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lunes, 28 de septiembre de 2020

"Venus más X” de Theodore Sturgeon

Portada de "Venus más X” de Theodore SturgeonAhora que se están recuperando viejas distopías feministas y que el mercado se ha visto saturado con otras nuevas he querido rescatar esta novela de 1960 que se anticipa a muchas y que cuenta con la particularidad de no haber sido escrita por una mujer. Cuando fue publicada en España por Adiax allá por 1982 y pocos años después por Orbis, o sea con más de cuatro lustros de retraso, no me decidí a leerla, eran mis años estudiantiles y mi escaso capital me obligaba a sopesar con esmero mis lecturas. Tenía la intención con esta reseña de dejar constancia de que también hubo hombres que en su día se preocuparon por la situación de la mujer en la sociedad. A decir verdad Theodore Sturgeon se adelantó con Venus más X varios años a Ursula K. Le Guin o a Joanna Russ pero mi propósito se ha visto en parte empañado porque el libro, lamento decirlo, no ha satisfecho mis expectativas.

La obra novelística de ciencia-ficción de Sturgeon es escasa, aún así durante un tiempo se codeó con los llamados tres grandes de la ciencia-ficción clásica: Robert A. Heinlein, Isaac Asimov y Arthur C. Clarke (Ray Bradbury nunca entraba en esta lista supongo que porque lo suyo era la fantasía). Siempre se elogió su estilo depurado con su dosis de poesía que lo elevaba por encima del resto pero hoy en día es un autor olvidado al que únicamente se recuerda por su novela Más que humano y la conocida ley que lleva su nombre: “El noventa por ciento de la ciencia-ficción es basura porque el noventa por ciento de todo es basura”. Sturgeon cuenta, no obstante, con infinidad de relatos que merecerían reeditarse, por su originalidad y por tocar  temas que otros autores procuraban evitar entonces. No puedo juzgar el resto de su obra novelística de ciencia-ficción (Violación cósmica, Los cristales soñadores o Cuepodivino), por no haberla leído y resultar ahora mismo difícil de conseguir. También escribió novela policiaca bajo el seudónimo Ellery Queen y guiones para Star Trek. Aquí pueden encontrar más detalles de su vida.

Pero volvamos a Venus más X y al que considero su principal problema, que no es otro que el de resultar terriblemente aburrido la mayor parte del tiempo. Sturgeon quiere que vivamos en nuestras propias carnes el asombro y la desorientación que siente un hombre de los años cincuenta que cree despertarse en el futuro y se topa con unas maravillas inexplicables y desconcertantes, algo perfectamente válido si no fuera por el sinfín de páginas que requiere. Se nos describe con todo detalle la arquitectura, el sistema de transporte y la estrambótica vestimenta de sus habitantes (por alguna razón que se me escapa la variedad de colores de su indumentaria parece preocupar en particular a Sturgeon), sin embargo todas estas conquistas de la ciencia que en los años en que se publicó la novela pudieran impresionar a algunos carecen por completo de interés hoy en día. El estilo, que es en lo que se supone que Sturgeon destaca frente otros escritores, me ha parecido a ratos anticuado y en exceso afectado, algo que la traducción de Domingo Santos, que antepone todos los adjetivos al sustantivo como en el inglés, acentúa aún más.

El gran mérito de la novela está en plantear cuestiones que la ciencia-ficción no solía abordar entonces como son la desigualdad sexual y el absurdo de ciertos roles que la sociedad ha adjudicado a la mujer. Con el fin de enfatizar esta arbitrariedad el autor intercala escenas de la vida de una familia de clase media de los años cincuenta en el relato principal, donde nos presenta una sociedad utópica en la que todo esto parece resuelto. Se trata de una solución discutible por cuanto ambas tramas permanecen completamente disociadas la una de la otra y no llegan a converger en ningún momento. Los «ledom», que así es como se hacen llamar los miembros de esta utopía, creen que la única manera de terminar con la desigualdad de sexos es poseer ambos a la vez. Piensan que en una sociedad sin hombres ni mujeres, constituida sólo por seres humanos iguales entre sí, no existiría ese problema, nadie se impondría al otro. En la novela se reflexiona sobre la parte de culpa que han tenido las religiones en estas desigualdades promoviendo la culpa,  también se llega a postular que el matriarcado tampoco sería la solución, cuestiones toda ellas de gran interés y plena actualidad pero que son expuestas de una manera en exceso discursiva (mediante una especie de carta) con lo que las ideas no quedan integradas de una manera natural en la narración. La imagen del paraíso que se nos ofrece es un tanto tópica por no decir ridícula, con gente semidesnuda rodeada de un césped perfecto comiendo frutos de todos los colores imaginables. Sólo al final, cuando abandona su tono expositivo y por fin suceden cosas, la novela además de dar un emocionante vuelco consigue levantar el vuelo, sin embargo sucede tan tarde y tan deprisa que no sé si es suficiente para recomendar la novela, una lástima.

