoy leyendo en estos días me he encontrado con una de Voltaire que me viene al pelo: «El secreto de aburrir es contarlo todo». ¡Y qué razón tiene! Tchaikovsky además acaba por repetirse, sobre todo cuando menciona rasgos de la personalidad de sus diferentes creaciones, por ejemplo, la veleidad de los pulpos o la sumisión de los machos frentes a las hembras en el caso de las arañas. A lo largo de toda la novela estas y otras peculiaridades de unos y de otros son recordadas al lector de una manera constante y machacona.

La dificultad para comunicarse entre especies diferentes, el tema principal de Solaris, de Stanislaw Lem, tiene en Herederos del caos también cierta relevancia, sin embargo lo que para Lem era una preocupación filosófica para Tchaikovsky es un elemento más para crear tensión. Para ser sinceros esta incapacidad de entenderse ha acabado en más de una ocasión por desesperarme y de sacarme de mis casillas. Considero que la mayoría de las veces esto ha entorpecido más que ayudado en los momentos de más acción de la novela, instantes en los que precisamente la historia pedía más que nada dinamismo. Porque no deberíamos de olvidarnos de que estamos ante una novela de aventuras y al decir esto no quiero quitarle mérito, sólo evidenciar que no estamos ante una disquisición profunda sobre la otredad como, por ejemplo, podríamos hallar en un libro de Lem o de Peter Watts.

En otro orden de cosas he encontrado grandes diferencias en cómo han sido redactadas ambos libros. Estoy seguro de que el estilo de Tchaikovsky no fue lo que más me llamó la atención de Herederos del tiempo cuando lo leí hace unos años, lo encontré correcto y funcional, pero de lo que estoy seguro es de que no me sucedió lo que me ha ocurrido con Herederos del caos. Con frecuencia he tenido que releer las frases para entender lo que se decía. No sé si el hecho de que hayan sido traducidos por diferentes personas, Luis G. Prado se ocupó de la primera entrega y Carlos Pavón de la última, ha tenido algo que ver. Es difícil saber en estos casos dónde radica el problema, si en el autor o en el traductor, en cualquier caso la lectura de Herederos del caos no ha sido la lectura fácil, cómoda y vertiginosa que yo esperaba encontrar.

Para terminar esta reseña quiero aprovechar la oportunidad que me brindo generosamente  a mí mismo para mostrar mi irritación ante esta manía que tienen cada vez más editoriales de publicar en pastas duras, de convertir los libros en objetos inmanejables y carísimos que no sólo se apropian de la mitad de la estantería sino que llegan a poner en peligro los mismo cimientos del edificio que los alojan. Puedo entenderlo cuando se trata de reediciones de grandes clásicos, pensadas sobre todo para coleccionistas pero en el caso de este tipo de novelas preferiría que valieran la mitad y que no me combaran el estante. Por otra parte no me lo pensaría tanto antes de comprar el libro. 



jueves, 27 de abril de 2023

“Light Chaser (Surcaluz)”, de Peter F. Hamilton y Gareth L. Powell

Portada de “Light Chaser (Surcaluz)” de Peter F. Hamilton y Gareth L. PowellHace un año no lo hubiera imaginado pero algunas lecturas recientes me han llevado a la conclusión de que el amor romántico se ha puesto de moda dentro de la ciencia ficción. Tal vez sea una coincidencia pero el caso es que en los últimos meses he leído varias novelas en las que el amor juega un papel destacado. Se trata de historias como la de Así se pierde la guerra del tiempo, de Amal El-Mohtar y Max Gladstone, en las que la pasión sobrevive a guerras y a intervalos de tiempo inconcebibles. Preferentemente sucede entre parejas no heterosexuales, es el caso de la que he mencionado antes y también de Historias de Xuya, de Aliette De Bodard, con una relación que no se produce exactamente entre dos personas puesto que una de ellas es una nave espacial (con una parte humana). En Aves extintas, de Simon Jimenez, podemos encontrar un catálogo completo de amores entre personas de diferentes géneros. Asistimos en todas ellas a pasiones desaforadas en medio de escenarios colosales o descubrimos  que existen amores que pueden ser más poderosos que la muerte como el que existe entre Amahle y Carloman en Light Chaser,  de Peter F. Hamilton y Gareth L. Powell. El modelo que siguen estas novelas es el de Romeo y Julieta, en las que aunque el amor es considerado el más puro y gozoso de los sentimientos humanos casi siempre suele ser el origen de una tragedia.

