Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

Universo de pocos

miércoles, 23 de febrero de 2022

“La penúltima verdad”, de Philip K. Dick

Portada de “La penúltima verdad” de Philip K. Dick

La reseña de este libro creo que merece una pequeña explicación. La penúltima verdad (1964) no es precisamente una de las novelas más aclamadas de Dick, tampoco es que haya sido adaptada recientemente al cine ni pertenece a las pocas que se han publicado ahora por primera vez (Martínez Roca lo hizo en 1976 en su colección Super Ficción, en concreto fue el segundo título que publicó). ¿A qué viene entonces hacer la reseña de este libro? Lo que voy a contar seguramente no interesará a nadie pero de todos modos me apetece hacerlo. Resulta que en mis tiempos de estudiante en Bilbao solía recorrer todas las semanas algunas librerías para ver las novedades que se habían producido. Entre mis favoritas estaban Galería del libro en la calle Ercilla, muy completa en cuanto a ciencia ficción, Ribera en Dr. Areilza que destacaba por tener libros de ocasión, Herriak, más formal pero era donde llegaban antes las novedades y Cámara, la única que todavía existe. También solía pasar tiempo en la librería del Corte Inglés que en aquellos tiempos tenía de todo y donde nadie te decía nada por mucho que te quedaras ahí leyendo por lo que yo aprovechaba para leer algunas reseñas que aparecían en la revista Nueva Dimensión. Mi economía de estudiante no me permitía comprar todo lo que hubiera querido por lo que apuntaba en un cuaderno los libros que encontraba interesantes para una futura compra y los iba borrando según los iba adquiriendo o me dejaban de interesar. Lo que ahora viene a ser una lista de deseos. Uno de los primeros títulos que anoté fue La penúltima verdad. El tiempo fue pasando, la lista se fue modificando pero la novela de Dick permanecía inalterable. Acabé por olvidarme del cuaderno hasta que recientemente en una librería me encontré por casualidad con el libro. De repente me acordé de la lista y en un ataque de nostalgia o por absurdo «completismo» me lo compré. Así que, con un retraso considerable, he podido leer al fin esta novela.

Cuando la comencé a leer no esperaba mucho de ella, mis expectativas después de tanto tiempo se habían atemperado y como ya he comentado antes apenas suele mencionarse cuando se habla de la obra de Dick.  Es posible que por eso la sorpresa haya sido aún más grata. La novela como veremos contiene muchos de los elementos que hacen que después de tantos años Dick siga siendo uno de los escritores de ciencia ficción más influyentes.

Más preocupado por la política que en otras ocasiones, el autor californiano nos introduce en un mundo en el que la mitad de la población vive engañada bajo tierra creyendo que en la superficie está teniendo lugar una guerra nuclear. La idea de que la realidad que vivimos no es lo que creemos, de que todo es falso, es una de las que más se repite en la obra de Dick y ha propiciado alguno de sus mejores libros. En La penúltima verdad la impostura no es una cuestión ontológica sino que es más terrenal y tiene como objetivo que los pocos que detentan el poder vivan de la mejor manera posible a costa de los demás. Es lo que tiene la política y lo que mueve a la mayoría de los que la ejercen como bien sabemos. Ésta debe ser esta una de las pocas novelas de Dick en las que no aparecen drogas, el consuelo en su lugar lo proporciona una figura paternalista encarnada por el presidente Yancy, quien mediante discursos televisados logra convencer a la población de que la superficie es un infierno inhabitable. Con sus grandilocuentes disertaciones anima su espíritu patriótico y exhorta a los habitantes de los cubículos a aumentar la producción de robots, tan imprescindibles para la inexistente guerra. Pero Yancy no es lo que parece, su identidad esconde un secreto.

En el primer capítulo, no demasiado prometedor, hay que admitirlo,  conocemos a Joseph Adams uno de los muchos hombres que escribe los discursos para Yancy. A pesar de poseer una mansión en la superficie con vistas al Pacífico y con toda clase de comodidades vive atormentado por la culpa y por el miedo a ser relegado. Más sugestivo es el capítulo que viene a continuación, y que sirve de presentación a otro de los protagonistas, Nicholas Saint James. Su vivienda situada  en un cubículo bajo tierra carece del confort de la casa de Adams, hasta el punto de que Nicholas debe compartir el cuarto de baño con el apartamento vecino. Como presidente elegido por los trabajadores de su cubículo, llamado Tom Hix (otro se llama Judy Garland), es persuadido para que salga a la superficie en busca de un páncreas artificial que salve la vida de alguien muy apreciado por la comunidad y cuya pérdida supondría un descenso alarmante de la producción. Ni a Nicholas ni a su esposa les hace gracia que tenga que salir para quizás enfrentarse a la peste de la bolsa, al mal del encogimiento apestoso o a la radiación, males de los que se habla en la televisión.

