Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

Universo de pocos

miércoles, 22 de noviembre de 2023

"Sundial”, de Catriona Ward

Portada de "Sundial” de Catriona Ward
          Hacía tiempo que un libro no me atrapaba con la fuerza que lo ha hecho Sundial, de Catriona Ward. Se trata de uno de esos libros que cuesta dejar leer y que consiguen que las tardes se te queden en nada, uno de esos libros que es mejor no comenzar si tienes cosas importantes que hacer. De todos modos he de decir que no fue un amor a primera vista ya que los primeros capítulos no puede decirse que despertaran mi pasión.

Comienza la novela presentándonos los conflictos que existen en una familia formada por un matrimonio que hace aguas y dos hijas, una de las cuales no es muy normal que digamos. No es un preámbulo demasiado original, por suerte la historia se vuelca más adelante en el pasado de la madre, que cuenta con mucho más interés. Fue entonces cuando prendió en mí la chispa, ese fuego, esa fiebre muy parecida a la que se experimenta en el enamoramiento, esa que te impide dejar de pensar en otra cosa que no sea el objeto de tu amor. Esto habría sido suficiente para que me olvidara por completo del comienzo si al final la pasión se hubiera consolidado, pero no adelantemos acontecimientos.

Intentar resumir el argumento de este tipo de novelas es siempre algo peliagudo si se quiere evitar destriparlas, cada detalle es importante y en el caso de Sundial la autora hace un esfuerzo añadido para crear expectación demorando las explicaciones y planteando nuevos interrogantes. Nada raro por otro lado, y hay que reconocer que Ward lo hace bien. Además la autora juega limpio y al terminar la novela queda claro que lo tenía todo atado desde el principio. La historia, con todas sus revelaciones y giros, está muy trabajada y no se le puede poner peros en ese sentido. Otra cosa es que las explicaciones convenzan a todo el mundo.

Como ya he avanzado al comienzo de la reseña la primera parte no es lo mejor del libro. Esa madre preocupada por sus hijas, siempre pendiente (sobre todo de una de ellas), que las recrimina cuando hacen algo que no deben mientras su marido las malcría y que, además de engañar a su mujer con la vecina, se presiente violento, conforman un escenario ya muy manoseado. Pero el mayor problema para mí lo supone Callie, la hija mayor del matrimonio, que reúne todos los tópicos habidos y por haber de lo que podríamos denominar el subgénero de niños terroríficos. Ve fantasmas, tiene amigos imaginarios, colecciona huesos de animales muertos, lo tiene todo, y parece poseer una crueldad y un desapego a su madre que me cuesta creer. Convertida en una figura caricaturesca termino por desvincularme de esa parte de la historia, porque dejo de creérmela.

Por suerte la novela se centra enseguida en el pasado de Rob, madre de la criatura, y en la compleja relación que mantiene en aquel entonces con su hermana gemela. A partir de aquí la novela remonta, y de qué manera. Ward establece paralelismos entre las dos historias, la del pasado y la del presente, entre la relación que existe entre las hijas de Rob y entre ésta y su hermana, sin embargo no ha sido ese vínculo lo que me ha atraído de Sundial. El relato que Ward hace de la infancia de Rob, de sus misteriosos padres de Rob y de su problemática hermana Jackie se sostiene por sí solo sin la necesidad de añadir más niveles de complejidad. El secreto que envuelve a todo lo que sucede en ese rancho en el desierto, donde realizan experimentos de control mental con perros, y que Rob poco a poco va desentrañando hasta descubrir que nada es como pensaba y sobre todo la relación de amor y envidia entre las hermanas me parece lo más destacable de la novela.

 Cada vez resulta más difícil sorprender al lector y esto lleva a muchos escritores a forzar la maquinaria, a girar la tuerca una vuelta más hasta hacer saltar todo por los aires y echar a perder un buen trabajo. Y es lo que le sucede a Ward con esta novela. Todo el relato central es impecable a pesar de los lugares comunes que salpican en ocasiones el texto («... el aceite para después del baño que huele como una tarde de primavera») y desde mi punto de vista lo mejor que podría haber hecho la autora es limitarse a contar esa historia.

