Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

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viernes, 29 de enero de 2021

“La coartada del diablo” de Manuel Moyano


Portada de “La coartada del diablo” de Manuel Moyano

            Esta novela de sugerente título, La coartada del diablo, le proporcionó a Manuel Moyano el premio Tristana de novela fantástica en 2006. Con ella el escritor nacido en Córdoba quiso crear un relato clásico de terror que, teniendo como modelo el terror anglosajón, se localizara en un paraje de la España profunda con todas las singularidades en cuanto a personajes y a situaciones que eso trae consigo. En ese sentido Moyano sale airoso de la empresa gracias a una historia que sabe recoger muchos de los tópicos de la España rural sin caer en lo trillado.

            Al igual que Lovecraft se inventaba pueblos en decadencia en Nueva Inglaterra para situar muchas de sus historias de horror cósmico, Moyano concibe su propio escenario, un pintoresco  Manfraque en el que el mal está al acecho. Se trata de un villorrio de mala muerte al borde del abandono como muchos otros pueblos de España, que tal vez podría encontrarse en Castilla o Extremadura (el autor no proporciona demasiados datos para su localización). Lovecraft puebla su Insmouth imaginario de unos seres de aspecto repulsivo, de ojos saltones y cabeza estrecha, Moyano hace que unos seres, los «bubos», que en su día fueron humanos, habiten unas cuevas en los montes que rodean Manfraque. Uno de los personajes de la novela que no simpatiza mucho con estas criaturas las describe así:

            «Al parecer, la endogamia y el aislamiento se han conjurado con el agua envenenada para engendrar a lo largo de los siglos una raza de cretinos deformes y babeantes proclives a la vagancia y la
promiscuidad
».

            Es una lástima que estos pobres «bubos» dignos de lástima no tengan el protagonismo que las primeras páginas parecen prometer. La novela sigue por otros derroteros y estos seres imaginarios sirven al autor poco más que para dar un poco más de color y un toque insólito al pueblo. Mayor relevancia tienen los representantes de los poderes fácticos que, como suele ocurrir en los entornos rurales, no son otros que el cura, el médico y el maestro, que en este caso hace también de mandamás del pueblo. Moyano sabe dotarlos de unas particularidades que los hacen más interesantes. Por ejemplo, Paniagua es además de médico un antropólogo aficionado que sueña con obtener el Nobel gracias a sus minuciosos estudios sobre los «bubos». O Jambrina, el sacerdote, que en sus sermones trata temas tan acuciantes para sus parroquianos como la interpretación herética del Apocalipsis realizada por una incierta secta.

            El protagonista es un hombre que después de treinta años de matrimonio se ha quedado solo debido a la muerte de su mujer. La casa de la ciudad que compartían guarda demasiados recuerdos por lo que abrumado decide retirarse a este pueblo remoto, que ni siquiera conoce, llamado Manfraque. A su llegada al pueblo alquila una casa a Tránsito, una mujer voluminosa e incansable cuyo marido se encuentra en estado vegetal debido a una esclerosis múltiple. Entonces comienzan a ocurrir una serie de desgracias de las que muchos culpan a los «bubos». A través de unas cartas escritas en un lenguaje culto y a veces en desuso que el protagonista envía con periodicidad a su primo, vamos conociendo los hechos. Hasta ahora he hablado de los protagonistas humanos pero en realidad el gran protagonista de la novela es el lenguaje. Se trata de un lenguaje como decía de gran riqueza, con abundancia de palabras arcaicas que me hicieron pensar que la historia transcurría en el pasado. En un principio esto me confundió y después, cuando me di cuenta de mi error, me vi obligado a recomponer la imagen mental que me había estado haciendo hasta entonces. Todo acontece en el presente o en un pasado reciente, lo que sucede es que la manera en que se expresa su protagonista y el modo en el que actúan los vecinos nos invitan a creer que estamos leyendo las cartas envueltas en polvo y telarañas del olvidado baúl perteneciente a un antepasado. Las historias de terror resultan más verosímiles y funcionan mucho mejor cuando suceden en el pasado, algo que el autor de El imperio de Yegorov no desconoce.

