Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

Universo de pocos

sábado, 26 de marzo de 2016

"Fuera de quicio" de Karen Joy Fowler

Portada de "Fuera de quicio" de Karen Joy Fowler ¿Qué tienen en común Claire North, Lauren Beukes, Sarah Pinborough, Emily St. John Mandel, Ann Leckie o Rosa Montero? Aparte de tener el dudoso honor de haber sido reseñadas en este blog, todas ellas son mujeres. De las diez últimas entradas que he publicado en Universo de pocos seis corresponden a obras escritas por mujeres, tres a libros escritos por hombres y una es una antología. De las reseñas de autores masculinos sólo una, Trece monos de César Mallorquí es una obra reciente. ¿Se debe todo a un plan para reivindicar a las escritoras? ¿Es que he decidido cambiarme de sexo? (Mi mujer no me lo perdonaría) Nada de eso. He escogido obras más o menos recientes del mercado, que me interesaban y que me parecieron de mayor calidad. ¿Entonces a qué se debe esta proliferación de literatura femenina en el blog? En todas las estadísticas se constata que las mujeres leen más que los hombres, por lo tanto es lógico que cada vez existan más escritoras con cierta notoriedad. También podría tratarse de una mera casualidad. Toda esta concienzuda e inútil reflexión viene a cuento de que una vez más me propongo reseñar una novela escrita por una mujer.

Como se dice en la contraportada del libro es mejor abordar la lectura de Fuera de quicio sabiendo lo menos posible de la trama. El título con el que ha sido publicado en España, We Are All Completely Beside Ourselves, me parece muy discutible, pero no esperen que yo se lo traduzca. La protagonista es Rosemary la hija menor en una familia de tres hermanos. Una familia muy peculiar, con un padre que estudia el comportamiento de los animales y una madre que pasa por períodos de depresión. Rosemary es muy pequeña cuando todo sucede y sus recuerdos se confunden, pero lo que está claro es que su hermana desparece y posteriormente también su hermano. Desde el principio intuimos que algo extraño sucede con la familia de Rosemary y es que Karen Joy Fowler juega "sucio", nos hurta datos importantes que luego, pasado un tercio de la novela, nos revela. La narradora, que no es otra que la protagonista, se disculpa por ello. Sin embargo, es gracias a esa ingeniosa treta que la novela cobra fuerza y logra agitar nuestras conciencias. Desde luego no voy a ser yo quién arruine la sorpresa.

En el resumen que se hace en la primera página del libro se dice que Karen Joy Fowler ha escrito varios relatos de ciencia-ficción. Lo cierto es que su nombre me sonaba vagamente, pero no he conseguido encontrar en mis estanterías nada de dicha autora, así que poco puedo aportar sobre esta faceta suya como escritora. Fuera de quicio no es ciencia ficción, sin embargo la ciencia está muy presente en la novela y un tema muy querido para el género como es el de la comunicación entre diferentes especies constituye una parte primordial de la historia, aunque en este caso no se trate de extraterrestres. Tras terminarla nos queda claro que determinados comportamientos de los seres humanos son muy similares al de algunos animales. La posesión, los celos, la competencia e incluso la revancha no son patrimonio exclusivo nuestro sino que tienen un origen claramente animal. A veces con ironía, en otras a través del drama la autora nos muestra que la diferencia entre hombres y animales es mucho más pequeña de lo que pensamos. También es un duro alegato contra el maltrato animal y la inexplicable crueldad de ciertas empresas cuando prueban sus productos comerciales.