A pesar de todo es un libro que recomiendo. Su parte central es adictiva, verosímil y con momentos en verdad terroríficos. Tanto es así que me he animado a buscar más libros de esta autora tan en boga, así que es muy posible que en poco tiempo podáis leer en Universo de Pocos otra reseña de alguno de sus libros.

jueves, 28 de septiembre de 2023

“La puerta del fin del mundo”, de Bruno Puelles

 

“La puerta del fin del mundo”, de Bruno Puelles

Bruno Puelles nos presenta una original historia protagonizada por tres personajes nada habituales en el género de aventuras. Se trata de un trío de convencidos conspiranoicos, ya se sabe ese grupo cada vez más ruidoso formado por gente que se cree las teorías más descabelladas que pululan por las redes sociales. Convencidos de que la Tierra es plana deciden emprender un viaje a la Antártida con el objetivo de obtener pruebas indiscutibles de que la NASA nos tiene engañados (no se sabe muy con qué fin). Se trata de una misión con fines altruistas, el de abrir los ojos a nuestro adocenado mundo. La puerta del fin del mundo narra primero la preparación de ese viaje, que en un primero momento parece destinado al fracaso, para continuar luego con las desventuras y peripecias propias de la travesía por esas tierras indómitas.

En estos tiempos de turismo masificado en los que cualquiera que disponga del suficiente  dinero puede llegar al lugar más recóndito del mundo, las aventuras y los viajes de exploración llevados a cabo por James Cook en el pacífico, la vuelta al mundo de Juan Sebastián Elcano, la búsqueda de las fuentes del Nilo por Richard Francis Burton o los intentos por llegar al polo sur  parecen pan comido y despiertan si acaso la nostalgia por un pasado en el que aún había mucho por descubrir en la Tierra. Ahora que cada rincón del mundo está explorado, lo único que le queda a toda esa legión creciente de individuos deseosos de emular las hazañas de Amundsen o de Magallanes es subir el Everest en chancletas con un piercing en el culo o cruzar el Pacifico en velomar. La otra alternativa es la que emprenden estos desdichados individuos imaginados por Puelles empeñados en demostrar al mundo que vivimos una mentira pergeñada por nuestros gobiernos, por la ciencia y por los educadores.

Los tres protagonistas tienen la teoría de que la tierra está circundada por un muro de hielo localizado en el Antártico. El autor podría haberse cebado con estos sujetos, que a todas luces resultan patéticos, pero prefiere mirarlos con cierta ternura sobre todo en la, desde mi punto de vista, discutible parte final del libro. En su favor se puede decir que sus teorías no son mucho más disparatadas que las que promulgan la mayoría de las religiones, que por muy asumidas que estén por gran parte de la población y que por mucho que se hayan incorporado a nuestra cotidianidad son igual de disparatadas. En efecto, hay gente que todavía hoy en día cree en el infierno, en los milagros, en la transmigración de las almas y en el Espíritu Santo. La diferencia entre las ideas de unos y otros es que las que promulgan las religiones muchas veces escapan a la ciencia mientras que las de los conspiranoicos son fáciles de rebatir.

La novela se cuenta a través de los diarios de diferentes personajes, por ejemplo el del capitán de uno de los barcos que los lleva por esos mares glaciares, pero sobre todo a través del diario de Lana Duning Kruger, una de los integrantes de la expedición y ferviente antivacunas. También encontraremos podcasts, entrevistas, correos electrónicos y mensajes de audio enviados por internet, en fin, una especie de puesta al día de la forma en que los buques se comunicaban en el pasado con tierra. Algo parecido a lo que hizo Manuel Moyano en otra novela de aventuras situada en países remotos, El imperio Yegorov. En ella el escritor llevaba esto a su máximo extremo y se valía todo tipo de documentos, diarios, cartas, informes detectivescos e incluso la nota preliminar y los agradecimientos finales para su relato.

La puerta del fin del mundo no es sólo una entretenida aventura que homenajea a los grandes clásicos de aventuras, es también el retrato de la absurda época en que vivimos; una época que carece de grandes ideales, contradictoria puesto que al mismo tiempo que la tecnología se ha introducido en nuestra cotidianidad muchos de los que la utilizan ponen en entredicho la ciencia; una época de estupidez incomprensible en la que a pesar de que todo el mundo ha pasado por la escuela se da pábulo a las mayores idioteces. La novela se lee de un tirón y su único defecto es que sabe a poco.

miércoles, 19 de julio de 2023

"Herederos del caos", de Adrian Tchaikovsky

Portada de "Herederos del caos", de Adrian Tchaikovsky

            Con Herederos del caos Adrian Tchaikovsky ha querido repetir el éxito que obtuvo con Herederos del tiempo. En la nave espacial La viajera se desplaza una representación de humanos y de las arañas evolucionadas que conocimos en Herederos del tiempo, el propósito de la misión es buscar sobrevivientes huidos de una Tierra al borde del colapso. Las aventuras de estas especies tan diferentes se prolongan de esta manera más allá del mundo en el que surgieron las arañas. La novela, por tanto, prosigue la trama exactamente donde la dejó el libro precedente pero no sólo eso, Tchaikovsky emplea la misma fórmula que tan buenos resultados le dio y vuelve a imaginar una sociedad formada por una especie de origen terrestre que con la intervención de los humanos ha evolucionado en un entorno extraterrestre hasta alcanzar la inteligencia. Lo que en Herederos del tiempo eran las arañas en Herederos del caos lo son los pulpos.

