Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

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viernes, 6 de agosto de 2021

“La policía de la memoria” de Yoko Ogawa

Portada de "La policía de la memoria” de Yoko Ogawa
           Yoko Ogawa no es ninguna recién llegada a la literatura, tanto es así que La policía de la memoria fue escrita hace más de veinte años, en concreto en 1994. La autora japonesa cuenta con una obra abundante que en gran parte ha sido traducida al castellano por lo que tampoco es una desconocida para muchos lectores españoles, aunque sí lo era hasta ahora para mí. Una de sus novelas, La fórmula preferida del profesor (2003), fue incluso adaptada al cine bajo la dirección de Takashi Koizumi en 2006.

La policía de la memoria es una novela que escapa a todas las etiquetas. Su título y su inicio nos hacen pensar que podría tratarse de una distopía pero según nos adentramos en la historia nos vamos dando cuenta de que el objetivo prioritario de la autora no parece ser realizar una crítica a los totalitarismos. Llegando al final, el relato se convierte en una historia de fin del mundo que podría convertirla en apocalíptica pero se trata de un apocalipsis tan diferente y tan personal que la etiqueta le quedaría pequeña. De manera que  estamos ante uno de esos libros indefinibles como El país de las últimas cosas (1987) de Paul Auster, El alfabeto de fuego (2012) de Ben Marcus o la Ciudad y la ciudad (2009) de China Miéville por poner algunos ejemplos de libros inclasificables, de novelas que demuestran que aún es posible abrir nuevos caminos en la ficción.

La acción de la novela sucede en una isla indeterminada de la que ni siquiera llegamos a conocer su nombre, en la que de manera esporádica y arbitraria desaparecen elementos de la vida cotidiana, conceptos e incluso seres vivos de manera irreversible. La primera desaparición de la que se nos hace partícipes es la de la flor del rosal. Un día el arroyo que discurre cerca de la casa de la protagonista aparece cubierto de infinidad de pétalos que el agua arrastra al mar hasta su extinción:

«Mis sospechas se confirmaron: en el jardín de rosas no quedaba ni una sola de sus flores. Sólo las hojas y sus espinosos tallos permanecían inalterados como huesos descarnados».

Todo es contado con una prosa lírica impregnada de una persistente melancolía. Con la desaparición de estos objetos se desvanece también su recuerdo en la memoria de las personas, y la gente acaba por olvidar que esos objetos existieron alguna vez y formaron parte de sus vidas. Antes de las rosas desaparecieron los pájaros, los perfumes y los ferries que permitían salir de la isla. Lo curioso es que los habitantes de ésta lo aceptan sin hacer un drama de ello, como si fuera algo irremediable y acaban por habituarse a las desapariciones con una sumisión y una falta de rebeldía que contagia al lector.

Como suele ocurrir en muchos relatos de Kafka la mayoría de los personajes de La policía de la memoria carecen de nombre. Nunca llegamos a saber el nombre de su protagonista, quien además es la narradora de la historia. Tiene un amigo que vive en el antiguo ferri que éste pilotaba antes de que se produjera su «desaparición» y que ahora permanece varado en el puerto. Allí se reúnen para tomar pastas y té pero su nombre tampoco es mencionado, sólo es el anciano. Como tampoco se dice nunca el nombre completo del otro personaje, que junto al anciano completa la terna de personajes principales del libro. La narradora se refiere a él como el señor R. Se trata de su editor. La protagonista se gana la vida como novelista aunque no parece que haya mucha gente en la isla que lea sus libros. En este momento escribe la historia de una mecanógrafa que pierde su voz y debe comunicarse con su novio a través de una máquina de escribir. Se trata de un relato de tintes surrealistas que va cobrando cada vez más importancia en la novela de Ogawa.

La policía de la memoria, que da el título a la novela, se dedica a velar para que estas desapariciones se hagan efectivas y para que nadie conserve en su casa o incluso en el recuerdo uno de estos objetos desaparecidos. La autora no concreta la manera en que se producen estas desapariciones, que a veces parecen reales y que en ocasiones parecen producirse solamente en la mente de los personajes. Cuando se produce una desaparición en la isla (al menos algunas de ellas) todos los habitantes dejan a un lado lo que están haciendo y se apresuran a destruir el objeto sentenciado por la policía de la memoria. Esta contradicción aporta a la novela un marcado tono de absurdo y de pesadilla que al final del libro se hace más acusado gracias a un desenlace entre terrorífico y grotesco que puede desconcertar a más de un lector. Sin embargo Ogawa huye de todo efectismo y los horrores que narra no lo son tanto seguramente por la manera sosegada en que son descritos. Lo cierto es que la autora mantiene durante toda la novela un mismo tono pausado, que por otra parte acentúan esa sensación de que no hay nada que hacer, de que el destino es inexorable.

