Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

Universo de pocos

miércoles, 14 de octubre de 2020

"Pequeños dioses y otros cuentos blancos” de Tim Pratt

Portada de  "Pequeños dioses y otros cuentos blancos” de Tim Pratt

Leyendo estos relatos de Tim Pratt he tenido la sensación de haber estado haciéndolo toda la vida, de conocerlos ya de antes, como si sus historias cercanas de amores que no llegan a consolidarse y de desengaños existieran desde siempre y sólo faltara que alguien como Tim Pratt les diera forma y las pusiera por escrito. Y no es porque les falte originalidad, porque imaginación le sobra a Pratt, quizás sea por la naturalidad con la que están escritas, por entroncar con las fantasías que se escribían antes o tal vez porque todos nos hemos sentido alguna vez como sus protagonistas.

El leitmotiv de la mayoría de los relatos de Pequeños dioses y otros cuentos blancos es el amor, en concreto el amor romántico, algo que en estos tiempos de odios viscerales y en el que todo parece estar en revisión, no deja de sorprender. Gran parte de ellos están protagonizados por hombres que han llegado al final de su juventud y que se han resignado a la vida que tienen sin haber logrado desprenderse de los recuerdos de amores perdidos o no satisfechos del pasado. Así ocurre en El pez limpiafondos, en El sótano del  mundo y también en Su voz en una botella. En las tres historias la rutina del personaje principal se ve trastocada por el regreso de un antiguo amor, un hecho que por muy deseado que sea no supone siempre un beneficio para su protagonista sino todo lo contrario como ocurre en El sótano del  mundo. Uno de los personajes  de Su voz en una botella llega a comparar este desasosiego por un amor pasado con la adicción a una droga de la que habría que desintoxicarse. El ambiguo desenlace de El pez limpiafondos no permite saber con claridad si este retorno desemboca en un final feliz o desgraciado. En estos tres relatos los objetos cotidianos tienen un papel importante en la trama, a veces son cosas  olvidadas que un pez extrae de lo más profundo de la memoria de su protagonista, en otras es una botella que guarda un mensaje suspirado por un viejo amor antes de despedirse. También puede ser un universo lleno de objetos perdidos como al que conduce el sótano de la casa de uno de los personajes.

Otro tema recurrente del libro es el de la pérdida de un ser querido. En Siegaespectros o la vida después de la venganza fallece el novio del personaje principal tras un accidente, en Pequeños dioses muere la esposa del protagonista en un atraco mientras que en Tres peticiones a la reina del infierno son tres muertes las que se suceden a lo largo del tiempo. Se trata de pérdidas insoportables que los que las han sufrido intentan mitigar haciendo tratos con el más allá. Los pactos desde el Fausto de Goethe son algo habitual en la literatura fantástica, basta con recordar El Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, y por lo general el que se arriesga a hacerlos tiene todas las de perder por lo que suelen acabar en tragedia, sin embargo en los relatos de Pratt esto no es siempre es así, y es fácil que pasen del terror a la comedia.

Al margen de estas clasificaciones tenemos el relato Sueños imposibles, una historia  romántica que es también una viva declaración de amor al cine. Pratt fantasea con un universo alternativo al nuestro en el que fueron rodadas versiones diferentes de obras clásicas del cine y en el que incluso existen películas que nunca se llegaron a realizar en nuestro mundo como el Yo, Robot con guión de Harlan Ellison, la versión de El cuarto mandamiento con el final que concibió Orson Welles o un En busca del arca perdida protagonizado por Tom Selleck en lugar de Harrison Ford. También se cuestiona la realidad en el cuento titulado Resultados inesperados, en el que Pratt parece convertirse en una especie de Philip K. Dick menos atormentado y más resignado.  El menos blanco de estos cuentos blancos es La copa y la mesa con unos personajes más extraños de lo habitual. Una singular fantasía que va ganando interés según avanza pero que por desgracia el autor no logra rematar con un final a la altura.

El libro se completa con una tierna carta a un amor del pasado que nunca llegará a su destino (Pratt parece haber sufrido un desencuentro amoroso tras otro) y con el poema Romance científico, que es una divertida a la vez que apasionada declaración de amor en el que se utilizan a propósito todos los temas más manidos de la ciencia-ficción.