Dick lleva la conspiración hasta el delirio. El engaño pergeñado por un director de cine de la Alemania nazi abarca hasta los momentos finales de la Segunda Guerra Mundial e implica entre otros al mismísimo Franklin Delano Roosevelt. Las explicaciones son completamente descabelladas pero son estos fenomenales disparates los que distinguen a Dick de otros escritores. Además de una trama típicamente «Dickiana» la novela cuenta con unos personajes que también lo son; por un lado están los que, asolados por las dudas, viven en la total indecisión y por otro los que actúan con una determinación inalterable pero carecen de escrúpulos. Los débiles y los fuertes, los sometidos y los que someten.

Otra de las señas de identidad del autor son los curiosos «gadgets» con los que suele sazonar sus narraciones. En la presente novela podemos encontrar dardos teledirigidos, robots asesinos que se camuflan en televisores, máquinas que componen discursos..., elementos muchos de ellos obsoletos o inverosímiles, que junto a los ordenadores gigantes que funcionan con tarjetas perforadas confieren a la novela cierto encanto de época. Una obsolescencia que no me impide afirmar que la idea principal que subyace tras la novela está de plena actualidad en estos tiempos de «fake news», de improbables conspiraciones y en los que se da pábulo a los bulos más peregrinos y estúpidos.

        Ha merecido la pena recuperar este libro de la lista de la que hablaba al principio, mi afán por completarla no se ha quedado por tanto en una penosa concesión a  la nostalgia. Más allá de la manera errática de narrar de Dick, tras las desquiciadas y absurdas ideas del autor muchas veces tengo la sensación de que existe un poso de realidad que sólo él era capaz de ver y de hacernos ver a los demás. La penúltima verdad no es una de sus mejores novelas pero aún así he vuelto a sentir en algunas de sus páginas esa sensación que muy pocos además de Dick han sabido provocar en mí.

martes, 15 de febrero de 2022

“Afterparty”, de Daryl Gregory

Portada de “Afterparty” de Daryl Gregory

        Siempre que abordamos la lectura de un nuevo libro, por mucho que queramos evitarlo, lo hacemos con una idea preconcebida. Seguramente es lo último que desea el autor pero antes de haber puesto la vista en la primera página influidos seguramente por la portada o por el texto de la contraportada, sin quererlo, nos hemos construido nuestro pequeño boceto mental. Es el deseo de introducirnos en un mundo al que nosotros somos incapaces de llegar con nuestra imaginación lo que nos impulsa y lo que nos predispone a pensar que la historia seguirá un rumbo concreto. La mayoría de las veces nos equivocamos, lo que no siempre es malo pues puede propiciar más de una agradable sorpresa. De esta manera, cuando me dispuse a leer Afterparty (2014) yo ya me había hecho una idea. Esperaba que su autor, Daryl Gregory, confrontara religión y drogas dentro de un relato de ciencia ficción. También me esperaba una trama más humorística o loca y sin embargo lo que me he encontrado es un sólido thriller con algunos elementos de ciencia ficción y de comedia. Como thriller la novela es estupenda y la he disfrutado como el que más aunque confieso que me he quedado con ganas de leer esa novela que mi mente apenas lograba vislumbrar. Otra vez será.

Hace unas semanas escribía Julián Diez un artículo en C titulado Géneros que manchan en el que sostenía que al mezclar diferentes géneros la ciencia ficción suele ser por lo general (a no ser que uno de ellos sea el pornográfico) la etiqueta que se lleva el gato al agua. De manera que si, por ejemplo, mezclamos ciencia ficción con terror o fantasía la novela resultante será considerada la mayoría de las veces ciencia ficción. Pues bien, en Afterparty este enunciado no se cumple. Y es que por mucho que se desarrolle en un futuro próximo lleno de drogas y tecnologías innovadoras la impresión final, el retrogusto que deja el libro una vez deglutido, es el de un thriller. Es posible que el escenario de ciencia ficción mostrado no sea lo suficientemente espectacular y se diferencie poco de nuestro presente como para dejar su impronta. Pero sobre todo es su marcada estructura de thriller lo que convierte a la novela precisamente en eso, en un thriller. En este caso y como se lleva hoy en día las intrigas a resolver son varias, una en el presente y otra en el pasado, que afecta directamente a su protagonista femenina. Es frecuente que en este tipo de relatos tengamos un malo que se sale de lo común. Aquí, entre otras excentricidades, se dedica a cuidar auténticos bisontes en miniatura en su tiempo libre. Tenemos también alguna que otra persecución y sobre todo la sensación de que alguno de los personajes principales no es lo que parece y de que la traición está a la vuelta de la esquina. Lo que decía: un thriller.