No del todo satisfecho Tchaikovsky ha querido añadir un elemento más para animar la trama y se inventa un planeta con una ecología muy extraña, algo que los lectores de ciencia ficción siempre solemos agradecer. Se trata de un buen candidato a ser terraformado por una de las naves de exploración enviadas por la Tierra que lo ha descubierto varios siglos antes que La viajera. La novela alterna entre estas dos tramas, entre pasado y presente, la una proporciona pistas sobre lo que sucede en la otra hasta que finalmente se centra en el presente. Esto le permite al autor incrementar la tensión y el suspense interrumpiendo de manera deliberada el relato en los momentos en que los personajes se ven más comprometidos. Al principio le funciona más o menos bien pero le obliga, como ya le ocurrió en Herederos del tiempo, aunque aquí magnificado, a estirar algunos de los hilos narrativos menos interesantes más de lo necesario para mantener este juego de alternancia.

Me ha parecido un libro muy irregular con momentos realmente emocionantes y otros de lo más farragosos. La sociedad de pulpos inteligentes que imagina Tchaikovsky tal vez no resulte muy creíble pero hay que reconocer su poder de fascinación. La incapacidad de la especie para organizarse y para ponerse de acuerdo hasta en lo más trivial, la imposibilidad que tienen de ocultar sus emociones, su volubilidad propician un mundo caótico y sorprendente. Como idea loca está bien pero no veo la necesidad de contar con tanto detalle la historia de la civilización «pulpesca» a lo largo de varios siglos. A ratos se me ha hecho mortalmente aburrido. No soy de los que recuerda citas pero resulta que en el libro que estoy leyendo en estos días me he encontrado con una de Voltaire que me viene al pelo: «El secreto de aburrir es contarlo todo». ¡Y qué razón tiene! Tchaikovsky además acaba por repetirse, sobre todo cuando menciona rasgos de la personalidad de sus diferentes creaciones, por ejemplo, la veleidad de los pulpos o la sumisión de los machos frentes a las hembras en el caso de las arañas. A lo largo de toda la novela estas y otras peculiaridades de unos y de otros son recordadas al lector de una manera constante y machacona.

La dificultad para comunicarse entre especies diferentes, el tema principal de Solaris, de Stanislaw Lem, tiene en Herederos del caos también cierta relevancia, sin embargo lo que para Lem era una preocupación filosófica para Tchaikovsky es un elemento más para crear tensión. Para ser sinceros esta incapacidad de entenderse ha acabado en más de una ocasión por desesperarme y de sacarme de mis casillas. Considero que la mayoría de las veces esto ha entorpecido más que ayudado en los momentos de más acción de la novela, instantes en los que precisamente la historia pedía más que nada dinamismo. Porque no deberíamos de olvidarnos de que estamos ante una novela de aventuras y al decir esto no quiero quitarle mérito, sólo evidenciar que no estamos ante una disquisición profunda sobre la otredad como, por ejemplo, podríamos hallar en un libro de Lem o de Peter Watts.

En otro orden de cosas he encontrado grandes diferencias en cómo han sido redactadas ambos libros. Estoy seguro de que el estilo de Tchaikovsky no fue lo que más me llamó la atención de Herederos del tiempo cuando lo leí hace unos años, lo encontré correcto y funcional, pero de lo que estoy seguro es de que no me sucedió lo que me ha ocurrido con Herederos del caos. Con frecuencia he tenido que releer las frases para entender lo que se decía. No sé si el hecho de que hayan sido traducidos por diferentes personas, Luis G. Prado se ocupó de la primera entrega y Carlos Pavón de la última, ha tenido algo que ver. Es difícil saber en estos casos dónde radica el problema, si en el autor o en el traductor, en cualquier caso la lectura de Herederos del caos no ha sido la lectura fácil, cómoda y vertiginosa que yo esperaba encontrar.

