Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

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jueves, 27 de enero de 2022

“Los cronolitos”, de Robert C. Wilson

Portada de “Los cronolitos” de Robert C. Wilson
         Hace algunos años las editoriales se peleaban por poder publicar en sus colecciones a Robert C. Wilson. La desaparecida La Factoría de Ideas fue la primera en traernos a las librerías españolas a este interesante autor canadiense del cual llegaría a publicar cinco novelas. Lamentablemente esta armonía se rompería al serle arrebatada por la malograda Omicrón la novela más premiada del autor: Spin (2005). La Factoría de Ideas sobrevivió varios años más sin embargo la rabieta se prolongó y ya no volvió a publicar más libros de Wilson. Desde entonces, incomprensiblemente, ninguna editorial se ha vuelto a interesar por la obra de Wilson, lo cual es una lástima porque pienso que se trata de un autor con muy buenas ideas además de ser un excelente narrador. Las editoriales dedicadas al género fantástico parecen más interesadas en publicar lo último, lo novedoso y si ha obtenido un premio Hugo mejor que mejor.

De lo publicado en España me quedaba por leer Los cronolitos (2001), que pasa por ser  una de las mejores novelas de Wilson, y en vista de que nadie se animaba a publicar nada nuevo de este autor me he decidido a adquirirla de segunda mano. La novela empieza como muchas otras de Wilson con un suceso portentoso e inexplicable que cambia la vida de una comunidad o del mundo entero. En este caso se trata de la aparición espontánea de unos gigantescos monumentos que parecen conmemorar la victoria futura de Kuin. Nadie sabe muy bien qué o quién es Kuin pero pronto surge un grupo de admiradores y defensores fanáticos de estos monumentos que se oponen a cualquier intento de que sean destruidos y que son apodados Kuinitas. Hay que decir que estos cronolitos están construidos de un material que ha resistido cualquier intento de demolición hasta el punto de haber soportado incluso una explosión nuclear. El protagonista es un hombre corriente, Scott Warden, que tiene la mala suerte de estar en el lugar inadecuado en el momento inapropiado. Junto a un amigo no muy recomendable presencia la llegada del primer cronolito en Tailandia, un hecho que le marcará para el resto de su vida tanto a él como a los que le rodean.

Wilson conduce la intriga con más que solvencia y da más importancia de la que se suele dar en el género a los personajes. Gracias a esto logra algo a lo que muchos escritores no conceden la importancia que tiene como es conseguir que el lector se implique en la historia, que lo que se nos cuenta nos importe y nos conmueva, que es lo que en definitiva intenta la buena literatura. Precisamente esto constituye el santo y seña del autor, y lo que ha provocado la mayoría de las críticas que se le hacen. Es cierto que Wilson roza a veces el teledrama, género éste muy dado a abusar de la desdicha de los personajes secundarios incorporando tramas paralelas prescindibles la mayoría de las veces. Como es sabido se trata de algo frecuente en las series de televisión que de esta manera pueden añadir sin demasiado esfuerzo más y más temporadas a algo que podría zanjarse con cuatro episodios. Los problemas de matrimonio, los desencuentros con los hijos adolescentes, la infancia difícil con padres alcohólicos o desequilibrios psicológicos son fórmulas que parecen manejar los algoritmos utilizados con los que se fabrican estos grandes éxitos de la televisión y también muchos de los «best seller» literarios. No parece, sin embargo, que el propósito de Wilson sea alargar las historias, que no suelen ser demasiado extensas, algo que para mí siempre es de agradecer. Los elementos dramáticos que agrega (por estereotipados que sean en ocasiones) no han supuesto para mí una molestia excesiva en comparación con todas las ideas que ofrece. Si en algo flojea Wilson es a la hora de rematar las historias, con finales que no siempre logran mantener el nivel de fascinación de la propuesta inicial. El más claro ejemplo de ello es su novela  Darwinia (1998) que no puede partir de una idea más interesante, pero que poco a poco va embarrancando hasta llegar al despropósito final. Pero incluso con todos estos graves defectos resulta ser una novela absorbente que estimula la imaginación. Spin es en este sentido, de las novelas que conozco de Wilson, la más redonda de todas. Los cronolitos no es de las que decepcionan pero tampoco se puede decir que su final resulte antológico.