Se trata de un libro que puede dar lugar a muchas interpretaciones, de metáforas no siembre obvias. Algunos mantienen que es una crítica a los totalitarismos pero como ya he comentado al comienzo de la reseña yo pienso que la novela es mucho más que eso. Ogawa nos habla del olvido, de los recuerdos que vamos perdiendo según pasan los años sin que nos demos cuenta y que aceptamos con resignación aún cuando sabemos que lo que somos, que nuestra identidad se fundamenta en nuestros recuerdos, de manera que cuando estos desaparecen lo hacemos también nosotros. La novela está escrita con enorme delicadeza y rebosa imaginación y belleza. Es la primera novela que leo de esta autora pero puedo asegurar que no será la última si la implacable Policía de la memoria no me lo impide.

martes, 22 de junio de 2021

“Kirinyaga” de Mike Resnick

Portada de “Kirinyaga” de Mike Resnick

El autentico protagonista de Kirinyaga de Mike Resnick no es ese mundo artificial concebido para albergar al pueblo kikuyu ni tampoco los son sus pobladores, el verdadero protagonista de la novela es Koriba, su «mundumugu», el hechicero y verdadero artífice de su construcción. Contadas por su propio protagonista, las narraciones de Kirinyaga son el relato de los esfuerzos por hacer realidad el sueño de recuperar una cultura ya perdida de África, de volver a sus orígenes, pero sobre constituyen el retrato de un hombre obsesionado por un pasado idealizado que es imposible resucitar.

 El libro es eso que llaman un «fix-up», esto es un conjunto de relatos publicados anteriormente y relacionados entre sí, que al ser ordenados convenientemente se convierten en  capítulos de una novela. La estructura que sigue Resnick en cada uno de ellos es casi idéntica. Comienzan con algo o alguien que pone en peligro ese mundo ideal soñado por Koriba, que le obligan a tomar cartas en el asunto. Gracias siempre a su astucia, a sus artimañas no siempre honestas y a su habilidad para concebir fábulas que respalden sus ideas consigue persuadir la mayoría de las veces a los que se oponen a él o convencer al jefe de la tribu para que imponga sus ideas. Los relatos terminan irremisiblemente con las cosas volviendo a su cauce, aunque poco a poco, historia a historia, problema a problema la imagen de Koriba se va deteriorando hasta llegar al epílogo final que no voy a desvelar.

Cada  relato a su vez contiene otro contado por el propio «mundumugu», se trata de fábulas muy sencillas, llenas de ingenio, breves y muy directas, protagonizadas por leones u otros animales hace tiempo extinguidos en el África real. Con ellas Koriba no sólo adoctrina desde la infancia a los kikuyus sino que pretende recuperar o, más bien restablecer, un acervo cultural y unas tradiciones olvidadas por la mayoría de los kikuyus. La repetición de este formato puede que canse a muchos, a mí por el contrario me ha resultado simpático, y me ha transportado a mi infancia cuando veía esas viejas series de televisión basadas en una fórmula probada que se repetía en cada episodio con algunas variaciones. También Asimov en los relatos de la serie de la Fundación seguía una estructura que se repetía la mayoría de las veces con un Hari Seldon previendo la mayoría de las crisis del imperio galáctico. 

Resnick apenas dice nada de cómo en un futuro indeterminado se llegó a crear ese mundo artificial, sabemos que no es el único y que existe un consejo, el Consejo Eutópico, que se encarga de autorizarlos y de llevarlos a cabo. En cualquier caso es algo que carece de importancia, lo que interesa al autor es destacar lo irrenunciable del progreso de las sociedades humanas. Muchos críticos no parecen haberlo entendido así, tal y como queda reflejado al final del libro en unos comentarios del autor incluidos en la edición. En ellos se defiende de las acusaciones que lo tachan entre otras cosas de racista y sexista. Según Resnick nada de esto hubiera sucedido si en lugar de por africanos sus relatos hubieran estado protagonizados por seres de otros planetas. El libro está lejos de poder considerarse «políticamente correcto». El mundo que pretende recuperar Koriba es un mundo en el que la mujer es considerada una propiedad, un mundo en el que se practica la mutilación genital y en el que los viejos cuando no pueden valerse son abandonados a las hienas. Es un mundo, y no hay que utilizar eufemismos, despiadado, bárbaro y retrógrado. Resnick lo deja bien claro aunque todo nos llegue a través de la visión sesgada de su máximo valedor. No creo que mostrar esta dura realidad convierta a su autor en racista o sexista, sin embargo, en estos tiempos de revisión del pasado en el que algunos países de occidente empiezan a reconocer las atrocidades que se cometieron en África es algo que no está muy bien visto. Si bien es cierto que durante la época de la colonización se cometieron acciones completamente execrables, también lo es el atraso en el que vivían muchos de estos pueblos cuando  llegaron los occidentales. Una cosa no quita a la otra. También occidente hubo de pasar por diferentes periodos de barbarie antes de llegar al desarrollo actual. Pero en estos tiempos extraños en que vivimos, de blanco y negro, de bueno y malo hay cosas que no se pueden decir.

Resnick consigue que su protagonista, a pesar de ser un manipulador y ser un tramposo  (posee un ordenador con el que puede alterar el clima de Kirinyaga a su conveniencia), no nos caiga todo lo mal que debería. Es un gran personaje, un tirano como muchos de los que ha habido en la historia de la humanidad que cree hacer siempre lo mejor para su pueblo, un hombre instruido en las mejores universidades que sin embargo quiere recuperar el mundo ancestral kikuyu con todas sus brutales consecuencias. Koriba es un fanático que desprecia cualquier influencia que no provenga de su propio pueblo, una decisión que condena a los suyos al estancamiento.

