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martes, 20 de junio de 2023

“Nuestra parte de noche”, de Mariana Enríquez

Portada de “Nuestra parte de noche”, de Mariana Enríquez

Aunque parezca contradictorio la buena impresión que me produjo el libro de relatos  Las cosas que perdimos con el fuego, de Mariana Enríquez, ha sido la principal causa de que tardara tanto en decidirme a leer Nuestra parte de noche. Lo que más me gustó de ese libro fue la naturalidad y la sencillez con la que el terror más genuino se imbricaba con la realidad social argentina o con el feminismo más de actualidad. Se trataba de relatos más bien cortos, con las palabras medidas y el tamaño justo para lograr ese impacto final que cualquier relato de terror busca provocar en el lector. Por lo tanto me sorprendió mucho que Enríquez escribiera una novela de casi setecientas páginas. No era su primera novela (a los diecinueve años había escrito Bajar es lo peor a la que seguirían dos novelas más) pero en cualquier caso suponía un cambio absoluto. No es lo mismo escribir un relato que una novela, que me lo digan a mí que empecé una y con más de la mitad completada llevo tres años sin avanzar una sola página. Hay escritores que se sienten más cómodos con los relatos como Borges o Poe, otros que no se han atrevido hasta muy tarde a abordar una novela como George Saunders y otros que incluso no parece que tengan intención de hacerlo como Ted Chiang. Esta evolución de Enríquez me recuerda a la que hizo otro gran escritor de relatos como Félix Palma, que nos sorprendió hace unos años, no sólo con un novelón de más seiscientas páginas sino con toda una trilogía de novelas bastante extensas. Enríquez obtuvo con esta novela el premio Herralde en 2019, así que al final la curiosidad por saber cómo se maneja la autora argentina en las distancias largas se ha ido  imponiendo, y aquí estoy demorando porque no sé muy bien por dónde empezar esta reseña de Nuestra parte de noche.

Por lo tanto haré lo más fácil y comenzaré por contar de qué va. El libro arranca con la confusa huida de Juan y de su hijo Gaspar a comienzos de los 80 en plena dictadura argentina. Lo hacen en coche y Enríquez va dejando caer poco a poco a dónde van y la razón de su partida. Puede que la muerte por atropello de Rosario, madre de Gaspar, en circunstancias poco claras tenga que ver con esta decisión repentina. Gaspar es todavía muy pequeño y no acaba de comprender lo que pretende su padre, un hombre con una enfermedad cardíaca crónica y unas decisiones impredecibles. De manera paulatina la historia se interna en el terror más absoluto. Juan es un médium al servicio de una implacable sociedad secreta que lo necesita para comunicarse con lo que llaman La Oscuridad. A lo largo de la novela asistiremos a ceremoniales sangrientos, atravesaremos puertas que nos llevan al más allá, conoceremos familias cuya riqueza se ha levantado a costa del sufrimiento de muchos, nos internaremos en casas encantadas, en fin un glosario completo del género de terror. La novela se divide en seis partes, en tres de ellas, aunque no sean consecutivas, se nos cuenta en orden cronológico la infancia de Gaspar y su posterior entrada a la mayoría de edad. El cuarto capítulo abarca la infancia de Rosario hasta sus años de juventud y se centra sobre todo en su alocada estancia en Londres durante los años setenta. Los otros dos capítulos complementan la historia pero se apartan de la trama principal y se ocupan de algunos de los muchos personajes secundarios que aparecen en la novela.

La mayor extensión que le ofrece la novela frente a la concreción de los relatos le da a Enríquez la oportunidad de profundizar en los personajes. Lo hace con laboriosidad y esmero. Los hombres, mujeres y niños que encontraremos en las páginas de Nuestra parte de noche están tan perfectamente definidos, son tan coherentes que cuando uno llega al final del libro acaba por creer que los ha conocido de verdad, que incluso los ha visto en la calle. No se trata sólo de los protagonistas, la autora no se olvida de los personajes secundarios a los que con un par de trazos maestros dota de la suficiente personalidad como para diferenciarlos entre sí. De Juan, un hombre de físico poderoso al mismo tiempo que frágil, hace un retrato verdaderamente extraordinario. Enríquez construye un personaje contradictorio, temible y digno de lástima al mismo tiempo. No menos impresionante es el retrato que hace de Luis, el hermano de Juan, un hombre reposado y capaz de inspirar una enorme confianza a todos los que le rodean, un tipo al que a uno le encantaría conocer. La angustia, la soledad, la confusión que siente Gaspar tampoco nos es ajena, el amor de Rosario por Juan y sus oscuras tentaciones, la maldad de la abuela Mercedes, la falta de sentimientos de Florence, la curiosidad de Adela... todos estos sentimientos, estas pulsaciones que mueven a los personajes cobran en manos de la autora otra dimensión. Llama la atención, por otro lado, que Enríquez se centre sobre todo en los personajes masculinos.  Los grandes protagonistas son sin lugar a dudas Juan y Gaspar, aunque Luis juega también un papel de gran importancia en la trama. Eso no quiere decir que Enríquez se olvide de los personajes femeninos, que por otro lado están bien perfilados, pero ha preferido en este caso sondear el mundo de los hombres.

La narración discurre con el lejano trasfondo de una Argentina convulsa que culebrea entre golpes de estado, dictaduras militares y gobiernos neoliberales. Para Enríquez el contexto histórico es como una montaña que se divisa desde cualquier punto y cuya sombra en ocasiones altera el paisaje pero a la que por el momento no quiere escalar. Nuestra parte de noche es fundamentalmente una novela de terror fantástico, no pretende otra cosa que estremecer pero no precisamente con los horrores de la dictadura que por otra parte también se entrevén.