Además de una historia de amor Light Chaser es una aventura que abarca milenios. A pesar de esto intentaré no extenderme demasiado con su argumento. La protagonista, Amahle, es una surcaluz y como tal viaja con su nave a una velocidad cercana a la de la luz siguiendo un circuito preestablecido por lo que se llama el Dominio. No tiene idea del tiempo que lleva haciéndolo ni de las veces que lo ha recorrido a lo largo de su vida, que gracias a su ADN modificado puede prolongarse varios siglos. Su misión es recoger en los planetas colonizados los collares que entregó en su visita anterior y dejar otros en su lugar. En estos collares, sin que sus portadores lo sepan, quedan archivadas íntegras sus vivencias diarias que luego podrán ser experimentadas por otros. Entre visita y visita sin otra compañía en la nave que una IA, Amahle no tiene nada mejor que hacer que curiosear y sumergirse en las vidas almacenadas en estos collares. Para su sorpresa en varios de ellos alguien se dirige claramente a ella como si la conociera. Parece algo imposible puesto que eso supondría, entre otras cosas, que ése alguien se desplazara más rápido que ella.

Si algo de bueno tiene esta space opera es que al contrario de lo que sucede en muchas de las novelas pertenecientes a este subgénero (con comienzos que parecen concebidos para ahuyentar al lector), logra captar nuestra atención casi desde el principio. ¿Quién es ese personaje misterioso y cómo ha logrado desplazarse por el espacio y por el tiempo de la manera en que lo hace? Al final la explicación resulta más bonita y romántica que otra cosa y no destaca precisamente por su originalidad. Sorprende, eso sí, toparse con una explicación así en una space opera de este tipo, que por lo general opta por revestir sus historias de verosimilitud científica. Sin embargo el mayor problema que veo yo a la novela es la rapidez con la que se resuelve el misterio. Llama la atención que una revelación que va a trastocar por completo la vida de su protagonista, que la obliga a interpretar lo que lleva haciendo durante siglos, se despache en poco más de un párrafo. De manera que una de las mayores virtudes de la novela, su brevedad, se convierte también en uno de sus mayores inconvenientes. Apenas queda espacio para profundizar en las emociones de los personajes, en sus cambios de opinión y en sus pasiones repentinas. Porque si bien se trata de una space opera, la parte aventurera queda en un segundo plano detrás del relato sentimental. Amahle, debido a su longevidad, debe descartar parte de los recuerdos para dejar espacio a los nuevos, sin embargo cuando le conviene a la narración los recupera de manera súbita. En otro orden de cosas está la discutible decisión de comenzar a contar la novela por su final, algo así como dinamitar el terreno antes de construir la casa.

Hamilton y  Powell han escrito un libro de puro entretenimiento y no hay que tomarlo por más de lo que es. Así y todo, asumido que no es más que un libro para pasar el rato, he de decir que la historia de amor no me ha llegado al corazón. Seguramente el problema es mío pero estos amores tan sublimados, que se prolongan durante eones son demasiado para mí. Lo mismo me sucedió con las novelas que he mencionado al comienzo de esta reseña. En Así se pierde la guerra del tiempo, para reforzar el amor que sienten sus protagonistas, Amal El-Mohtar y Max Gladstone optan por un lenguaje poético que muchas veces se les escapa de las manos. Siete de Infinitos, que forma parte Historias de Xuya, a pesar de contar el amor que surge entre un ser humano y una nave espacial, resulta ser un relato tópico. Algo más lograron conmoverme algunos de los amores que Simon Jimenez nos presenta en Aves extintas y supongo que es porque sus personajes parecen reales y por tanto también sus emociones, cosa que no sucede en las otras novelas.

Robert Silverberg publicó en 1970 un relato, de apariencia muy sencilla, en el que nos  hacía vivir en nuestras propias carnes el amor que un delfín siente por su cuidadora. Su título es Ismael enamorado y en él Silverberg demuestra que puede lograrse mucho más con mucho menos. A pesar de disponer de más páginas Light Chaser se queda a medias tanto en la historia de amor, que me deja bastante frío, como en su faceta de space opera, que tampoco logra del todo el objetivo principal al que aspira este tipo de novela, que es despertar eso que llaman el sentido de la maravilla.

martes, 22 de noviembre de 2022

“Aves extintas”, de Simon Jimenez

Portada de “Aves extintas”, de Simon Jimenez
             El tema principal alrededor del que gira Aves extintas (2020) de Simon Jimenez es el amor en varias de sus vertientes. El primer capítulo del libro, que puede leerse como si fuera un relato perfectamente acabado, constituye un hermoso anticipo de lo que nos aguarda más adelante y sirve además de presentación de los dos protagonistas principales, Nia Imani capitana de la nave estelar Debby y el misterioso niño, cuya súbita aparición será la que desencadene los acontecimientos posteriores.

Por desgracia en la contraportada del libro, como ocurre con demasiada frecuencia, se cuenta demasiado sobre este muchacho. Considero un error por parte de la editorial revelar la excepcional capacidad que posee el chico teniendo en cuenta que no se da a conocer hasta bien avanzada la novela. Es una lástima, porque sustrae a la novela de lo que es el único elemento de intriga que existe durante la primera mitad. De manera que a los espabilados como yo a los que se nos ha ocurrido leerla antes de comprar el libro nos sobra casi la mitad. No obstante Jimenez podría haber aligerado un poco la trama y redundado menos en historias de amor trágico. Más adelante volveré sobre este punto.