            Arropada la historia por un vocabulario rebuscado pero sin llegar a los términos inventados por Santiago Lorenzo en Los asquerosos (otra novela rural muy diferente) la historia discurre entre momentos de cierta ternura, de misterio, de terror e incluso de voluptuosidad desaforada y también de humor, de un humor sutil casi invisible que se aprecia sobre todo en el retrato que se hace de los personajes. La única pega que se le puede poner a la novela es que su desenlace resulta un tanto previsible, casi desde el principio dejó de ser un secreto para mí lo que sucedía. Pero esto no debe ser un impedimento para disfrutar de este libro, que, como la mayoría de los que escribe Moyano, sabe a poco.

lunes, 18 de enero de 2021

"El rebaño ciego" de John Brunner

Portada de "El rebaño ciego" de John Brunner
         La primera palabra que me viene a la cabeza con esta novela es caleidoscopio, que como alarde de imaginación (demasiado manido) no es gran cosa. También podría hablar de mosaico o incluso de puzle de vidas o como hoy me he levantado ocurrente podría apuntar a la visión facetada de un futuro próximo, aunque lo encuentro un tanto rebuscado. En cualquier caso, todo eso y más es El rebaño ciego (1972).

            Admito que no soy un entendido en la obra de John Brunner (1934-1995). Leí hace ya unos cuantos años una de sus novelas más célebres (que tal vez debería releer) El jinete en la onda del shock (1975) que no me impresionó lo suficiente como para animarme con el resto de sus mastodónticas novelas. Porque de entre las muchas cosas que puede decirse de Brunner estoy seguro de que nos pondremos de acuerdo al menos en una, la de que no es precisamente un autor parco en palabras. Sus libros más aclamados, entre los que se encuentra El rebaño ciego y sobre todo el más conocido de ellos, Todos sobre Zanzíbar (1968), que ganó el Hugo en 1969, son los que cuentan con un mayor número de páginas. Además de un tamaño amedrentador tienen en común estar situados en un futuro cercano y haber sido escritos con el mismo estilo fragmentario que indicaba al principio de esta reseña. Esta manera de narrar que Brunner tomó prestada de John Dos Passos y que en El jinete en la onda del shock no acabó de convencerme (aunque como digo quiero darle una nueva oportunidad) convierte a El rebaño ciego en la gran obra que es. Fondo y forma están tan imbricados que cuesta imaginar que la novela pudiera haberse escrito de otra manera. A través de pequeños fragmentos de la vida de diversas personas, flashes significativos del día a día, entrevistas, anuncios de todo tipo, locuciones de radio…, Brunner logra construir un retrato formidable y complejo del futuro próximo, un futuro tan creíble que es fácil confundirlo con nuestro presente. Es cierto que esta estructura fragmentada con constantes elipsis demanda una atención añadida al lector, a lo que debemos sumar que muchos de los personajes aparezcan casi de manera subrepticia sin que sepamos el papel que irán a jugar más adelante, lo que obliga en ocasiones a volver atrás para saber quiénes son. Sin embargo, el esfuerzo merece la pena. Brunner teje con calma y precisión, hilo a hilo, y sólo al final cuando da las puntadas finales nos damos cuenta del intrincado tapiz que ha urdido. Ante nuestros ojos se aparece entonces ese mundo terrible a punto del colapso ecológico a causa de la ineptitud humana tan verosímil que hará que miremos a nuestro alrededor para cerciorarnos de que seguimos en el salón de nuestra casa. Es muy posible que nuestra mirada se tope con lo que hay más allá de la ventana y reparemos en las mascarillas que cubren los rostros de todos los transeúntes y pensemos en las enfermedades que nos amenazan, algunas dadas por erradicadas hace años. A partir de aquí nuestra mente puede decidir sumergirse en otras cavilaciones no demasiado esperanzadoras, como la locura climatológica que nos azota o la incredulidad que nos producen los líderes que nos gobiernan surgidos de una mala película de serie B de los sesenta. La pesadilla de Brunner no está lejos de hacerse realidad, sólo nos cabe esperar que su trepidante y apocalíptico final no sea también el nuestro.

Siempre se ha destacado la capacidad profética de Brunner. No es mi intención subestimarla y lo que voy a decir a continuación no le resta un ápice de valor a la novela, no obstante tengo la impresión de que mucho de lo que anticipaba Brunner en 1972 ya estaba  aflorando por aquel entonces. La contaminación de los mares, la resistencia de los gérmenes a los antibióticos, la ceguera de los gobernantes, el «cortoplacismo» no eran desconocidos hace cincuenta años y creo que precisamente esto hace que el libro siga siendo tan actual y que resulte tan terrorífico como entonces, porque pone de manifiesto lo poco que se ha hecho en todos estos años. Los «trainitas», los imprudentes ecologistas radicales de la novela, por suerte no se han hecho realidad pero no hubiera estado mal tener a mano a un hombre con la conciencia ecológica y el carisma de Austin Train. Aunque mucho me temo que su presencia sería tan inútil como en el libro, se le acusaría de traición como se ha hecho con Snowden o puede que de terrorismo.