Los temas que trata Fuera de quicio son variados. Además de los ya mencionados, el libro nos habla de la subjetividad de la memoria, de cómo nuestra mente maquilla nuestros recuerdos más dolorosos, del amor de hermanos, de la familia, de la infancia y de las cosas a las que hemos renunciado por querer distinguirnos de los animales. En definitiva de lo que nos hace ser humanos. Una emotiva novela, diferente, difícil de clasificar y escrita con gran convicción.

viernes, 11 de marzo de 2016

"Las primeras quince vidas de Harry August" de Claire North

Portada de "Las primeras quince vidas de Harry August" de Claire North El enorme parecido del argumento de esta novela con Volver a empezar, título poco afortunado con el que se publicó en España el libro Replay de Ken Grimwood de 1986, hizo que pasara de largo ante él. Que quede claro que la novela de Grimwood nada tiene que ver con la aburrida película de mismo título y ganadora de un Óscar de José Luis Garci.
 
Tanto en la novela de Ken Grimwood como en la de Claire North el protagonista se ve obligado tras la muerte a vivir una y otra vez su vida, pero conservando todos sus recuerdos de sus anteriores existencias. Algo muy parecido a lo que le sucedía al socarrón personaje interpretado por Bill Murray en la película de Harold Ramis Atrapado en el tiempo que revivía hasta el hastío el día de la marmota. El poco conocido escritor H. Beam Piper con su relato Una y otra vez (Time and Time Again) se adelantó varios décadas a todos ellos y ya en 1947 concibió un bucle temporal de este tipo. En su breve narración nos cuenta cómo un novelista después de morir en una guerra se despierta con todos su recuerdos intactos en su yo de trece años. (Publicado en La Edad de Oro 1946-1947, selección de Isaac Asimov y Martin H. Greenberg).
 
Las buenas críticas, especialmente la muy entusiasta de Odo en su interesante blog Sense of Wonder que declaró Las primeras quince vidas de Harry August una de las mejores novelas fantásticas publicadas el año pasado en España, lograron persuadirme. Hay que decir que a pesar de la similitud de argumentos las novelas de Ken Grimwood y de Claire North son muy diferentes. Tras un arranque muy parecido, Las primeras quince... acaba convirtiéndose en una trepidante historia de intriga y de venganza en la que el afán de superación del protagonista, eje principal sin embargo de Volver a empezar, queda relegado a un segundo plano. En cierta manera me recuerda más al Stone Junction de Jim Dodge. En ambas novelas las acciones del protagonista terminan siendo motivadas por un deseo de venganza, y en ambas existen personajes que aspiran a descubrir un gran misterio que puede ayudarlos a comprender el universo. Si bien en la novela de Dodge el protagonista no renace como Harry August, las diferentes fases de crecimiento por las que transcurre su vida recuerdan mucho a uno de esos renacimientos. En cualquier caso el sueño alucinatorio en que se transforma Stone Junction pertenece a una época muy diferente y se trata de una obra mucho más disparatada en la que el que humor tiene mayor importancia.
 
Dejemos a un lado las comparaciones y centrémonos en Las primeras quince vidas de Harry August. Claire North a pesar de su juventud (cuenta con sólo treinta años) escribe con gran soltura y parece conocerse los trucos de los narradores más experimentados. Sabe cuándo romper la secuencia de los acontecimientos y aplazar las revelaciones para forzarnos a continuar leyendo sin respiro. A veces se vale de pequeñas píldoras con las que nos adelanta de una manera imprecisa lo que va a ocurrir en el futuro, en otras ocasiones nos transporta al pasado para ilustrarnos con un suceso relacionado, tretas que enriquecen el texto y sobre todo incrementan el suspense. Las diferentes tentativas de Harry August por comprender a sus seres más próximos, sus decepcionantes experiencias con la religión, el afán por hacer justicia, el amor, la amistad y sobre todo la venganza configuran una novela con una trama que ya de por sí resulta atractiva. ¿Y es que a quién no le gustaría poder repetir su vida y cambiar algunas decisiones erróneas? La primera parte del libro es magnífica. La segunda también, aunque de una manera muy distinta debido a que North termina decantándose por escribir una novela de intriga. Una intriga muy bien llevada con excitantes aventuras más allá de la vida y de la muerte que logran que la obra gane en ligereza y amenidad, pero que por otro lado hace que pierda en trascendencia y se torne en una historia algo más habitual de buenos y malos.
 
