Blog ciencia-ficción

Nada de fantaciencia, ni de literatura especulativa, ni de ficción científica, ni tampoco de literatura futurista. Sólo ciencia ficción.

Universo de pocos

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martes, 27 de diciembre de 2022

Lecturas recomendadas del 2022


Casi sin que nos demos cuenta estamos a las puertas de un nuevo año. Vivimos tiempos de inquietud, pisamos con la mirada puesta en ambos lados del estrecho borde que nos separa del abismo. Nos hemos librado de una pandemia y ya estamos metidos en una guerra. Pero al menos tenemos los libros, así que, ante la buena acogida del año pasado, me he animado a volver a hacer una lista con los libros que más me han gustado de este 2022 que se acaba. 

Como puede verse la lista no abunda en novedades. La novela más actual es Sólo los vivos perdonan seguida de Transcrepuscular, el resto son reediciones o novelas con más de diez años de antigüedad que no leí en su momento. La razones son varias, por un lado, se han reeditado varias novelas de Angela Carter, mi gran descubrimiento del año, por otra parte, porque me apetecía rescatar libros antiguos que no había leído y finalmente, porque la producción de ciencia ficción novedosa de este año no me ha interesado lo suficiente como para arriesgarme ahora que muchos libros se venden a precios de artículo de lujo.

 Los cronolitos, de Robert C. Wilson, escrita por uno de los escritores más injustamente olvidados de nuestro país, es una novela emocionante, de factura clásica, con unos personajes que además no son de cartón piedra. 

Afterparty, de Daryl Gregory, situada en un futuro en el que cualquiera puede fabricarse  en casa sus propias drogas es un magnífico thriller que destaca por encima de todo por su humor y por presentarnos a unos personajes insólitos bastante tocados por los estupefacientes.

Clara y la penumbra, de José Carlos Somoza, me ha sorprendido primero por su audacia a la hora de sacar adelante una idea tan atractiva y compleja como es el de la pintura «hiperdrámatica», y segundo por su escritura preciosista a la vez que efectiva.

Nostalgia, de Mircea Cartarescu, es una maravilla no apta para lectores impacientes. Hay  que dejarse llevar por la imaginación del autor y sumergirse sin reparos en sus mundos oníricos llenos de una fantasía que nos hacen evocar la infancia.

Sólo los vivos perdonan, de Ismael Martínez Biurrun, nos habla de cómo el pasado por enterrado que parezca puede aparecer en cualquier momento, como esos fósiles que emergen a la superficie y obligan a los paleontólogos a interpretar de nuevo hechos que creían constatados.

Noches en el circo, de Angela Carter, me ha permitido conocer a una escritora enorme que por diferentes razones no había leído hasta ahora. A veces excesiva, cómica en ocasiones, imprevisible la mayoría de las veces, la novela es una apabullante demostración de imaginación.

Stalker: Pícnic extraterrestre, de Arkadi y Borís Strugatski, se ha convertido en el clásico por excelencia de la ciencia ficción rusa. Más allá de su crítica al régimen soviético es sobre todo una historia imperecedera que nos hace comprender lo insignificantes que somos en este universo inconmensurable y en muchas ocasiones también incomprensible en el que vivimos.

La juguetería mágica, de Angela Carter, parte de un argumento muy dickensiano en el que una chica se queda huérfana y debe trasladarse a vivir con su tío para narrarnos en forma de un precioso cuento el despertar sexual de una niña de quince años.

Transcrepuscular, de Emilio Bueso, merece la pena por la imaginación desbordante de su autor. Nos cuenta el fantástico viaje que emprenden unos personajes nada convencionales para recuperar una reliquia robada en un planeta en el que los caracoles y los insectos juegan un papel importante.

El hombre que cayó en la Tierra, de Walter Tevis, protagonizada por el extraterrestre más humano de toda la ciencia ficción, es una novela que destila una tristeza y una desesperanza absoluta.

Parece confirmarse la tendencia de los últimos años de publicar menos ciencia ficción y más novela de terror y fantasía. Mientras las librerías se llenan de brujas, de magias rebuscadas, de intrigas palaciegas en reinos imaginarios y de infinidad de novelas de Brandon Sanderson cuesta cada vez más encontrar un libro de ciencia ficción adulta de calidad. Aún más difícil es que no pertenezca a una serie interminable. Precisamente este año el mercado se ha llenado de secuelas, lo que ha reducido aún más mi, ya de por sí, limitado repertorio.