Aves extintas es una «space opera» que se sale bastante de lo común. Por un lado, por la casi ausencia de acción y por otro, porque no se puede decir de los mundos que presenta que vayan a hacernos explotar la cabeza. Los tripulantes de la nave se encuentran con planetas muy parecidos al nuestro, algunos incluso menos interesantes, poblados además por gentes que tampoco llaman demasiado la atención. Quizás las estaciones espaciales con forma de ave creadas por uno de los personajes clave de la novela, Fumiko Nakajima, por su enormidad y su forma espectacular, tengan más que ver con lo que solemos encontrarnos en una «space opera» al uso. De todos modos quedan ridículamente pequeñas si las comparamos con los artefactos descomunales que aparecen en Casa de Soles (2008) de Alastair Reynolds o en Mundo Anillo (1970) de Larry Niven por poner algunos ejemplos. Los mundos que recorren los protagonistas a bordo de la Debby son un decorado, un fondo con el que potenciar los dramas personales de un relato que discurre principalmente en el plano emocional. Una historia de amor, si se traslada a un escenario galáctico y se dilata a lo largo del tiempo, cobra otra dimensión, se magnifica y se convierte en mito. Y así es, todo en la novela parece encaminado a despertar determinadas emociones y sentimientos en el lector. No es lo más habitual en este tipo de novelas, en lugar de hacer que experimentemos asombro, admiración o tensión hará que nuestros corazones se vean invadidos de una marea de afecto, amor y odio.

El problema viene cuando el autor abusa de algunas situaciones. Jimenez se ha empeñado en hacer que cada uno de los personajes principales tenga que pasar por una experiencia amorosa arrebatada y con final infeliz. La primera historia de amor, la más bella de las tres, se cuenta en el primer capítulo. Un hombre y una mujer se enamoran el uno del otro pero sólo pueden verse cada quince años cuando ella regresa en su nave para recoger una nueva cosecha. Las leyes de la relatividad hacen que en cada reencuentro él sea quince años mayor que ella. Después Jimenez nos cuenta el amor entre dos mujeres, Nakajima y Dana que tendrá bastante importancia en la trama. En cambio el fugaz y apasionado amor entre dos hombres, Ahro y Oden, apenas aporta nada y tengo la impresión de que con esta historia el autor ha querido cerrar todas las combinaciones de amor posibles entre hombres y mujeres. Lo atribuyo a esta fiebre por complacer a todos y por ese deseo de ejemplarizar que aqueja a la ficción actual. Jimenez no se da cuenta de que corre el riesgo de olvidarse de algún colectivo en este mundo tan cambiante y de que termina por alargar en exceso el libro.

Hay otro amor en la novela del que no he hablado hasta ahora y que quisiera mencionar, se trata del amor maternal de Nia por el muchacho. La capitana se hace cargo del chico desde que es pequeño; al principio lo hace con reticencias pero al final acaba preocupándose de él como si fuera su propio hijo. Lo llamativo es que es el único amor que perdura.

Compuesta por lo que parecen relatos independientes a la manera de Los tejedores de cabellos (1995) de Andreas Eschbach, nadie dudaría en encuadrar la novela dentro del género de ciencia ficción. Sin embargo, en su tramo final parece más bien una apasionada fantasía que se ha pertrechado de elementos habituales en la ciencia ficción clásica como son las naves espaciales, la dilatación del tiempo o las estaciones espaciales. El rigor científico no refrena la imaginación de Jimenez, que vuela libre aunque sea a costa de la plausibilidad. En ese sentido, salvando las distancias, recuerda a veces a Bradbury, también por su lirismo y por su emotividad. El escritor norteamericano de origen filipino incluye además un poco de crítica social como es preceptivo en estos tiempos al describir un mundo dominado por un monopolio que ha favorecido una brecha social de dimensiones obscenas.

En cualquier caso, se trata de una primera novela prometedora, que aún con sus fallos resulta tremendamente emocionante, bien armada en lo literario y con un potente clímax final. Todo ello es más que suficiente para que merezca la pena ser leída.

jueves, 13 de enero de 2022

“Así se pierde la guerra del tiempo”, de Amal El-Mohtar y Max Gladstone

        No se puede decir que a Amal El-Mohtar y Max Gladstone, los dos autores de Así se pierde la guerra del tiempo, les falte valor. Y es que estamos ante una novela muy diferente a lo que suele publicarse dentro del género de ciencia ficción. Es poco habitual que el argumento principal se vertebre en torno a una historia de amor, y aún más raro es encontrarse con una escritura con clara voluntad poética. Pocos autores del género se me vienen a la cabeza que aspiraran a hacer esto último, Ray Bradbury es el caso más evidente, Samuel R. Delany es otro ejemplo claro y quizás Roger Zelazny.