Los personajes son otra gran baza del libro; poco convencionales, realmente interesantes y bien descritos. En particular cabe destacar a los dos protagonistas principales entre los que se establece una intensa y ambigua relación que perdura durante sus múltiples y agitadas vidas.
 
Sólo puedo ponerle una pega al libro. Al final queda la sensación, repetida en muchas otras obras de ficción, de que debe ponerse un límite al conocimiento científico. La figura del científico sin escrúpulos capaz de lo que sea por alcanzar su objetivo es un tópico en el que la autora cae y, aunque no simpatizo especialmente con el villano, al final del libro casi estoy deseando que se salga con la suya.
 
En definitiva, un libro que recomiendo por las razones que he explicado y porque a pesar de sus más de quinientas páginas se hace corto. Lástima que en lugar de Las primeras quince vidas de Harry August no se titulara "Las primeras veinte vidas.." o mejor "Las primeras veinticinco vidas de Harry August".

viernes, 26 de febrero de 2016

"El Kraken despierta" de John Wyndham

Portada de "El Kraken despierta" de John Wyndham Las expectativas cuando se lee una novela del autor de El día de los trífidos son siempre muy altas, algo quizás injusto para el autor puesto que no se puede escribir siempre una obra maestra. Que quede claro que El Kraken despierta, publicada anteriormente bajo el título de Kraken acecha, no es desde luego El día de los trífidos ni Los cuclillos de Midwich, ni tampoco Las crisálidas, obras que constituyen grandes clásicos de la ciencia-ficción.
 
Wyndham narra con gran verosimilitud y minuciosidad periodística el ataque que sufre la Tierra de unas criaturas llegadas del espacio. No se trata de la típica invasión contada en muchos otros libros de la época, la originalidad de Wyndham reside en que los alienígenas se refugian en el fondo de mar y que desde allí comienzan la batalla. Da la impresión de que el autor hubiera vivido en su propia carne alguna de las catástrofes que suceden en sus libros por la precisión y realismo con que las cuenta. Después de más de medio siglo desde su publicación las reacciones de los gobernantes, de los poderes económicos y de la población ante estos desastres son enormemente creíbles.
 
La obra fue escrita en 1953 y aunque se trate de ciencia-ficción tengo la sensación de leer una novela de época al reencontrarme con personajes conocidos de viejas películas de Hollywood. Los diálogos que mantienen la pareja protagonista me recuerdan, por su humor e ingenio a los duelos dialécticos de Katharine Hepburn y Spencer Tracy en películas como "La costilla de Adán", etc. No recuerdo que en otros libros Wyndham hiciera gala de su humor británico. El telón de fondo de la guerra fría y el temor atávico al comunismo no dejan lugar a dudas de que Wyndham es un escritor occidental de su tiempo. En cualquier caso, hay que ponerse en situación cuando se leen obras escritas hace tantos años.
 
Lo que hace que el libro no brille como los que he mencionado al principio de esta entrada es la forma en que está contado. La pareja protagonista está formada por periodistas y muchos de los hechos que suceden les son referidos por otros compañeros de profesión o los escuchan por la radio, esto provoca que la historia sea menos intensa y que en ocasiones se haga más pesada. Sin embargo, cuando los acontecimientos son vividos por los propios protagonistas Wyndham demuestra su buen pulso como narrador y nos recuerda al autor de El día de los trífidos.
 
La novela se acaba cuando llega lo mejor y tras terminarla me queda la sensación de que podría haber conseguido una obra más redonda si el autor se hubiera centrado más en los últimos acontecimientos que narra cuando la catástrofe es evidente. En cualquier caso las imágenes de Londres sumergida por las aguas perdurarán algún tiempo en mi mente.

martes, 16 de febrero de 2016

"Monstruos rotos" de Lauren Beukes

Portada de "Monstruos rotos" de Lauren Beukes Me animé a leer Monstruos rotos de Lauren Beukes debido a las buenas reseñas que había obtenido su anterior libro publicado en España, Las luminosas. No leí esta novela, porque la sinopsis me hizo sospechar que pudiera tratarse de un intento, a mi parecer un poco burdo, de buscar la originalidad sirviéndose de dos subgéneros bastante gastados como son el de los viajes en el tiempo y el de los asesinos en serie. Reconozco que son prejuicios, pero uno no puede leerse todo lo que se edita. La publicación hace un mes de Monstruos rotos me brindó la ocasión de darle una nueva oportunidad a esta autora sudafricana tan elogiada.
 