En todo caso se trata de una novela que se lee con agrado, de escritura clásica que nos evita esas innecesarias piruetas narrativas seguidas más por moda que por imperativos literarios que nos obligan a ir páginas atrás y adelante para entender lo que sucede, algo a los que nos tienen últimamente acostumbrados. En fin, un libro muy disfrutable, lo que ya es bastante.


jueves, 13 de enero de 2022

“Así se pierde la guerra del tiempo”, de Amal El-Mohtar y Max Gladstone

        No se puede decir que a Amal El-Mohtar y Max Gladstone, los dos autores de Así se pierde la guerra del tiempo, les falte valor. Y es que estamos ante una novela muy diferente a lo que suele publicarse dentro del género de ciencia ficción. Es poco habitual que el argumento principal se vertebre en torno a una historia de amor, y aún más raro es encontrarse con una escritura con clara voluntad poética. Pocos autores del género se me vienen a la cabeza que aspiraran a hacer esto último, Ray Bradbury es el caso más evidente, Samuel R. Delany es otro ejemplo claro y quizás Roger Zelazny.

La ciencia ficción ha sido un género que por lo general ha recurrido a la razón y al intelecto mientras que la pretensión primordial de la poesía es apelar a nuestras emociones más íntimas. Gran parte de los escritores de la ciencia ficción solían proceder del ámbito científico o técnico por lo que sus intereses se decantaban sobre todo en cuestiones relacionadas con la ciencia: en cómo los avances tecnológicos podrían influir en la vida, en especular sobre la existencia de otras inteligencias, en escrutar la realidad..., temas (la New Wave cambió en gran medida esta situación) no muy adecuados para ser contemplados desde una mirada poética. El-Mohtar y Gladstone se han atrevido a intentarlo, precisamente ninguno de ellos posee una formación científica. Si la novela tiene algún mérito es el de haberse atrevido a hacer algo diferente.

 En Así se pierde la guerra del tiempo asistimos al enfrentamiento entre dos agentes rivales, Roja y Azul, peleando entre sí para moldear la realidad. A través de lo que en el libro se denomina hilos del tiempo se desplazan hacia arriba o hacia abajo, hacia el pasado o el futuro con el objetivo de encauzar estos hilos en la dirección que resulte más favorable para su bando. Algo similar sucedía en El gran tiempo (1958) de Fritz Leiber, en la que dos facciones llamadas las Serpientes y las Arañas se enfrentaban en una guerra perpetua por reconducir la historia. La existencia de realidades alternativas daba lugar a una extraña mezcla de reflexiones filosóficas, de obra teatral y ficción pulp. En Así se pierde la guerra del tiempo, sin embargo, la filosofía queda por completo al margen, y la guerra en el tiempo no tiene más fin que el de servir de escenario a una historia de amor que aspira a ser inolvidable. Por tanto, lo mejor es que nos olvidemos de la lógica por un momento y no nos hagamos preguntas incómodas del tipo: ¿qué sentido tiene una guerra así cuando existen infinitas realidades?

Centrémonos en la historia de amor y en sus protagonistas: Roja y Azul. Cada una de ellas es la mejor de su bando y al principio de la novela luchan de manera encarnizada por desbaratar los planes de su antagonista sin que ninguna de ellas muestre demasiados escrúpulos a la hora de asesinar o de colaborar en un exterminio con tal de vencer. Es más, en ocasiones parecen disfrutar degollando o extrayendo las tripas sanguinolentas de quien se oponga a sus planes como si para ellas todo formara parte de un entretenido videojuego. Las guerreras implacables y sanguinarias se han convertido en algo así como una figura arquetípica de la ficción moderna. Mientras que los héroes masculinos se hacen cada vez más vulnerables, como por lo visto ocurre en el último James Bond, las heroínas son cada vez más despiadadas y violentas. Es el sino de los tiempos. Pero volvamos al libro que nos ocupa. Al finalizar una de sus misiones Roja encuentra de manera inesperada un mensaje, una carta que le ha dirigido Azul, su enemiga, la cual dará lugar a una relación epistolar entre las dos mujeres. En un principio se lanzan pullas, manifiestan su admiración por la destreza de la rival y después, casi sin que medie transición alguna, las cartas sirven para confesar su amor arrebatado. De ser enemigas pasan a adorarse.