La ciencia ficción ha sido un género que por lo general ha recurrido a la razón y al intelecto mientras que la pretensión primordial de la poesía es apelar a nuestras emociones más íntimas. Gran parte de los escritores de la ciencia ficción solían proceder del ámbito científico o técnico por lo que sus intereses se decantaban sobre todo en cuestiones relacionadas con la ciencia: en cómo los avances tecnológicos podrían influir en la vida, en especular sobre la existencia de otras inteligencias, en escrutar la realidad..., temas (la New Wave cambió en gran medida esta situación) no muy adecuados para ser contemplados desde una mirada poética. El-Mohtar y Gladstone se han atrevido a intentarlo, precisamente ninguno de ellos posee una formación científica. Si la novela tiene algún mérito es el de haberse atrevido a hacer algo diferente.

 En Así se pierde la guerra del tiempo asistimos al enfrentamiento entre dos agentes rivales, Roja y Azul, peleando entre sí para moldear la realidad. A través de lo que en el libro se denomina hilos del tiempo se desplazan hacia arriba o hacia abajo, hacia el pasado o el futuro con el objetivo de encauzar estos hilos en la dirección que resulte más favorable para su bando. Algo similar sucedía en El gran tiempo (1958) de Fritz Leiber, en la que dos facciones llamadas las Serpientes y las Arañas se enfrentaban en una guerra perpetua por reconducir la historia. La existencia de realidades alternativas daba lugar a una extraña mezcla de reflexiones filosóficas, de obra teatral y ficción pulp. En Así se pierde la guerra del tiempo, sin embargo, la filosofía queda por completo al margen, y la guerra en el tiempo no tiene más fin que el de servir de escenario a una historia de amor que aspira a ser inolvidable. Por tanto, lo mejor es que nos olvidemos de la lógica por un momento y no nos hagamos preguntas incómodas del tipo: ¿qué sentido tiene una guerra así cuando existen infinitas realidades?

Centrémonos en la historia de amor y en sus protagonistas: Roja y Azul. Cada una de ellas es la mejor de su bando y al principio de la novela luchan de manera encarnizada por desbaratar los planes de su antagonista sin que ninguna de ellas muestre demasiados escrúpulos a la hora de asesinar o de colaborar en un exterminio con tal de vencer. Es más, en ocasiones parecen disfrutar degollando o extrayendo las tripas sanguinolentas de quien se oponga a sus planes como si para ellas todo formara parte de un entretenido videojuego. Las guerreras implacables y sanguinarias se han convertido en algo así como una figura arquetípica de la ficción moderna. Mientras que los héroes masculinos se hacen cada vez más vulnerables, como por lo visto ocurre en el último James Bond, las heroínas son cada vez más despiadadas y violentas. Es el sino de los tiempos. Pero volvamos al libro que nos ocupa. Al finalizar una de sus misiones Roja encuentra de manera inesperada un mensaje, una carta que le ha dirigido Azul, su enemiga, la cual dará lugar a una relación epistolar entre las dos mujeres. En un principio se lanzan pullas, manifiestan su admiración por la destreza de la rival y después, casi sin que medie transición alguna, las cartas sirven para confesar su amor arrebatado. De ser enemigas pasan a adorarse.

La novela sigue un patrón que se repite casi hasta el final del libro. Un capítulo en el que se esboza la misión de una de las agentes (Roja o Azul) que finaliza siempre con el encuentro de una carta, seguido después de otro capítulo en el que se nos muestra el contenido de la misiva. El verbo esbozar lo he elegido con toda intención porque los autores apenas proporcionan unas pinceladas de lo que acontece ni tampoco de las circunstancias en las que suceden los hechos. Roja y Azul se desplazan por todo el mundo y por todas las épocas a velocidad de vértigo sin que lleguemos a comprender del todo lo que pasa. Esta falta de concreción afecta también a las dos protagonistas que me han resultado imposibles de distinguir la una de la otra por más que se insista en que proceden de mundos por completo diferentes. Mejor dejemos que ellas mismas se describan:

Azul: «Somos semillas que Jardín planta en el pasado y aprendemos de sus hilos en los cuales creemos. ....El futuro nos recolecta, nos pisa para convertirnos en vino, nos vuelve a verter al sistema en una libación amorosa y, juntos, crecemos más fuertes y más potentes. He sido pájaros y ramas. He sido abejas y lobos...»

Roja: «Crecemos en cápsulas, los conocimientos básicos nos son insertados de cohorte en cohorte, la gelatina en la que estamos sumergidos mantiene el equilibrio de nutrientes y allí es donde permanece la mayoría de nosotros mientras nuestras mentes revolotean incorpóreas a través del vacío de estrella en estrella. Vivimos mediante controles remotos. ...Los agentes...  funcionamos al margen de la masa y nos movemos con nuestros propios cuerpos.»