Se trata de nuevo de un híbrido, en este caso entre género policiaco y fantástico, siendo esto último la razón por la cual he decidido reseñar la novela en este blog. Monstruos rotos se desarrolla en Detroit y empieza con el descubrimiento de un cadáver horriblemente mutilado, que es lo que se lleva hoy en día (lejos quedan los crímenes impolutos de Agatha Christie). El comienzo, aunque no sea muy original, resulta intrigante, pero a partir de ahí la autora se dedica a presentarnos una serie de personajes que en un principio no parecen tener que ver con el asesinato: un escritor desesperado por tener éxito, un pobre desgraciado que pasó varios años en la cárcel por un desafortunado y trágico incidente y la hija adolescente de la inspectora Gabrielle Versado, y ninguno de ellos captan mi interés. Entre el numeroso reparto nos encontramos también con un tipo raro al que enseguida identificamos con el asesino y por supuesto a la policía (Versado) y madre de la molesta adolescente. He de decir que estos primeros capítulos, hasta que la acción por fin se centra de nuevo en la investigación policial, me resultaron bastante aburridos. Los detalles, muchas veces superfluos, que se proporcionan de los protagonistas son excesivos, demoran demasiado la acción y lo que es peor, me impacientan.
 
Soy consciente de que la adolescencia es una etapa difícil en la vida y hay muchos libros en los que se retrata esta época confusa de manera admirable como en El guardián entre el centeno de Salinger o El bosque del cisne negro de David Mitchell, por poner dos ejemplos. Pero en general, y sobre todo en el cine moderno, los adolescentes que se describen acaban siendo tópicos, irritantes y completamente insoportables. Layla, la hija de la inspectora, no es una excepción. Se la describe como sumamente inteligente, rebelde y con gran ingenio verbal. ¿Les suena? Pues como en cualquier telefilme de esos para sestear es capaz, no obstante, de hacer la mayor de las tonterías posibles. Según mi opinión la adolescente acaba por entrometerse demasiado en la acción, y ello revela demasiado a las claras el objetivo de la autora: lograr a toda costa una mayor tensión dramática.
 
Desde el principio queda claro que a Lauren Beukes no le interesa escribir una novela de misterio cuyo eje principal sea ir desvelando quién es el asesino, algo que se sabe casi desde el principio. Su verdadera intención es describirnos cómo viven diferentes personajes, cada uno con sus aspiraciones, en una ciudad que parece devastada por un capitalismo sin escrúpulos. La visión que nos da de Detroit junto con algunos momentos inspirados de la investigación constituyen lo mejor de la novela. El implacable mundo de internet, con sus redes sociales, youtube, etc., con los efectos que puede tener sobre la vida de una persona también queda espléndidamente reflejado.
 
Puede que la prosa ágil y desenvuelta de Beukes a veces peque de una espontaneidad un tanto artificiosa, pero no es éste el mayor problema que veo al libro. Falla en su conclusión; lo que parecía una novela policiaca con tintes sociales se convierte de repente en un relato fantástico de terror completamente inesperado y a mi parecer forzado. El final, con esa rebuscada relación que intenta establecer con el mundo de internet, me parece muy traído por los pelos. Si la autora buscaba a través de la fantasía final hallar una metáfora inspirada que penetrara directamente en nuestro inconsciente no lo ha logrado. Al menos, no conmigo.


viernes, 29 de enero de 2016

"Luz" de M. John Harrison

Portada de "Luz" de M. John Harrison        Mentiría si dijera que me lo he pasado bomba leyendo Luz de M. John Harrison. Desde luego no es un libro de lectura fácil, algo que ya me esperaba, y mucho me temo que escribir esta reseña no va a resultar tampoco nada sencillo, más aún cuando se trata de un libro al que después de diez años todavía muchos consideran una obra renovadora e imprescindible.
 