Para terminar esta reseña quiero aprovechar la oportunidad que me brindo generosamente  a mí mismo para mostrar mi irritación ante esta manía que tienen cada vez más editoriales de publicar en pastas duras, de convertir los libros en objetos inmanejables y carísimos que no sólo se apropian de la mitad de la estantería sino que llegan a poner en peligro los mismo cimientos del edificio que los alojan. Puedo entenderlo cuando se trata de reediciones de grandes clásicos, pensadas sobre todo para coleccionistas pero en el caso de este tipo de novelas preferiría que valieran la mitad y que no me combaran el estante. Por otra parte no me lo pensaría tanto antes de comprar el libro. 



martes, 20 de junio de 2023

“Nuestra parte de noche”, de Mariana Enríquez

Portada de “Nuestra parte de noche”, de Mariana Enríquez

Aunque parezca contradictorio la buena impresión que me produjo el libro de relatos  Las cosas que perdimos con el fuego, de Mariana Enríquez, ha sido la principal causa de que tardara tanto en decidirme a leer Nuestra parte de noche. Lo que más me gustó de ese libro fue la naturalidad y la sencillez con la que el terror más genuino se imbricaba con la realidad social argentina o con el feminismo más de actualidad. Se trataba de relatos más bien cortos, con las palabras medidas y el tamaño justo para lograr ese impacto final que cualquier relato de terror busca provocar en el lector. Por lo tanto me sorprendió mucho que Enríquez escribiera una novela de casi setecientas páginas. No era su primera novela (a los diecinueve años había escrito Bajar es lo peor a la que seguirían dos novelas más) pero en cualquier caso suponía un cambio absoluto. No es lo mismo escribir un relato que una novela, que me lo digan a mí que empecé una y con más de la mitad completada llevo tres años sin avanzar una sola página. Hay escritores que se sienten más cómodos con los relatos como Borges o Poe, otros que no se han atrevido hasta muy tarde a abordar una novela como George Saunders y otros que incluso no parece que tengan intención de hacerlo como Ted Chiang. Esta evolución de Enríquez me recuerda a la que hizo otro gran escritor de relatos como Félix Palma, que nos sorprendió hace unos años, no sólo con un novelón de más seiscientas páginas sino con toda una trilogía de novelas bastante extensas. Enríquez obtuvo con esta novela el premio Herralde en 2019, así que al final la curiosidad por saber cómo se maneja la autora argentina en las distancias largas se ha ido  imponiendo, y aquí estoy demorando porque no sé muy bien por dónde empezar esta reseña de Nuestra parte de noche.

Por lo tanto haré lo más fácil y comenzaré por contar de qué va. El libro arranca con la confusa huida de Juan y de su hijo Gaspar a comienzos de los 80 en plena dictadura argentina. Lo hacen en coche y Enríquez va dejando caer poco a poco a dónde van y la razón de su partida. Puede que la muerte por atropello de Rosario, madre de Gaspar, en circunstancias poco claras tenga que ver con esta decisión repentina. Gaspar es todavía muy pequeño y no acaba de comprender lo que pretende su padre, un hombre con una enfermedad cardíaca crónica y unas decisiones impredecibles. De manera paulatina la historia se interna en el terror más absoluto. Juan es un médium al servicio de una implacable sociedad secreta que lo necesita para comunicarse con lo que llaman La Oscuridad. A lo largo de la novela asistiremos a ceremoniales sangrientos, atravesaremos puertas que nos llevan al más allá, conoceremos familias cuya riqueza se ha levantado a costa del sufrimiento de muchos, nos internaremos en casas encantadas, en fin un glosario completo del género de terror. La novela se divide en seis partes, en tres de ellas, aunque no sean consecutivas, se nos cuenta en orden cronológico la infancia de Gaspar y su posterior entrada a la mayoría de edad. El cuarto capítulo abarca la infancia de Rosario hasta sus años de juventud y se centra sobre todo en su alocada estancia en Londres durante los años setenta. Los otros dos capítulos complementan la historia pero se apartan de la trama principal y se ocupan de algunos de los muchos personajes secundarios que aparecen en la novela.