De lo que parece inferirse que el mundo de Azul es un mundo con cierto parecido al nuestro, con gente de carne y hueso mientras que en el mundo de Roja los cuerpos parecen algo desechable que se utiliza para que las mentes almacenadas en algún lugar seguro interactúen con el mundo físico. Siendo mal pensado todo parece concebido para construir frases preciosísimas y llenas de exaltada poesía. Todo esto tiene un precio que no todos los lectores estarán dispuestos a asumir como es la dificultad de identificarse con las protagonistas. Ese amor tan apasionado además me resulta artificial, me parece muy poco verosímil que tras el intercambio nada más que de un par de cartas (en las que apenas se cuentan nada) surja un ardor tan incontenible.

Estas cartas llegan siempre de la manera más rebuscada posible para que no sean interceptadas por sus superiores, y en cuanto a su contenido prefiero extraer unos ejemplos y dejar que cada uno opine. Empezaré mostrando algunos encabezamientos que se recrean con los nombres de las protagonistas: «Queridísima Lapislázuli», «Querido Tesoro más valioso que los Rubíes», «Querido Cielo Rojo por la Mañana» «Querida Frambuesa», «Mi Manzano, Luz de mi vida», «Sangre de mi corazón». No puedo evitar comentar que me cuesta una enormidad imaginarme a dos transhumanas de un futuro lejano diciéndose estas lisonjas después de haber estado rebanando gargan
tas.

Continuemos con algunas de las frases que aparecen en sus cartas: «Quiero esforzarme. Quiero vivir en contacto. Quiero ser tu contexto, y que tú seas el mío» (El que no haya sentido algo así es que nunca ha estado enamorado, perdón por la intrusión).

«Sueño que soy una semilla entre tus dientes, o un árbol perforado por tu junco. (¿?) Sueño con espinas y jardines. Sueño con hojas de té».

«También soy tuya en otros sentidos: tuya, porque observo el mundo esperando encontrar tus señales, apofénica como un arúspice; ...».

«Quiero flores de Céfalo y diamantes de Neptuno y quiero quemar las mil tierras que nos separan para ver qué florece de las cenizas, para que podamos descubrirlo cogidas de la mano, el contenido en el contexto, inteligible solo para nosotras. Quiero conocerte en todos los lugares que he amado». 

Cuando hablamos de poesía el límite entre lo sublime, lo cursi y lo ridículo suele ser muy fino y Amal El-Mohtar y Max Gladstone nos ofrecen un amplio muestrario de cada una de las posibilidades.

viernes, 31 de mayo de 2019

"El uso de las armas” de Iain M. Banks

"El uso de las armas” de Iain M. Banks            El uso de las armas de Iain M. Banks es una peculiar amalgama de dos novelas. Una más intrascendente, llena de acción y algo de humor, que entraría de lleno en la space opera más desbocada, y otra más literaria, más intimista y alejada de la ciencia-ficción convencional. Se trata de una mezcla de elementos demasiado dispares que en principio parecen difíciles de conciliar y que a la postre Banks no logra armonizar.

            El protagonista de ambas partes es Cheradenine Zakalwe, una especie de agente secreto que trabaja para la Cultura, esa civilización altruista de un futuro lejano creada por Banks que se preocupa de que mundos más atrasados prosperen y puedan salir adelante. Como muchos sabrán Banks situó gran parte de sus novelas de ciencia-ficción en este grandioso escenario. Hasta ahora había leído las menos representativas de la serie: El jugador e Inversiones, y debo decir que desde mi punto de vista se trata de obras más maduras y mejor acabadas que ésta que nos ocupa. La trama “space operística” de El uso de las armas peca de anodina, carece de brillo y tarda demasiado en despegar. El propio autor no parece tomársela muy en serio y algunos de los episodios y artilugios parecen sacados de olvidadas series de ciencia-ficción de los años cincuenta. Sólo en alguna ocasión, como la fiesta de disfraces que se organiza en una de las naves espaciales, Banks da muestras de lo que es capaz su imaginación.

            La otra parte de la novela, claramente diferenciada mediante capítulos en cifras romanas,  está formada por breves retazos del pasado del protagonista, destellos de un ayer que se presiente traumático y que Banks intenta de manera paulatina hacernos sentir más que ver. El problema es que los saltos de una escena a otra se producen sin que el lector disponga de medios para saber el tiempo transcurrido entre ellas y de cómo se ha pasado de una a otra. Por ello algunos de los primeros capítulos resultan desconcertantes, a lo que contribuye en gran medida no saber qué objetivo tienen dentro de la narración. Banks echa literariamente hablando toda la carne en el asador, por desgracia sus  pasajes líricos, sus golpes dramáticos y su intensidad pierden gran parte de su gracia debido a una poco inspirada traducción. He leído otros libros de Banks, eso sí traducciones, pero siempre me ha parecido un autor que domina la técnica de la escritura, con una admirable capacidad para sumergirnos en su extraño y fascinante universo personal, y eso es algo que no he percibido en este libro.