En La extraordinaria familia Telemacus (2017), una novela que según mi opinión no gozó de la atención que se merecía, ya había demostrado Gregory que su fuerte son los personajes. Si la familia Telemacus se componía de personas con diversos poderes paranormales que determinaban en gran manera su forma de ser, los personajes de Afterparty padecen en su mayoría de algún trastorno mental lo que los convierte de alguna manera en el reverso de dicha familia. Empezando por su protagonista, Lyda Rose, una neurocientífica a la que tras una sobredosis con un fármaco que ella y su equipo habían sintetizado se le aparece su ángel de la guarda en forma de la doctora G. Lyda sabe que la doctora G. no es real, pero aún así discute con ella cada vez que se entromete en su vida y ejerce el papel de su conciencia. Tenemos también a Ollie, su compañera en el psiquiátrico, que padece paranoia entre otros trastornos, y está perdidamente enamorada de Lyda; a Bobby, que cree que el pequeño cofre que cuelga de su cuello atesora su conciencia; a Vic que ve a Ganesh, el dios hindú con cabeza de elefante o a al pacífico Vinnie que se transforma en el despiadado El Vincent al tomar determinadas pastillas. Lo cierto es que son pocos los que se muestran mentalmente equilibrados y la mayoría toma fármacos para superar sus problemas psíquicos o hacer algo por encima de sus posibilidades. Tomar drogas parece algo generalizado en el mundo que concibe Gregory, están al alcance de cualquiera hasta el punto de que uno mismo se las puede fabricar si tiene una impresora «quimjet».

La novela arranca con la sospecha de Lyda de que la droga que investigaba y que afectó a su cerebro en el pasado se está distribuyendo en las calles. Los que la han probado están convencidos de ver a Dios, o al menos una de sus muchas caras. La droga no debería estar siendo distribuida puesto que todo el equipo que formaba parte de la investigación se comprometió a no volver a sintetizarla después de los terribles hechos que sucedieron (la muerte violenta en circunstancias no del todo aclaradas de uno de los miembros del equipo y esposa en ese momento de Lyda). El núcleo de la novela consiste en desentrañar estos dos misterios.

El considerable tamaño del libro (tiene 473 páginas) no es óbice para que se pueda leer en unos pocos días no sólo sin esfuerzo sino incluso con agrado. Destacan, como ocurría en La extraordinaria familia Telemacus, sus diálogos chispeantes con agudos toques de humor. Gregory demuestra conocer bien el oficio y conduce la trama con destreza hasta una conclusión satisfactoria aunque deja sin explicar, a propósito supongo, un hecho al que no puedo aludir sin destripar la trama. En definitiva, se trata de un libro muy entretenido cuya mayor pega es el precio, al menos el que yo pagué. Afortunadamente para los que no se precipitaron a comprarlo cuando se publicó, se puede encontrar desde hace un tiempo al precio bastante más razonable de 19€ en lugar de los 26€ que apoquiné yo. El que se decida a hacerlo ha de ser consciente de que más que una novela de ciencia ficción se lleva un buen thriller.

jueves, 27 de enero de 2022

“Los cronolitos”, de Robert C. Wilson

Portada de “Los cronolitos” de Robert C. Wilson
         Hace algunos años las editoriales se peleaban por poder publicar en sus colecciones a Robert C. Wilson. La desaparecida La Factoría de Ideas fue la primera en traernos a las librerías españolas a este interesante autor canadiense del cual llegaría a publicar cinco novelas. Lamentablemente esta armonía se rompería al serle arrebatada por la malograda Omicrón la novela más premiada del autor: Spin (2005). La Factoría de Ideas sobrevivió varios años más sin embargo la rabieta se prolongó y ya no volvió a publicar más libros de Wilson. Desde entonces, incomprensiblemente, ninguna editorial se ha vuelto a interesar por la obra de Wilson, lo cual es una lástima porque pienso que se trata de un autor con muy buenas ideas además de ser un excelente narrador. Las editoriales dedicadas al género fantástico parecen más interesadas en publicar lo último, lo novedoso y si ha obtenido un premio Hugo mejor que mejor.

De lo publicado en España me quedaba por leer Los cronolitos (2001), que pasa por ser  una de las mejores novelas de Wilson, y en vista de que nadie se animaba a publicar nada nuevo de este autor me he decidido a adquirirla de segunda mano. La novela empieza como muchas otras de Wilson con un suceso portentoso e inexplicable que cambia la vida de una comunidad o del mundo entero. En este caso se trata de la aparición espontánea de unos gigantescos monumentos que parecen conmemorar la victoria futura de Kuin. Nadie sabe muy bien qué o quién es Kuin pero pronto surge un grupo de admiradores y defensores fanáticos de estos monumentos que se oponen a cualquier intento de que sean destruidos y que son apodados Kuinitas. Hay que decir que estos cronolitos están construidos de un material que ha resistido cualquier intento de demolición hasta el punto de haber soportado incluso una explosión nuclear. El protagonista es un hombre corriente, Scott Warden, que tiene la mala suerte de estar en el lugar inadecuado en el momento inapropiado. Junto a un amigo no muy recomendable presencia la llegada del primer cronolito en Tailandia, un hecho que le marcará para el resto de su vida tanto a él como a los que le rodean.