En cada capítulo la autora parece querer abordar un terror diferente. En el primero que se titula Las garras del dios vivo el terror es fantástico y explícito. En La cosa mala de las casas solas el miedo, sobre todo al principio, se hace más real, más terrestre, es el temor que Gaspar siente por su imprevisible y violento padre al que cree loco. Por último en el titulado Las flores negras que crecen en el cielo, nos enfrentamos con el miedo a ser diferente a los demás, a la locura y con ella a la posibilidad de hacer daño a los que te rodean. El aglutinante de todos estos terrores es el horror fantástico con el que comienza la novela y se cierran la mayoría de los capítulos y que se nutre de los relatos decimonónicos de fantasmas, de casas encantadas o de agrupaciones secretas actualizados al público moderno y por lo tanto más descarnados.

Enríquez además de gustarle el género de terror tiene otros intereses, algo que queda reflejado en muchas de las páginas del libro. Incluirlos ha engrosado quizás algo más de lo necesario una novela que abarca un amplio espacio de tiempo y por el que pulula una gran variedad de  personajes. Su fascinación  por el rock, por la poesía de los poetas trágicos, el sexo homoerótico y no sé si también el fútbol (¿existe algún argentino al que no le guste?) queda patente a lo largo del texto.

En cuanto al final, Enríquez logra que todo encaje a la perfección sin que sobre ni falte una sola pieza del colosal puzle. Mi única objeción se refiere al hecho de que a ninguno de los personajes se le ocurriera ensayar una solución tan evidente como la que ponen en práctica al final mucho antes. En todo caso Nuestra parte de noche es una gran novela de terror, muy entretenida, fascinante, espeluznante como pocas, con personajes espléndidos y que ha puesto en valor un género muchas veces menospreciado.

viernes, 26 de mayo de 2017

"Las cosas que perdimos en el fuego" de Mariana Enríquez

Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enríquez            Con este libro me reconcilio en parte con la literatura sudamericana, que se me había atragantado después de leer los relatos de Edmundo Paz Soldán. Los cuentos que componen Las cosas que perdimos con el fuego podrían inscribirse en el género de terror, pero un terror muy apegado a la realidad social y a la vida cotidiana. En muchas ocasiones el elemento fantástico sólo es sospechado y podría ser explicado de una manera racional. En sus relatos Enríquez suele encaminarnos en la mayoría de los casos hacía un final que se nos oculta, pero que nos hace temer lo peor. Puede decirse que el terror de los relatos de Las cosas que perdimos con el fuego no es mostrado de una forma explícita, más bien la autora nos invita a imaginarlo con sus finales abiertos. Y es que no hay mayor terror que el imaginado o sospechado por uno mismo, algo de lo que Enríquez debe ser muy consciente. Como contrapartida esto hace que muchos de sus relatos queden indefinidos o den la sensación de no estar del todo acabados. El abuso que hace  de este recurso es quizá uno de los pocos defectos que le encuentro a sus narraciones.
 
            El ámbito en el que se desarrollan las historias del libro es terrorífico de una manera muy diferente a la que nos tiene acostumbrado el género. Es verdad que alguno de los relatos incluye, como no podía ser de otro modo, alguna casa misteriosa pero el verdadero horror lo provocan la miseria de los suburbios y los barrios abandonados a su suerte de una Argentina venida a menos. Los borrachos, las putas, los adictos a todo tipo de sustancias y los delincuentes son los que moran estos territorios poco recomendables y que Enríquez, gracias a una prosa eficaz y directa, convierte en espeluznantes; en esta linea transcurre el primer relato del libro titulado El chico sucio. La hostería resulta más convencional, aunque la frase con la que la hermana amenaza a su protagonista al final del relato lo redime en gran medida. En Los años intoxicados el horror está en la inconsciencia de la juventud. La casa de Adela parece un relato con casa encantada, pero su protagonista le da una dimensión diferente. Pablito clavó un clavito: una evocación del Petiso Orejudo es un relato malvado en la que la amenaza no se cuenta, porque el relato finaliza antes de que pueda producirse. En Tela de araña lo que horroriza es la normalidad con la que su protagonista acepta los hechos. En Fin de curso se nos habla de la fascinación que en la adolescencia tiene todo lo que es diferente. Nada de carne sobre nosotras describe con poca convicción una obsesión algo tétrica. El patio del vecino junto a Bajo el agua negra son según mi opinión los más terroríficos. En el primero la desconfianza de los demás y el afán de demostrar su cordura conduce a su protagonista femenina a enfrentarse a sus inseguridades en solitario. El mérito del segundo es haber sabido fundir con brillantez un relato de corrupción policial y denuncia social con el más genuino horror lovecraftiano. Verde rojo anaranjado es a mi parecer el más flojo de la recopilación y trata del retiro y aislamiento voluntario de un chico de la sociedad. Finalmente, Las cosas que perdimos en el fuego es un alegato feminista en el que sus protagonistas deciden algo terrible para acabar con la amenaza machista. No es el único relato de los doce que componen el libro en el que Enríquez muestra su feminismo; tal vez sea impresión mía, pero la mayor parte de los hombres que desfilan por sus páginas son burdos, insensibles o enojadizos.
 
            En conclusión, relatos interesantes, bien escritos y un par de ellos, excelentes. Si les apetece pueden continuar después con el recién salido Los peligros de fumar en la cama, una recopilación de cuentos escritos con anterioridad. Yo por el momento me doy satisfecho con estos doce relatos.