La novela sigue un patrón que se repite casi hasta el final del libro. Un capítulo en el que se esboza la misión de una de las agentes (Roja o Azul) que finaliza siempre con el encuentro de una carta, seguido después de otro capítulo en el que se nos muestra el contenido de la misiva. El verbo esbozar lo he elegido con toda intención porque los autores apenas proporcionan unas pinceladas de lo que acontece ni tampoco de las circunstancias en las que suceden los hechos. Roja y Azul se desplazan por todo el mundo y por todas las épocas a velocidad de vértigo sin que lleguemos a comprender del todo lo que pasa. Esta falta de concreción afecta también a las dos protagonistas que me han resultado imposibles de distinguir la una de la otra por más que se insista en que proceden de mundos por completo diferentes. Mejor dejemos que ellas mismas se describan:

Azul: «Somos semillas que Jardín planta en el pasado y aprendemos de sus hilos en los cuales creemos. ....El futuro nos recolecta, nos pisa para convertirnos en vino, nos vuelve a verter al sistema en una libación amorosa y, juntos, crecemos más fuertes y más potentes. He sido pájaros y ramas. He sido abejas y lobos...»

Roja: «Crecemos en cápsulas, los conocimientos básicos nos son insertados de cohorte en cohorte, la gelatina en la que estamos sumergidos mantiene el equilibrio de nutrientes y allí es donde permanece la mayoría de nosotros mientras nuestras mentes revolotean incorpóreas a través del vacío de estrella en estrella. Vivimos mediante controles remotos. ...Los agentes...  funcionamos al margen de la masa y nos movemos con nuestros propios cuerpos.»

De lo que parece inferirse que el mundo de Azul es un mundo con cierto parecido al nuestro, con gente de carne y hueso mientras que en el mundo de Roja los cuerpos parecen algo desechable que se utiliza para que las mentes almacenadas en algún lugar seguro interactúen con el mundo físico. Siendo mal pensado todo parece concebido para construir frases preciosísimas y llenas de exaltada poesía. Todo esto tiene un precio que no todos los lectores estarán dispuestos a asumir como es la dificultad de identificarse con las protagonistas. Ese amor tan apasionado además me resulta artificial, me parece muy poco verosímil que tras el intercambio nada más que de un par de cartas (en las que apenas se cuentan nada) surja un ardor tan incontenible.

Estas cartas llegan siempre de la manera más rebuscada posible para que no sean interceptadas por sus superiores, y en cuanto a su contenido prefiero extraer unos ejemplos y dejar que cada uno opine. Empezaré mostrando algunos encabezamientos que se recrean con los nombres de las protagonistas: «Queridísima Lapislázuli», «Querido Tesoro más valioso que los Rubíes», «Querido Cielo Rojo por la Mañana» «Querida Frambuesa», «Mi Manzano, Luz de mi vida», «Sangre de mi corazón». No puedo evitar comentar que me cuesta una enormidad imaginarme a dos transhumanas de un futuro lejano diciéndose estas lisonjas después de haber estado rebanando gargan
tas.

Continuemos con algunas de las frases que aparecen en sus cartas: «Quiero esforzarme. Quiero vivir en contacto. Quiero ser tu contexto, y que tú seas el mío» (El que no haya sentido algo así es que nunca ha estado enamorado, perdón por la intrusión).

«Sueño que soy una semilla entre tus dientes, o un árbol perforado por tu junco. (¿?) Sueño con espinas y jardines. Sueño con hojas de té».

«También soy tuya en otros sentidos: tuya, porque observo el mundo esperando encontrar tus señales, apofénica como un arúspice; ...».

«Quiero flores de Céfalo y diamantes de Neptuno y quiero quemar las mil tierras que nos separan para ver qué florece de las cenizas, para que podamos descubrirlo cogidas de la mano, el contenido en el contexto, inteligible solo para nosotras. Quiero conocerte en todos los lugares que he amado». 

Cuando hablamos de poesía el límite entre lo sublime, lo cursi y lo ridículo suele ser muy fino y Amal El-Mohtar y Max Gladstone nos ofrecen un amplio muestrario de cada una de las posibilidades.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Lecturas recomendadas del 2021


            No soy muy dado a esto de hacer balance de lo leído en el último año como suelen hacer muchos otros blogs, tanto es así que hasta ahora nunca lo había hecho. Realizar listas con lo mejor del año siempre me ha parecido algo presuntuoso porque para ello habría que haberse leído todo lo que se ha publicado, una tarea por completo imposible. Por tanto, me limitaré a recomendar algunos de los títulos que he leído por primera vez este año. No incluyo relecturas, y el orden en que aparecen los libros es completamente casual:                              

El rebaño ciego de John Brunner con su visión pesimista del futuro es un clásico en plena forma, que yo no había leído hasta ahora intimidado por su tamaño. Sin lugar a duda merecería una reedición en condiciones.

