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Universo de pocos

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lunes, 17 de febrero de 2020

"Los testamentos” de Margaret Atwood


"Los testamentos”  de Margaret Atwood             Con Los testamentos más que proponerse escribir una continuación Margaret Atwood parece haber querido afianzar lo ya hecho en El cuento de la criada, desarrollando con más detalle los pormenores de ese mundo que concibió hace ya treinta años. Es como si quisiera  convencernos de que esa Gilead de pesadilla pudiera un día ser posible y que no se trata de una entelequia. Por esta razón pienso que El cuento de la criada se ajusta más a los cánones de lo que se considera la distopía clásica. En este tipo de distopías, como Nosotros de Zamiatin o 1984 de Orwell por poner algunos ejemplos, los autores imaginaban sociedades que no solían ser más que interpretaciones del presente, distorsiones de la realidad. Normalmente el cómo se llegaba a esas situaciones carecía de importancia ya que no pretendían otra cosa que llamar la atención sobre algunos aspectos de la sociedad magnificándolos y haciéndolos más extremos. Se trataba de mundos imposibles, experimentos de la imaginación, improbables pero esclarecedores. Algo que Atwood supo hacer a la perfección en El cuento de la criada cuando creó esa sociedad teocrática y puritana que relegaba a la mujer a las tareas de reproducción y a la educación de los niños. En este sentido Los Testamentos no añade contenido distópico nuevo, la mayoría ya estaba ahí, lo que hace es apuntalarlo.

            Para ello necesita proporcionar una visión lo más completa posible de Gilead, algo que con un  único protagonista resultaría mucho más dificultoso por lo que Atwood recurre a tres personajes femeninos. A través de Agnes, Daisy y Tía Lydia conoceremos nuevos aspectos de la sociedad giledeana que no habían quedado suficientemente aclarados. Ya conocíamos los ultrajes que sufren las criadas, faltaba por conocer con más detalle el mundo de las esposas. Este aspecto concreto de Gilead lo iremos descubriendo por medio de de Agnes, una muchacha que ha alcanzado la edad fatídica de buscar marido. Daisy, la otra joven protagonista, vive en Canadá y nos proporciona una visión de Gilead desde fuera, desde un país democrático con el que se tiene una relación incómoda. Para finalizar está el personaje de tía Lydia, una vieja conocida de El cuento de la criada, ella nos dará la oportunidad de conocer los entresijos de Gilead con su hipocresía y corrupción imperante. Y lo cierto es que Atwood lo hace endemoniadamente bien. La primera parte del libro, en la que a través de los ojos de sus protagonistas nos metemos en los hogares de Gilead, en una de sus escuelas, en Casa Ardua (donde viven las tías) y en el despacho del comandante Judd es magnífica. La recreación que realiza de la sociedad con todos esos pequeños detalles que Atwood sabe introducir y la capacidad de la autora para meternos en los personajes son sin duda lo mejor de la novela. Los problemas aparecen más tarde a la hora de hacer progresar la historia. La trama que urde carece del rigor con el que ha construido el escenario.

            Las penurias que han sufrido las mujeres a lo largo del tiempo ha sido uno de los temas recurrentes en la obra de Margaret Atwood. Buen ejemplo de ello es una de sus novelas más destacadas Alias Grace, en la que se nos cuenta los esfuerzos de una muchacha durante el siglo XIX por sobrevivir trabajando como sirviente. Aludo a esta novela porque algunos de los pasajes de Los Testamentos me la han traído a la mente y es que ese futuro que se imagina Atwood tiene mucho que ver con ese pasado puritano y ese universo cerrado para la mujer.