 Pratt es un autor prolífico que tiene varias novelas en su haber aunque no ha sido hasta hace poco que se han publicado en España. Desconozco cómo se maneja en las distancias largas pero hay que reconocer que los relatos cortos se le dan bien. Con sus pequeños detalles de la vida cotidiana, con sus personajes infelices sumidos en la nostalgia y con sus giros argumentales sabe tocar la fibra sensible. Estamos ante un libro que se lee como nada, lleno de sorpresas, divertido y conmovedor, escrito con sencillez y cuya lectura deja una agradable sensación de satisfacción.


lunes, 28 de septiembre de 2020

"Venus más X” de Theodore Sturgeon

Portada de "Venus más X” de Theodore SturgeonAhora que se están recuperando viejas distopías feministas y que el mercado se ha visto saturado con otras nuevas he querido rescatar esta novela de 1960 que se anticipa a muchas y que cuenta con la particularidad de no haber sido escrita por una mujer. Cuando fue publicada en España por Adiax allá por 1982 y pocos años después por Orbis, o sea con más de cuatro lustros de retraso, no me decidí a leerla, eran mis años estudiantiles y mi escaso capital me obligaba a sopesar con esmero mis lecturas. Tenía la intención con esta reseña de dejar constancia de que también hubo hombres que en su día se preocuparon por la situación de la mujer en la sociedad. A decir verdad Theodore Sturgeon se adelantó con Venus más X varios años a Ursula K. Le Guin o a Joanna Russ pero mi propósito se ha visto en parte empañado porque el libro, lamento decirlo, no ha satisfecho mis expectativas.

La obra novelística de ciencia-ficción de Sturgeon es escasa, aún así durante un tiempo se codeó con los llamados tres grandes de la ciencia-ficción clásica: Robert A. Heinlein, Isaac Asimov y Arthur C. Clarke (Ray Bradbury nunca entraba en esta lista supongo que porque lo suyo era la fantasía). Siempre se elogió su estilo depurado con su dosis de poesía que lo elevaba por encima del resto pero hoy en día es un autor olvidado al que únicamente se recuerda por su novela Más que humano y la conocida ley que lleva su nombre: “El noventa por ciento de la ciencia-ficción es basura porque el noventa por ciento de todo es basura”. Sturgeon cuenta, no obstante, con infinidad de relatos que merecerían reeditarse, por su originalidad y por tocar  temas que otros autores procuraban evitar entonces. No puedo juzgar el resto de su obra novelística de ciencia-ficción (Violación cósmica, Los cristales soñadores o Cuepodivino), por no haberla leído y resultar ahora mismo difícil de conseguir. También escribió novela policiaca bajo el seudónimo Ellery Queen y guiones para Star Trek. Aquí pueden encontrar más detalles de su vida.

Pero volvamos a Venus más X y al que considero su principal problema, que no es otro que el de resultar terriblemente aburrido la mayor parte del tiempo. Sturgeon quiere que vivamos en nuestras propias carnes el asombro y la desorientación que siente un hombre de los años cincuenta que cree despertarse en el futuro y se topa con unas maravillas inexplicables y desconcertantes, algo perfectamente válido si no fuera por el sinfín de páginas que requiere. Se nos describe con todo detalle la arquitectura, el sistema de transporte y la estrambótica vestimenta de sus habitantes (por alguna razón que se me escapa la variedad de colores de su indumentaria parece preocupar en particular a Sturgeon), sin embargo todas estas conquistas de la ciencia que en los años en que se publicó la novela pudieran impresionar a algunos carecen por completo de interés hoy en día. El estilo, que es en lo que se supone que Sturgeon destaca frente otros escritores, me ha parecido a ratos anticuado y en exceso afectado, algo que la traducción de Domingo Santos, que antepone todos los adjetivos al sustantivo como en el inglés, acentúa aún más.