La mayor extensión que le ofrece la novela frente a la concreción de los relatos le da a Enríquez la oportunidad de profundizar en los personajes. Lo hace con laboriosidad y esmero. Los hombres, mujeres y niños que encontraremos en las páginas de Nuestra parte de noche están tan perfectamente definidos, son tan coherentes que cuando uno llega al final del libro acaba por creer que los ha conocido de verdad, que incluso los ha visto en la calle. No se trata sólo de los protagonistas, la autora no se olvida de los personajes secundarios a los que con un par de trazos maestros dota de la suficiente personalidad como para diferenciarlos entre sí. De Juan, un hombre de físico poderoso al mismo tiempo que frágil, hace un retrato verdaderamente extraordinario. Enríquez construye un personaje contradictorio, temible y digno de lástima al mismo tiempo. No menos impresionante es el retrato que hace de Luis, el hermano de Juan, un hombre reposado y capaz de inspirar una enorme confianza a todos los que le rodean, un tipo al que a uno le encantaría conocer. La angustia, la soledad, la confusión que siente Gaspar tampoco nos es ajena, el amor de Rosario por Juan y sus oscuras tentaciones, la maldad de la abuela Mercedes, la falta de sentimientos de Florence, la curiosidad de Adela... todos estos sentimientos, estas pulsaciones que mueven a los personajes cobran en manos de la autora otra dimensión. Llama la atención, por otro lado, que Enríquez se centre sobre todo en los personajes masculinos.  Los grandes protagonistas son sin lugar a dudas Juan y Gaspar, aunque Luis juega también un papel de gran importancia en la trama. Eso no quiere decir que Enríquez se olvide de los personajes femeninos, que por otro lado están bien perfilados, pero ha preferido en este caso sondear el mundo de los hombres.

La narración discurre con el lejano trasfondo de una Argentina convulsa que culebrea entre golpes de estado, dictaduras militares y gobiernos neoliberales. Para Enríquez el contexto histórico es como una montaña que se divisa desde cualquier punto y cuya sombra en ocasiones altera el paisaje pero a la que por el momento no quiere escalar. Nuestra parte de noche es fundamentalmente una novela de terror fantástico, no pretende otra cosa que estremecer pero no precisamente con los horrores de la dictadura que por otra parte también se entrevén.

En cada capítulo la autora parece querer abordar un terror diferente. En el primero que se titula Las garras del dios vivo el terror es fantástico y explícito. En La cosa mala de las casas solas el miedo, sobre todo al principio, se hace más real, más terrestre, es el temor que Gaspar siente por su imprevisible y violento padre al que cree loco. Por último en el titulado Las flores negras que crecen en el cielo, nos enfrentamos con el miedo a ser diferente a los demás, a la locura y con ella a la posibilidad de hacer daño a los que te rodean. El aglutinante de todos estos terrores es el horror fantástico con el que comienza la novela y se cierran la mayoría de los capítulos y que se nutre de los relatos decimonónicos de fantasmas, de casas encantadas o de agrupaciones secretas actualizados al público moderno y por lo tanto más descarnados.

Enríquez además de gustarle el género de terror tiene otros intereses, algo que queda reflejado en muchas de las páginas del libro. Incluirlos ha engrosado quizás algo más de lo necesario una novela que abarca un amplio espacio de tiempo y por el que pulula una gran variedad de  personajes. Su fascinación  por el rock, por la poesía de los poetas trágicos, el sexo homoerótico y no sé si también el fútbol (¿existe algún argentino al que no le guste?) queda patente a lo largo del texto.

En cuanto al final, Enríquez logra que todo encaje a la perfección sin que sobre ni falte una sola pieza del colosal puzle. Mi única objeción se refiere al hecho de que a ninguno de los personajes se le ocurriera ensayar una solución tan evidente como la que ponen en práctica al final mucho antes. En todo caso Nuestra parte de noche es una gran novela de terror, muy entretenida, fascinante, espeluznante como pocas, con personajes espléndidos y que ha puesto en valor un género muchas veces menospreciado.

miércoles, 24 de mayo de 2023

“Chocky”, de John Wyndham

 

Portada de “Chocky” de John Wyndham

En los últimos años Runas ha estado reeditando las novelas más importantes de John Wyndham, quedaría pendiente Los cuclillos de Midwich (1957) y habrá que ver si la editorial se atreve con algunas menos conocidas, como las que se publicaron tras su muerte o con alguno de sus libros de relatos. Wyndham es uno de los pocos autores clásicos, con obras maestras como El día de los trífidos (1951) o Las crisálidas(1955), que se sigue reeditando en nuestro país.

Chocky (1968) fue la última novela publicada por Wyndham en vida. Se trata de una novela corta de 150 páginas de una factura muy clásica que, sin ofrecer grandes sorpresas, se lee con agrado. En estos tiempos en las que las historias se estiran, se ramifican en múltiples tramas y en las que cada uno de los personajes que aparecen ha tenido una vida fascinante que merece ser contada, aprecio más que nunca que un autor se ciña a lo que nos quiere contar. Lo demás, si es tan relevante, puede guardárselo para una próxima novela.