En cualquier caso debemos repartir las culpas, nuestros gobernantes no son los únicos responsables del desastre ambiental. La mayoría de nosotros somos magníficos ecologistas hasta que nos tocan el bolsillo o nuestro empleo se ve en peligro. Compramos en los supermercados más baratos (muchos no tienen otro remedio si quieren llegar a fin de mes) sin importarnos la procedencia de los productos, queremos comer tomates y naranjas durante todo el año aunque vengan de las antípodas, nos lamentamos de las armas que hay diseminadas por el mundo entero pero por otro lado, nos negamos a que las empresas que las fabrican se cierren para poder seguir manteniendo nuestro trabajo. Yo mismo he acudido a ese monstruo del consumismo que es Amazon para obtener este libro. Intenté conseguirlo por otros medios pero por alguna razón todos los ejemplares disponibles de la edición de AJEC (que por cierto requeriría de una buena revisión) se encontraban fuera de España. Ahora mientras escribo esto y compruebo los datos leo en la página del final del libro lo siguiente: Printed by Amazon Italia Logística S.r.l. ¿Qué pensaría John Brunner si lo viera?

martes, 29 de diciembre de 2020

"La desagradable profesión de Jonathan Hoag” de Robert A. Heinlein

Portada de "La desagradable profesión de Jonathan Hoag” de Robert A. Heinlein

Sería difícil encontrar un relato con un arranque más irresistible que La desagradable profesión de Jonathan Hoag de Robert A. Heinlein. Una vez que se empieza a leer el primer párrafo es imposible detenerse. ¿Qué es eso oscuro que tiene debajo de las uñas el hombre que acude a la consulta? Parece sangre aunque el médico lo desmiente categóricamente, lo hace enojado sin que sepa la razón de su irritación. Tras esta delirante escena se produce otra que no lo es menos cuando el hombre sale del consultorio y todo lo que ve ante sí, la calle, los edificios y sobre todo la gente le producen un rechazo y una sensación de desagrado indescriptible. La situación deja al lector descolocado por cuanto seguramente pensaba tener entre las manos un relato de ciencia-ficción clásica. Desde luego no parece que estemos leyendo al autor de Tropas del espacio o de Forastero en tierra extraña, más bien parece un fragmento sacado de un libro de Leo Perutz o de Hermann Ungar, sólo más adelante cuando nos encontramos con la pareja de detectives protagonistas y unos diálogos chispeantes e ingeniosos dignos de las comedias del Hollywood de los años cuarenta reconocemos al autor. Se trata de una novela atípica dentro de la obra de Heinlein, que se publicó por primera vez en 1942 en la revista Unknown, y es una de las pocas incursiones que hizo el autor en la fantasía o en el terror. En ella Heinlein se desprende de su lado más racional para narrarnos la historia de un hombre que no recuerda a que se dedica durante el día y que decide por tanto contratar a unos detectives para que lo averigüen. Al principio la pareja de detectives cree que podrá aprovecharse del pobre hombre y que conseguirán ganarse sin demasiado esfuerzo los honorarios prometidos, sin embargo las cosas se van torciendo hasta adquirir un tono de pesadilla y de absurdo que hace dudar al matrimonio de detectives de su propia cordura. A pesar de tratarse de una novela corta de la primera época de Heinlein, en ella se aprecia su buen oficio como narrador, su habilidad para escribir diálogos y su buen pulso a la hora de conducir la trama hasta un final coherente a pesar de lo disparatado de la propuesta. 

El libro contiene otros cinco relatos de interés desigual. Uno de los menos logrados es El hombre que vendía elefantes, una historia nostálgica y fantástica algo trasnochada que no logra  su objetivo final de emocionar. Tampoco lo beneficia encontrarse seguida por todo un clásico como Todos vosotros zombis, que nos impulsa a olvidarla de inmediato. Para Aristóteles el círculo era la figura geométrica más perfecta, si así fuera Heinlein habría logrado con este relato de viajes en el tiempo hacer las delicias del filósofo griego. No soy muy dado a las alabanzas exageradas pero ante este relato no puedo más que inclinarme y proclamar que estamos ante un relato perfecto. No le veo ni un solo defecto a la trama y hasta el estilo en que está escrito me parece inmejorable, moderno y rápido, con un narrador en primera persona al estilo de la novela negra que se anticipa al futuro cyberpunk. Imprescindible.

Heinlein también cultivó los relatos «conspiranoicos» en los que se cuestiona la realidad, ejemplo de ello es la novela corta que da título al libro y que he comentado antes, y otro es Ellos. Se trata de un relato correcto que sin embargo ha sido superado por otros escritos con posterioridad. De todos modos hay que concederle su valor por tratarse de uno de los primeros relatos de este tipo junto a No sucedió de Fredric Brown.