            Los dos hilos narrativos divergen en el tiempo según avanzamos en la lectura. La trama, digamos más literaria, va hacia atrás mientras que la otra sigue su curso natural cerrando a su término el círculo. Sólo cuando llegamos a la revelación final comprendemos cuál es el objetivo de esta enrevesada estructura. Se trata de una interesante y excitante pirueta final que no logra hacernos olvidar las desalentadoras páginas que hemos padecido hasta entonces.

            Espero que esta reseña no espante a futuros lectores de Banks. La fábrica de avispas, Pasos sobre el cristal y El puente además de las novelas mencionadas al comienzo de esta reseña merecen ser leídas con prontitud si aún no lo han sido, por su originalidad, por salirse de lo convencional y por la enorme imaginación que despliegan. Mucho me temo que no serán fáciles de encontrar en las librerías. Es una lástima que en este mercado de premiadísimas y fulgurantes estrellas sólo tengan cabida las novedades y autores clásicos como Banks, Priest, el recién fallecido Wolfe, Le Guin, Farmer y muchos otros queden relegados al olvido. ¡Cuánta falta nos hace otra Minotauro!

lunes, 13 de marzo de 2017

"Casa de soles" de Alastair Reynolds

Casa de soles de Alastair Reynolds            Aquí estamos una vez más, a vueltas con la space opera. Desde hace tiempo tenía ganas de hincarle el diente a un libro de Alastair Reynolds, del que muchos aficionados a la ciencia-ficción hablan maravillas, pero la longitud de sus libros y el hecho de que la mayoría pertenezcan a una serie, en concreto de Espacio revelación, (ya saben que no soy muy amigo de ellas) siempre ha acabado desalentándome. Me da que algo muy parecido a esto lo he dicho ya en otra de mis reseñas. Bueno, a mí también se me acaba la imaginación. Pero como iba diciendo, siendo como es una novela que pertenece a la space opera, Casa de soles tiene dos virtudes nada desdeñables: Una, que es entretenida; dos, que no tiene secuelas.
            Casa de soles pertenece a ese subgénero mastodóntico de la ciencia-ficción en que todo es a lo grande, las naves en lugar de en metros se miden en kilómetros, las distancias en años luz y hasta los edificios pueden tener un millón de habitaciones. Reynolds no se contenta  con dilatar únicamente el espacio hasta lo increíble, también los lapsos de tiempo que maneja resultan exorbitantes. La misma acción que se narra en esta novela, creo (con estas cifras nunca se puede estar seguro), transcurre a lo largo de miles de años. Todo es enorme. Podría pensarse que en esta novela especular sobre el futuro consiste únicamente en agrandar a lo bestia elementos comunes de la ciencia-ficción y en parte es así, puesto que en la obra encontramos anillos de Dyson con un perímetro de una hora luz, criaturas del tamaño de un sistema solar, individuos clonados por millares y alguna cosa más que se me olvida. Lo cierto es que aunque Reynolds no inventa nada nuevo al menos sabe utilizar sus recursos adecuadamente.
            Poco se puede contar de la trama, que por cierto resulta bastante clásica, sin echar a perder las sorpresas que depara su lectura. Por un lado sabemos que hace millones de años existió una raza muy avanzada, la de los “Priores”, que desapareció misteriosamente del universo  dejando tras sí algunos valiosos artilugios. Sé lo que están pensando, como los “Heechees” que imaginó Frederik Pohl en Pórtico. Aprovecho para decir que si no la han leído aún, no pierdan el tiempo con esta torpe reseña y vayan a leerla. Los protagonistas de Casa de soles son miembros de los “Gentian” una organización cuyo fin además de perpetuarse es explorar el universo. Está formada por clones de una misma persona llamada Abigail Gentian a la que el autor dedica el primer capítulo de cada una de las ocho partes que componen el libro. Lo cierto es que este relato intercalado dentro de la novela y en el que se cuenta el origen de los “Gentian” es una de las partes que más me han gustado del libro. El misterio lo aporta otra organización oculta llamada  “Casa de soles”,  que actúa en la sombra. Sí, ya sé lo que van a decirme, como en las Fundaciones de Isaac Asimov. ¡Y a mí que me cuentan! Si tienen alguna queja, diríjanse al autor. Ah, bueno, se me olvidaba decir que también hay un malvado traidor.
            Menos común es toparse en una space opera moderna con una historia romántica. Lo malo es que el autor no logra en ningún momento que el amor entre los protagonistas logre enternecer a nadie. La pareja de enamorados, Purslane y Campion, se van turnando en cada capítulo para contar la historia y no vean lo que cuesta distinguir a la una del otro. Y aquí es donde fracasa la novela, en crear unos protagonistas diferenciados de carne y hueso que transmitan amor y pasión por los cuatro costados, algo que ni siquiera el bello y tierno final consigue arreglar. 
            La intriga está bien resuelta, hay tensión, batallas espaciales (para el que le guste, yo pienso que podía haberlas abreviado), crímenes, torturas futuristas, robots... todo lo que a un aficionado a este tipo de literatura le puede atraer. Si acaso el comienzo es un tanto titubeante y demasiado largo, no le habría venido mal una poda; es el caso, por ejemplo, de un personaje aparentemente significativo que desaparece repentinamente de la novela. Estoy convencido de que los amantes de la space opera clásica sabrán apreciarla.

viernes, 29 de enero de 2016

"Luz" de M. John Harrison

Portada de "Luz" de M. John Harrison        Mentiría si dijera que me lo he pasado bomba leyendo Luz de M. John Harrison. Desde luego no es un libro de lectura fácil, algo que ya me esperaba, y mucho me temo que escribir esta reseña no va a resultar tampoco nada sencillo, más aún cuando se trata de un libro al que después de diez años todavía muchos consideran una obra renovadora e imprescindible.
 