Las editoriales, sobre todo las de reciente creación, parecen haber apostado por los éxitos más candentes del mercado de lengua inglesa. A veces tengo la sensación de que todo lo que hubiera sido escrito antes ya no tuviera ningún valor y hubiera que descartarlo por obsoleto o por no cumplir con los estándares de inclusión o de paridad exigidos. Basta echar un vistazo a los autores que se publicaban hace diez años en colecciones como Nova o la Factoría de Ideas para comprobar que la mayoría de ellos han desaparecido del panorama literario. Algunos lamentablemente han fallecido, ¿pero qué ha pasado con los demás? ¿Padecen todos de repente el síndrome de la hoja en blanco? Lo curioso es que basta que se haga una serie o una película para que el libro en el que se basa, por muy acartonado que esté, vuelva a ser considerado lo más de lo más.

            La buena noticia es que cada vez se publican más libros de relatos, tanto traducidos como escritos en castellano, y eso me sirve de consuelo. Por pedir algo a este año que empieza me gustaría que alguna editorial se lanzara a crear una colección que contuviera los grandes clásicos de la ciencia ficción con traducciones nuevas o a al menos actualizadas y lo hiciera en un formato lo suficientemente atractivo para atraer a lectores jóvenes.

martes, 13 de diciembre de 2022

“Transcrepuscular”, de Emilio Bueso


Portada de “Transcrepuscular”, de Emilio Bueso
Hace cinco años y después de haberlo anunciado a bombo y platillo la editorial Gigamesh publicó en una edición limitada y de lujo Transcrepuscular, el primero de los libros de la trilogía Los ojos bizcos del sol de Emilio Bueso. El título dado a la serie con un matiz claramente bufonesco podría inducirnos a pensar que se trata de novelas en las que prima el cachondeo, y aunque Transcrepuscular no está exenta de humor, Bueso se toma más en serio de lo que parece el mundo que ha creado. El esfuerzo imaginativo, hay que reconocer que nada desdeñable, no me parece que esté encaminado a propiciar situaciones cómicas como sucede, por ejemplo, en la saga de Mundodisco escrita por Terry Pratchett.

Posiblemente el hecho de no conocer la obra de Bueso me salvó en su momento de precipitarme enfebrecido hasta la librería más cercana atraído como otros por la irresistible y doradisíma portada y gastarme los cuarenta euracos que costaba la exclusiva primera edición limitada del libro. Para ser del todo sincero tampoco lo habría hecho por más que Cenital (2012) o cualquiera de sus libros, de haberlos leído, me hubieran vuelto loco. Tampoco lo habría hecho  en caso de tratarse de otro autor. Lo que no deja de sorprenderme es que se quisiera convertir una novela escrita en un lenguaje popular y callejero y de ambientación «pulp» en un producto de élite. Me imagino que Gigamesh sabía lo que hacía y espero sinceramente que la jugada les haya salido bien porque la novela es muy entretenida.

Transcrepuscular es ante todo una aventura trepidante que adopta el clásico esquema de las novelas de viajes a mundos inexplorados. El éxito en este tipo historias queda supeditado sobre todo a la construcción de unos personajes con la suficiente solidez y a la creación de un escenario lo bastante atractivo. Así sucede en gran parte de las novelas de aventuras que leímos siendo niños como Viaje al centro de la Tierra (1864) de Julio Verne o La isla del tesoro (1882) de Robert Louis Stevenson. Puede decirse que Bueso cumple con creces ambos preceptos.

Empecemos por hablar de los personajes, unos seres que se salen por completo de lo común. Entre ellos cabe destacar a su protagonista, el Alguacil, un guerrero castrado que ha sido educado desde su infancia tanto en el misticismo oriental como en el arte de la lucha. Aunque el  personaje más original y que más me ha divertido es el Trapo, un ladrón que habla a través de un muñeco de manopla. Tampoco carecen de interés la Regidora o el Astrólogo, todos ellos con simbiontes en sus cabezas que les proporcionan notables mejoras a sus cuerpos y mentes. Estos simbiontes, que por cierto dan bastante asco, poseen la deplorable costumbre de introducir sus tentáculos gelatinosos en las fosas nasales, en los ojos o entre los huesos del cráneo de sus huéspedes para acoplarse así con sus cerebros. De ahí que se mencione la palabra «biopunk» (ya se sabe todo lo acabado en punk mola mucho) cuando se habla del libro, porque estos caracoles o babosas simbiontes realizan una función muy parecida a los implantes tan habituales en los relatos «cyberpunk». Todos estos personajes más otros que se les irán uniendo por el camino emprenderán la búsqueda de una reliquia robada a la comunidad a la que pertenecen.