El resto de relatos que integran el libro son completamente diferentes y en ellos nos encontramos con un Heinlein mucho más ligero, que hace gala de un humor fino e ingenioso. Un ejemplo es el cuento titulado Nuestra hermosa ciudad en el que un pequeño pero perpetuo remolino parece tener vida propia ante la incredulidad de los habitantes. Su capacidad para recuperar objetos que el viento arrastra por la ciudad, en concreto periódicos antiguos, permite destapar una serie de corruptelas. En ...Y construyó una casa torcida volvemos a encontrarnos al Heinlein juguetón de diálogos ágiles y ocurrentes. En este caso un arquitecto sueña con poder un día construir una casa que se despliegue también en una cuarta dimensión. La imposibilidad de llevar a cabo su proyecto le lleva a conformarse con desarrollar un teseracto en tres dimensiones, sin embargo un oportuno terremoto convierte su sueño en realidad o más bien en una pesadilla. Se trata de un relato francamente divertido.

En definitiva, nos hallamos ante un libro de un Heinlein muy diferente al escritor iconoclasta y farragoso en el que se acabaría convirtiendo en los últimos años. Se trata de una buena oportunidad para reconciliarse con un autor al que se ha venido denigrando de manera reiterativa en los últimos años. Recomiendo leerlo dejando a un lado los prejuicios, aunque antes habría que hacerse con un ejemplar, lo que por otra parte no creo que resulte nada fácil.


miércoles, 9 de diciembre de 2020

“Ángeles rotos” de Richard Morgan

Portada de "Ángeles rotos" de Richard Morgan
            Entrar en Ángeles rotos debe aproximarse mucho a ser lanzado desde una aeronave en pleno vuelo a lo desconocido, a un terreno posiblemente minado u ocupado por el enemigo mientras las bombas explotan alrededor. Así me he sentido yo en mitad de una batalla sin saber quiénes son los enemigos, equipado con armas tan complejas que no sé cómo usar ni tampoco contra quién dirigirlas. ¿Quién demonios es Kemp? ¿Por qué luchan en Sanción IV? 

            En ocasiones, viendo películas de acción he experimentado algo muy parecido y  confieso sin avergonzarme que gran parte de ellas las he terminado sin enterarme con detalle de la trama. Sospecho que la mayoría de las veces ni siquiera merece la pena intentar el esfuerzo, ¿para qué si el argumento carece de sentido? Cuando todo no es más que un pretexto para encadenar escenas y más escenas de acción. El relax y el alivio que proporciona no tener que estar atento a las motivaciones que impulsan a unos y otros para actuar como actúan permite un mayor disfrute de la película y yo lo recomiendo encarecidamente. Basta con dejarse arrastrar por las impactantes imágenes que pasan ante nuestros ojos, por las peleas encarnizadas, por la sangre que a veces parece salpicarnos desde la pantalla o por los gritos aterrorizados de los personajes o por la música atronadora. Lo que no sabía es que esto mismo fuera posible con un libro, principalmente porque la lectura requiere un esfuerzo mínimo por nuestra parte para interpretar y reconstruir en nuestra mente lo que se nos cuenta, algo que no es preciso cuando se ve una película. Sin embargo, de alguna manera, Morgan lo consigue.

            Lo hace además venciendo mi resistencia a ciertos tópicos que abundan en los relatos de acción y que Morgan no sólo no elude sino que explota sin complejos. Su mismo protagonista, que ya conocimos en circunstancias muy distintas en Carbono modificado, es un buen ejemplo de ello. Takeshi Kovacs (como comenta Ignacio Ilarregui en el prólogo) es el típico tipo duro, curtido en mil batallas, descreído de todo, que va siempre un paso por delante de todos, una máquina de matar infalible que sin embargo no tiene una roca como corazón. La historia cuenta además con los ingredientes típicos del género: armas a mansalva, un villano cruel y desalmado, una misteriosa mujer que enseguida inferimos acaparará la atención sentimental de nuestro héroe, un duelo final cuerpo a cuerpo (demasiado largo para mi gusto) y una revelación final que lo trastoca todo pero que a la vez lo aclara. Éste suele ser el esquema básico con el que funcionan la mayoría de las películas de acción de hoy en día. Morgan reúne todo estos elementos, los mezcla con armonía, les añade un poco de cyberpunk, una generosa dosis de sexo, un mucho de crítica al capitalismo, un misterioso artefacto alienígena y lo ensambla todo con nano uniones de polaleación y sin haber inventado nada nuevo construye una novela de acción impecable. El mérito, nada desdeñable por otra parte, está en saber manejar los tiempos, en crear intriga y hacer que ese futuro violento en el que la vida de cualquier persona que cabe en una cápsula de unos pocos centímetros resulte verosímil. Morgan ya demostró su habilidad para la acción en Carbono modificado, una novela frenética de género negro que Netflix convirtió en una especie de Blade Runner cutre y desangelada.