        De este autor leí hace mucho tiempo una colección de relatos que se titulaba El mono de hielo, un libro que sin ser inolvidable me resultó interesante y original. Ya entonces me quedó claro que Harrison no era un escritor de ciencia ficción al uso, claro que tampoco lo es Christopher Priest, otro autor británico de edad parecida. En general la ciencia ficción británica suele discurrir por caminos poco transitados.

        Normalmente en mis reseñas procuro comentar el libro evitando en lo posible realizar una sinopsis del argumento, pero a veces resulta difícil hacerlo sin mencionar parte de la trama y ésta es una de esas ocasiones. Tres hilos narrativos que se van intercalando constituyen la novela. En una de las líneas argumentales el protagonista es un científico llamado Kearney, que tiene muy poco de científico y que estuvo casado con una mujer que está igual de desequilibrada que él. Juntos se pasan toda la novela huyendo de un sitio a otro sin que se sepa muy bien por qué. Acabo cansándome del ir y venir sin sentido de estos patéticos personajes, y cuando al final las tres historias confluyen uno se da cuenta de lo prescindible que resulta dentro del conjunto.

        La segunda historia está protagonizada por la capitana Seria Mau, que se haya unida a una nave espacial en una singular simbiosis. Es la más extraña de todas y en la que Harrison da rienda suelta a su insólita imaginería: «operadores sombra»«cultivares», sastres»«el Canal Kefahuchi», etc. desfilan sin que al principio sepamos de que se nos habla. No estoy en contra de esto, pero sí en la acumulación excesiva y en su aparición en tromba en el texto. Tengo la sospecha de que el autor se esfuerza en ser oscuro. Tal vez quiera hacerlo para reforzar la sensación de extrañeza y dejar bien claro que la acción se desarrolla en un futuro lejano muy diferente al presente. Harrison lo mezcla todo: algoritmos, fractales, motores de dinaflujo, burbujas de deformación, agujeros de gusano... y todo sin pudor alguno. Si se animan a leerlo pueden toparse con párrafos como éste:
        «La enorme arboladura de la Gata Blanca (antenas de una unidad astronómica de longitud, plegadas fractalmente a dimensión y media para que pudieran ser laminadas en una zona de veinte metros del casco) no detectó más que un susurro de fotinos».

        La tercera historia es la que me resulta más interesante y es en la única en la que logro simpatizar con el protagonista, un antiguo piloto espacial al que sacan del tanque de realidad virtual en el que solía pasar la mayor parte de su tiempo. Un personaje digno de lástima también. Ésta es la parte más inteligible del libro.

       Como en muchos libros de ciencia-ficción que se desarrollan en un mundo extraño hay que realizar un esfuerzo adicional para imaginarse los escenarios donde tiene lugar la acción. Harrison no lo pone fácil. A través de los retazos que proporciona, a veces muy visuales pero en otras demasiado abstractos e ininteligibles, es muy difícil hacerse una composición de lugar. Por ejemplo, así describe un planeta al que llegan en un momento dado:
          «Afelpada y aterciopelada, rodeada por una finísima bruma evanescente de sí misma, esta estructura derrotaba al ojo en todas las escalas. Le hacía a la luz algo extraño y absorbente. Se extendía quebradiza y exfoliada, fragmentándose en un polvo viral de sí misma, un cálculo viejo e inútil que accidentalmente se había convertido en un entorno».
Otro fragmento:
        «El disco era un rugiente bajío einsteniano. El pliegue gravitacional de RX-1 significaba que podías verlo todo, incluso la parte inferior, no importaba desde qué ángulo te acercaras. Cada diez minutos, los estados de transición ondeaban, haciendo que creara alzas en la banda de rayos X blandos, enormes bengalas que resonaban adelante y atrás para iluminar las estructuras experimentales de Sigma Fin».

        No me extraña que los personajes estén tan desorientados, lo malo es que este aturdimiento tiene el desagradable efecto de hacer vomitar a todas horas a nuestros protagonistas masculinos. Curiosamente la consecuencia de este malestar sobre las féminas es pedir que las follen insistentemente en cuanto ven un macho. Quizás Harrison, con su conocimiento de los dinaflujos y de los fotinos, disponga de datos de la psicología femenina de los que yo carezco.