El gran mérito de la novela está en plantear cuestiones que la ciencia-ficción no solía abordar entonces como son la desigualdad sexual y el absurdo de ciertos roles que la sociedad ha adjudicado a la mujer. Con el fin de enfatizar esta arbitrariedad el autor intercala escenas de la vida de una familia de clase media de los años cincuenta en el relato principal, donde nos presenta una sociedad utópica en la que todo esto parece resuelto. Se trata de una solución discutible por cuanto ambas tramas permanecen completamente disociadas la una de la otra y no llegan a converger en ningún momento. Los «ledom», que así es como se hacen llamar los miembros de esta utopía, creen que la única manera de terminar con la desigualdad de sexos es poseer ambos a la vez. Piensan que en una sociedad sin hombres ni mujeres, constituida sólo por seres humanos iguales entre sí, no existiría ese problema, nadie se impondría al otro. En la novela se reflexiona sobre la parte de culpa que han tenido las religiones en estas desigualdades promoviendo la culpa,  también se llega a postular que el matriarcado tampoco sería la solución, cuestiones toda ellas de gran interés y plena actualidad pero que son expuestas de una manera en exceso discursiva (mediante una especie de carta) con lo que las ideas no quedan integradas de una manera natural en la narración. La imagen del paraíso que se nos ofrece es un tanto tópica por no decir ridícula, con gente semidesnuda rodeada de un césped perfecto comiendo frutos de todos los colores imaginables. Sólo al final, cuando abandona su tono expositivo y por fin suceden cosas, la novela además de dar un emocionante vuelco consigue levantar el vuelo, sin embargo sucede tan tarde y tan deprisa que no sé si es suficiente para recomendar la novela, una lástima.

lunes, 14 de septiembre de 2020

"Basilisco" de Jon Bilbao

Portada de "Basilisco" de Jon Bilbao
 Comencé la lectura de Basilisco de Jon Bilbao justo tras terminar Una novela rusa de Emmanuel Carrère y si no fuera por esta curiosa casualidad jamás hubiera reparado en la relación existente entre ambas obras. Quizás se trate nada más que de las elucubraciones de alguien con deseos de destacar, obstinado en descubrir algo que ningún crítico literario ha sido capaz de ver pero lo cierto es que ambos libros me han sorprendido por la falta de pudor con la que sus autores hablan de sí mismos y de las personas de su entorno más cercano. No es frecuente que un autor descubra su alma de la manera que lo hacen Carrère y Bilbao, una exhibición de su intimidad que puede resultar, sobre todo en el caso del francés, hasta incómoda para el lector. Ambos libros son además de difícil adscripción, uno no sabe muy bien si considerarlas novelas, libros de relatos u otra cosa. Es verdad que Carrère se asoma a la Rusia más profunda mientras que Bilbao lo hace al legendario oeste americano, lugares muy alejados entre sí, sin embargo se trata de territorios que de alguna manera han tenido que ver con su infancia, ya sea por orígenes familiares, en el caso del francés, o por la afición que despertaba El Teniente Blueberry en el joven Bilbao según cuenta el propio autor en una entrevista. El libro de Carrère es un relato autobiográfico contado a modo de novela, Basilisco es además de eso un libro de relatos. Podría decirse que se trata de una mezcla imposible de historias del Far West y de narración autobiográfica, algo que sintetizado así podría hacer pensar que se trata de un completo disparate, de una ida de olla del autor nacido en Ribadesella; pero no, Bilbao logra salir airoso del atolladero en el que se mete y consigue rematar un libro audaz, único, que a pesar de desarrollarse en gran parte en un universo tan alejado del suyo como es el oeste americano logra casarlo sin problemas con su atormentado mundo personal.

En cuanto al argumento, no es fácil resumirlo. El libro comienza con la visita a un rancho en Virginia City, en la que uno de los personajes cuenta una historia que tiene que ver con los comienzos de dicha ciudad y en la que destaca la figura de un veterano de la Guerra de Secesión americana llamado John Dunbar. El libro continúa con más relatos de este personaje arquetípico que se alternan con ficciones y acontecimientos de la vida del protagonista, probable trasunto del autor. Se trata de una mezcla extraña de Western con resonancias del Cormac McCarthy de Meridiano de sangre y de las vivencias de un escritor que no parece del todo complacido con su vida. A final la vida de ambos personajes, cowboy y escritor, se confunden, uno se apropia del otro y las dos tramas parecen interferirse mutuamente. Hay una escena especialmente elocuente, una pesadilla muy simbólica, no se sabe si soñada por el escritor o por Dunbar en la que se pone de manifiesto el esfuerzo que supone el acto creativo.