Y aquí es donde el escenario imaginado por Bueso cobra toda su importancia. La acción  tiene lugar en un planeta que presenta siempre la misma cara al sol, por lo que existe una mitad que permanece en una oscuridad perpetua. Sólo una pequeña zona en penumbra, frontera entre los dos extremos, es habitable, el resto parece ser un desierto de fuego o de hielo. Montados en extrañas cabalgaduras como libélulas, avispas o mariposas nocturnas gigantes el Alguacil y sus acompañantes vuelan hasta lo que llaman el Agujero del Mundo. Es un lugar terrible al que los mapas de los que disponen no indican cómo llegar. En su misión deberán enfrentarse a multitud de peligros: hormigas gigantes, serpientes voladoras y colosales tempestades. Tanto el escenario como el periplo a lo Conan nos trasladan a la fantasía heroica más genuina como la que escribía Edgar Rice Burroughs. Sin embargo debemos tener en cuenta que la historia está narrada por su protagonista, un hombre desconocedor de la tecnología. En su mundo no hay otro motor que la fuerza animal. La acción motriz es proporcionada por todo tipo de invertebrados gigantes como caracoles, tábanos, hormigas o ciempiés, así que, cuando el narrador es testigo de fenómenos que es incapaz de explicar opta por atribuirlos a fuerzas esotéricas. Bueso va dando pistas a lo largo del relato de que no es así, de que en el pasado todo pudo ser diferente. El escenario acaba por convertirse en el principal enigma a resolver en un contexto de ciencia ficción.

Y llegamos al punto más espinoso de la novela: el estilo. El uso que hace del lenguaje coloquial sin renunciar a los tacos puede parecer extemporáneo, y es muy posible que rechine a muchos pero desde mi punto de vista le aporta una espontaneidad y una frescura que no le sienta nada mal a la narración. Tampoco es que Bueso sea el primero en hacerlo, Iain Banks en su novela titulada El puente (1986), si mal no recuerdo en algunos fragmentos protagonizados por un tosco guerrero, lo lleva incluso más allá. Me atrevería a decir que cuando mejor y más auténtico suena el texto es precisamente cuando Bueso se deja de reparos y haciendo caso omiso de los predicadores de lo políticamente correcto emplea ese lenguaje vulgar y pendenciero. Me complace menos que corte las frases o las deje sin verbo o la utilización excesiva que hace del punto y aparte para subrayar algunos mensajes.

Habrá que esperar a las siguientes partes de la trilogía para ver cómo resuelve Bueso los numerosos interrogantes planteados pero el arranque me ha parecido francamente bueno sobre todo por el portentoso despliegue de imaginación de la que hace gala el autor, más que suficiente para mí para decidirme a leer las continuaciones.

martes, 22 de noviembre de 2022

“Aves extintas”, de Simon Jimenez

Portada de “Aves extintas”, de Simon Jimenez
             El tema principal alrededor del que gira Aves extintas (2020) de Simon Jimenez es el amor en varias de sus vertientes. El primer capítulo del libro, que puede leerse como si fuera un relato perfectamente acabado, constituye un hermoso anticipo de lo que nos aguarda más adelante y sirve además de presentación de los dos protagonistas principales, Nia Imani capitana de la nave estelar Debby y el misterioso niño, cuya súbita aparición será la que desencadene los acontecimientos posteriores.

Por desgracia en la contraportada del libro, como ocurre con demasiada frecuencia, se cuenta demasiado sobre este muchacho. Considero un error por parte de la editorial revelar la excepcional capacidad que posee el chico teniendo en cuenta que no se da a conocer hasta bien avanzada la novela. Es una lástima, porque sustrae a la novela de lo que es el único elemento de intriga que existe durante la primera mitad. De manera que a los espabilados como yo a los que se nos ha ocurrido leerla antes de comprar el libro nos sobra casi la mitad. No obstante Jimenez podría haber aligerado un poco la trama y redundado menos en historias de amor trágico. Más adelante volveré sobre este punto.