Señor del espacio y el tiempo de Rudy Rucker es lo más divertido que he leído en mucho tiempo. No hace falta decir más.

La policía de la memoria de Yoko Ogawa la recomiendo a todo al que le gusta leer. Se trata de una novela maravillosa de un lirismo único, surrealista por momentos y llena de imaginación que esconde una sorpresa tras otra.

Piranesi de Susanna Clarke es en pocas palabras una delicia. Se trata de uno de esos libros que da pena terminar, de los que uno se despide con la misma tristeza con la que se deja a un buen amigo.

Klara y el sol de Kazuo Ishiguro con la apariencia de un cuento infantil es una novela  elegante que ofrece más de los que parece.

Snow Crash de Neal Stephenson sin comerlo ni beberlo y gracias a Zuckerberg está de plena actualidad. De acción frenética y llena de imágenes legendarias es uno de esos libros imprescindibles de la ciencia ficción.

La chica de al lado de Jack Ketchum es una novela durísima no apta para estómagos delicados, exasperante en ocasiones por la impasibilidad del protagonista. Ketchum nos muestra lo peor del ser humano y a pesar de la aversión que provoca lo que narra resulta imposible dejar de leer.

La parábola del sembrador La parábola de los talentos de Octavia Butler a pesar de los años transcurridos desde su publicación constituyen en su conjunto uno de los retratos más certeros de unos EE.UU en plena decadencia con claros vínculos con el estado actual.

Un verdor terrible de Benjamín Labatut, ¿novela?, ¿ensayo? No lo sé pero lo que está claro es que resulta fascinante.

En cuanto a lo que se publica, desde mi perspectiva de lector que no tiene contacto con el mundo editorial, tengo la impresión de que cada vez se publica más novela fantástica y sobre todo de terror en detrimento de la ciencia ficción. En los últimos años han ido surgiendo muchas editoriales pequeñas dedicadas al género fantástico, se trata de sellos que lanzan tiradas reducidas, que cuidan la edición con esmero y que intentan atraer con vistosas portadas a los lectores. Curiosamente en estos tiempos de crisis y de sueldos bajos muchas apuestan por la pasta dura y se olvidan de las ediciones de bolsillo. En este sentido resulta llamativa la decisión de Gigamesh que ha pasado a duplicar el tamaño de sus libros. Los precios acabaron siendo tan prohibitivos que para reducirlos ha dejado de vender en librerías (salvo en la propia Gigamesh). La determinación no deja de tener sus riesgos y podría ser un augurio de lo que suceda en el futuro en el mundo editorial. A mí, que siempre he sido un enamorado de las librerías, es algo que me entristece.

Las series y las sagas copan el mercado y las editoriales parecen acordarse de los clásicos sólo cuando son adaptados previamente al cine o la televisión. Debo reconocer que de lo nuevo que se publica en las colecciones dedicadas al género hay poco que me llame la atención. Para terminar quiero hacerlo con un dato positivo como es que las editoriales parecen haber perdido el miedo a publicar a autores españoles.


jueves, 9 de diciembre de 2021

“Los extraños” de Jon Bilbao

Portada de "Los extraños" de Jon Bilbao

  En Los extraños Jon Bilbao recupera a Jon (alter ego del autor) y a Katharina, dos de los protagonistas de Basilisco, su novela anterior. La pareja no vive su mejor momento y con el propósito de aclarar sus ideas pasan una temporada en la casa de los padres de él en Ribadesella. Tras haber dejado su puesto como ingeniero de minas Jon trabaja de momento como redactor de una enciclopedia temática, una labor que puede desempeñar desde la casa. Mientras tanto Katharina se dedica a traducir con desgana un manual de Odontología al alemán. Su fría relación con Jon, la presencia de la asistenta doméstica y la falta de otras amistades con las que relacionarse hacen que su estancia en la vieja casa no sea todo lo cómoda que desearía. De repente una noche aparecen unas luces muy extrañas en el cielo que aparentemente no despiertan demasiado interés en el pueblo. A Jon el extraño fenómeno le provoca una agitación tan fuerte que más tarde le impide conciliar el sueño, tanto es así que se levanta a mitad de la noche para anotar la experiencia en un cuaderno. El hecho en sí no resulta especialmente extraordinario, lo verdaderamente insólito es que admita que la llegada de las misteriosas luces le haya emocionado más que la noticia del embarazo de Katharina.