Wilson conduce la intriga con más que solvencia y da más importancia de la que se suele dar en el género a los personajes. Gracias a esto logra algo a lo que muchos escritores no conceden la importancia que tiene como es conseguir que el lector se implique en la historia, que lo que se nos cuenta nos importe y nos conmueva, que es lo que en definitiva intenta la buena literatura. Precisamente esto constituye el santo y seña del autor, y lo que ha provocado la mayoría de las críticas que se le hacen. Es cierto que Wilson roza a veces el teledrama, género éste muy dado a abusar de la desdicha de los personajes secundarios incorporando tramas paralelas prescindibles la mayoría de las veces. Como es sabido se trata de algo frecuente en las series de televisión que de esta manera pueden añadir sin demasiado esfuerzo más y más temporadas a algo que podría zanjarse con cuatro episodios. Los problemas de matrimonio, los desencuentros con los hijos adolescentes, la infancia difícil con padres alcohólicos o desequilibrios psicológicos son fórmulas que parecen manejar los algoritmos utilizados con los que se fabrican estos grandes éxitos de la televisión y también muchos de los «best seller» literarios. No parece, sin embargo, que el propósito de Wilson sea alargar las historias, que no suelen ser demasiado extensas, algo que para mí siempre es de agradecer. Los elementos dramáticos que agrega (por estereotipados que sean en ocasiones) no han supuesto para mí una molestia excesiva en comparación con todas las ideas que ofrece. Si en algo flojea Wilson es a la hora de rematar las historias, con finales que no siempre logran mantener el nivel de fascinación de la propuesta inicial. El más claro ejemplo de ello es su novela  Darwinia (1998) que no puede partir de una idea más interesante, pero que poco a poco va embarrancando hasta llegar al despropósito final. Pero incluso con todos estos graves defectos resulta ser una novela absorbente que estimula la imaginación. Spin es en este sentido, de las novelas que conozco de Wilson, la más redonda de todas. Los cronolitos no es de las que decepcionan pero tampoco se puede decir que su final resulte antológico.

En todo caso se trata de una novela que se lee con agrado, de escritura clásica que nos evita esas innecesarias piruetas narrativas seguidas más por moda que por imperativos literarios que nos obligan a ir páginas atrás y adelante para entender lo que sucede, algo a los que nos tienen últimamente acostumbrados. En fin, un libro muy disfrutable, lo que ya es bastante.


jueves, 13 de enero de 2022

“Así se pierde la guerra del tiempo”, de Amal El-Mohtar y Max Gladstone

        No se puede decir que a Amal El-Mohtar y Max Gladstone, los dos autores de Así se pierde la guerra del tiempo, les falte valor. Y es que estamos ante una novela muy diferente a lo que suele publicarse dentro del género de ciencia ficción. Es poco habitual que el argumento principal se vertebre en torno a una historia de amor, y aún más raro es encontrarse con una escritura con clara voluntad poética. Pocos autores del género se me vienen a la cabeza que aspiraran a hacer esto último, Ray Bradbury es el caso más evidente, Samuel R. Delany es otro ejemplo claro y quizás Roger Zelazny.

La ciencia ficción ha sido un género que por lo general ha recurrido a la razón y al intelecto mientras que la pretensión primordial de la poesía es apelar a nuestras emociones más íntimas. Gran parte de los escritores de la ciencia ficción solían proceder del ámbito científico o técnico por lo que sus intereses se decantaban sobre todo en cuestiones relacionadas con la ciencia: en cómo los avances tecnológicos podrían influir en la vida, en especular sobre la existencia de otras inteligencias, en escrutar la realidad..., temas (la New Wave cambió en gran medida esta situación) no muy adecuados para ser contemplados desde una mirada poética. El-Mohtar y Gladstone se han atrevido a intentarlo, precisamente ninguno de ellos posee una formación científica. Si la novela tiene algún mérito es el de haberse atrevido a hacer algo diferente.