El libro se completa con una novela corta, Kilimanjaro, que Resnick escribió ante las peticiones de muchos de los que leyeron Kirinyaga para que publicara más relatos situados en el mismo contexto. La historia estaba cerrada, así que a Resnick se le ocurrió crear otro mundo, en este caso de masáis, con la misma intención de recuperar una cultura desaparecida pero con la ventaja de haber podido aprender de los errores cometidos en Kirinyaga. Los relatos me han parecido mucho menos interesantes; por un lado, porque carecen de la misma fuerza al no contar con un protagonista de la talla de Koriba y por otro porque la tesis que parecen sostener me resulta irritante. Tal y como sucedía en Kirinyaga se parte de una sociedad extinguida como tal, la masái, pero en este caso los problemas que van surgiendo se arreglan de una manera más sensata y consensuada y se tolera realizar cambios. Lo que me molesta es que todos estos cambios que se introducen poco a poco parecen conducir a una sociedad que no se diferencia en nada de la occidental, de la que precisamente querían alejarse. Al final es como si se nos dijera que para bien o para mal nuestro modo de vida es el mejor posible. Vamos, que todos los caminos conducen a Roma.

He disfrutado mucho con los relatos de Kirinyaga. Resnick conmueve con sus historias humanas de un África que ya no existe sin forzar la lágrima fácil. Además estoy por completo de acuerdo con que no todas las tradiciones por muchos siglos que tengan de vida deban mantenerse ni que tampoco deban ser rescatadas costumbres ya perdidas por mucho que nacionalistas de todo tipo se empeñen en ello. Lástima que Gigamesh lo haya descatalogado y que el libro acabe siendo inencontrable, por lo menos hasta que un «mundumugu» de la ciencia ficción lo recupere.

miércoles, 26 de mayo de 2021

“Tik-Tok” de John Sladek

Portada de “Tik-Tok” de John Sladek

Tras la divertidísima novela Señor del espacio y el tiempo (1984) de Rudy Rucker traté de repetir la buena experiencia con otro libro de corte similar que ayudara a aliviar estos tiempos de pandemia interminable agravados por coincidir con la enésima campaña electoral. En mis pesquisas di con este Tik-Tok de John Sladek que curiosamente fue publicado por primera vez un año antes que la novela de Rucker. Ha sido todo un hallazgo y aunque muy diferentes, sobre todo en sus propósitos, ambos libros comparten el mismo tono de locura y disparate.

Sladek fue un autor (murió en 2000) no demasiado conocido en España, que escribió sus obras más representativas a lo largo de los años 80. En España además de por Tik-Tok puede que algunos lo recuerden por su primera novela Mecasmo (1968), de tono también satírico. El crítico David Pringle llegó a incluir uno de sus libros Roderick y Roderick at Random (en realidad se publicó en dos partes en 1980 y 1983) en su célebre selección de las mejores novelas de ciencia ficción. De este libro que, por cierto, no tiene traducción al castellano, me ha llamado poderosamente la atención que su personaje principal sea también un robot, si bien en este caso se trata de uno inocente y afable, antítesis del desalmado Tik-Tok.

El apodo con el que es conocido su protagonista y que da título a la novela se debe al hombre mecánico que aparecía en los cuentos de Oz de L. Frank Baum. De él dice Baum que no está vivo y que no siente emociones pero que como sirviente es absolutamente veraz y leal. El término robot sería acuñado años después por Karel Čapek en la obra teatral R.U.R (1921). Hubo un tiempo en el que el Tik-Tok de Sladek era también inofensivo e inocente como comprobaremos a través de sus andanzas contadas por él mismo. Sus peripecias a cada cual más absurda suceden en unos Estados Unidos en el que los robots se han convertido en los nuevos esclavos y son tratados, por lo tanto, con el mismo desprecio y crueldad que los negros en los tiempos de la esclavitud. Al comienzo del libro Tik-Tok trabaja como sirviente para la típica pareja de clase media norteamericana, padres de dos hijos a los que el robot detesta (precisamente los que le han puesto el apodo). Hasta entonces había pasado por las manos de los más extravagantes propietarios y lo único que se le podía reprochar era el celo que ponía en todo lo que se le encomendaba, por lo demás siempre se había mostrado tan servil como sus congéneres. Pero un día todo cambia cuando ve a una niña ciega jugando.
          «Creo que fue al verla sentada allí devorando barro...»
          Los «circuitos asimovianos» hacen «pluf» y sin ninguna razón la asesina.
          «Yo arrojé su sangre sobre aquella vacía pared, vacía pared... La mancha con forma de ratón que fue el punto de partida de mi mural.»
          Para cubrir la mancha de sangre no se le ocurre otra cosa que pintar un mural encima y así con este hecho luctuoso e inesperado arranca la exitosa vida como artista de Tik-Tok. Por lo visto los «circuitos asimovianos», encargados de que los robots cumplan las conocidas leyes de la robótica establecidas por Isaac Asimov, no son tan infalibles como se pensaba:
          «... un tal doctor Weverson que insistía por entonces en que los robots eran lo bastante inteligentes para padecer colapsos nerviosos.»