 Al día siguiente los deseos de Katharina de tener compañía parecen hacerse realidad con la llegada de Markel, un primo de Jon que éste ni siquiera recuerda. Le acompaña Virginia, una  peculiar joven, que apenas les dirige la palabra. Su presencia en la casa da un vuelco a la aburrida vida diaria de Jon y Katharina, pero se trata de una circunstancia demasiado fugaz y de poca relevancia para que pueda alterar el destino de sus vidas.

Poco a poco el comportamiento de los recién llegados comienza a despertar la curiosidad de sus anfitriones y también la nuestra. Su conducta es de lo más chocante pero no lo es menos la manera en que los dos protagonistas responden a todo esto, sobre todo Jon que parece tomárselo todo con una calma y una frialdad exasperante. Bilbao vuelve a demostrar su capacidad para crear atmósferas desasosegantes a través de las pequeñas cosas de la vida cotidiana. La habilidad de Bilbao para transmitir extrañeza y convertir las situaciones comunes en irreales con esa manera de contar desapasionada es insuperable. No se le puede poner un pero a cómo escribe Bilbao, que como ya dije en la reseña que hice de Basilisco, me gusta especialmente. El problema reside en que en esta ocasión la trama no parece conducir a ningún lado. Al terminar la novela es como si hubiéramos vuelto al punto de partida con el mismo equipaje que traíamos al comienzo y la sensación de que nos podíamos haber ahorrado el viaje. Bilbao ha querido volver a jugársela con un relato arriesgado en el que de nuevo mezcla elementos difíciles de combinar como son la historia de una relación de pareja en crisis, un misterio familiar y la aparición de un ovni. En Basilisco le salió bien el experimento y eso que trataba de hacer algo  aún más osado que en Los extraños. En la novela presente se echa de menos algo que amalgame todos estos elementos diversos, algo a lo que poder asirse y que dé sentido al relato.

No hay mucho más que pueda decir de Los extraños, y no por miedo a hacer un spoiler, que no podría hacerlo aunque quisiera, porque hay poco que desvelar. Bilbao no proporciona respuestas a los misterios que plantea, y al final la novela es como el juego de luces con el que empieza, unas luces que nos dejan con la enojosa sospecha de que todo ha sido un artificio, en este caso literario.

lunes, 22 de noviembre de 2021

“Piranesi” de Susanna Clarke

Portada de “Piranesi” de Susanna Clarke

Aunque nos cueste creerlo han transcurrido ya dieciséis años desde la publicación de Jonathan Strange y el Sr. Norrell, la novela que supuso el debut de Susanna Clarke y con la que cosechó un rotundo éxito de público y crítica. Dos años después la autora reaparecería con un libro de relatos que en España se tituló Las damas de Grace Adieu pero después, nada. El tiempo no paraba de arrancar hojas del calendario y de la autora apenas llegaban noticias. Era como si hubiera desaparecido del mundo tal y como le sucede al protagonista de su reciente libro,  Piranesi. Este alejamiento de la escritora británica no fue voluntario sino que se debe a una rara enfermedad, fatiga crónica, que la ha tenido recluida en su casa de campo en Derbyshire y le ha impedido emprender grandes proyectos literarios. La expectación ante su nuevo libro era por consiguiente enorme, lo que muchas veces deriva en decepción. No es el caso, la novela no sólo no decepciona sino que su lectura ha resultado ser todo un placer.

La novela se muestra en un principio como un enigma, un enigma que se manifiesta a través de dos piezas fundamentales como son su protagonista y el escenario en que se desarrolla. ¿Quién es ese hombre que vive en ese edificio enorme? ¿Cómo ha llegado allí? ¿Por qué está solo? ¿Y qué decir del escenario, de esa construcción de infinitas salas, algunas de proporciones enormes, atestadas de arcos, de escaleras, de bóvedas y de hileras de estatuas que nunca se repiten? El edificio posee tres niveles, el inferior expuesto a las fuertes mareas del océano, el segundo más habitable y un nivel superior, que en ocasiones es engullido por las nubes.