 En Así se pierde la guerra del tiempo asistimos al enfrentamiento entre dos agentes rivales, Roja y Azul, peleando entre sí para moldear la realidad. A través de lo que en el libro se denomina hilos del tiempo se desplazan hacia arriba o hacia abajo, hacia el pasado o el futuro con el objetivo de encauzar estos hilos en la dirección que resulte más favorable para su bando. Algo similar sucedía en El gran tiempo (1958) de Fritz Leiber, en la que dos facciones llamadas las Serpientes y las Arañas se enfrentaban en una guerra perpetua por reconducir la historia. La existencia de realidades alternativas daba lugar a una extraña mezcla de reflexiones filosóficas, de obra teatral y ficción pulp. En Así se pierde la guerra del tiempo, sin embargo, la filosofía queda por completo al margen, y la guerra en el tiempo no tiene más fin que el de servir de escenario a una historia de amor que aspira a ser inolvidable. Por tanto, lo mejor es que nos olvidemos de la lógica por un momento y no nos hagamos preguntas incómodas del tipo: ¿qué sentido tiene una guerra así cuando existen infinitas realidades?

Centrémonos en la historia de amor y en sus protagonistas: Roja y Azul. Cada una de ellas es la mejor de su bando y al principio de la novela luchan de manera encarnizada por desbaratar los planes de su antagonista sin que ninguna de ellas muestre demasiados escrúpulos a la hora de asesinar o de colaborar en un exterminio con tal de vencer. Es más, en ocasiones parecen disfrutar degollando o extrayendo las tripas sanguinolentas de quien se oponga a sus planes como si para ellas todo formara parte de un entretenido videojuego. Las guerreras implacables y sanguinarias se han convertido en algo así como una figura arquetípica de la ficción moderna. Mientras que los héroes masculinos se hacen cada vez más vulnerables, como por lo visto ocurre en el último James Bond, las heroínas son cada vez más despiadadas y violentas. Es el sino de los tiempos. Pero volvamos al libro que nos ocupa. Al finalizar una de sus misiones Roja encuentra de manera inesperada un mensaje, una carta que le ha dirigido Azul, su enemiga, la cual dará lugar a una relación epistolar entre las dos mujeres. En un principio se lanzan pullas, manifiestan su admiración por la destreza de la rival y después, casi sin que medie transición alguna, las cartas sirven para confesar su amor arrebatado. De ser enemigas pasan a adorarse.

La novela sigue un patrón que se repite casi hasta el final del libro. Un capítulo en el que se esboza la misión de una de las agentes (Roja o Azul) que finaliza siempre con el encuentro de una carta, seguido después de otro capítulo en el que se nos muestra el contenido de la misiva. El verbo esbozar lo he elegido con toda intención porque los autores apenas proporcionan unas pinceladas de lo que acontece ni tampoco de las circunstancias en las que suceden los hechos. Roja y Azul se desplazan por todo el mundo y por todas las épocas a velocidad de vértigo sin que lleguemos a comprender del todo lo que pasa. Esta falta de concreción afecta también a las dos protagonistas que me han resultado imposibles de distinguir la una de la otra por más que se insista en que proceden de mundos por completo diferentes. Mejor dejemos que ellas mismas se describan:

Azul: «Somos semillas que Jardín planta en el pasado y aprendemos de sus hilos en los cuales creemos. ....El futuro nos recolecta, nos pisa para convertirnos en vino, nos vuelve a verter al sistema en una libación amorosa y, juntos, crecemos más fuertes y más potentes. He sido pájaros y ramas. He sido abejas y lobos...»

Roja: «Crecemos en cápsulas, los conocimientos básicos nos son insertados de cohorte en cohorte, la gelatina en la que estamos sumergidos mantiene el equilibrio de nutrientes y allí es donde permanece la mayoría de nosotros mientras nuestras mentes revolotean incorpóreas a través del vacío de estrella en estrella. Vivimos mediante controles remotos. ...Los agentes...  funcionamos al margen de la masa y nos movemos con nuestros propios cuerpos.»

De lo que parece inferirse que el mundo de Azul es un mundo con cierto parecido al nuestro, con gente de carne y hueso mientras que en el mundo de Roja los cuerpos parecen algo desechable que se utiliza para que las mentes almacenadas en algún lugar seguro interactúen con el mundo físico. Siendo mal pensado todo parece concebido para construir frases preciosísimas y llenas de exaltada poesía. Todo esto tiene un precio que no todos los lectores estarán dispuestos a asumir como es la dificultad de identificarse con las protagonistas. Ese amor tan apasionado además me resulta artificial, me parece muy poco verosímil que tras el intercambio nada más que de un par de cartas (en las que apenas se cuentan nada) surja un ardor tan incontenible.

Estas cartas llegan siempre de la manera más rebuscada posible para que no sean interceptadas por sus superiores, y en cuanto a su contenido prefiero extraer unos ejemplos y dejar que cada uno opine. Empezaré mostrando algunos encabezamientos que se recrean con los nombres de las protagonistas: «Queridísima Lapislázuli», «Querido Tesoro más valioso que los Rubíes», «Querido Cielo Rojo por la Mañana» «Querida Frambuesa», «Mi Manzano, Luz de mi vida», «Sangre de mi corazón». No puedo evitar comentar que me cuesta una enormidad imaginarme a dos transhumanas de un futuro lejano diciéndose estas lisonjas después de haber estado rebanando gargan
tas.