Su pintura alcanza tal éxito que acaba teniendo que reclutar a otros robots para que pinten bajo sus instrucciones. Con el dinero que escamotea a sus propietarios (los robots no pueden tener posesiones), logra una independencia que nunca había soñado, lo que le permitirá dar rienda suelta al rencor y al odio que ha ido acumulando durante años de servicio hacia los «carascarnosas». Presente y pasado se intercalan en la narración y a medida que Tik-Tok alcanza mayor poder y sus crímenes se hacen más destructivos también vamos conociendo más detalles de su frenético y accidentado pasado.

Sus peripecias sirven de feroz sátira a la sociedad norteamericana. Sladek se mete con todo, con su gusto por la desmesura, con la falta de escrúpulos de los políticos, con la corrupción o la hipocresía de los poderosos, con las disparatadas sectas religiosas y sobre todo con su apego al dinero que todo lo puede, capaz incluso de abrir las puertas a un robot carente de derechos. Ningún estamento se libra de la burla de Sladek, desde el mundo del arte, pasando por el mundo de los negocios hasta la política. La primera mitad del libro la he leído sin darme cuenta con la sonrisa permanentemente dibujada en los labios. Hay escenas memorables como la del coronel (uno de los muchos propietarios por los que pasa Tik-Tok) disparando contra la sopa o aquella en la que una inoportuna pelusilla en el ombligo malogra sus planes..., o ideas como la del enorme portaviones terrestre que luego resulta imposible de trasladar o los rezos taquiónicos, ideas todas ellas descacharrantes. La acumulación de despropósitos acaba, sin embargo, por agotar. El libro apenas pasa de las doscientas páginas pero creo que una reducción de las locas correrías del robot, sobre todo de las últimas, le hubiera sentado bien.

Aunque igual de divertido que Señor del espacio y el tiempo (sobre todo en su primera parte), Tik-Tok es una novela más ambiciosa (que no mejor), con una dosis mayor de sátira, más desesperanzada y con una crítica mucho más ácida. Y es que a pesar de su tono de humor y de sus personajes caricaturescos la novela deja una honda sensación de desánimo. Los robots de Tik-Tok son los nuevos esclavos que siempre le han venido tan bien al capitalismo. La esclavitud ha dejado de existir como tal en nuestra sociedad hace ya años pero no así la explotación a la que se ven sometidos muchos trabajadores de países en desarrollo. Muchas grandes empresas han trasladado sus centros de producción a estos lugares más ventajosos donde la mano de obra resulta más barata y donde las condiciones laborales apenas son mejores a la de los tiempos en que la esclavitud era legal. Al final del libro Tik-Tok piensa indignado:

«La carne pretende poblar en exceso y destruir la tierra, ése es su objetivo». Lo que parece ser una clara censura al «Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla…» que proclamaba Nuestro Señor.

domingo, 25 de abril de 2021

"Klara y el Sol" de Kazuo Ishiguro

Portada de "Klara y el Sol" de Kazuo Ishiguro
            Klara y el Sol es la primera novela de Kazuo Ishiguro después de que le fuera concedido el Premio Nobel en 2017, además supone su regreso a la ciencia ficción desde Nunca me abandones (2005). No tenía fácil el escritor de origen japonés superarse a sí mismo o al menos  mantenerse a la altura de ese magnífico y melancólico relato que fue llevado al cine por Mark Romanek en 2010.

            Los primeros capítulos de Klara y el Sol, en los que Klara, una AA (Amiga Artificial) aguarda a que alguien la compre mientras desde la tienda observa con curiosidad el mundo que los seres humanos han construido al derredor, nos hacen abrigar la esperanza de que sea así, de que Ishiguro no va a defraudarnos. Sin embargo, a medida que nos adentramos en la novela la promesa inicial no acaba del todo de concretarse. Tras un precioso comienzo en forma de cuento infantil la historia se deviene en distopía, Klara deja de ser el foco principal, que pasa a ser compartido con la familia que la ha adquirido, y a partir de aquí la novela pierde algo de su magia inicial.