Me gusta cómo escribe Bilbao, me gusta su prosa directa e insinuante. Me gusta cómo logra dotar a una historia en apariencia trivial de oscuridad y desasosiego. Sus relatos del Oeste me han sorprendido y he disfrutado de ellos pero sobre todo me ha gustado la manera con la que los ha engarzado con las vivencias de un personaje de la actualidad, un escritor que intenta salir adelante en su vida personal y literaria. Tras estas historias en apariencia intrascendentes de un padre que vuela un avión a radiocontrol con su hijo o de un avispero en el jardín hay mucho más aunque las aventuras de Dunbar con los mormones, científicos y la Araña resulten mucho más espectaculares. Vale la pena internarse en la cueva primigenia que Bilbao ha excavado palabra a palabra para nosotros y descubrir dentro nuestros terrores de la infancia para llegar a conocernos mucho mejor que cuando decidimos entrar en ella.


viernes, 31 de julio de 2020

Cuento:"Apocalipsis chorra"

No acaba de mejorar este año. Lo comenzamos asomándonos a uno de esos apocalipsis que tantas veces habíamos visto en el cine o en televisión. Nos dimos cuenta de que éramos más vulnerables de lo que creíamos y reflexionamos sobre nuestra posición en el mundo: comprendimos que la naturaleza no es algo que está a nuestra merced, algo capaz de soportar todo los agravios que le infligimos. Al principio fueron muchos los que pensaron que la pandemia nos haría mejores. El dolor y el miedo pareció unirnos. Aplaudíamos con emoción todas las tardes a los sanitarios creando un sentimiento único de concordia, un vínculo humano entre todos nunca visto antes. Aún parecía haber esperanza para el ser humano. Por desgracia seguimos siendo los mismos de siempre.

Hace algunos años, antes de que todo esto ocurriera, escribí un cuento en el que imaginé un apocalipsis muy distinto. Pensé en publicarlo en el blog en plena pandemia, sin embargo, con las cifras diarias de muertes no me pareció oportuno hacer bromas. Ahora que se han calmado un poco las cosas y que ha llegado el verano me parece una buena manera de despedir el blog hasta septiembre. Espero que os guste.








APOCALIPSIS CHORRA
por Carlos Morgenroth


El café del desayuno fue el primer indicio de que las cosas habían dejado de ser como eran. Un sólo sorbo, que escupí de inmediato, me bastó para tirar el resto por el fregadero. Supuse que el café se había echado a perder en la lata en la que lo guardaba y me hice otro sin detenerme a pensar en otra posible causa. El primer trago acabó de la misma manera, convertido en una masa de espumarajos flotando sobre los residuos previos. Achaqué el mal sabor al agua y decidí no darle más vueltas. Sin el café mi mente no estaba para hacerse demasiadas preguntas y menos para contestarlas. No perdí la esperanza de poder darme el chute de cafeína que reclamaba mi organismo y decidí probar en el bar que había debajo de casa. Tampoco logré bebérmelo, sabía, ¿por qué andarse con rodeos?, a mierda. Al depositar la taza con el repugnante brebaje sobre la barra advertí que a todo lo largo había más tazas de café sin terminar. Pregunté al camarero y me respondió con un encogimiento de hombros. A partir de allí el día se fue haciendo momento a momento cada vez más extraño.

El jefe de la empresa donde trabajaba, siempre tan enérgico y gruñón, se mostró apático toda la jornada, parecía desentenderse de todo, como si el negocio hubiera dejado de ser suyo. En cambio el encargado, que suele aprovechar cualquier circunstancia para escaquearse, no cesó de ir de un lado a otro y de apremiar a los trabajadores. Por increíble que pareciera se había convertido en el nuevo jefe. Yo mismo me sorprendí poniendo mucha más atención de la que suelo en efectuar mi trabajo. Eran muchos años en la nómina de la empresa sin recibir jamás un agradecimiento o una felicitación. Esa falta de consideración, por otro lado nada extraordinaria en este país, había acabado por mermar mi entusiasmo. Y ahí estaba yo ese día, esmerándome en hacer mi trabajo lo mejor posible.