El argumento de Chocky es de lo más simple. Mathew, un muchacho inglés de los años sesenta, que hasta entonces había tenido un comportamiento completamente normal empieza actuar de una manera extraña. Todo podría deberse a la tardía aparición de un amigo invisible. Los padres adoptivos del chico ya pasaron por una experiencia similar con otra hija más pequeña.  Sin embargo en esta ocasión resulta ser mucho más desconcertante debido a las preguntas que Mathew les plantea, que nos son las propias de un niño de su edad. La preocupación por la salud mental de Mathew se acrecienta con el paso de los días y con lo que les cuentan los profesores. No saben cómo actuar, si negar la existencia de Chocky, que es el nombre con el que el niño se refiere a esa voz interior, o si lo mejor sería hacerle creer a su hijo que aceptan que es alguien real y no imaginario. Lo que más quiere un padre o una madre es que su hijo crezca sano física y mentalmente y esa angustia, ese miedo a que a algo le pase queda perfectamente plasmado en el libro. Surgen nuevas y alarmantes explicaciones para el comportamiento del niño y poco a poco la tensión del relato va a más.

El problema de la novela es que casi desde el principio se sabe cuál es el origen de Chocky. Hay viajes que merecen la pena por el destino al que nos conducen y otros que se disfrutan por el camino que debemos recorrer para llegar hasta ahí. Esto último es lo que sucede al leer Chocky. Me quedo con ese ambiente tan inglés, con algunas de la convenciones puestas en cuestión desde la perspectiva de alguien que no forma parte de nuestro mundo y con el ajustado manejo de la intriga que hace Wyndham.

jueves, 27 de abril de 2023

“Light Chaser (Surcaluz)”, de Peter F. Hamilton y Gareth L. Powell

Portada de “Light Chaser (Surcaluz)” de Peter F. Hamilton y Gareth L. PowellHace un año no lo hubiera imaginado pero algunas lecturas recientes me han llevado a la conclusión de que el amor romántico se ha puesto de moda dentro de la ciencia ficción. Tal vez sea una coincidencia pero el caso es que en los últimos meses he leído varias novelas en las que el amor juega un papel destacado. Se trata de historias como la de Así se pierde la guerra del tiempo, de Amal El-Mohtar y Max Gladstone, en las que la pasión sobrevive a guerras y a intervalos de tiempo inconcebibles. Preferentemente sucede entre parejas no heterosexuales, es el caso de la que he mencionado antes y también de Historias de Xuya, de Aliette De Bodard, con una relación que no se produce exactamente entre dos personas puesto que una de ellas es una nave espacial (con una parte humana). En Aves extintas, de Simon Jimenez, podemos encontrar un catálogo completo de amores entre personas de diferentes géneros. Asistimos en todas ellas a pasiones desaforadas en medio de escenarios colosales o descubrimos  que existen amores que pueden ser más poderosos que la muerte como el que existe entre Amahle y Carloman en Light Chaser,  de Peter F. Hamilton y Gareth L. Powell. El modelo que siguen estas novelas es el de Romeo y Julieta, en las que aunque el amor es considerado el más puro y gozoso de los sentimientos humanos casi siempre suele ser el origen de una tragedia.

Además de una historia de amor Light Chaser es una aventura que abarca milenios. A pesar de esto intentaré no extenderme demasiado con su argumento. La protagonista, Amahle, es una surcaluz y como tal viaja con su nave a una velocidad cercana a la de la luz siguiendo un circuito preestablecido por lo que se llama el Dominio. No tiene idea del tiempo que lleva haciéndolo ni de las veces que lo ha recorrido a lo largo de su vida, que gracias a su ADN modificado puede prolongarse varios siglos. Su misión es recoger en los planetas colonizados los collares que entregó en su visita anterior y dejar otros en su lugar. En estos collares, sin que sus portadores lo sepan, quedan archivadas íntegras sus vivencias diarias que luego podrán ser experimentadas por otros. Entre visita y visita sin otra compañía en la nave que una IA, Amahle no tiene nada mejor que hacer que curiosear y sumergirse en las vidas almacenadas en estos collares. Para su sorpresa en varios de ellos alguien se dirige claramente a ella como si la conociera. Parece algo imposible puesto que eso supondría, entre otras cosas, que ése alguien se desplazara más rápido que ella.