            En las novelas de Ishiguro el narrador resulta fundamental y su elección suele condicionar por completo el desarrollo posterior de la narración. En este caso la mirada escogida por el autor es la de un robot, aunque este término nunca es utilizado en el libro. También McEwan en Máquinas como yo (2019) prefirió eludir la palabra. En un futuro próximo en que la educación se realiza a distancia y los contactos entre los niños son infrecuentes, los AA han sido específicamente diseñados para la compañía de adolescentes. Se trata de jóvenes como Josie, que a pesar de vivir sobreprotegidos soportan una enorme tensión por lo que esperan de ellos su padres. En esta delicada situación Klara debe hacer lo posible por acompañar y ayudar a Josie. Su capacidad de observación, superior a la de otros AA, permite al autor contar lo que sucede con la minuciosidad y el detalle a los que nos tiene acostumbrados al mismo tiempo que dota al relato de una oportuna vaguedad. La visión proporcionada es incompleta al estar muy condicionada por la naturaleza de Klara y por lo poco que sabe del comportamiento humano. Hay una escena en que se muestra de manera muy elocuente esta ignorancia. Cuando van a visitar a Josie sus amigos Klara advierte que se convierte en una persona distinta. Es algo que al principio la confunde  pero no tarda en darse cuenta de que los humanos tienen más de una cara y que adoptan personalidades diferentes dependiendo de que con quien estén. La ingenuidad de Klara sorprende, no es como esos robots a los que estamos acostumbrados a ver dotados de una memoria enciclopédica y capaces de responder a cualquier cuestión por compleja que sea. Para lo que sí está dotada la AA es para aprender de sus observaciones, aunque sus conclusiones resulten en ocasiones equivocadas. Como consecuencia de ello su mundo, tal y como ella lo concibe, no se ajusta del todo a la realidad. Lo llamativo de la novela y lo que le resta cierta verosimilitud es que nadie corrija a Klara de sus errores. Ni Rick, el amigo de Josie, ni su padre se oponen o se cuestionan la misión que Klara se propone para salvar a su amiga Josie de la enfermedad que pone en peligro su vida. La causa de esta misteriosa enfermedad tiene que ver con una decisión crucial que tomaron sus padres en el pasado y que entronca con dilemas morales que se semejan a los planteados en Nunca me abandones.

            Ishiguro, remiso siempre a que sus novelas se encasillen en la literatura de género, habla de «cuentos georgianos», aunque luego utilice elementos propios de la ciencia ficción. Klara podría ser uno de esos autómatas movidos a cuerda de las narraciones infantiles pero lo cierto es que se trata de una máquina que obtiene su energía de la luz solar, con una visión que su mente organiza a modo de bloques muy parecida a lo que hemos visto en algunas películas de ciencia ficción. Por otro lado, está la idea del mejoramiento de los jóvenes, de la que prefiero no desvelar demasiado, un asunto de índole claramente distópico. Por mucho que lo quiera negar la ciencia ficción le proporciona un instrumento eficaz con el que observar las emociones desde un punto de vista no humano, desde el punto de vista de Klara. No obstante Klara tiene mucho en común con los personajes de otras novelas de Ishiguro. Al igual que muchos de ellos se resigna a aceptar su destino sin rebelarse. Cuando Klara actúa lo hace sólo para salvar a su amiga Josie y no le importa tener que sacrificarse para ello si es necesario, pero nunca lo hace para su propio beneficio.

            Me llama la atención que dos autores ingleses de la misma generación como McEwan e Ishiguro se hayan interesado en tan poco espacio de tiempo por el tema de la inteligencia artificial. Supongo que cada vez es más difícil permanecer ajeno a los vertiginosos avances tecnológicos que se producen en el mundo. Muchas de las cosas que hasta hace poco se consideraban pertenecientes al ámbito de la ciencia ficción forman parte de nuestro día a día. Ambos escritores son conscientes de ello y no han podido permanecer al margen de estos avances que influyen cada vez más en la sociedad. Cada uno aborda el tema de una manera diferente, McEwan desde un punto de vista racional y filosófico, Ishiguro fijándose en el plano emocional. El primero se ha documentado con profusión, conoce la historia de Turing, ha oído hablar de Asimov; dudo mucho que Ishiguro conozca al «buen doctor» y su interés por la ciencia no va más allá de sus efectos sobre la sociedad. McEwan reflexiona sobre la manera en que funciona la mente humana mientras que Ishiguro lo hace sobre la soledad del ser humano y sobre cómo se comportaría frente una criatura artificial.

            Aparte de los primeros capítulos la novela cuenta con otro momento del mejor Ishiguro. Josie acude con cierta periodicidad a la ciudad para que le hagan un retrato, algo que a todos parece inquietar, a la criada e incluso a la madre, que es la que por otro lado anima a su hija a hacerlo. Ishiguro, maestro de la postergación, oculta lo que hay detrás de todo ello y cuando por fin descubre las cartas no tenemos más que admirarnos de su inteligencia. Lástima que luego la trama haga un quiebro inesperado y siga por derroteros menos arriesgados y menos dificultosos. No me atrevo a aventurar lo que Klara y el sol hubiera podido llegar a ser con un poco más de ambición. En cualquier caso se trata de una novela estimable, un cuento sencillo impregnado de esa poesía y de esa melancolía característica de su autor.

lunes, 19 de abril de 2021

“Hija de sangre y otros relatos” de Octavia E. Butler

Portada de "Hija de sangre y otros relatos” de Octavia E. Butler
            Octavia Estelle Butler ha pasado en poco más de dos años de ser una desconocida en España a ser traducida por tres editoriales diferentes. En el intervalo de unos meses nos hemos podido encontrar en el mercado con tres nuevos libros de Butler publicados por diferentes sellos editoriales: La parábola del sembrador(1993) por Capitán Swing, Hija de sangre y otros relatos por Consonni, libro que nos ocupa, y en poco tiempo, si no ha salido ya, la monumental Trilogía Xenogénesis (1987,1988,1989) con casi mil páginas en Ediciones B. Capitán Swing abrió el camino con Parentesco (1979) y desde entonces las editoriales parecen rifarse a la autora.  Este fervor repentino por publicar la obra de Butler parece está unido a las circunstancias que vivimos con la recuperación de figuras femeninas importantes y el Black Lives Matter.  Cualquier excusa me parece buena para conocer a la gran escritora que es Octavia Butler.