Lo que estaba sucediendo era muy raro y se lo comenté a un compañero. Se mostró de acuerdo conmigo, pero ninguno de nosotros pudo encontrar una explicación a esta incomprensible inversión de papeles. Durante la comida se produjeron más escenas delirantes. El menú del día no fue del gusto de nadie. Lo más curioso es que nuestra mesa no era la única con problemas en -el repleto comedor (muy intelectual)-. El pollo, que otros días era lo primero en acabarse, era rechazado por todo el mundo. Hasta el camarero lo probó y no pudo tragarlo. Casi todos nos decidimos por las acelgas y por el hígado encebollado.

miércoles, 15 de julio de 2020

"La odisea de Green” de Philip José Farmer

Portada de "La odisea de Green” de Philip José Farmer

Durante los años setenta y ochenta Philip José Farmer fue uno de los autores de ciencia-ficción de más éxito gracias a la saga  El Mundo del Río. A vuestros cuerpos dispersos fue el apasionante primer libro de la serie y sin duda alguna el mejor de todos. La idea en la que se fundamenta (un planeta en el que resucitan diferentes personajes de la historia) era demasiado buena para  malgastarla en un solo volumen y Farmer la explotó todo lo que pudo hasta acabar mareando la perdiz. Es algo que sucede con frecuencia con las series, sobre todo cuando tienen como en este caso un arranque tan potente. A Frederik  Pohl le ocurrió algo parecido con su saga de los Heechees, en la que el primero de los libros, Pórtico, da cien vueltas a los demás. Sin embargo la serie de Pohl se sigue reeditando, cosa que no ocurre con El Mundo del río, de la que hace unos años la desaparecida La factoría de ideas sólo se aventuró a reeditar el primer libro. Ahora mismo, a excepción de La odisea de Green (Biblioteca del laberinto) y Mundo Infierno (Gigamesh), la obra de Farmer está descatalogada, convertido su creador en uno de esos autores como Theodeore Sturgeon, Silverberg o Aldiss que han pasado al olvido.

Farmer es un escritor de difícil clasificación. Para algunos no es un auténtico escritor de ciencia-ficción y lo encuadran dentro de la fantasía, de una fantasía apropiadamente tuneada con elementos científicos. Otros le reprochan que su narrativa se fuera haciendo cada vez más comercial. Yo soy de los que pienso que Farmer escribió más o menos lo que le dio la gana, y resulta que lo que le dio la gana era volver a las historias de Tarzán, de Doc Savage o de Sherlock Holmes que leía en su juventud. A los precursores de la ciencia-ficción el género les brindó una estupenda oportunidad de ampliar los trillados escenarios de las novelas de aventuras. Los mares surcados de piratas, los mundos inexplorados o los relatos del oeste en los que autores como Julio Verne, Emilio Salgari o Karl May situaban sus historias daban la posibilidad de ser sustituidos por selvas en Venus, por canales en Marte o mares selenitas. Edgar Rice Burroughs, Julio Verne, Wells serían los primeros en aventurarse en esos nuevos mundos que tanto influirían en el joven Farmer, que quiso hacer suyos aquellos personajes que le fascinaron, aunque para ello tuviera que cambiarles el nombre por cuestiones de derechos. De este modo ha escrito versiones de Tarzán, de Phileas Fogg, de Sherlock Holmes e incluso una novela que se titula Venus en la concha poniéndose en la piel de Kilgore Trout, el escritor de ciencia-ficción que aparece en varias novelas de Kurt Vonnegut. A Farmer le gustaba el pastiche, reunir a personajes de diversas épocas y sobre todo le gustaba divertirse a sí mismo. El relato que, sin embargo, le dio a conocer, Los amantes (Farmer lo convertiría después en novela), no pertenece a este grupo, y al introducir nuevos temas como el sexo o la religión creó unas expectativas que luego no se cumplieron.

La odisea de Green supuso por tanto una decepción para todos los que esperaban que  siguiera renovando la vieja ciencia-ficción pero descubrió su faceta más aventurera, que marcaría gran parte de su ulterior obra. En efecto, La odisea de Green carece de la brillantez y de la originalidad que había demostrado en Los amantes, aquí el autor se limita a inventar un planeta a medida para que sus personajes vivan las típicas aventuras con barcos, piratas y caníbales. Alan Green, el protagonista, ha quedado abandonado en ese planeta habitado por seres humanos muy parecidos a él pero atemorizados por las supersticiones. Por miedo a ser confundido con un demonio y quemado oculta su origen a los campesinos que le encuentran y acaba como esclavo. La novela es pura aventura y cuenta el peligroso viaje de Alan a bordo de un velero a ruedas por una inmensa llanura que ocupa la mayor parte del planeta con el objetivo de encontrarse con unos astronautas que han sido capturados y que representan su única esperanza de regresar a la Tierra. Quizás la primera parte, en la que de manera jocosa se narra cómo logra escapar de los duques, sea lo mejor del libro. La vida de Alan hasta entonces era bastante ajetreada, además de estar casado con una mujer de fuerte personalidad y madre de seis hijos, se ve obligado a satisfacer a la duquesa. Dejo a su imaginación para qué. Por el contrario, la aventura en el barco resulta rutinaria y la resolución de algunas de las situaciones peca de chapucera en ocasiones. Farmer, que se ha caracterizado siempre por poseer una imaginación desbordante, se muestra más desganado que otras veces a la hora de componer el escenario. En lo que se diferencia esta novela de las novelas de aventuras tradicionales es en que su protagonista está lejos de ser un héroe, tampoco es frecuente que se vea acompañado durante toda la aventura de su mujer y de sus hijos.