        Harrison escribe con una prosa potente y creativa, pero Luz es como uno de los fragmentos que he aportado antes como ejemplo, a veces bellos, otras ininteligibles pero tras los que hay muy poco contenido. Además abusa del recurso del trauma infantil para crear unos personajes perdidos y atormentados. Si he leído una obra maestra no me he enterado. Tal vez Nova Swing , que se desarrolla en el mismo universo, resulte más interesante, al menos dicen que es mucho más legible. ¿Quién sabe?, a lo mejor me animo.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Sopor auxiliar

Justicia auxiliar de Ann Leckie    A pesar de los muchos premios recibidos comencé la lectura de Justicia auxiliar de Ann Leckie con muchos prejuicios. Todas las alarmas detectoras de peñazos saltaron cuando oí hablar por primera vez del libro y supe que se trataba de una space opera. Por si eso no fuera suficiente, resulta ser el primero de una trilogía y es que normalmente una cosa va unida a la otra. Debo decir que no soy precisamente un amante de la space opera, subgénero que tiendo a relacionar con la ciencia-ficción más arcaica, la que escribieron E.E. Smith, o Jack Williamson hace casi un siglo. Se trataba de literatura pulp enfocada al entretenimiento en la que se repetían los peores tópicos de la ciencia-ficción. Según dicen, desde hace algunos años la space opera ha sufrido una gran renovación y las obras actuales poseen mayor profundidad. Lo cierto es que lo que antes resultaba ser una lectura ligera sin otra pretensión que la de entretener ahora se ha convertido en una labor fatigosa en la que hay que estar dispuesto a enfrentarse a voluminosos tomos, trilogías o series interminables. Si no me he animado con lo que se considera una obra maestra de la literatura universal como Guerra y paz por su extensión, ¿cómo voy a hacerlo con La Estrella de Pandora de Peter F. Hamilton, o con Espacio revelación de Alastair Reynolds por poner dos ejemplos que además forman parte de una serie? En cualquier caso estoy dispuesto a enmendarme si alguien logra convencerme de que merecen la pena.
 
        Dicho esto, leí los primeros capítulos de Justicia auxiliar esforzándome lo más que pude en ver lo positivo. Sin perder el ánimo a pesar de lo poco que ayudaba la redundante prosa de la autora, fui dejando atrás soporíferos capítulos hasta que por fin la trama logra animarse. Antes he tenido que sufrir tediosos diálogos, con las protagonistas arqueando las cejas, frunciendo el ceño, esbozando sonrisas, corroborando o asintiendo mientras se atiborran de té. Sin embargo todo es un espejismo, tras unos pocos capítulos emocionantes la autora vuelve con sus aburridos y reiterativos dilemas y las insulsas costumbres del Radch (nombre del imperio en el que se desarrolla la novela). Aunque la historia ocurre en un futuro lejano con deslumbrantes naves espaciales, poderosas inteligencias artificiales y extraordinarios avances tecnológicos los personajes se comportan como si hubiéramos retrocedido a la época victoriana. Los numerosos mundos que han conquistado y todos los progresos alcanzados sólo han servido para que la gente continúe adorando a dioses a los que les sobran brazos (Amaat) y haya olvidado distinguir entre los diferentes sexos. Sí, porque el lenguaje de los Radchar no hace distinción de géneros, de manera que todo está narrado como si todos los personajes fueran femeninos. Parece un capricho de Leckie que no tiene mayor trascendencia en la obra.
 
        Uno de los pocos aciertos de la autora es haber concebido una protagonista compuesta por varios cuerpos humanos llamados auxiliares, los cuales forman una extraña y compleja entidad controlada por una inteligencia artificial. Estas inteligencias son las que gobiernan las naves espaciales y constituyen lo más destacado de la novela aunque pienso que la autora no las aprovecha lo suficiente. La historia está contada desde el punto de vista de una de estas entidades múltiples por lo que en algunos momentos se nos narran varios hechos simultáneos vistos a través de los ojos de sus diferentes auxiliares. Esto en manos de un escritor más competente daría un enorme juego narrativo. Lo que si le enseñaron en el Clarion (Ann Leckie se graduó en el Clarion como cualquier escritor de ciencia-ficción que se precie hoy en día), es a alternar capítulos que se desarrollan en periodos narrativos diferentes hasta converger en uno de los pocos clímax del libro. Por lo demás escribe sin imaginación (no hay un sólo símil o metáfora en todo el libro) y demuestra poseer una capacidad nula para la sugerencia. Podría pensarse que lo hace a propósito por ser quien es la protagonista, pero si la autora ha concebido a su heroína como una amante de la música (canta a todas horas) también la podría haber dotado de una mayor capacidad literaria y así habernos evitado una lectura tan monótona.
 
        Justicia auxiliar, a pesar de todos los galardones, parece escrita entre sorbos de té por la socia de honor del club de lectura de Jane Austen en Conshohocken (Pennsylvania).