Aves extintas es una «space opera» que se sale bastante de lo común. Por un lado, por la casi ausencia de acción y por otro, porque no se puede decir de los mundos que presenta que vayan a hacernos explotar la cabeza. Los tripulantes de la nave se encuentran con planetas muy parecidos al nuestro, algunos incluso menos interesantes, poblados además por gentes que tampoco llaman demasiado la atención. Quizás las estaciones espaciales con forma de ave creadas por uno de los personajes clave de la novela, Fumiko Nakajima, por su enormidad y su forma espectacular, tengan más que ver con lo que solemos encontrarnos en una «space opera» al uso. De todos modos quedan ridículamente pequeñas si las comparamos con los artefactos descomunales que aparecen en Casa de Soles (2008) de Alastair Reynolds o en Mundo Anillo (1970) de Larry Niven por poner algunos ejemplos. Los mundos que recorren los protagonistas a bordo de la Debby son un decorado, un fondo con el que potenciar los dramas personales de un relato que discurre principalmente en el plano emocional. Una historia de amor, si se traslada a un escenario galáctico y se dilata a lo largo del tiempo, cobra otra dimensión, se magnifica y se convierte en mito. Y así es, todo en la novela parece encaminado a despertar determinadas emociones y sentimientos en el lector. No es lo más habitual en este tipo de novelas, en lugar de hacer que experimentemos asombro, admiración o tensión hará que nuestros corazones se vean invadidos de una marea de afecto, amor y odio.

El problema viene cuando el autor abusa de algunas situaciones. Jimenez se ha empeñado en hacer que cada uno de los personajes principales tenga que pasar por una experiencia amorosa arrebatada y con final infeliz. La primera historia de amor, la más bella de las tres, se cuenta en el primer capítulo. Un hombre y una mujer se enamoran el uno del otro pero sólo pueden verse cada quince años cuando ella regresa en su nave para recoger una nueva cosecha. Las leyes de la relatividad hacen que en cada reencuentro él sea quince años mayor que ella. Después Jimenez nos cuenta el amor entre dos mujeres, Nakajima y Dana que tendrá bastante importancia en la trama. En cambio el fugaz y apasionado amor entre dos hombres, Ahro y Oden, apenas aporta nada y tengo la impresión de que con esta historia el autor ha querido cerrar todas las combinaciones de amor posibles entre hombres y mujeres. Lo atribuyo a esta fiebre por complacer a todos y por ese deseo de ejemplarizar que aqueja a la ficción actual. Jimenez no se da cuenta de que corre el riesgo de olvidarse de algún colectivo en este mundo tan cambiante y de que termina por alargar en exceso el libro.

Hay otro amor en la novela del que no he hablado hasta ahora y que quisiera mencionar, se trata del amor maternal de Nia por el muchacho. La capitana se hace cargo del chico desde que es pequeño; al principio lo hace con reticencias pero al final acaba preocupándose de él como si fuera su propio hijo. Lo llamativo es que es el único amor que perdura.

Compuesta por lo que parecen relatos independientes a la manera de Los tejedores de cabellos (1995) de Andreas Eschbach, nadie dudaría en encuadrar la novela dentro del género de ciencia ficción. Sin embargo, en su tramo final parece más bien una apasionada fantasía que se ha pertrechado de elementos habituales en la ciencia ficción clásica como son las naves espaciales, la dilatación del tiempo o las estaciones espaciales. El rigor científico no refrena la imaginación de Jimenez, que vuela libre aunque sea a costa de la plausibilidad. En ese sentido, salvando las distancias, recuerda a veces a Bradbury, también por su lirismo y por su emotividad. El escritor norteamericano de origen filipino incluye además un poco de crítica social como es preceptivo en estos tiempos al describir un mundo dominado por un monopolio que ha favorecido una brecha social de dimensiones obscenas.

En cualquier caso, se trata de una primera novela prometedora, que aún con sus fallos resulta tremendamente emocionante, bien armada en lo literario y con un potente clímax final. Todo ello es más que suficiente para que merezca la pena ser leída.

viernes, 18 de noviembre de 2022

Mi Universo

Los que entran a Universo de Pocos se habrán dado cuenta de lo poco que me gusta hablar de mí mismo. Las pocas veces en que lo hago es parapetado detrás de mis reseñas cuando lo normal es crear un blog precisamente para eso, para hablar de uno mismo, para publicitar los propios trabajos como traductor o como escritor..., en definitiva para darse a conocer. No sabéis lo que me costó decidirme a abrirlo. Hasta hoy he mantenido siempre una distancia prudente, supongo que por pudor pero también porque creo que el panorama literario rebosa ya de egos hipertrofiados.

Por una vez voy a descorrer esa fina cortina que se interpone entre tú y yo y voy a hablar de un acontecimiento personal que para mí ha tenido una gran importancia. He ganado el premio Domingo Santos de relatos. Sé que no es el Miguel Cervantes ni el Booker pero, en fin, me hace mucha ilusión por varias razones. Por ser uno de los dedicados a la ciencia ficción en España más veteranos, por contar entre sus ganadores y finalistas a autores tan relevantes en el panorama fantástico nacional como César Mallorquí, José Antonio Cotrina, Emilio Bueso, Sergio Mars, Ricardo Montesinos, Félix J. Palma o Santiago Eximeno entre otros y finalmente por llevar el nombre de un personaje fundamental en la ciencia ficción en España como es Domingo Santos. Además, no voy a ocultarlo, espero que este galardón me ayude a publicar algunos de los relatos que he escrito.  Es  un voto de confianza que me anima a seguir escribiendo.