        De este autor leí hace mucho tiempo una colección de relatos que se titulaba El mono de hielo, un libro que sin ser inolvidable me resultó interesante y original. Ya entonces me quedó claro que Harrison no era un escritor de ciencia ficción al uso, claro que tampoco lo es Christopher Priest, otro autor británico de edad parecida. En general la ciencia ficción británica suele discurrir por caminos poco transitados.

        Normalmente en mis reseñas procuro comentar el libro evitando en lo posible realizar una sinopsis del argumento, pero a veces resulta difícil hacerlo sin mencionar parte de la trama y ésta es una de esas ocasiones. Tres hilos narrativos que se van intercalando constituyen la novela. En una de las líneas argumentales el protagonista es un científico llamado Kearney, que tiene muy poco de científico y que estuvo casado con una mujer que está igual de desequilibrada que él. Juntos se pasan toda la novela huyendo de un sitio a otro sin que se sepa muy bien por qué. Acabo cansándome del ir y venir sin sentido de estos patéticos personajes, y cuando al final las tres historias confluyen uno se da cuenta de lo prescindible que resulta dentro del conjunto.

        La segunda historia está protagonizada por la capitana Seria Mau, que se haya unida a una nave espacial en una singular simbiosis. Es la más extraña de todas y en la que Harrison da rienda suelta a su insólita imaginería: «operadores sombra», «cultivares», sastres», «el Canal Kefahuchi», etc. desfilan sin que al principio sepamos de que se nos habla. No estoy en contra de esto, pero sí en la acumulación excesiva y en su aparición en tromba en el texto. Tengo la sospecha de que el autor se esfuerza en ser oscuro. Tal vez quiera hacerlo para reforzar la sensación de extrañeza y dejar bien claro que la acción se desarrolla en un futuro lejano muy diferente al presente. Harrison lo mezcla todo: algoritmos, fractales, motores de dinaflujo, burbujas de deformación, agujeros de gusano... y todo sin pudor alguno. Si se animan a leerlo pueden toparse con párrafos como éste:
        «La enorme arboladura de la Gata Blanca (antenas de una unidad astronómica de longitud, plegadas fractalmente a dimensión y media para que pudieran ser laminadas en una zona de veinte metros del casco) no detectó más que un susurro de fotinos».

        La tercera historia es la que me resulta más interesante y es en la única en la que logro simpatizar con el protagonista, un antiguo piloto espacial al que sacan del tanque de realidad virtual en el que solía pasar la mayor parte de su tiempo. Un personaje digno de lástima también. Ésta es la parte más inteligible del libro.

       Como en muchos libros de ciencia-ficción que se desarrollan en un mundo extraño hay que realizar un esfuerzo adicional para imaginarse los escenarios donde tiene lugar la acción. Harrison no lo pone fácil. A través de los retazos que proporciona, a veces muy visuales pero en otras demasiado abstractos e ininteligibles, es muy difícil hacerse una composición de lugar. Por ejemplo, así describe un planeta al que llegan en un momento dado:
          «Afelpada y aterciopelada, rodeada por una finísima bruma evanescente de sí misma, esta estructura derrotaba al ojo en todas las escalas. Le hacía a la luz algo extraño y absorbente. Se extendía quebradiza y exfoliada, fragmentándose en un polvo viral de sí misma, un cálculo viejo e inútil que accidentalmente se había convertido en un entorno».
Otro fragmento:
        «El disco era un rugiente bajío einsteniano. El pliegue gravitacional de RX-1 significaba que podías verlo todo, incluso la parte inferior, no importaba desde qué ángulo te acercaras. Cada diez minutos, los estados de transición ondeaban, haciendo que creara alzas en la banda de rayos X blandos, enormes bengalas que resonaban adelante y atrás para iluminar las estructuras experimentales de Sigma Fin».