            La razón principal de que con tópicos y todo Ángeles rotos resulte una lectura casi imposible de dejar es que Morgan es un buen narrador, uno capaz de crear unos personajes, incluido Kovacs, lo suficientemente atractivos para que el lector se involucre en la acción y nos importe lo que les pase; lo que, por ejemplo, no sucedía en La brigada de luz de Kameron Hurley por compararla con una novela de acción bélica reciente. Sí hubiera que hacerle un reproche sería por las descripciones, que pecan de ser en exceso impresionistas, más tendentes a crear una emoción o sugerir que a construir un escenario tangible.

            Ángeles rotos viene a ser algo así como meterse un chute de pura adrenalina en el cuerpo. Es cyberpunk, sexo y violencia pero también una sentida loa a la lealtad entre compañeros. Pero más que nada es la expresión manifiesta ya no sólo de la poca confianza que le merece el ser humano a Morgan, sino cualquier inteligencia que pueda surgir en este universo, que nace obligada a competir encarnizadamente con las demás especies si pretende sobrevivir.

martes, 24 de noviembre de 2020

"El Muro" de John Lanchester

       

           Norman Spinrad llegó a decir que ciencia-ficción es todo lo que se publica bajo el epígrafe de ciencia-ficción. Da la impresión de que muchos se han tomado esta definición, que  no vino a ser más que una provocación, bastante más en serio de lo que cabría suponer a la vista de cómo ignoran todo lo que se publica fuera de las colecciones de género. Las webs especializadas se vuelcan, salvo excepciones, en las mismas novelas y en los mismos autores de moda. Lo cierto es que no he logrado encontrar una sola reseña en webs especializadas en ciencia-ficción de la novela de John Lanchester.

            El Muro comienza como una distopía del montón para dar paso después de manera brusca a un relato de tintes apocalípticos. No puede decirse que su punto de partida destaque por su originalidad ni tampoco por la perspicacia de la metáfora que encierra, tan obvia que ni siquiera parece una metáfora. Y es que todo resulta tan evidente... y no obstante, es difícil interrumpir la lectura del libro. Tal vez la razón de no poder dejarlo resida precisamente en esa falta de ambigüedad o en esa manifiesta apuesta por la transparencia: tiene que haber algo más – nos decimos–, no es posible que alguien se haya decidido a escribir un libro de casi trescientas páginas con un mensaje tan poco elaborado, y seguimos pasando página tras otra. Al final, casi sin darnos cuenta, las peripecias por las que pasan los protagonistas empiezan a importarnos y sus desgracias se convierten también en las nuestras. Cualquier novela puede leerse de dos maneras al menos, atendiendo a su contenido más racional o dejándose llevar por las emociones que despiertan en nosotros. El Muro sale mucho mejor parado si lo hacemos de la segunda manera.

            Pero contemos algo sobre su argumento. Kavanagh, como muchos otros, debe marchar de la casa en la que vive con sus padres para realizar su servicio de vigilancia de dos años en el Muro. Es un deber ineludible para todos los que no son «reproductores». Construido en hormigón, el Muro tiene aproximadamente unos diez mil kilómetros de largo y rodea por completo el país para impedir que, tras el Cambio que se produjo hace años, los Otros puedan entrar. Lanchester no da demasiados detalles sobre el Cambio, aunque se intuye que se trata de un acontecimiento trascendental que cambió el mundo para siempre y que de alguna manera está relacionado con la subida del nivel del mar. La generación de Kavanagh culpa a sus padres de lo sucedido, por lo que las relaciones con ellos no son demasiado buenas. En el contexto actual de refugiados y de alarma por el cambio climático no se puede decir que la premisa sea en exceso alambicada. La primera parte de la novela es la menos interesante de las tres en las que está dividido el libro, sobre todo por la machaconería con la que el autor explica el tedio que suponen las doce horas que dura cada turno de vigilancia, tedio que acaba por contagiarse al lector. Por otro lado es de agradecer que se nos eviten los tormentos y ultrajes habituales por los que suelen pasar los reclutas durante el período de instrucción, cosa que ocurre en la mayoría de novelas y películas de ambiente militar. Los defensores del Muro en ese sentido son unos afortunados y su vida no se aleja mucho de lo que era la «mili». No os asustéis, no es necesario que corráis despavoridos con las manos en los oídos, prometo no contar mi «mili». Lo que quiero decir es que no ocurre nada extraordinario a excepción del frío y el aburrimiento que experimentan. Si no fuera por el temor a ser atacados se diría que la vida que llevan es bastante cómoda y tranquila.