            En conclusión, se trata de una novela ligera, de aventuras intrascendentes, entretenida y mejor escrita que otras similares pero a años luz del mejor Farmer.

jueves, 25 de junio de 2020

"Qualityland” de Marc-Uwe Kling

Portada de "Qualityland” de Marc-Uwe Kling            Quiero hacerles partícipes de un hecho extraordinario, de un descubrimiento increíble, de algo que muy pocos aficionados conocen y que las editoriales olvidan y que podría abrir una puerta a un universo de autores desconocidos. Sí, no se lo van creer, pero les juro que es verdad, más allá de nuestras fronteras, aquí en este continente europeo también existen escritores de ciencia-ficción. En concreto en Alemania, donde además de fabricarse coches y de beberse cantidades ingentes de cerveza, se publica desde hace años ciencia-ficción. Tanto es así que tienen sus propios premios como el Deutscher Science Fiction Preis, un premio que entre otros muchos fue otorgado a Andreas Eschbach, uno de los pocos autores alemanes de ciencia-ficción conocidos en España, y que en 2018 fue concedido a Marc-Uwe Kling por  Qualityland.

            Lo curioso es que esta novela no la ha publicado una de las editoriales especializadas en el género sino una generalista como Tusquets. Ha sido necesario que HBO se interesara por el libro para que llegara a nuestro país. Sí, una vez más ha vuelto a suceder, me parece justo que la industria editorial se quiera aprovechar de ello, pero lo que me apena y me irrita es que sólo se venda (digo vender porque no estoy seguro de que luego se lea) lo que tiene éxito en los cines o en televisión. En cualquier caso, bienvenido sea el libro en este mundo copado por escritores anglosajones. Bueno, reconozco que últimamente han surgido también autores chinos aunque estos llegaron de EE.UU de rebote gracias a que Ken Liu decidió traducirlos. Resulta sorprendente que sepamos tan poco de nuestros países vecinos, desde Julio Verne nada sabemos de Francia, y de Italia, ¿hemos sabido algo a alguna vez? Sin embargo, blogs, revistas y editoriales miran siempre hacia los países anglosajones.

            Pero dejémonos de lloriqueos y pataletas y hablemos de Qualityland. Habría que empezar por decir que se trata de una distopía, un término tan desgastado en los últimos años que sólo con oírlo hará que muchos se arranquen matas enteras de pelos de la cabeza. A su favor cuenta con que no se trata de la enésima distopía feminista del año, ¿qué más atrocidades queda por hacerles a las mujeres? En su lugar podríamos considerarla una sátira del sistema interconectado en el que vivimos y de la sociedad de consumo, lo que quizás no sea la mejor manera de salvar cabelleras teniendo en cuenta que son temas recurrentes de la ciencia-ficción reciente. Kling al menos lo hace con sentido del humor y desde un punto de vista europeo, al que paradójicamente estamos menos acostumbrados.

            Al principio la novela parece una sucesión de viñetas más o menos divertidas de la vida en Qualityland, un mundo muy parecido al nuestro pero en el que el consumismo y la dependencia de internet se han exagerado hasta extremos paródicos. El mundo que Kling imagina posiblemente no sea un prodigio de imaginación, mucho de lo que nos presenta ya lo anticipó Black Mirror, a decir verdad la ciencia-ficción de los últimos diez, qué digo diez, veinte, cien años se lo debe todo a esta serie. (¿Cómo pudo Wells concebir los viajes en el tiempo antes de que lo hiciera esta serie?) Por ejemplo, el que a cada persona se le asigne un nivel según ciertos condicionantes (edad, salud, ingresos, éxito, etc.) no puede decirse que sea lo más original del mundo, es algo que se lleva aplicando en China, esa máquina devoradora de ficciones distópicas, desde hace algún tiempo.