Empecemos por el título de la novela. Piranesi hace referencia a Giovanni Battista Piranesi, un arquitecto del siglo XVIII conocido sobre todo por los grabados que hizo de edificios reales e inventados. En particular llaman la atención sus laberínticas cárceles que sirvieron de inspiración a muchos escritores. Entre otros a Borges, que lo llega incluso a mencionar en uno de sus relatos titulado There are more things, que escribió como homenaje a Lovecraft. No es sorprendente que esas arquitecturas enrevesadas dignas de la peor pesadilla impresionaran a tantos, sin embargo el edificio que nos describe Clarke no resulta ni la mitad de inquietante que los dibujos del artista italiano, al menos esa es mi percepción. Sus mármoles claros y grises, sus proporciones, su complejidad, su vastedad pueden abrumar pero no son siniestros ni provocan terror. A su protagonista tampoco se lo parece hasta el punto de decir lo siguiente de ella:

«La hermosura de la Casa es inconmensurable; su bondad, infinita».

Este hombre, una especie de Robinson Crusoe que se alimenta de lo que pesca y de algas que recoge en el nivel inferior, se dedica a registrar en un diario cada detalle de la casa con una cronología muy peculiar. Con la misma escrupulosidad anota en un catálogo la posición, tamaño y motivo de cada una de las innumerables estatuas que encuentra en sus exploraciones. Se considera a sí mismo un científico y un explorador completamente entregado al estudio de la Casa (siempre se refiere a ella en mayúsculas), para él no hay nada más:

«Fuera de la Casa no hay más que los Cuerpos Celestes: el Sol, la Luna y las Estrellas».

Sin embargo, no está solo. Hay otra persona en la Casa, el Otro, con el que mantiene periódicamente conversaciones y que desaparece en cuanto terminan de hablar. Precisamente es el Otro, el que por sus profundos conocimientos de la casa le ha apodado «Piranesi». En cada uno de estos breves encuentros «Piranesi» se fija en cómo va vestido y sorprende la atención que le dedica sobre todo teniendo en cuenta que él no lleva más que unos harapos. «Piranesi» es un personaje que por su inocencia, por su falta de maldad y por el amor que demuestra a la Casa y a todo lo que ésta contiene se hace querer enseguida. A pesar de lo poco que posee, nunca se queja y sabe apreciar las cosas que se le ofrecen. Es un hombre que disfruta de lo que tiene a su alcance: los pájaros, la casa, la luna, las estatuas... Sobre estas últimas llega a preguntar:

« ¿Las Estatuas existen puesto que representan las  Ideas y el Conocimiento que fluyeron del otro Mundo?»

Idea que nos remite directamente a Platón. Estamos ante un protagonista muy diferente al que estamos acostumbrados a ver en la ficción actual, sobre todo televisiva, personajes muchas veces descreídos, desesperanzados por algo sucedido en el pasado, con grandes dosis de cinismo y con los que cuesta identificarse.

En cuanto a la trama, una vez resuelto el enigma, podría resumirse en pocas líneas, lo que demuestra la importancia que tiene el cómo a la hora de contar una historia. Piranesi nos guía por su mundo, el único que existe para él, y a través de sus ojos y de su mirada cándida vamos  descubriendo en qué consiste. Es cierto que la intriga se nutre de los elementos habituales de los relatos de misterio como la amnesia, hojas arrancadas de un diario o mensajes semi borrados, pero el tablero de juego que propone Clarke es tan fascinante y placentero que le seguimos el juego encantados. Y es que el laberinto que crea la autora acaba por atraparte, sus imágenes grandiosas, casi míticas dejan profunda huella en la memoria. Pero quien mejor lo explica es uno de los propios personajes del libro que se refiere al laberinto en estos términos:

«Era una imagen de grandeza cósmica, supongo, un símbolo de la mezcla de gloria y horror que supone la existencia, de la que nadie escapa con vida».

¿Qué puedo yo añadir a esto?

martes, 26 de octubre de 2021

“La capacidad de amar del señor Königsberg” de Juan Jacinto Muñoz-Rengel

Portada de “La capacidad de amar del señor Königsberg” de Juan Jacinto Muñoz-Rengel

 La última novela de Juan Jacinto Muñoz-Rengel La capacidad de amar del señor Königsberg juega al desconcierto. Parece una cosa y luego es otra. La novela muda de piel varias veces. Comienza como una narración más bien realista para luego transformarse en un relato de ciencia ficción, y una vez instalado en este género recorrer varios de sus subgéneros. Y todo esto en sólo 200 páginas. Su largo título con el apellido Königsberg al final no hace más que incrementar el desconcierto. ¿Por qué señor Königsberg y no señor Williams o señor Johnson si la historia se sitúa en Nueva York? Esto tiene fácil explicación. La ciudad de Königsberg, ahora Kaliningrado, es la que vio nacer al famoso filósofo Immanuel Kant, como muy bien sabe Muñoz-Rengel que estudió la carrera de filosofía. A través de su protagonista y sin que falte cierto cachondeo el autor hace que la ética Kantiana esté presente en la novela.