Continuemos con algunas de las frases que aparecen en sus cartas: «Quiero esforzarme. Quiero vivir en contacto. Quiero ser tu contexto, y que tú seas el mío» (El que no haya sentido algo así es que nunca ha estado enamorado, perdón por la intrusión).

«Sueño que soy una semilla entre tus dientes, o un árbol perforado por tu junco. (¿?) Sueño con espinas y jardines. Sueño con hojas de té».

«También soy tuya en otros sentidos: tuya, porque observo el mundo esperando encontrar tus señales, apofénica como un arúspice; ...».

«Quiero flores de Céfalo y diamantes de Neptuno y quiero quemar las mil tierras que nos separan para ver qué florece de las cenizas, para que podamos descubrirlo cogidas de la mano, el contenido en el contexto, inteligible solo para nosotras. Quiero conocerte en todos los lugares que he amado». 

Cuando hablamos de poesía el límite entre lo sublime, lo cursi y lo ridículo suele ser muy fino y Amal El-Mohtar y Max Gladstone nos ofrecen un amplio muestrario de cada una de las posibilidades.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Lecturas recomendadas del 2021


            No soy muy dado a esto de hacer balance de lo leído en el último año como suelen hacer muchos otros blogs, tanto es así que hasta ahora nunca lo había hecho. Realizar listas con lo mejor del año siempre me ha parecido algo presuntuoso porque para ello habría que haberse leído todo lo que se ha publicado, una tarea por completo imposible. Por tanto, me limitaré a recomendar algunos de los títulos que he leído por primera vez este año. No incluyo relecturas, y el orden en que aparecen los libros es completamente casual:                              

El rebaño ciego de John Brunner con su visión pesimista del futuro es un clásico en plena forma, que yo no había leído hasta ahora intimidado por su tamaño. Sin lugar a duda merecería una reedición en condiciones.

Señor del espacio y el tiempo de Rudy Rucker es lo más divertido que he leído en mucho tiempo. No hace falta decir más.

La policía de la memoria de Yoko Ogawa la recomiendo a todo al que le gusta leer. Se trata de una novela maravillosa de un lirismo único, surrealista por momentos y llena de imaginación que esconde una sorpresa tras otra.

Piranesi de Susanna Clarke es en pocas palabras una delicia. Se trata de uno de esos libros que da pena terminar, de los que uno se despide con la misma tristeza con la que se deja a un buen amigo.

Klara y el sol de Kazuo Ishiguro con la apariencia de un cuento infantil es una novela  elegante que ofrece más de los que parece.

Snow Crash de Neal Stephenson sin comerlo ni beberlo y gracias a Zuckerberg está de plena actualidad. De acción frenética y llena de imágenes legendarias es uno de esos libros imprescindibles de la ciencia ficción.

La chica de al lado de Jack Ketchum es una novela durísima no apta para estómagos delicados, exasperante en ocasiones por la impasibilidad del protagonista. Ketchum nos muestra lo peor del ser humano y a pesar de la aversión que provoca lo que narra resulta imposible dejar de leer.

La parábola del sembrador La parábola de los talentos de Octavia Butler a pesar de los años transcurridos desde su publicación constituyen en su conjunto uno de los retratos más certeros de unos EE.UU en plena decadencia con claros vínculos con el estado actual.

Un verdor terrible de Benjamín Labatut, ¿novela?, ¿ensayo? No lo sé pero lo que está claro es que resulta fascinante.

En cuanto a lo que se publica, desde mi perspectiva de lector que no tiene contacto con el mundo editorial, tengo la impresión de que cada vez se publica más novela fantástica y sobre todo de terror en detrimento de la ciencia ficción. En los últimos años han ido surgiendo muchas editoriales pequeñas dedicadas al género fantástico, se trata de sellos que lanzan tiradas reducidas, que cuidan la edición con esmero y que intentan atraer con vistosas portadas a los lectores. Curiosamente en estos tiempos de crisis y de sueldos bajos muchas apuestan por la pasta dura y se olvidan de las ediciones de bolsillo. En este sentido resulta llamativa la decisión de Gigamesh que ha pasado a duplicar el tamaño de sus libros. Los precios acabaron siendo tan prohibitivos que para reducirlos ha dejado de vender en librerías (salvo en la propia Gigamesh). La determinación no deja de tener sus riesgos y podría ser un augurio de lo que suceda en el futuro en el mundo editorial. A mí, que siempre he sido un enamorado de las librerías, es algo que me entristece.