            Los Otros son vistos con miedo por los defensores, no sólo por la amenaza directa que supone que ataquen sino también por las graves consecuencias que se derivan para los que están de guardia si no logran impedir que crucen al otro lado del muro. Los Otros carecen de etnia y religión, son entes abstractos que cuando se hacen reales no parecen diferenciarse de los demás. Lo único que los distingue es que proceden del otro lado del Muro, sin embargo, su presencia parece perturbar de alguna manera a los demás y suscitar un sentimiento de ¿culpabilidad?, ¿de embarazo?  El autor se cuida mucho de dotarlos de rasgos  concretos que puedan levantar la sospecha de racismo o discriminación. Nos quiere hacer reflexionar sobre nuestro miedo al otro, pero quiere hacerlo con el concepto desnudo, despojándolo de tintes racistas o nacionalistas. El muro de Lanchester no es sólo físico como averiguamos al final.

            Contado en primera persona, el libro está escrito con sencillez, como corresponde a la personalidad del protagonista, pero lamentablemente los pocos alardes que se permite Lanchester son echados a perder por una traducción que habría requerido mayor atención. En un momento dado el autor hace un juego de palabras con el término en inglés «concrete», que puede significar hormigón pero también específico o concreto. El autor aprovecha algo llamado poesía concreta para describir lo que se ve desde el muro y juega con los dos significados de «concrete». En la traducción se opta por lo más fácil y se traduce siempre por «concreto» lo que convierte la lectura en algo enojoso, por si fuera poco logra además que las connotaciones que conlleva la palabra hormigón como son el frío, el gris y la monotonía se pierdan. Tampoco se luce la traductora con la palabra «briefing» que ni siquiera es recogida por la RAE cuando podía haberla traducido por reunión informativa.

            Las imágenes finales del libro me traen a la mente la película Waterworld, eso sí algo menos estilizadas y más realistas que las que vimos en la gran pantalla. Es sin duda alguna lo mejor del libro y lo que explica las buenas críticas que ha obtenido. La conclusión es elegante pero es más que probable que a muchos les parezca una hábil argucia con la que eludir un verdadero final.

viernes, 6 de noviembre de 2020

"Exhalación" de Ted Chiang

Pocos autores con una obra tan escasa concitan la expectación que despierta Ted Chiang, una circunstancia que resulta aún más sorprendente por tratarse de un escritor de un género tan poco «distinguido» como es el de la ciencia-ficción. El escritor de ascendencia China se ha convertido en una especie de Salinger dentro del género, la publicación de cada libro suyo es celebrada como un acontecimiento literario. Es verdad que la popularidad de Salinger se debe sobre todo a El guardián entre el centeno pero su producción se compone a excepción de esta novela de unos pocos relatos. Chiang, por su parte, no se ha estrenado aún en el relato largo y su obra se circunscribe a la ficción corta, menos abundante incluso que la del autor de Un día perfecto para el pez plátano. El conjunto de sus relatos no ocupan más que dos libros: Exhalación (2019) y La historia de tu vida (2002). En casi treinta años (su primer relato La torre de Babilonia data de 1990) ha publicado sólo dieciocho relatos. Su fama se vio notablemente incrementada tras el estreno de la película de gran éxito La llegada de Denis Villeneuve y que adaptaba el cuento La historia de tu vida.

Cada relato de Chiang es una joya única. El autor parte siempre de una materia prima excelente: las ideas en las que se inspira para escribir sus relatos son siempre gemas de la máxima calidad, diamantes en bruto, esmeraldas o rubíes que luego talla y pule con esmero y paciencia para realzar al máximo su fulgor interior. Esta búsqueda de la perfección a veces juega en su contra, sus relatos de tan trabajados pueden resultar en ocasiones desprovistos de espontaneidad y naturalidad y podrían hacernos pensar que han sido escritos por uno de esos algoritmos o uno de esos «digientes» especializados que describe en el relato El ciclo de vida de los elementos de software. En esta narración Chiang toma una idea, en este caso la creación de un software de animación para un personaje virtual, y la despliega y desarrolla hasta sus últimas consecuencias. No hay eventualidad o circunstancia que el escritor no contemple en este relato en el que especula sobre cómo podría ser la relación entre humanos e inteligencias artificiales, de la responsabilidad que tendrían los primeros sobre los segundos y de su evolución en un dilatado espacio de tiempo. Chiang, como comenta él mismo en las esclarecedoras notas finales del libro, cree que cualquier inteligencia necesitaría de un largo y lento aprendizaje del mismo modo que lo necesita un niño para alcanzar la madurez.