            El libro se compone de siete relatos y dos ensayos, cada uno de ellos seguido de un breve epílogo escrito por la propia autora. Estos comentarios al final de cada texto en los que explica  los motivos que le llevaron a escribirlos me han parecido muy esclarecedores y nos dan una idea de lo que pasa por la mente de un escritor cuando se pone a escribir.

            En el epílogo de su mejor relato, Hija de sangre, Butler se extraña de que muchas personas lo hubieran interpretado como una historia de esclavitud. Para la autora se trata de un relato que le sirve para ahondar en el amor entre dos seres muy diferentes, un humano y una criatura alienígena así como contar el paso a la edad madura de un chico. La idea surgió de su deseo de escribir un relato de hombres embarazados. Según tengo entendido a Ursula K. Leguin le empujaron motivos muy parecidos cuando escribió La mano izquierda de la oscuridad. En una entrevista que se publicó hace años declara haber escrito la novela en gran parte por el placer de poner la frase: «El rey estaba embarazado». No sé si trata de una coincidencia o es que ver a un hombre en este estado divierte especialmente a las escritoras de ciencia-ficción norteamericanas. El relato da para muchas interpretaciones y es lo que hace que sea tan extraordinario. Antes de leer el epílogo pensé que podría ser una especie de metáfora del embarazo, con todo su horror. También encontré elementos en común con su primera novela Parentesco que trata de la esclavitud y de la relación contradictoria que se establece entre amo y esclavo. En Hija de sangre logra algo muy difícil como es hacer creíble una relación tan compleja entre dos especies completamente diferentes en la que una ostenta una posición de poder sobre la otra. La protagonista del relato lucha entre su repulsa por lo que ha de hacer y el amor y respeto que siente por su protectora. La técnica que utiliza Butler para hacernos entrar en ese mundo de dominación y de sumisión es la de ir proporcionándonos muy poco a poco los detalles de lo que sucede. Llegado un momento todo acaba encajando y la imagen mental se nos aparece clara y nítida. Utiliza de manera impecable la misma técnica en el relato Parientes cercanos en la que, esta vez ya no en clave de ciencia-ficción, nos narra otra relación escabrosa.

            Butler es una maestra a la hora de dosificar la información, de ir dándola gota a gota sin  peroratas explicativas. Hay que tener buena mano para ello porque se puede caer en el peligro de ocultar en exceso y hacer que el lector se pierda y acabe por desconectar. Algo así me ha sucedido con el penúltimo de sus relatos Amnistía. He tardado demasiado en comprender lo que sucede. El relato que le sigue, El libro de Martha  también es de los que menos me ha gustado. Su propósito queda demasiado en evidencia y me resulta demasiado expositivo. Lo cierto es que los dos últimos relatos, por otro lado los más recientes, son los menos satisfactorios de la recopilación.

            Los personajes de los relatos de Butler no lo tienen nunca fácil. Las soluciones que se les ofrecen nunca son del todo buenas y siempre hay alguna contrapartida negativa ineludible. Así sucede en casi todos ellos, en los que ya he mencionado, pero sobre todo en el titulado La tarde y la mañana y la noche. Se trata de una historia con una enfermedad terrible (Butler puede llegar a ser muy morbosa) en la que se interroga sobre cómo nuestra naturaleza puede condicionarnos para ser como somos y dirigir nuestro modo de actuar sin que nos demos cuenta de ello. Tras leer este desesperanzador relato a uno le queda la impresión de que no diferimos tanto de otros seres vivos menos complejos como las plantas; de la misma manera que ellas se ven impelidas a buscar la luz, también nosotros actuamos dirigidos por nuestros genes.

            El relato Sonidos de habla había sido publicado con anterioridad en la antología seleccionada por John Joseph Adams que editó Valdemar titulada Paisajes del Apocalipsis de manera que ya lo conocía. Su historia me ha parecido igual de desgarradora que cuando la leí por primera vez. Hay un breve momento de esperanza, una luz entre tanta oscuridad que hace dudar al lector pero esa ilusión nos es arrebatada de inmediato. Sin el recurso del habla Butler presenta una humanidad que apenas se distingue de las bestias.

            Los dos ensayos que complementan el libro transmiten ese mismo tono íntimo que el resto del libro gracias a los epílogos. En el primero, Obsesión positiva, nos habla de su deseo de escribir desde la niñez y de los esfuerzos para lograr que la publicaran. En Furor scribendi proporciona una serie de consejos a todos los que quieren dedicarse a la escritura.