Este señor Königsberg que se menciona en el título tendrá que hacer frente a una invasión extraterrestre, deberá sobrevivir en un Nueva York deshabitado, se librará de un mal que sólo aqueja a los hombres... En fin, es mejor no desvelar todas las sorpresas que la mente de Muñoz-Rengel ha concebido. Königsberg a pesar de todas sus manías y de las férreas obligaciones que se impone a sí mismo supera cada una de las pruebas a las que es sometido mientras que a su alrededor sus compañeros de trabajo y sus vecinos en apariencia más capacitados que él son vencidos por las calamitosas e inusuales circunstancias que asolan al mundo.

Con esta novela Muñoz-Rengel parece dispuesto a romper las barreras entre los géneros. No le ha importado saltarse las vallas establecidas y pacer un poco en cada una de las parcelas con la libertad que da desprenderse de prejuicios literarios. Esta opción elegida de no ceñirse a las reglas de los géneros incluye los llamados subgéneros dramáticos. Así parece puesto que flirtea con la comedia aunque su trama enloquecida y el comportamiento de su protagonista hagan que en ocasiones parezca una farsa. Pero de lo que no hay duda es de que no es un drama a pesar de los desastres que se suceden a lo largo de la novela. Su ritmo rápido y sus diálogos concisos no incitan a la reflexión profunda que se esperaría de un libro llamado «serio». No lo es, pero tampoco es una novela para morirse risa. No me lo ha parecido, por más que algunas de las situaciones resulten chocantes y me hayan arrancado alguna sonrisa. Muñoz-Rengel evita cargar las tintas en este sentido aunque el relato discurra por caminos cada vez más descabellados y acabe al final disfrazándose de pulp o bolsilibro. ¿Qué es entonces La capacidad de amar del señor Königsberg? Precisamente esta imposibilidad de etiquetarlo creo que es su mayor atractivo.

Tengo la impresión de que el autor se lo ha pasado en grande escribiéndolo. En una lectura apresurada podría dar la impresión de que el texto es el resultado de ese juego (no sé si lo habéis jugado alguna vez) en que cada uno de los participantes debe continuar el relato donde lo dejaron los demás y así alternativamente. El texto final suele ser por lo general incoherente y desquiciado. Sin embargo, los cambios continuos con los que Muñoz-Rengel sacude la trama son más deliberados de lo que pueda parecer. La pista nos la dan los extractos escogidos por el autor para comenzar el libro, uno de ellos es este firmado por Kurt Vonnegut:

«Me enseñaron que el cerebro humano era el culmen de la evolución hasta el momento, pero creo que es un sistema muy pobre para la supervivencia».

Y de esto va el libro, de la posibilidad de que ante los cambios no siempre los más fuertes o los más listos sean los que salen adelante. Paul Königsberg, un tipo molesto y blanco de las burlas de sus compañeros de oficina, con su marcado sentido del deber, su cabezonería y su falta de empatía logra vencer a todos. Se ha comparado al protagonista con el Bartleby de Melville, sin embargo, Königsberg no está envuelto en el mismo misterio que rodeaba al personaje que respondía con un «Preferiría no hacerlo» al requerírsele hacer algo que se saliera de lo habitual. Königsberg es como un autómata que tiene un objetivo fijo y que no se detiene ante nada para llevarlo a cabo. Hay quien dice que en toda novela los personajes deben evolucionar como consecuencia de un conflicto. Muñoz-Rengel demuestra que esto no es imprescindible aunque al final acabe cediendo un poco. Esta renuncia a llevar la propuesta hasta sus últimas consecuencias dotando al final a su esquivo y poco sociable protagonista de algo de humanidad y la manera en que concluye la novela a modo de chiste son las únicas pegas que puedo ponerle  a este entretenido libro que además se devora en dos tardes.


viernes, 22 de octubre de 2021

”Refugio del Viento” de George R. R. Martin y Lisa Tuttle

Portada de ”Refugio del Viento” de George R. R. Martin y Lisa Tuttle
      Antes que nada debo decir que no he leído ninguno de los libros que componen la monumental y aún sin acabar serie Canción de hielo y fuego (1996-). He visto, eso sí, la adaptación que se hizo para la televisión y por eso me permitiré más adelante destacar ciertas semejanzas que me han parecido observar con respecto a Refugio del Viento (1981).