Las series y las sagas copan el mercado y las editoriales parecen acordarse de los clásicos sólo cuando son adaptados previamente al cine o la televisión. Debo reconocer que de lo nuevo que se publica en las colecciones dedicadas al género hay poco que me llame la atención. Para terminar quiero hacerlo con un dato positivo como es que las editoriales parecen haber perdido el miedo a publicar a autores españoles.


jueves, 9 de diciembre de 2021

“Los extraños” de Jon Bilbao

Portada de "Los extraños" de Jon Bilbao

  En Los extraños Jon Bilbao recupera a Jon (alter ego del autor) y a Katharina, dos de los protagonistas de Basilisco, su novela anterior. La pareja no vive su mejor momento y con el propósito de aclarar sus ideas pasan una temporada en la casa de los padres de él en Ribadesella. Tras haber dejado su puesto como ingeniero de minas Jon trabaja de momento como redactor de una enciclopedia temática, una labor que puede desempeñar desde la casa. Mientras tanto Katharina se dedica a traducir con desgana un manual de Odontología al alemán. Su fría relación con Jon, la presencia de la asistenta doméstica y la falta de otras amistades con las que relacionarse hacen que su estancia en la vieja casa no sea todo lo cómoda que desearía. De repente una noche aparecen unas luces muy extrañas en el cielo que aparentemente no despiertan demasiado interés en el pueblo. A Jon el extraño fenómeno le provoca una agitación tan fuerte que más tarde le impide conciliar el sueño, tanto es así que se levanta a mitad de la noche para anotar la experiencia en un cuaderno. El hecho en sí no resulta especialmente extraordinario, lo verdaderamente insólito es que admita que la llegada de las misteriosas luces le haya emocionado más que la noticia del embarazo de Katharina.

 Al día siguiente los deseos de Katharina de tener compañía parecen hacerse realidad con la llegada de Markel, un primo de Jon que éste ni siquiera recuerda. Le acompaña Virginia, una  peculiar joven, que apenas les dirige la palabra. Su presencia en la casa da un vuelco a la aburrida vida diaria de Jon y Katharina, pero se trata de una circunstancia demasiado fugaz y de poca relevancia para que pueda alterar el destino de sus vidas.

Poco a poco el comportamiento de los recién llegados comienza a despertar la curiosidad de sus anfitriones y también la nuestra. Su conducta es de lo más chocante pero no lo es menos la manera en que los dos protagonistas responden a todo esto, sobre todo Jon que parece tomárselo todo con una calma y una frialdad exasperante. Bilbao vuelve a demostrar su capacidad para crear atmósferas desasosegantes a través de las pequeñas cosas de la vida cotidiana. La habilidad de Bilbao para transmitir extrañeza y convertir las situaciones comunes en irreales con esa manera de contar desapasionada es insuperable. No se le puede poner un pero a cómo escribe Bilbao, que como ya dije en la reseña que hice de Basilisco, me gusta especialmente. El problema reside en que en esta ocasión la trama no parece conducir a ningún lado. Al terminar la novela es como si hubiéramos vuelto al punto de partida con el mismo equipaje que traíamos al comienzo y la sensación de que nos podíamos haber ahorrado el viaje. Bilbao ha querido volver a jugársela con un relato arriesgado en el que de nuevo mezcla elementos difíciles de combinar como son la historia de una relación de pareja en crisis, un misterio familiar y la aparición de un ovni. En Basilisco le salió bien el experimento y eso que trataba de hacer algo  aún más osado que en Los extraños. En la novela presente se echa de menos algo que amalgame todos estos elementos diversos, algo a lo que poder asirse y que dé sentido al relato.

No hay mucho más que pueda decir de Los extraños, y no por miedo a hacer un spoiler, que no podría hacerlo aunque quisiera, porque hay poco que desvelar. Bilbao no proporciona respuestas a los misterios que plantea, y al final la novela es como el juego de luces con el que empieza, unas luces que nos dejan con la enojosa sospecha de que todo ha sido un artificio, en este caso literario.

lunes, 22 de noviembre de 2021

“Piranesi” de Susanna Clarke

Portada de “Piranesi” de Susanna Clarke

Aunque nos cueste creerlo han transcurrido ya dieciséis años desde la publicación de Jonathan Strange y el Sr. Norrell, la novela que supuso el debut de Susanna Clarke y con la que cosechó un rotundo éxito de público y crítica. Dos años después la autora reaparecería con un libro de relatos que en España se tituló Las damas de Grace Adieu pero después, nada. El tiempo no paraba de arrancar hojas del calendario y de la autora apenas llegaban noticias. Era como si hubiera desaparecido del mundo tal y como le sucede al protagonista de su reciente libro,  Piranesi. Este alejamiento de la escritora británica no fue voluntario sino que se debe a una rara enfermedad, fatiga crónica, que la ha tenido recluida en su casa de campo en Derbyshire y le ha impedido emprender grandes proyectos literarios. La expectación ante su nuevo libro era por consiguiente enorme, lo que muchas veces deriva en decepción. No es el caso, la novela no sólo no decepciona sino que su lectura ha resultado ser todo un placer.