             Hija de sangre y otros relatos puede considerarse un preámbulo antes de entrar en la  obra extensa de la autora. En el prefacio del libro Butler se reconoce sobre todo como novelista y seguramente sea así, sin embargo éste libro contiene tres relatos francamente buenos, de esos que dejan huella.

viernes, 26 de marzo de 2021

“Martin el náufrago” de William Golding

Portada de “Martin el náufrago” de William Golding
            Es curioso que todo un premio Nobel de la literatura (el galardón le fue concedido en el año 1983) sea conocido prácticamente por una sola novela: El señor de las moscas (1954), que ha eclipsado el resto de su obra no muy abundante aunque sí singular. Entre sus obras me gustaría destacar Los herederos (1955), una emotiva novela en la que los protagonistas son unos neandertales con la que el autor se acercó a la ciencia-ficción y también Martín el náufrago (1956), apenas conocida en España y sólo disponible desde hace décadas en el mercado de segunda mano.

            La novela comienza con un hombre a merced de la naturaleza, las olas lo alzan, lo empujan, lo sacuden y lo arrastran a su antojo mientras lucha por sacar la cabeza a la superficie para respirar. Rodeado por un mar embravecido, durante varias páginas asistimos a su lucha para mantenerse a flote y después a sus denodados esfuerzos para trepar hasta unos peñascos y  ponerse a salvo. Todo es contado de una manera muy vívida y detallada. Martin es un Robinson moderno y a pesar de ser consciente de la precariedad de su situación está seguro de que alguien vendrá a rescatarlo y como si de un ritual se tratara cada mañana se repite a sí mismo para infundirse ánimos: «Hoy seré rescatado». No desea abandonarse por lo que ocupa su tiempo con tareas productivas como construir un muñeco con piedras que pueda ser visto desde la lejanía,  en asegurar sus escasas reservas de agua y proveerse de alimentos. Con este fin, el de alejarse de todo salvajismo, decide dar nombres a las formaciones rocosas, a las charcas y a lo que lo rodea. Al fin y al cabo, la palabra es lo que nos distingue de las bestias. Su inhóspita isla deja así de ser una roca más en medio del océano Atlántico para convertirse en un pequeño enclave del mundo civilizado. El dolor, el frío, la sed y el hambre no son los peores enemigos de Martin, debe además hacer frente a su pasado, un pasado complicado. Los recuerdos irrumpen en cualquier momento y a veces la tentación de entregarse a ellos y encerrarse en sí mismo es demasiado fuerte. No se trata evidentemente de un libro de acción y lo poco que acontece, sucede principalmente en la mente del protagonista.

            La mitología está muy presente en los libros de Golding y Martin el náufrago no es una excepción. En esa desolada y fría roca Martin resulta ser una especie de Prometeo, el titán que es castigado a permanecer encadenado a una roca por Zeus tras haber sido engañado. En un momento dado de la novela el mismo Martin teniendo al mar y al cielo como testigos grita al viento que es Prometeo. Sin embargo, los pecados que debe expiar son mucho más terrenales porque la vida que ha llevado Martin no parece que haya sido ejemplar. En concreto su actitud con las mujeres a juzgar por algunas escenas rememoradas son francamente reprobables. Todo esto nos llega en confusas ráfagas alucinatorias que el lector debe reconstruir como puede sin el apoyo de un contexto. Hay que reconocer que no se trata de un libro fácil. Golding nos hace partícipes del flujo de pensamientos de Martin, que se van tornando cada vez más incomprensibles e incoherentes a medida que pasan los días y su mente se va desquiciando. La tercera persona que el autor utiliza como narrador parece estar dentro de la cabeza del protagonista, es un polizonte que participa de sus delirios y de sus privaciones. Los ojos de Martin son como dos cuevas en el cráneo desde las que todo es observado. Las imágenes que nos son descritas están enmarcadas por las cavidades que rodean a los ojos y a veces incluso vemos un bulto difuso que no es otra cosa que la nariz del protagonista. Gracias a esta argucia vemos lo mismo que Martin, experimentamos su dolor, sentimos su sed y hambre, pensamos sus pensamientos, recordamos sus recuerdos,... en definitiva nos convertimos en Martin. Todo esto requiere un gran dominio de las técnicas narrativas y de un traductor a la altura para que esto no se vea volatilizado en su traslación al castellano.

            Por desgracia la traductora, Clara Janés, que no es precisamente una desconocida, no lo está en esta ocasión. Su traducción es la mayoría de las veces literal y descuidada. Por ejemplo, cuando el protagonista no encuentra un apoyo suficiente con el pie para no caerse, dice no hallar un ¿fundamento seguro? en lugar de una base segura. Escribe bote U en lugar de submarino (U-boot de Unterseebot en alemán). En ocasiones las frases parecen gramaticalmente incompletas haciendo el texto incomprensible. No debe ser una tarea fácil traducir la prosa oscura y ambigua de Golding y aún más cuando sirve de vehículo para hacernos partícipes de la enajenación que sufre su protagonista, una lástima para los que no podemos leer la novela en inglés.