            Las dos tramas que vertebran el libro tardan en tomar forma, a partir de entonces la novela deja de ser algo más que un encadenamiento de chistes más o menos ingeniosos. Todo empieza con un paquete de la multinacional TheShop que le llega a Peter y que contiene un consolador con forma de delfín que no ha pedido. El libro, además de contar la odisea que vive Peter para devolver este objeto que considera que no tiene nada que ver con su personalidad, relata las andanzas de John of Us, el robot elegido por la oposición para ser candidato a las elecciones generales. En Qualityland todo es muy fácil siempre que tu nivel no descienda demasiado y no te conviertas en un indeseable. Peter no tiene que pensar en nada, los algoritmos lo hacen por él: qué comprar, dónde comer o qué pareja le conviene es algo que decide su QualityPad o las correspondientes aplicaciones de las empresas en las que está registrado. La llegada del paquete le hace poner todo en duda: ¿Realmente el perfil que manejan los algoritmos le representa?

            Qualityland fue en su origen una nación europea (se deduce que podría ser Alemania) que se cambió el nombre para evitar un pasado poco glorioso y que mediante este golpe de efecto quiso ganarse la confianza de los mercados tras una profunda crisis económica mundial. En Qualityland todo es «lo más» por lo que sólo están permitidos los adjetivos superlativos. La novela, sin destacar por sus valores literarios, se lee sin dificultad y tiene algunas ideas divertidas y sugerentes, entre las que destacaría el beso con el que se certifican los pagos. Este curioso modo de identificación se debe a que un hacker robó las huellas digitales de toda la población y como no hay mal que por bien no venga establece una mayor conexión emocional con el cliente. Los capítulos del libro vienen intercalados con anuncios, comentarios en foros y noticias disparatadas de carácter jocoso. En ocasiones Kling cae en la caricatura y parece que en lugar de leer un libro estemos viendo una película de Pixar, sin embargo en otras ocasiones mete el dedo de lleno en la llaga.

            No sé si es algo premeditado pero los ataques más duros del libro no se los llevan los políticos o el sistema capitalista sino la sociedad que los tolera, superficial y manipulable. En este contexto, el robot que se presenta a las elecciones parece el más cabal  de todos. En fin, una curiosa mezcla de ideas más o menos subversivas, de humor a veces pueril y otras ingenioso ideal para estos días de calor que vienen y una oportunidad de conocer ciencia-ficción escrita en alemán. La crítica de Kling no debe suponer una amenaza muy sería al status quo cuando empresas como HBO o grandes editoriales se lanzan a su promoción. El libro acabará fagocitado por el propio sistema al que critica.


domingo, 14 de junio de 2020

"La disonancia de las esferas” de Sergio Mars

Portada de "La disonancia de las esferas”  de Sergio Mars            No recuerdo los años que llevo frecuentando el blog de Sergio Mars, Rescepto indablog. Es uno de los blogs de ciencia-ficción más importantes de nuestro país, imprescindible para cualquier aficionado a éste género y al fantástico, y con un fondo envidiable de reseñas y artículos de una profundidad muy poco frecuente. Mi curiosidad por conocer también su ficción era por tanto máxima y aún más al saber que había sido merecedora de varios premios como el Ignotus o el Domingo Santos. La ocasión me ha venido que ni pintada con la publicación de La disonancia de las esferas, un libro de relatos que toma el título de uno de los cuentos que lo integran.

            Se trata éste de un libro en el que Sergio Mars deja patente su amor y respeto por la ciencia, nada que sorprenda a quien haya leído las críticas literarias y los artículos que publica en su blog. El mismo rigor y verosimilitud que Mars exige a los demás se lo aplica a sí mismo a la hora de escribir ciencia-ficción. Los escenarios y los avances por muy imaginativos y sorprendentes que puedan parecer se apoyan en sólidos conocimientos científicos. Mars, como hombre de ciencias (licenciado en biología), no teme abordar temas complejos de la ciencia moderna como las burbujas de vacío o el principio holográfico, a veces incluso aún cuando no sea del todo necesario para lo que quiere contar como ocurre en el relato titulado Horror Vacui. En este primer cuento del libro lo de menos es el motivo por el que se va a producir el final del mundo, la originalidad estriba en lo que ocurre después, sin embargo el autor en lugar de recurrir al típico meteorito opta por un suceso más enrevesado. Lo cierto es que la trama principal de la mayoría de los relatos, tal y como comenta Juan Miguel Aguilera en el prólogo que acompaña al libro, no está supeditada a una idea científica, se apoya en ella o se sirve de ella para hacerla creíble, pero no es esencial.