Esta prolijidad y detallismo se aprecian también en el relato La verdad del hecho, la verdad del sentimiento, también incluido en la antología de Mariano Villarreal A la deriva en el mar de las lluvias y otros relatos, que ya comenté en este blog. Chiang reflexiona sobre una eventualidad que suele pasar desapercibida y que condiciona en gran medida nuestra vida diaria y que tiene efectos decisivos en nuestras relaciones humanas: el poco crédito que se le puede conceder a nuestra memoria tanto por su subjetividad como por las enormes lagunas que presenta. ¿Qué sucedería si pudiéramos archivar cada instante de nuestras vidas de manera que nadie pudiera poner nunca en duda los hechos? Chiang no teme abordar temas de trascendencia, ya sea filosóficos, científicos o relacionados con el comportamiento humano y lo hace siempre con gran rigor y minuciosidad; este exceso de celo tiene, sin embargo, como consecuencia que la trama quede en ocasiones demasiado al servicio del concepto. La niñera automática, patentada por Dacey es un ejemplo de ello; en esta ocasión Chiang sitúa la historia en un pasado alternativo en que la técnica de construcción de autómatas mecánicos se ha perfeccionado hasta el punto de que se han podido fabricar niñeras mecánicas. Un punto de partida que sirve al autor para mostrarnos la importancia del contacto humano en la educación. A pesar de lo comentado con anterioridad el relato es una delicia.

Muy diferente es el cuento El comerciante y la puerta del alquimista en el que Chiang funde una historia que parece surgir del maravilloso mundo de las mil y una noches con una narración de viajes en el tiempo. Mediante este elaborado relato el autor  consigue demostrar que aunque pudiéramos conocer el futuro y este fuera inalterable aún quedaría espacio para las sorpresas. Una exhibición de virtuosismo del autor.

Chiang es un maestro a la hora de concebir nuevas cosmogonías. En el cuento que da título al libro, Exhalación, imagina un mundo de seres mecánicos, muy similar por otra parte al nuestro, en el que el aire es la energía que hace que todo funcione. Las dudas surgen cuando sus pobladores comienzan a darse cuenta de que  en los últimos años su percepción del tiempo se está viendo alterada. Para encontrar una explicación a este fenómeno inexplicable un científico decide desmontar su propio cerebro y comprobar la manera en que los recuerdos son archivados en él. La escena es realmente prodigiosa y está narrada por un Chiang pletórico. La historia no deja de ser una bella analogía de nuestro mundo; al final no somos más que aire y nuestra vida se esfuma en una breve exhalación. En un ámbito similar se mueve Ónfalo. En este caso en lugar de realizar una elaborada analogía sobre la entropía, concibe un mundo en el que la labor de los científicos está al servicio de sus creencias religiosas y todos sus esfuerzos están encaminados a demostrar la grandiosidad de la obra de Dios. Poco más de treinta páginas para resumir la historia de la lucha entre fe y ciencia y el ocaso del antropocentrismo.

Chiang toca todos los palos, cavila sobre el libre albedrío (Lo que se espera de nosotros), se pregunta si seríamos capaces de reconocer otras inteligencias (El gran silencio) o especula sobre la posible existencia de mundos alternativos  (La ansiedad es el vértigo de la libertad), pero sea el tema que sea sus relatos se desarrollan siempre con una lógica implacable. Lo que hace interesante a este autor es que por abstrusos o técnicos que puedan ser los conceptos que maneja su mirada es profundamente humana. Un perfecto ejemplo de ello es el relato con el que pone fin al libro, La ansiedad es el vértigo de la libertad, una historia fascinante con física cuántica de por medio, que permite al autor hablar de cómo muchas de nuestras decisiones se producen algunas veces por simple azar.

        Puede que también el azar te haya llevado a este blog, puede que estuviera escrito que así lo hicieras o cabe la remota posibilidad de que seas un seguidor y hayas accedido por propia decisión, sea cual sea la razón que te haya traído, hazme caso y no dejes pasar la oportunidad de leer este admirable libro lleno de inteligencia y de maravilla. Es muy posible que después debas esperar otros veinte años a que Chiang vuelva a escribir otro, pero eso ya depende de su libre albedrío o de que las moléculas de oxígeno estuvieran en el lugar adecuado en el momento en que fue engendrado.


miércoles, 14 de octubre de 2020

"Pequeños dioses y otros cuentos blancos” de Tim Pratt

Portada de  "Pequeños dioses y otros cuentos blancos” de Tim Pratt

Leyendo estos relatos de Tim Pratt he tenido la sensación de haber estado haciéndolo toda la vida, de conocerlos ya de antes, como si sus historias cercanas de amores que no llegan a consolidarse y de desengaños existieran desde siempre y sólo faltara que alguien como Tim Pratt les diera forma y las pusiera por escrito. Y no es porque les falte originalidad, porque imaginación le sobra a Pratt, quizás sea por la naturalidad con la que están escritas, por entroncar con las fantasías que se escribían antes o tal vez porque todos nos hemos sentido alguna vez como sus protagonistas.