            Estamos en fin ante un libro que parece escrito sobre todo con el objetivo de despejar muchas de las dudas suscitadas por la serie de TV y sobre el fin de Gilead, pero que aporta más bien poco sobre su origen. No queda esclarecido cómo una parte de EE.UU evolucionó hasta una dictadura que considera a las mujeres inferiores al hombre por ejemplo. Esto no es óbice para que  se lea con agrado gracias sobre todo a unos personajes espléndidamente trazados, entre los que cabe destacar la astuta Tía Lydia. Quizás echo en falta el punto de vista de los hombres de Gilead, un punto de vista que habría rematado el escenario por completo. El libro puede leerse sin haber leído El cuento de la criada, es más tengo la impresión de que sus indiscutibles valores se verían realzados.

domingo, 14 de julio de 2019

"Nueve cuentos malvados” de Margaret Atwood

"Nueve cuentos malvados” de Margaret Atwood            Al final los cuentos de este nuevo libro de Margaret Atwood han sido menos malvados de lo que me esperaba. Lo cierto es que Nueve cuentos malvados ha sido un poco menos de todo, menos emocionante, menos excitante y menos fantástico de lo que pensaba que me iba a encontrar. También hay algo menos de acción de la deseada, aunque esto queda plenamente justificado por la elevada edad de sus protagonistas.

            Con lo que si me he topado es con descripciones muy detalladas de personajes, sobre todo  de su forma de ser. Atwood no deja ningún rasgo, característica, manía a la imaginación del lector. Sabemos cómo les gusta vestir, lo que comen, su filias, sus fobias, su relación con la familia, su pasado o si les pica el cuero cabelludo. En cualquier caso hay que reconocer que Atwood escribe muy bien y lo que en otro escritor resultaría imperdonable se hace más o menos llevadero gracias a la sutil ironía, al afilado humor y a la lucidez de la canadiense. Los retratos de los tipos humanos que realiza son perfectos y seguramente habrá muchos lectores que disfruten con este tipo de literatura.

            Los tres primeros relatos del libro Alphinlandia, El aparecido y La Dama Oscura  giran alrededor de una escritora exitosa creadora de un mundo fantástico llamado Alphinlandia. Sus novelas parecen desarrollarse en ese universo fantástico en el que vuelca parte de su vida real. Amigos, amantes, enemigos del mundo real lo habitan y la autora aprovecha para vengarse a su manera de ellos. El relato tiene detalles interesantes y se ve que Atwood disfruta describiendo a sus protagonistas pero lo cierto es que se me ha hecho pesado a ratos.

            Una impresión muy diferente me ha provocado Lusus naturae. Se trata de un relato de vampiros muy breve, escrito de una manera racional, y que contrasta precisamente por su concisión frente al resto de relatos. Narrado en mi primera persona es uno de los más logrados.

            El novio liofilizado parte de una idea interesante y el relato está bien resuelto, pero de nuevo queda deslucido por el excesivo detallismo con que se retrata a los personajes, lo cual entorpece el discurrir de la trama.

            En Sueño con Zenia, la de los colmillos rojo brillante Atwood recupera antiguos personajes de una de sus novelas La novia ladrona; hombres y mujeres de cierta edad por los que me cuesta interesarme. Algunos golpes de humor propios de Atwood logran relanzarlo.

            En La mano muerta te ama el protagonista vuelve a ser un escritor, en este caso de novelas de terror. Un éxito temprano e inesperado le persigue durante toda su vida. Atwood se burla de los best seller de terror y de las rebuscadas interpretaciones que realizan los críticos  de una novela escrita en tres semanas y que según su propio autor “fue inspirada por una musa casposa, hortera y folletinesca”. Divertido y mordaz a la vez.

            Colchón de piedra es un entretenimiento policiaco de la autora con una venganza y un crimen perfecto de por medio.

            A la hoguera con los carcamales es un distopía tan sugestiva como  inquietante por lo real que resulta. Está protagonizada por una anciana que vive en una residencia y que padece el síndrome de Charles Bonnet, que le hace ver enanitos. En el exterior un gentío proclama que ha llegado su hora. Bien contada y con unos estupendos protagonistas.

            Los relatos que integran Nueve cuentos malvados son sobre todo concienzudos retratos de personajes. Atwood se propone que sean de carne y hueso, y a mí parecer invierte un exceso de recursos para su construcción, lo que va en detrimento del ritmo narrativo. Algunos de los tipos humanos (sobre todos los de los ancianos) se repiten y tengo la sensación de que las reflexiones sobre la vejez, sobre el absurdo que rodea al éxito literario o sobre el feminismo que vierten son las de la propia Atwood. Humor, ironía, lucidez pero también, ¿por qué no decirlo?, una pizca de decepción.

domingo, 26 de febrero de 2017

"Por último el corazón" de Margaret Atwood

Por último el corazón de Margaret Atwood            Puede que el gran reconocimiento que se ha ganado Margaret Atwood o los muchos premios (Booker Prize, Arthur C. Clarke, Príncipe de Asturias) que ha recibido o incluso el hecho de que se trate de una de las eternas candidatas al Nobel intimide a más de uno y lo disuada de leer esta novela. Sería una verdadera lástima, porque Por último el corazón lejos de tratarse de una obra pesada y solemne sorprende por su ligereza, su sarcasmo y su humor desinhibido. 
 