Pero basta ya de autobombo, vuelvo a colocar la cortina tal y como estaba. En la próxima entrada prometo una nueva reseña y no hablar más de mí.

lunes, 3 de octubre de 2022

“La juguetería mágica”, de Angela Carter

          
Portada de "La juguetería mágica" de Angela Carter
       «El verano en que cumplió quince años, Melanie descubrió que era de carne y de hueso. Oh mi América, mi tierra recién descubierta. Se embarcó en un viaje embelesado., exploró todo su ser, trepó a sus propias cadenas montañosas, penetró en la húmeda abundancia de sus valles secretos como un Cortés, un da Gama o un Mungo Park de la fisiología»

Así con este tono entre lírico y sensual comienza La juguetería mágica (1967), de Angela Carter. La novela, que ha sido reeditada por la editorial Sexto Piso, aprovecha la traducción que hiciera Carlos Peralta para la legendaria Minotauro de Paco Porrúa.

La protagonista es Melanie, una niña que hasta ahora ha vivido entre algodones en la preciosa casa de campo inglesa de sus padres pero que tras un luctuoso suceso deberá trasladarse con sus dos hermanos (más pequeños que ella) a Londres y residir con su tío Philip, del que apenas sabe nada. Lo único que recuerda de él es un extravagante regalo que le hizo en la infancia: una caja de la que saltó un desagradable muñeco cuando la abrió, «una caricatura de ella misma» que le dio un susto de muerte. Melanie, además de amoldarse a las normas arbitrarias de su tío, un hombre autoritario que atemoriza a todos, deberá sufrir su constante desdén más preocupado como está por las marionetas y por los juguetes que construye para su juguetería que por el bienestar de la familia. Sin agua caliente, muertos de frío por la tacañería de quien les ha acogido padecen miserias que nos evocan de inmediato a Dickens. Carter describe todo además con la misma minuciosidad y viveza que el autor de Oliver Twist, no sólo el escenario donde sitúa la acción queda perfectamente dibujado sino que los personajes cobran vida en nuestra mente. Podría pensarse que estamos ante la clásica narración con huérfanos desdichados, maltratados en ocasiones y obligados a trabajar como esclavos pero como veremos más adelante no es del todo así, Carter la dota de su visión personal.

Si no fuera por referencias a objetos actuales, la atmósfera y las situaciones que se producen nos empujarían a pensar que la acción de la novela transcurre en la época victoriana.

«Se sintió congelada y desolada mientras recorría el largo pasillo marrón con sus secretas puertas herméticamente cerradas. El castillo de Barba Azul. Melanie se estremecía de horror ante cada puerta temiendo que se abriese para dar paso a algún espantoso artilugio rodante, una broma espeluznante o repulsiva novedad que pusiera su valor a prueba.»

El taxi con un moderno taxímetro que cogen a su llegada a Londres, el calentador eléctrico que utilizan para hacerse un té o el hecho de que Melanie compare el aspecto de su tío con el de Orson Welles nos hacen comprender que no es así y ver que la historia transcurre alrededor de los años sesenta. Pero así y todo hay que hacer un esfuerzo para ubicar lo que sucede en un pasado reciente. Tal vez porque el mundo que nos describe Carter se parece al de los cuentos que nos contaban nuestros padres en la infancia y que en nuestra mente solían desarrollarse siempre en un tiempo impreciso y remoto en el que los personajes vestían de manera muy diferente a la nuestra y en el que los hogares se iluminaban con candelabros y se calentaban con el fuego de las chimeneas. Eran mundos de extremos, de impresiones muy fuertes, de malos malísimos y de gente que sufría muchísimo antes de que todo se resolviera en un final feliz. Este mundo legendario es el que de alguna manera Carter evoca en su libro.