La novela se muestra en un principio como un enigma, un enigma que se manifiesta a través de dos piezas fundamentales como son su protagonista y el escenario en que se desarrolla. ¿Quién es ese hombre que vive en ese edificio enorme? ¿Cómo ha llegado allí? ¿Por qué está solo? ¿Y qué decir del escenario, de esa construcción de infinitas salas, algunas de proporciones enormes, atestadas de arcos, de escaleras, de bóvedas y de hileras de estatuas que nunca se repiten? El edificio posee tres niveles, el inferior expuesto a las fuertes mareas del océano, el segundo más habitable y un nivel superior, que en ocasiones es engullido por las nubes.

Empecemos por el título de la novela. Piranesi hace referencia a Giovanni Battista Piranesi, un arquitecto del siglo XVIII conocido sobre todo por los grabados que hizo de edificios reales e inventados. En particular llaman la atención sus laberínticas cárceles que sirvieron de inspiración a muchos escritores. Entre otros a Borges, que lo llega incluso a mencionar en uno de sus relatos titulado There are more things, que escribió como homenaje a Lovecraft. No es sorprendente que esas arquitecturas enrevesadas dignas de la peor pesadilla impresionaran a tantos, sin embargo el edificio que nos describe Clarke no resulta ni la mitad de inquietante que los dibujos del artista italiano, al menos esa es mi percepción. Sus mármoles claros y grises, sus proporciones, su complejidad, su vastedad pueden abrumar pero no son siniestros ni provocan terror. A su protagonista tampoco se lo parece hasta el punto de decir lo siguiente de ella:

«La hermosura de la Casa es inconmensurable; su bondad, infinita».

Este hombre, una especie de Robinson Crusoe que se alimenta de lo que pesca y de algas que recoge en el nivel inferior, se dedica a registrar en un diario cada detalle de la casa con una cronología muy peculiar. Con la misma escrupulosidad anota en un catálogo la posición, tamaño y motivo de cada una de las innumerables estatuas que encuentra en sus exploraciones. Se considera a sí mismo un científico y un explorador completamente entregado al estudio de la Casa (siempre se refiere a ella en mayúsculas), para él no hay nada más:

«Fuera de la Casa no hay más que los Cuerpos Celestes: el Sol, la Luna y las Estrellas».

Sin embargo, no está solo. Hay otra persona en la Casa, el Otro, con el que mantiene periódicamente conversaciones y que desaparece en cuanto terminan de hablar. Precisamente es el Otro, el que por sus profundos conocimientos de la casa le ha apodado «Piranesi». En cada uno de estos breves encuentros «Piranesi» se fija en cómo va vestido y sorprende la atención que le dedica sobre todo teniendo en cuenta que él no lleva más que unos harapos. «Piranesi» es un personaje que por su inocencia, por su falta de maldad y por el amor que demuestra a la Casa y a todo lo que ésta contiene se hace querer enseguida. A pesar de lo poco que posee, nunca se queja y sabe apreciar las cosas que se le ofrecen. Es un hombre que disfruta de lo que tiene a su alcance: los pájaros, la casa, la luna, las estatuas... Sobre estas últimas llega a preguntar:

« ¿Las Estatuas existen puesto que representan las  Ideas y el Conocimiento que fluyeron del otro Mundo?»

Idea que nos remite directamente a Platón. Estamos ante un protagonista muy diferente al que estamos acostumbrados a ver en la ficción actual, sobre todo televisiva, personajes muchas veces descreídos, desesperanzados por algo sucedido en el pasado, con grandes dosis de cinismo y con los que cuesta identificarse.

En cuanto a la trama, una vez resuelto el enigma, podría resumirse en pocas líneas, lo que demuestra la importancia que tiene el cómo a la hora de contar una historia. Piranesi nos guía por su mundo, el único que existe para él, y a través de sus ojos y de su mirada cándida vamos  descubriendo en qué consiste. Es cierto que la intriga se nutre de los elementos habituales de los relatos de misterio como la amnesia, hojas arrancadas de un diario o mensajes semi borrados, pero el tablero de juego que propone Clarke es tan fascinante y placentero que le seguimos el juego encantados. Y es que el laberinto que crea la autora acaba por atraparte, sus imágenes grandiosas, casi míticas dejan profunda huella en la memoria. Pero quien mejor lo explica es uno de los propios personajes del libro que se refiere al laberinto en estos términos:

«Era una imagen de grandeza cósmica, supongo, un símbolo de la mezcla de gloria y horror que supone la existencia, de la que nadie escapa con vida».

¿Qué puedo yo añadir a esto?