El leitmotiv de la mayoría de los relatos de Pequeños dioses y otros cuentos blancos es el amor, en concreto el amor romántico, algo que en estos tiempos de odios viscerales y en el que todo parece estar en revisión, no deja de sorprender. Gran parte de ellos están protagonizados por hombres que han llegado al final de su juventud y que se han resignado a la vida que tienen sin haber logrado desprenderse de los recuerdos de amores perdidos o no satisfechos del pasado. Así ocurre en El pez limpiafondos, en El sótano del  mundo y también en Su voz en una botella. En las tres historias la rutina del personaje principal se ve trastocada por el regreso de un antiguo amor, un hecho que por muy deseado que sea no supone siempre un beneficio para su protagonista sino todo lo contrario como ocurre en El sótano del  mundo. Uno de los personajes  de Su voz en una botella llega a comparar este desasosiego por un amor pasado con la adicción a una droga de la que habría que desintoxicarse. El ambiguo desenlace de El pez limpiafondos no permite saber con claridad si este retorno desemboca en un final feliz o desgraciado. En estos tres relatos los objetos cotidianos tienen un papel importante en la trama, a veces son cosas  olvidadas que un pez extrae de lo más profundo de la memoria de su protagonista, en otras es una botella que guarda un mensaje suspirado por un viejo amor antes de despedirse. También puede ser un universo lleno de objetos perdidos como al que conduce el sótano de la casa de uno de los personajes.

Otro tema recurrente del libro es el de la pérdida de un ser querido. En Siegaespectros o la vida después de la venganza fallece el novio del personaje principal tras un accidente, en Pequeños dioses muere la esposa del protagonista en un atraco mientras que en Tres peticiones a la reina del infierno son tres muertes las que se suceden a lo largo del tiempo. Se trata de pérdidas insoportables que los que las han sufrido intentan mitigar haciendo tratos con el más allá. Los pactos desde el Fausto de Goethe son algo habitual en la literatura fantástica, basta con recordar El Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, y por lo general el que se arriesga a hacerlos tiene todas las de perder por lo que suelen acabar en tragedia, sin embargo en los relatos de Pratt esto no es siempre es así, y es fácil que pasen del terror a la comedia.

Al margen de estas clasificaciones tenemos el relato Sueños imposibles, una historia  romántica que es también una viva declaración de amor al cine. Pratt fantasea con un universo alternativo al nuestro en el que fueron rodadas versiones diferentes de obras clásicas del cine y en el que incluso existen películas que nunca se llegaron a realizar en nuestro mundo como el Yo, Robot con guión de Harlan Ellison, la versión de El cuarto mandamiento con el final que concibió Orson Welles o un En busca del arca perdida protagonizado por Tom Selleck en lugar de Harrison Ford. También se cuestiona la realidad en el cuento titulado Resultados inesperados, en el que Pratt parece convertirse en una especie de Philip K. Dick menos atormentado y más resignado.  El menos blanco de estos cuentos blancos es La copa y la mesa con unos personajes más extraños de lo habitual. Una singular fantasía que va ganando interés según avanza pero que por desgracia el autor no logra rematar con un final a la altura.

El libro se completa con una tierna carta a un amor del pasado que nunca llegará a su destino (Pratt parece haber sufrido un desencuentro amoroso tras otro) y con el poema Romance científico, que es una divertida a la vez que apasionada declaración de amor en el que se utilizan a propósito todos los temas más manidos de la ciencia-ficción.

 Pratt es un autor prolífico que tiene varias novelas en su haber aunque no ha sido hasta hace poco que se han publicado en España. Desconozco cómo se maneja en las distancias largas pero hay que reconocer que los relatos cortos se le dan bien. Con sus pequeños detalles de la vida cotidiana, con sus personajes infelices sumidos en la nostalgia y con sus giros argumentales sabe tocar la fibra sensible. Estamos ante un libro que se lee como nada, lleno de sorpresas, divertido y conmovedor, escrito con sencillez y cuya lectura deja una agradable sensación de satisfacción.