Sin embargo, en una época como la victoriana sería del todo impensable abordar los cambios anímicos y físicos que se producen en una niña de quince años. A Dickens no se le pasaría por la cabeza como a Carter hablar del deseo carnal de una adolescente o de su temor a morir virgen. Hay otros aspectos que no puedo desvelar como la sorpresa final que depara el libro, que tampoco serían bien vistos en dicha época. En este sentido podríamos considerar la trama de La juguetería mágica como la de un cuento o una historia de Dickens actualizada a tiempos más modernos. De todos modos no es por el argumento por lo que más destaca la novela de Carter, sino por la maravillosa manera en que está escrita y por el personal lirismo que destilan algunos pasajes. También por la capacidad que tiene de mostrarnos el mundo a través de los imaginativos ojos de una adolescente en su despertar sexual, que descubre por primera vez el mundo masculino y lo hace con sentimientos ambivalentes. Los chicos le atraen y le desagradan por partes iguales. Desde su idílica casa en la campiña, antes de que ocurriera la desgracia que la llevara a Londres, Melanie soñaba con casarse. En su imaginación se había creado al hombre de sus sueños y lo que encuentra en casa de su tío es muy distinto. Sin embargo la realidad por más que a veces le perturbe tampoco le desagrada del todo. Para ella todo son dudas. Desea casarse, seguramente por la educación que la han dado, pero a veces tiene miedo de que su futuro sea como el de otras mujeres casadas que ha visto, que llevan una vida vulgar al cuidado de los hijos.

El título de la novela puede hacer pensar a muchos lectores que se trata de una novela fantástica pero en ella no hallará hechizos ni príncipes encantados sólo una atmósfera de cuento gótico que a su manera contiene mucha más magia que la mayoría de las novelas del género por lo general muchos más extensas. Es una lástima que haya descubierto tan tarde a esta gran escritora británica. No cometáis el mismo error que yo y leed a Angela Carter.

miércoles, 15 de junio de 2022

“Stalker. Pícnic extraterrestre”, de Arkadi y Borís Strugatski

Portada de “Stalker. Pícnic extraterrestre” de Arkadi y Borís Strugatski
   
        Stalker. Pícnic extraterrestre (1972) de Arkadi y Borís Strugatski es un clásico que no había leído (no tengo excusas) y que me ha sorprendido gratamente. Esta buena impresión se debe sobre todo al estilo enérgico y vivo en el que está narrado. Los escritores del Este no suelen destacar precisamente por estas cualidades y leer a autores como Stanislaw Lem o los hermanos Strugatski supone acceder a una escritura que no va a ponérnoslo lo fácil. Tenía además el recuerdo, bastante lejano he de reconocer, de la larguísima versión que realizó Andrei Tarkovsky para el cine, lenta, lentísima, diríase más una sucesión de fotografías que una obra cinematográfica. Lo cierto es que la novela de los hermanos Strugatski es completamente distinta a la película.

Uno de los mayores inconvenientes al comenzar la lectura del libro, además de los prejuicios que muchos como yo puedan tener con respecto a autores del Este, es que su argumento se ha difundido en exceso. Tal vez por eso, por ser tan conocido, es por lo que Gigamesh lo ha publicado con el título y subtítulo escogido aunque con ello desvele un elemento determinante en la historia. Pensé que se trataba de la traducción fiel del título original en ruso al castellano aunque no acababa de entender que los autores renunciaran a propósito a gran parte de la intriga, dando pistas de una explicación sobre el origen de la Zona que no se da a conocer hasta bien avanzado el libro. La justificación que di es que los hermanos Strugatski le concedían al escenario por muy fascinante que fuera un papel secundario, que no era el fin en sí mismo sino un medio para mostrarnos la insignificancia de unos personajes que se afanan en vivir en medio de un suceso que ha cambiado su vida para siempre. Y, sí, podía haber sido así perfectamente, pero lo cierto es que el título que más se ajusta al original es curiosamente el de la edición anterior de Nova, Pícnic junto al camino, resultado de la traducción de la edición en inglés. Aprovecho para comentar que la presente edición de Gigamesh ha sido traducida directamente del ruso por Raquel Marqués.

El argumento es sobradamente conocido, unos extraterrestres han visitado fugazmente varios puntos pocos poblados de la Tierra dejando no sólo restos incompresibles de su tecnología sino que también han alterado las zonas convirtiéndolas en lugares mortíferos vedados por las autoridades a la población en general. El Instituto Internacional de Culturas Extraterrestres se encarga de investigar los diferentes objetos encontrados así como de estudiarlos junto con los extraordinarios fenómenos que se producen en la Zona. Los objetos extraterrestres son de gran valor por lo que existe un mercado negro que los llamados stalkers se ocupan de proveer. Se trata de hombres rudos, forjados por la desesperación, unos canallas a quienes no importa sacrificar a sus compañeros cuando es necesario. En esto Redrick, que puede ser tan duro como el que más, se distingue de los otros stalkers.  Su sueño, como el de todos, es alcanzar una vida mejor. Aunque se esfuerza en no ser como los demás cada vez que entra en la Zona se transforma en un auténtico tirano, en un tipo metódico, un maniático de los detalles que ha sobrevivido a varias incursiones, algo que de los que pocos Stalker pueden presumir. Para desgracia suya eso no le ha evitado pasar buenas temporadas en prisión.