Si algo de bueno tiene esta space opera es que al contrario de lo que sucede en muchas de las novelas pertenecientes a este subgénero (con comienzos que parecen concebidos para ahuyentar al lector), logra captar nuestra atención casi desde el principio. ¿Quién es ese personaje misterioso y cómo ha logrado desplazarse por el espacio y por el tiempo de la manera en que lo hace? Al final la explicación resulta más bonita y romántica que otra cosa y no destaca precisamente por su originalidad. Sorprende, eso sí, toparse con una explicación así en una space opera de este tipo, que por lo general opta por revestir sus historias de verosimilitud científica. Sin embargo el mayor problema que veo yo a la novela es la rapidez con la que se resuelve el misterio. Llama la atención que una revelación que va a trastocar por completo la vida de su protagonista, que la obliga a interpretar lo que lleva haciendo durante siglos, se despache en poco más de un párrafo. De manera que una de las mayores virtudes de la novela, su brevedad, se convierte también en uno de sus mayores inconvenientes. Apenas queda espacio para profundizar en las emociones de los personajes, en sus cambios de opinión y en sus pasiones repentinas. Porque si bien se trata de una space opera, la parte aventurera queda en un segundo plano detrás del relato sentimental. Amahle, debido a su longevidad, debe descartar parte de los recuerdos para dejar espacio a los nuevos, sin embargo cuando le conviene a la narración los recupera de manera súbita. En otro orden de cosas está la discutible decisión de comenzar a contar la novela por su final, algo así como dinamitar el terreno antes de construir la casa.

Hamilton y  Powell han escrito un libro de puro entretenimiento y no hay que tomarlo por más de lo que es. Así y todo, asumido que no es más que un libro para pasar el rato, he de decir que la historia de amor no me ha llegado al corazón. Seguramente el problema es mío pero estos amores tan sublimados, que se prolongan durante eones son demasiado para mí. Lo mismo me sucedió con las novelas que he mencionado al comienzo de esta reseña. En Así se pierde la guerra del tiempo, para reforzar el amor que sienten sus protagonistas, Amal El-Mohtar y Max Gladstone optan por un lenguaje poético que muchas veces se les escapa de las manos. Siete de Infinitos, que forma parte Historias de Xuya, a pesar de contar el amor que surge entre un ser humano y una nave espacial, resulta ser un relato tópico. Algo más lograron conmoverme algunos de los amores que Simon Jimenez nos presenta en Aves extintas y supongo que es porque sus personajes parecen reales y por tanto también sus emociones, cosa que no sucede en las otras novelas.

Robert Silverberg publicó en 1970 un relato, de apariencia muy sencilla, en el que nos  hacía vivir en nuestras propias carnes el amor que un delfín siente por su cuidadora. Su título es Ismael enamorado y en él Silverberg demuestra que puede lograrse mucho más con mucho menos. A pesar de disponer de más páginas Light Chaser se queda a medias tanto en la historia de amor, que me deja bastante frío, como en su faceta de space opera, que tampoco logra del todo el objetivo principal al que aspira este tipo de novela, que es despertar eso que llaman el sentido de la maravilla.

miércoles, 29 de marzo de 2023

“Hielo”, de Anna Kavan

Portada de “Hielo”, de Anna Kavan

Fue gracias a Brian Aldiss que supe de Anna Kavan por primera vez. No, no he tenido el gusto de conocer a Aldiss personalmente, mencionaba a esta escritora en la antología titulada Última etapa que publicó Bruguera en 1976, en la que diferentes autores escribían un relato definitivo sobre los principales temas de la ciencia ficción. Cada uno de ellos iba acompañado de un pequeño comentario del autor, y Aldiss entre otras cosas aprovechó el suyo para hablar muy elogiosamente de Kavan. Por desgracia entonces no se había publicado en España todavía nada de esta rara avis de la literatura inglesa. Su libro más emblemático Hielo (1967) no lo sería hasta 1987.

La editorial Trotalibros rescató hace dos años esta olvidada y singular novela con una edición muy cuidada que ha sido traducida por Ainize Salaberri. Hay que decir que no se trata de un libro fácil y que en muchas ocasiones pone a prueba la paciencia del lector. Lo que hace  que su lectura no sea sencilla es una trama que parece volver siempre al mismo punto en una espiral que no tiene fin. La impresión de que la acción no lleva a ningún lado puede desesperar a muchos. Si esto no fuera suficiente, la historia se interrumpe a veces de manera brusca sin que la autora ponga sobre aviso al lector, de manera que éste no tiene forma de saber si la nueva escena es recordada o imaginada. Estas reiteraciones, estos círculos que traza la historia componen una especie de bucle infernal del que ni los personajes ni el lector pueden escapar. La novela adquiere así la forma de una pesadilla recurrente y como tal no ofrece respuestas.