        No me extraña que los personajes estén tan desorientados, lo malo es que este aturdimiento tiene el desagradable efecto de hacer vomitar a todas horas a nuestros protagonistas masculinos. Curiosamente la consecuencia de este malestar sobre las féminas es pedir que las follen insistentemente en cuanto ven un macho. Quizás Harrison, con su conocimiento de los dinaflujos y de los fotinos, disponga de datos de la psicología femenina de los que yo carezco.

        Harrison escribe con una prosa potente y creativa, pero Luz es como uno de los fragmentos que he aportado antes como ejemplo, a veces bellos, otras ininteligibles pero tras los que hay muy poco contenido. Además abusa del recurso del trauma infantil para crear unos personajes perdidos y atormentados. Si he leído una obra maestra no me he enterado. Tal vez Nova Swing , que se desarrolla en el mismo universo, resulte más interesante, al menos dicen que es mucho más legible. ¿Quién sabe?, a lo mejor me animo.

martes, 22 de diciembre de 2015

"La casa de la muerte" de Sarah Pinborough

Portada de "La casa de la muerte" de Sarah PinboroughSi no hubiera sido por los buenos comentarios que ha recibido esta novela posiblemente nunca me habría fijado en ella. El resumen de la contraportada nos hace pensar en un libro más de epidemias y catástrofes pero para Sarah Pinborough la enfermedad, de la que apenas nos aporta datos, no es más que un pretexto para reunir a unos chicos que han perdido toda esperanza en un sanatorio donde pasarán sus últimos días. El sanatorio, con la sombra de la muerte cerniéndose sobre cada uno de sus residentes, se convierte en un microcosmos donde los muchachos han de enfrentarse tanto a lo bueno como a lo malo de la vida, de una manera prematura. Este reducido escenario funciona además como un amplificador de sus sentimientos; así el compañerismo, la rivalidad, la injusticia el amor, el sexo y la muerte son vividos por los protagonistas de La casa de la muerte con la intensidad de los que están condenados a morir. En El señor de las moscas de William Golding, libro mencionado por Pinborough en varios momentos de la novela, unos muchachos de buena educación van a parar a una isla tras un accidente aéreo y allí deben sobrevivir sin la ayuda de los adultos para acabar convirtiéndose en unos salvajes. Por el contrario, en La casa de la muerte, el protagonista se muestra mucho más indómito y hosco al comienzo de la novela que al final; se va transformando paulatinamente hasta llegar a ser una persona mucho más sensible y bondadosa al término del libro.

Escrita con gran sencillez, la historia transcurre sin grandes sorpresas ni golpes de efecto. Los personajes son verosímiles y están muy bien retratados hasta el punto de que mientras vamos pasando las páginas nos imaginamos que somos un adolescente más gracias a la habilidad de la autora para reflejar la psicología de los muchachos. Amamos con la misma pasión, nos obsesionamos con la opinión de los demás acerca de nosotros mismos y nos reímos con la misma intensidad por cosas intrascendentes. Después de libros como Southern Reach y Justicia Auxiliar pensaba que mi corazón se había encallecido definitivamente y que sería incapaz de sentir emoción alguna. Puede que sea por la proximidad de la navidad o porque me estoy haciendo mayor, lo cierto es que esta novelita juvenil ha conseguido conmoverme más que ninguna otra este año.