La zona visitada por los extraterrestres, antes un importante centro industrial, se ha convertido ahora en un lugar de muerte, hostil al ser humano. Los hermanos Strugatski no dan detalles precisos de ella; las descripciones consisten en breves pinceladas de un paisaje desolador envuelto siempre en misterio que se apoya en gran parte en la sugerente terminología de los stalkers. Los científicos llevan desde hace años estudiando los artefactos encontrados sin conseguir saber para qué sirven, es un poco cómo sucedía en Pórtico de Frederik Pohl (1977). Ambas novelas coinciden en no mostrar a los extraterrestres y en dejar al lector en la incertidumbre sobre su morfología y sobre el funcionamiento de su sociedad. Hay más analogías entre las dos obras como la importancia que conceden tanto Pohl como los Strugatski a los protagonistas. No son hombres ejemplares y sus vilezas y virtudes se hacen aún más patentes en el entorno adverso en el que los sitúan. El escenario, por grandioso y fascinante que sea en ambos casos, no es más que un decorado en el que se desarrolla la peripecia humana, que es en definitiva el eje central de cada una de las novelas.

 Al pasar esta historia de un hombre vulgar por la lente de aumento, los Strugatski nos hacen ver lo insignificantes que somos en el cosmos. Qué mayor cura de humildad que unos extraterrestres pasen por nuestro mundo y nos ignoran por completo y que la basura dejada sea la codicia de todos. Se trata de una imagen de la humanidad aniquiladora que hace que nos veamos como esos pobres desgraciados que hurgan entre la basura para sobrevivir.

Para muchos Stalker está llena de símbolos que aluden a la URSS o al capitalismo. En concreto ha dado mucho que hablar un objeto alienígena, la Bola dorada, que según los stalkers concedería cualquier deseo a quien la encontrara. Prefiero no meterme en este tipo de berenjenales y así evito parecerme a esos críticos de arte que ven complejidades metafísicas en lo que parece un lienzo manchado de cagadas de mosca. La novela, en cualquier caso, tiene vida más allá de la época soviética tanto es así que ha tenido gran influencia en muchos videojuegos o incluso en novelas recientes como en la trilogía Southern Reach (2014) de Jeff Vandermeer.

Stalker está dividida en cuatro partes de la cual una sobresale sobre las demás. En ella  asistimos a una conversación con un científico que ha estudiado la Zona y contiene fascinantes reflexiones sobre lo que es la inteligencia y sobre los límites de la ciencia, que explican por qué existen aficionados a la ciencia ficción. No me resisto a poner un fragmento:

– De acuerdo, se lo diré. Pero debo advertirle que su pregunta cae en el campo de la seudociencia llamada xenología. La xenología es un híbrido artificial entre la ciencia ficción y la lógica formal. Su metodología se basa en la aceptación de una falacia: la asunción de que la psicología humana puede aplicarse a una inteligencia extraterrestre.

– ¿Por qué es una falacia?

– Pues porque los biólogos ya se pillaron los dedos hace tiempo, cuando intentaron aplicar la psicología humana a los animales. Y eran seres terrestres.

Por lo tanto, los hermanos Strugatski al igual que Lem en Solaris (1961) ponen en duda  que podamos entendernos con un ente no humano. Se trata de una visión muy pesimista del hombre que contrasta con muchas novelas que se escriben en la actualidad en la que los seres humanos no tienen problema alguno en relacionarse e incluso intimar con otras especies de sexualidades muy diversas.

El libro se complementa con un interesante prólogo de Ursula K. Leguin y algunos extractos de las partes que fueron censuradas en la época soviética. Gigamesh se ha apuntado un buen tanto con la publicación de esta novela, un clásico de la ciencia ficción olvidado y que hacía falta recuperar.

miércoles, 8 de junio de 2022

“Sólo los vivos perdonan”, de Ismael Martínez Biurrun

Portada de “Sólo los vivos perdonan” de Ismael Martínez Biurrun

La última novela de Ismael Martínez Biurrun me ha dejado en un infructuoso estado de ensimismamiento. No paro de darle vueltas a la historia, a los personajes, al desenlace y no consigo salir del agujero negro mental en que estoy atrapado. Busco otras opiniones por internet y me encuentro con que la mayoría no titubea y parece haber comprendido todo a la primera. Mi orgullo herido me impide darme por vencido sin más, claro que esta cabezonería tiene sus consecuencias. Sí, porque mientras intento encajar las piezas no puedo evitar sentir la desazón que me provoca no hallar una respuesta, un desconcierto muy parecido al que experimenté al terminar hace unos meses Los extraños de Jon Bilbao. Como deja bien claro el  título del libro el tema central de Sólo los vivos perdonan es la culpa y el perdón. No hay duda en eso, lo que me ha provocado esta comezón mental es la estrategia utilizada para ello por Biurrun.