            Es por eso que no voy a recomendar la lectura de este magnífico libro, al menos hasta que vuelva ser traducido. No parece que vaya a ocurrir de momento (Golding no está de moda), a no ser que una de esas pequeñas editoriales que han ido surgiendo en los últimos años se decida a hacerlo. La novela cuenta con una trampa final, de la que prefiero no dar demasiados detalles para no arruinar la lectura, que justifica la inclusión de esta reseña en este blog dedicado principalmente a la ciencia-ficción y al género fantástico.

domingo, 14 de marzo de 2021

"Snow Crash" de Neal Stephenson

    

Portada de  “Snow Crash” de Neal Stephenson

            De todas las novelas escritas por Neal Stephenson Snow Crash (1992) debe ser la más asequible y entretenida. Desde luego su lectura resulta mucho menos desalentadora que La era del diamante (1995) y que la primera parte de Criptonomicon (1999) (no me he animado a leer el resto). Sin renunciar a su estilo y a su peculiar humor de alumno aventajado de último curso de ciencias, Stephenson ha escrito una novela de aventuras ligera, sin demasiada trascendencia, que ha logrado que me reconcilie en parte con él. Tanto es así que estoy considerando la posibilidad incluso a costa de poner en riesgo mi salud mental de leer Anatema (2008).

               En un principio Snow Crash iba a ser una novela gráfica, algo que se hace evidente desde las primeras líneas al ver la importancia que se concede a las imágenes, una imágenes de enorme poder visual, casi icónicas, que se quedan grabadas en la mente del lector como el estribillo pegadizo de una canción de éxito. ¿Cómo olvidarse de su protagonista Hiro Protagonist enfundado en su mono negro con almohadillas de armagel y su catana? ¿O de la quinceañera T.A (Tuya Afectísima) con su monopatín de inteliruedas y su visor RadiKS modelo Knight Vision lanzando su arpón entre el tráfico para dejarse remolcar por el coche más rápido? ¿O cómo olvidarse de las Criaturas Ratas, esos perros cibernéticos con motor nuclear? Un capítulo aparte lo constituyen los villanos de la novela, encabezados por Cuervo, un aleutiano enorme capaz de atravesar con sus cuchillos de punta de vidrio cualquier blindaje y que se pasea como si nada con una bomba nuclear en el sidecar. La novela está llena de personajes carismáticos como L. Bob Rife, señor del ancho de banda o el jefe de la mafia Tío Enzo, figuras dignas de cómic. Lo más curioso es que éste último pertenece al equipo de los buenos, de los que tratan de salvar al mundo del peligroso virus/droga llamado/a Snow Crash.

            Hay que tener en cuenta que el mundo en el que se desarrolla la novela es muy diferente del nuestro. Los Estados Unidos de América han parcelado su territorio y lo han vendido a diferentes organizaciones criminales y empresas de catadura diversa. En cada una de estas zonas rigen leyes distintas que han sido promulgadas por cada franquiciado y cada una con una policía propia que vela que se cumplan. Menos caótico se presenta el otro escenario en el que se desarrolla gran parte de la novela. Me refiero al «Metaverso», un mundo virtual en el que cada uno puede ser el que quiera siempre que tenga un hardware y un software suficientemente potente para ello. El «Metaverso» de Stephenson está muy lejos del caprichoso juego de psicodelia que imaginó William Gibson en su célebre Neuromante (1984) y que él llamara ciberespacio. Al contrario que Gibson, Stephenson conoce el territorio que pisa.

            Más controvertida resulta la teoría relacionada con la lengua que plantea Stephenson, que pretende establecer una relación entre el código máquina (instrucciones básicas con las que se programan los microprocesadores) y el lenguaje que hablaban los sumerios. La idea de que exista una especie de lengua elemental y universal que maneje nuestra mente es muy atractiva, aunque resulte algo traída por los pelos. En cualquier caso Stephenson se encarga de hacerla lo bastante creíble, y si con su «Metaverso» le daba un buen pescozón a William Gibson, con sus especulaciones sobre la glosolalia (capacidad sobrenatural de hablar lenguas) y los virus lingüísticos le da un sonoro sopapo a Samuel Delany, que en su novela Babel-17 (1966) quiso convencernos de que un lenguaje podía ser utilizado como arma.

            Pero Neal Stephenson no puede dejar de ser como es y a veces se enreda en explicaciones demasiado prolijas, como por ejemplo, cuando se explaya sobre los dioses sumerios y sobre  algunos mitos que comparten muchas religiones. Su locuacidad llega al extremo de alargar un chiste con evidente gracia hasta acabar por arruinarlo, como sucede con el capítulo que dedica por entero a explicar las recomendaciones que hace la oficina del gobierno federal a sus empleados para que consuman menos papel higiénico.

            Snow Crash es una novela de excesos, algo habitual en la literatura de acción y aún más  en el cine de acción: con unos malos malísimos, con unos buenos que son los mejores en lo que ellos saben hacer, con unas escenas de acción trepidantes, de una aparatosidad dignas de Hollywood y unos gadgets y unas armas para pasmarse. Aunque la novela no termina con una de esas revelaciones típicas de los folletines decimonónicos (que la saga de Star Wars ha adoptado como algo inherente a sus tramas) en las que se descubre alguna relación de parentesco inverosímil entre algunos de los personajes principales, sí lo hace con una coincidencia bastante improbable. En todo caso no se puede negar que estamos ante una novela muy entretenida, narrada a un ritmo cinematográfico, muy atractiva visualmente y con una trama que parte de una premisa de gran originalidad. Y si bien todo esto es cierto, hemos de reconocer también que no hay mucho más, pero tampoco todos los libros tienen que cambiarnos la vida forzosamente.