 Mi primer contacto con la obra de George R. R Martin fue a través de relatos cortos, en concreto con la antología que publicó Caralt en 1982 titulada Una canción para Lya. Años después leería otro libro de relatos, Canciones que cantan los muertos (1983) que en esta ocasión publicó Martínez Roca y que contenía uno de sus mejores relatos: Reyes de la arena. La impresión que tuve es la de que Martin es un estupendo contador de relatos, y lo cierto es que disfruté más con ellos que con su novela Muerte de la luz (1977), aunque no estoy con eso diciendo que no me gustara. En ésta, su primera novela, ya aparecen sus temas más queridos alrededor de los cuales giran también las historias que suceden en Canción de hielo y fuego como son la lealtad, la ruptura con las tradiciones, el amor o los complejos vínculos familiares.

Refugio del viento en este sentido no es diferente. Por otra parte, también nos encontraremos con personajes muy sólidos rodeados de un escenario grandioso. Las geografías extremas con nombres altisonantes como Nido de Águilas, Amberly Menor, Hacha de Hierro nos evocan de inmediato Juego de tronos. Cada una de las islas del planeta posee sus propias costumbres, su propia indumentaria y los habitantes se diferencian los unos de los otros tal y como sucedía en la célebre serie. Refugio del viento bien podría ser una más de las narraciones que integran Canción de hielo y fuego.

Hasta ahora sólo he hablado de Martin pero el libro está firmado también por una autora como Lisa Tuttle a la que no me gustaría desdeñar. De ella he reseñado en este blog dos libros: la novela, Futuros perdidos, y el libro de relatos, Nido de pesadillas. Sin embargo, así como la presencia de Martin es manifiesta, resulta más difícil ver la mano de Tuttle en la novela. En otro orden de cosas siempre me he preguntado cómo se reparten el trabajo dos escritores a la hora de escribir una novela. Hay varios ejemplos de libros escritos a cuatro manos de autores que han sabido complementarse muy bien como Frederik Pohl y Cyril M. Kornbluth, que dieron lugar a  Mercaderes del espacio (1953), o incluso Larry Niven y Jerry Pournelle pero también ha habido colaboraciones poco exitosas entre grandes autores que no dieron el fruto esperado. Ejemplo de ello es Deus Irae (1976) firmada  por Philip K. Dick y Roger Zelazny. No es el caso de Refugio del Viento, una novela que no desmerece a las escritas por cada uno de los autores por separado.

Estamos ante una fantasía bien escrita con unos personajes magníficamente caracterizados, en la que resulta agradable sumergirse. En ella se nos cuenta la historia de Maris, una muchacha cuyo mayor deseo es convertirse en una voladora, lo que va en contra de la tradición por no ser ella hija de un volador. La acción transcurre en un planeta, que salvo unas pocas islas, está cubierto por océano. Las alas que permiten volar a los pocos privilegiados en ese mundo de vientos continuos son limitadas. Esto es debido a que se fabrican con un tejido muy resistente obtenido de los restos de la nave estelar en la que en el pasado llegaron los primeros humanos y que acabó estrellándose. El libro se compone de tres novelas cortas en las que se narran tres periodos decisivos en la vida de Maris: su comienzo como voladora, su madurez y su decadencia. Cada una de ellas concluye, aunque la que le sigue es consecuencia de la anterior. Las dos primeras podrían pertenecer, si es que existe algo así, al género deportivo. Si lo digo es porque los momentos cruciales se resuelven con competiciones entre voladores. Esto no debe hacernos pensar que estamos ante un libro de acción. Los tres relatos están contado a un ritmo pausado pero tienen como gran baza su capacidad de hacernos vivir lo que nos es relatado. Las mismas historias narradas por otros autores seguramente no producirían el mismo efecto. Tuttle y Martin nos hacen sentir el viento en la piel, hacen que disfrutemos de las corrientes de aire que alzan hacia al cielo a los personajes como si fuéramos uno de ellos. El miedo a precipitarse en el mar o a estrellarse contra las rocas lo experimentamos con la misma intensidad. En fin consiguen que deseemos con la misma pasión y anhelo que Maris tener unas alas y remontar las nubes.