            En La disonancia de las esferas podemos encontrarnos con dos tipos de relatos, por un lado los pensados a propósito para un concurso o selección, y que por lo tanto han tenido que ceñirse a un tema y a una extensión determinada, y los escritos con plena libertad. Sin menospreciar los primeros debo decir que me han gustado más los segundos. Entre los primeros podemos encontrar el ya mencionado Horror Vacui, escrito para la antología temática que suele publicar Calabazas en el trastero con cierta periodicidad y que en este caso versaba sobre «Horror cósmico». Otro de estos relatos es  Museion, que fue finalista del premio L’Iber 2019 y cuya tema es la Historia Militar, el miniaturismo histórico o el propio Museo de los soldaditos de plomo L’Iber. Mars se lo tomó al pie de la letra y consiguió un relato muy meritorio con todos estos condicionantes, una sutil alegoría sobre cómo es tergiversada la historia.

            A medio camino entre estos dos tipos de relatos que he mencionado tenemos otros cuentos por los que Mars ha obtenido un premio pero cuya participación no obligaba a ajustarse a un tema concreto. Entre ellos tenemos el cuento titulado 161,62 en el que Mars vuelve a hacer uso de las últimas teorías de la física para crear una trepidante aventura en un mundo extraterrestre que deja con ganas de más y que le sirvió para ganar el premio Pascual Enguídanos en 2019. El segundo cuento de este tipo es el titulado Ruedas dentadas de un reloj imaginario con el que ganó el Domingo Santos en 2017. Se trata de un relato en el que Mars hace algo parecido a lo que Ted Chiang en  Setenta y dos letras (incluido en La historia de tu vida), aplicar el método científico a algo que tiene que ver más con la superstición o la religión. En concreto, parte de la astrología para crear una historia bastante delirante con la que no he sintonizado del todo.

            Mucho más me ha gustado La teoría de la metaconspiración, que a pesar de su disuasivo comienzo es una excitante reflexión sobre la ciencia actual y lo descabelladas que parecen algunas de sus hipótesis más recientes, todo ello sazonado con extravagantes teorías de la conspiración. En resumen, un gran relato que podría haber firmado perfectamente Ted Chiang, con lo que obviamente me vuelvo repetir.

            Mytolítico es un relato simpático que con mucho humor habla de la rivalidad entre aficionados a la fantasía y a la ciencia-ficción. Con Gancho en el cielo, que se desarrolla en el conocido mundo de Akasa-Puspa creado por Juan Miguel Aguilera y Javier Redal, Mars vuelve a demostrarnos su sentido del humor. Se trata de una historia que va mejorando según avanza y con un agradable tono “pulp” que ha hecho que lo disfrute por encima de los debates religiosos sobre el hinduismo entre sus protagonistas que me resultan algo ajenos.

            Con La bestia humana de Birkenau Mars obtuvo una vez más el premio Ignotus, sin embargo da la impresión de haber sido escrito antes de que Mars depurara su estilo. La narración de uno de los hombres que trabajó con Mengele tiene mucho interés, el problema es que Mars entorpece el desarrollo del relato con constantes interrupciones sobre los cambios de postura o los gestos del interlocutor que aportan muy poco.

            Con el relato que da título a la antología, La disonancia de las esferas, Mars demuestra todo su potencial; es el más largo de todos y el que más me ha gustado, una aventura en el espacio bien contada, equilibrada en el contenido científico, con unos personajes bien perfilados y con una interesante reflexión sobre la decadencia de las democracias actuales. Un relato de ciencia-ficción clásica excelente.

            Mars sin ser un estilista demuestra ser un narrador eficaz que se muestra más preocupado (al igual que otros escritores clásicos de ciencia-ficción) por el fondo que por la forma. En cualquier caso, La disonancia de las esferas ofrece una magnífica oportunidad para conocer a un escritor que creo que dará que hablar en el futuro.