            Atwood es sobre todo conocida por los aficionados a la ciencia-ficción por su estupenda distopía El cuento de la criada. Una novela que leí hace tiempo y de la que, aunque no recuerdo  muchos detalles, no puedo olvidar el sentimiento de tristeza que me dejó al finalizar su lectura,  algo desde luego muy diferente a la impresión que me ha transmitido el libro que nos ocupa. Atwood ha hecho varias incursiones más en la ciencia-ficción, Oryx y Crake, El año del diluvio y Maddadam conforman una trilogía que comparte el mismo futuro imaginado por Atwood, en el que tras una catástrofe ambiental los únicos sobrevivientes son unas criaturas modificadas genéticamente.
 
            Por último el corazón parte de una idea que en principio parece bastante descabellada, la de resolver los problemas de desempleo y delincuencia causados por la crisis financiera en los EE.UU. internando a los más damnificados en una especie de ciudad-prisión. Es lo que se conoce como el “Proyecto Positrón”. Todos los que se integran en él se comprometen a pasar un mes encerrados en una cárcel y otro mes viviendo en una maravillosa colonia que parece rescatada de un catálogo inmobiliario de los años cincuenta. Atwood se toma los primeros capítulos con una seriedad y un rigor que no anticipan el desternillante delirio ulterior al que se va precipitando la trama. 
 
            En la primera parte de esta distopía asistimos al declive económico de una típica pareja americana, Stan y Charmaine, que pasan de tener cada uno su trabajo y ganar un salario con el que se permitieron incluso comprar una casa a verse obligados a pernoctar en su coche, única posesión que les queda tras la crisis financiera del 2008. Llega un momento en que para Stan y Charmaine, hartos de vivir en la miseria y de la permanente inseguridad que les ofrece su vehículo, la mejor opción es ingresar en uno de los centros del “Proyecto Positrón”. A partir de aquí los enredos y las situaciones se multiplican y Atwood despliega su ingenio y su brillante sentido del humor burlándose de todo, del papel del estado, del capitalismo, de los roles sexuales, de las relaciones humanas, del amor, del sexo o de la cultura de los EE.UU.
 
            La historia transcurre a un ritmo vertiginoso, lo que hace que el libro se lea en dos parpadeos, sin embargo creo que sobre todo en su tramo final suceden demasiadas cosas en muy poco espacio de tiempo y algunos fragmentos me dan la sensación de haber sido improvisados y de necesitar una mayor elaboración. En mi opinión la autora ha querido explotar en exceso sus hallazgos cómicos, tal vez no haya podido contenerse ante la chispa y gracejo que su criatura iba adquiriendo capítulo a capítulo. De lo que no me queda ninguna duda es de que Atwood se lo ha debido pasar en grande urdiendo situaciones disparatadas. Algunas de las más enloquecidas son dignas de un episodio de los Simpson y esto no lo digo como una crítica peyorativa. Tanto la cárcel como la ciudad idílica del “Proyecto Positrón” permiten a la escritora canadiense sacar a relucir la miseria humana y los peores defectos de la sociedad americana actual. Una sociedad, en la que, por mucho que la gente escuche a Doris Day, nadie da nada sin esperar algo a cambio. En la que cada proyecto emprendido, por desinteresado o altruista que parezca, es impulsado o bien por el dinero o bien por el sexo. La autora se lo toma con humor, pero el panorama que describe no puede decirse que resulte esperanzador. La novela finaliza muy acertadamente en la ciudad de Las Vegas, prototipo de esa sociedad superficial, infantil y de excesos de la que la autora se burla.
            Yo que ustedes no me la perdería.