Tampoco es fácil resumir su argumento. Lo cierto es que es una novela difícil en todos los sentidos. El protagonista y narrador de la historia es un hombre obsesionado por una mujer de la que a excepción de su físico (es extremadamente delgada y posee un cabello largo y plateado) apenas sabremos nada. No es que de él vayamos a saber mucho más, si acaso de su fascinación por los inris, unas criaturas pacíficas parecidas a los lémures. Ni él ni ella tienen nombres, son personajes arquetípicos, criaturas de ficción con un propósito concreto, que no claro, dentro de la narración. Él la busca para salvarla del hielo que avanza pero también de otro personaje que la tiene cautiva, el Custodio. Ella, sin embargo, huye la mayoría de las veces de él, quien desde luego no parece mejor que el Custodio. Él es un individuo contradictorio, capaz de disparar sin contemplaciones a alguien que intenta subir a su barca para ponerse a salvo o de apiadarse de otro que es apaleado por un grupo de soldados. Diríase que la tortura sólo está bien si la practica él. A pesar de esta persecución del gato y del ratón entre él y ella, parecen necesitarse el uno al otro.

En esta manía que tenemos por etiquetarlo todo se ha catalogado a Hielo de novela catastrofista porque se sitúa en un futuro de enfriamiento causado por una guerra nuclear; también, cómo no podía ser menos, de distopía, que es el término eufemístico con el que últimamente se esquiva tener que emplear el tan menospreciado de ciencia ficción. No me parece que Kavan estuviera especialmente interesada en escribir una novela sobre un mundo que ha sufrido una guerra nuclear y desde luego está muy alejada de lo que yo entiendo por distopía. Para mí leer Hielo ha sido sumirse en un estado mental de continua desazón, de miedo, de incómodos sentimientos de posesión y de humillante sometimiento. Los personajes van pasando por todas estas emociones, la mayoría de las veces es ella la víctima, pero también lo es él de su necesidad de protegerla de la autoridad y de la tiranía del Custodio. Ella además necesita de alguien que la proteja. En fin, de una manera esquemática se trata de la relación que ha existido hasta hace poco y que aún perdura en muchas ocasiones entre una mujer y un hombre. Otros, al tanto de la biografía de Kavan, pensarán que es el que se establece entre el adicto y la droga.

¿Puede considerarse Hielo ciencia ficción? Desde mi punto de vista sí. Hay dos tipos de ciencia ficción, una en que los elementos de ciencia ficción son empleados para crear una metáfora y otra en los que no. Hielo pertenece claramente al primer grupo.

En el prólogo José Carlos Rodrigo intenta separar la obra de la vida de la autora. Tras saberse su adicción a la heroína muchos han creído encontrar la clave a esta novela inaprensible y un significado a ese hielo que va devorando el mundo. Por mi parte he procurado no tener muy en cuenta su biografía pero qué duda cabe de que su visión enajenada de la realidad recuerda mucho a la de otro gran consumidor de drogas como es Philip K. Dick. Aunque ahí está  Kafka, otro escritor con el que comparte muchas cosas y del que, que yo sepa, lo más fuerte que consumía era café. La vida de Anna Kavan, cuyo nombre auténtico es Helen Emily Woods, daría lugar con toda seguridad a una interesante novela. El libro viene acompañado de una nota al inicio en la que se cuentan algunos detalles: sus dos matrimonios que acabaron en divorcio, la muerte de su hijo en la segunda guerra mundial, su problema con las drogas, sus intentos de suicidio, su paso por diversos hospitales psiquiátricos y finalmente su muerte a los 68 años. Como curiosidad antes de cambiarse el nombre escribía novela rosa.

De la misma manera que en una sonata hay un motivo musical que se repite hasta el final de la obra, la novela de Kavan, variando a veces el ritmo, otras la instrumentación, vuelve una y otra vez al mismo relato de búsqueda y desencuentro. Hielo parece escrito por alguien que se siente perdido en el mundo y que no encuentra su lugar en él. A lo largo de la novela el hielo es una amenaza constante que se cierne sobre el mundo y sobre los protagonistas. Para algunos es un símbolo de la droga que devoraba a su autora (no es fácil llegar a una conclusión), sin embargo para mí representa el frío de la muerte que de alguna manera siempre está presente en nuestras vidas y que se acerca inexorablemente.