Puede que Pinborough haga un poco de trampa, ahorrándose muchas explicaciones, pero la historia de amor está narrada con tanta sensibilidad y ternura que consigue que nos olvidemos de todos los defectos. Eso sí, preparen los pañuelos antes de ponerse a leer el libro.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Estación once de Emily St. John Mandel

Portada de "Estación once" de Emily St. John Mandel Aunque pueda parecerlo no todas las historias post-apocalípticas son iguales. La carretera de Cormac McCarthy con su lirismo de la desolación y su énfasis en el mal inherente al ser humano es muy diferente a La tierra permanece de George R. Stewart, más centrada en la decadencia de la sociedad tras una catástrofe, aunque ambas obras comparten una visión pesimista de la humanidad. En Soy leyenda de Richard Matheson la humanidad se transforma en algo que desde nuestro punto de vista es repugnante y terrorífico. En El día de los trífidos de John Wyndham los protagonistas se afanan en sobrevivir en un medio hostil. Muerte de la hierba de John Christopher es una de las novelas más desesperanzadas y crueles con el género humano que se han escrito anticipándose décadas a Cormac McCarthy; el autor describe un mundo en el que no sobrevive el mejor, sino el más despiadado. Por no hablar de las novelas de Ballard con sus paisajes surrealistas y las involuciones psíquicas de sus personajes. Estos son sólo ejemplos de un subgénero que se ha puesto demasiado de moda en los últimos años, en parte debido a series de televisión, en parte a la profusión de zombis en todo tipo de medios y también al éxito de La carretera. Exceso que puede haber devaluado un género que tiene obras muy dignas.
 
Estación Once de Emily St. John Mandel nos cuenta las vidas de una serie personajes antes y después de que se produzca una pandemia que ha asolado el mundo: la gripe de Georgia. Ninguna de las historias que componen la novela destaca especialmente por su originalidad, precisamente la habilidad de la autora estriba en saber entrelazarlas adecuadamente para reforzar el argumento y avivar los momentos dramáticos de la narración. De manera que en este caso podría afirmarse que el todo supera a la suma de las partes.
 
Buena parte de la acción transcurre antes de que se produzca la catástrofe, y es que el pasado de los personajes tiene gran importancia en lo que ocurre en la novela. Un pasado, por otro lado, tan fantástico, con tantos y maravillosos artilugios que han dejado de funcionar: frigoríficos, aviones, móviles, ordenadores, etc., que para los nacidos después de la epidemia parece extraído de un cómic de ciencia-ficción. Y allí es donde se diferencia Estación Once de otras novelas apocalípticas en las que normalmente hay una crítica a los excesos de nuestra civilización, excesos que han alterado los ecosistemas, provocando inundaciones, sequías, virus, o cualquier tipo de catástrofe natural. Emily St. John Mandel, por el contrario, a través de las numerosas remembranzas de los personajes, parece realizar una exaltación de los logros de la humanidad.
 
El cómic titulado Estación Once, que uno de los protagonistas dibuja y escribe y con el que desahoga su soledad, tiene gran influencia sobre la trama. Muchas de las frases que dicen los personajes del cómic cobran posteriormente tras la epidemia un significado especial:
      "No estamos hechos para este mundo. Dejadnos volver a casa."
       "Los habitantes de Inframar siempre están esperando. Se pasan toda la vida a la espera de que sus vidas comiencen".
 
Quizás la autora fuerce en exceso la suspensión de la incredulidad del lector al hacernos creer que prácticamente todos los protagonistas de la novela, relacionados entre sí por el actor que hace de Rey Lear al comienzo del libro, no sólo sobreviven a la mortífera epidemia sino que terminan reencontrándose.
 
Finalmente me gustaría comentar un hecho curioso, no sé si casual o premeditado. Uno de los personajes principales se llama Arthur, lo cual no tiene nada de raro, lo llamativo es que su mejor amigo, que por cierto es homosexual, se llame Clark. Exacto, recuerda mucho al nombre de cierto escritor británico. Aún más llamativo es que la autora fuera galardonada por este libro con el premio Arthur C. Clarke.
 
Que nadie espere encontrar hordas de zombis desmembrándose ni escenas de voracidad antropofágica. Sin ser una obra maestra, Estación Once posee unos personajes con los que uno logra encariñarse, incluso los malvados son más bien dignos de lástima, una historia agradable de leer y con momentos de gran emoción, que yo recomiendo.