viernes, 12 de abril de 2019

"Los desposeídos” de Ursula K. Le Guin

"Los desposeídos” de Ursula K. Le Guin
            Esta reseña ha estado a punto de convertirse en una catástrofe monumental. Una hecatombe que estaría marcada por dos circunstancias. En primer lugar estaría el hecho de que se trata de un clásico aclamado por todos, incluso fuera del ámbito de la ciencia-ficción, que mereció además los premios más importantes del género: en 1975 el Hugo y en 1975 el Nebula y el Locus (Rosa Montero en el prólogo del libro equipara la novela nada menos que con Guerra y paz y La montaña mágica). En segundo lugar hemos de tener en cuenta que vivimos una nueva  revolución feminista y que desdeñar esta obra, y con ella  a uno de los máximos valores de la ciencia-ficción como es Ursula K. Le Guin, podría parecer a muchos un delirio machista. Por suerte la catástrofe se ha evitado aunque hayan hecho falta casi doscientas páginas para lograrlo.

            La primera mitad del libro es rocosa y árida como Anarres, la luna en que se desarrolla gran parte de la acción de la novela. Incluso la manera de narrar de Le Guin, (quizás sea a propósito) es algo apagada, está llena de descripciones abstractas muy poco gráficas, carentes de viveza. Para colmo de males su personaje principal, Shevek, es un hombre triste donde los haya en una sociedad que tampoco es el mejor ejemplo del júbilo. Imagínense un hombre para el que la hermandad y el amor entre seres humanos sólo son posibles gracias al sufrimiento. Si esto ya no fuera suficiente, algunos de los diálogos que mantienen sus personajes sobre filosofía, moral y ciencia suenan artificiales y en exceso premeditados. Dicho así, de corrido, podría parecer que la novela a estas alturas ya no tiene remedio, sin embargo Le Guin, logra darle la vuelta.

            Para explicar cómo se obra este milagro debemos echar un vistazo a su argumento. En el planeta Urras las ideas anarquistas de Odo, una influyente pensadora, desembocaron en la creación de una nueva nación en su luna Anarres. Mientras que Urras es un mundo próspero y fértil, Anarres es poco más que un desierto y su única riqueza son los minerales. Mediante esta solución salomónica Urras se desembaraza de los incómodos disidentes y los revolucionarios logran su sueño de poner en práctica las ideas de Odo. Fundan una sociedad sin gobierno en la que todos son iguales y en la que no existe la propiedad privada e incluso crean una nueva lengua, el právico, que permite soslayar el uso de los posesivos: una sociedad sin posesiones no los necesita. La acción de la novela se sitúa casi trescientos años después de la creación de Anarres, cuando un físico llamado Shevek, autor de una innovadora teoría sobre el tiempo, se convierte en el primer Anarresti en volver a Urras. La novela intercala capítulos en los que se narra esta visita con otros de su infancia y juventud hasta llegar a las circunstancias que hacen posible su salida de Anarres; gracias a esta alternancia la autora logra un efecto de contraste entre los dos estados. Le Guin se fija en lo que tiene más cerca, los EE.UU, para construir el mundo capitalista de Urras. Se trata de un mundo aquejado de importantes desigualdades sociales, con un consumismo feroz pero sin un Donald Trump. Llama especialmente la atención el papel nulo que se da a la mujer en esa sociedad, que no se corresponde del todo con la realidad de los 70, época en que fue escrita la novela. En la utopía anarquista de Anarres sucede todo lo contrario, y las mujeres gozan de las mismas oportunidades que los hombres.

            No es hasta que Le Guin introduce dos personajes femeninos en cada uno de los hilos narrativos cuando se desencadena el conflicto y la novela remonta. A partir de entonces la historia parece centrarse más en lo particular que en lo general y los sentimientos de los protagonistas cobran mayor relevancia. Shevek, el protagonista, al fin reacciona y despierta del letargo místico en que estaba sumido, la trama se oxigena con nuevos personajes y echa a volar.

            El gran mérito de la autora es haber sabido construir con minuciosidad una sociedad anarquista creíble, con sus aciertos y sus desaciertos, una sociedad que ha trascendido en la memoria de muchos de sus lectores hasta nuestros días. La sociedad de Anarres había nacido con la idea de derribar los muros que había erigido el capitalismo, sin embargo, acaba por levantar de una manera más sutil los suyos propios. Por otro lado las miserias humanas son a prueba de sistemas políticos y las envidias y las zancadillas persisten en Urras. Una novela muy ambiciosa, arriesgada y difícil en cuanto que pretende crear una utopía positiva frente a las distopías clásicas como Un mundo feliz o 1984, y por reflexionar sobre temas muy poco habituales en la ciencia-ficción moderna. Aunque no es una novela redonda, todo el que se dice amante de la ciencia-ficción debería de leerla.