Sólo los vivos perdonan tiene un arranque de esos que te arrastra a pasar páginas y páginas y que incluso te tienta a hacer trampa y saltarte capítulos para ver lo que va a pasar. Protagonizada por diferentes personajes, cada uno con su historia personal, la narración va poco a poco desvelando la conexión que existe entre ellos. El primero en aparecer es Iñigo, el desencantado director de un museo en horas bajas, luego está Jordán, un expresidiario que se gana la vida con los restos arqueológicos que encuentra y por último Olalla y Antón, madre e hijo, éste último con un tumor cerebral del que va a ser operado en pocos días.

Todo empieza cuando Jordán se pone en contacto con Iñigo por un fósil que ha descubierto y que puede tener un enorme valor científico. Con este hallazgo tiene la esperanza de reparar de alguna manera el daño que cometió en el pasado y que lo llevó a pasar una buena temporada en la cárcel. No es el único personaje que no vive en paz consigo mismo. Si Jordán busca la redención con desesperación por ese acto terrible que cometió en su juventud, Iñigo no está dispuesto a olvidar fácilmente, carga además con su propia culpa. La manera que tiene de enfrentarse a los problemas y su miedo al fracaso lo irán trastornando cada vez más. Olalla es un personaje lleno de contradicciones, por un lado cree haber contraído una deuda con Iñigo y por otro lado está resentida con él por no haberse preocupado lo suficiente de ella y de Antón. A todo esto hay que añadir su enorme preocupación ante la terrible enfermedad de su hijo. Biurrun se interna en terrenos peligrosos con niños al borde de la muerte pero sale airoso y no llega a caer en ningún momento en lo sensiblero.

De manera que nos sumergimos en un tenso y solemne drama de acciones y reacciones cruzadas entre personajes con un  pasado que se inmiscuye como si fuera un personaje más. Precisamente es en este punto donde encuentro el elemento más discutible de la novela, una figura inexplicable, real o imaginada, que aparece en los momentos más álgidos del relato. Se trata de una chica de apariencia normal que viste una sudadera descolorida y una visera de Ferrari. Se llama Tea y sus apariciones parecen traer consigo el pasado que tanto Jordán como Iñigo preferirían olvidar. Tea llega a manifestarse incluso en las pesadillas que tiene Antón en las que ve un monstruo, una especie de cocodrilo que curiosamente se asemeja al fósil encontrado por Jordán. En la mitología griega Tea es una  titánide de la que se dice procede toda la luz, la del sol y la de la luna. En la novela es una especie de figura fantasmagórica testigo de los momentos más importantes que acontecen a los personajes, una observadora a la que nada se le escapa. No me queda del todo claro lo que quiere simbolizar con ella el autor. Tal vez no sea más que un instrumento con el que dar cohesión a los diferentes relatos humanos que de otra manera quedarían algo deslavazados.

Todo esto confiere a la novela un tono de pesadilla que la prosa lacónica y llena de  imágenes desasosegantes de Biurrun no hace más que reforzar. A Biurrun suele asociárselo con el género de terror y lo cierto es que Sólo los vivos perdonan está escrita en parte como si lo fuera pero no pretende atemorizar, lo que busca es inquietar y agitar la conciencia del lector. Esas imágenes a las que me he referido como la del monstruo primigenio o los paisajes agrestes que recorren Jordán e Iñigo son arquetípicas y diríase que remiten al inconsciente colectivo.

La novela está muy bien escrita y se lee de un tirón pero esto no debe llevarnos a pensar que se trata de un libro de consumo rápido. Es un alimento de esos que se tarda más en digerir que en comer. Que me lo pregunten a mí que aún sigo padeciendo las consecuencias de su ingestión. Sólo lo vivos perdonan, dice el título de la novela, a mí me costará perdonarle a Biurrun esta comedura de coco que durante unas semanas me ha tenido atrapado. Leedlo y disfrutadlo, aunque tened en cuenta que puede traer consigo efectos secundarios persistentes.